la mejor final posible   1 comment

(publicado el 3 de junio de 2009)

 

En contra de la opinión general creo firmemente que esta final, o para ser más exactos, el advenimiento de los Magic de Orlando a dicha final, tal vez sea lo mejor que le haya podido pasar a la NBA. Y ahora usted me leerá y pensará que me habré vuelto loco (aún más), que a ver si acaso no sé yo de sobra que un enfrentamiento directo LeBron-Kobe habría colmado las aspiraciones de dicha Liga, que habría arrasado todos los índices de audiencia, que habría concitado las atenciones de todos los públicos habidos y por haber sobre la faz de la Tierra. Por supuesto que sí, no lo niego, a ver quién soy yo para negarlo. Pero al menos permítame que me explique…

Tal y como yo lo veo, el triunfo de los Magic sobre los Cavs es el triunfo del baloncesto. O al menos el triunfo de lo que aquí, a este otro lado del charco, entendemos por baloncesto, es decir, baloncesto entendido como deporte en el que normalmente juegan cinco contra cinco. Lo de los Magic es baloncesto colectivo (eso sí, siempre pasado por el tamiz yanqui, tampoco vayamos a exagerar), lo de los Cavs es… otra cosa: es LeBron contra el mundo, ¡¡¡dejadme zolo!!!, aclarados que más bien parecen centrifugados, allí en medio sólo él y su defensor, el resto mirando no vayan a perdérselo, ayudas tampoco no vaya a ser que justo ahora sea cuando la suelte… Algunos lo llaman baloncesto y está bien que así sea, porque tiene que haber gente pa tó. Otros también lo llamamos así pero porque no nos queda más remedio, porque más bien nos parece estar asistiendo al partido de las estrellas, a una exhibición de los Globetrotters o a alguna pachanga callejera. Será baloncesto, pero apenas se parece a aquello que nos explicaron que era el baloncesto.

Tampoco es que los Magic hayan inventado la pólvora, no se vaya usted a creer. Pero sí habremos de reconocer que tuvieron una ocurrencia inteligente, todo un lujo en estos tiempos que corren: dado que tenemos el mejor pívot de la Liga, rodeémosle sistemáticamente de cuatro tipos capaces de clavártela de fuera en cuanto se les presenta la ocasión. No le pongamos un cuatro reboteador porque para eso ya se basta él solo, olvidémonos del típico cuatro de-los-de-toda-la-vida, de esos que se fajan y se restriegan por un mísero rebote y que te meten algún tirito de tres o cuatro metros de vez en cuando, y en su lugar pongámosle un falso cuatro, un cuatro de mentira, el cuatro con más pinta de tres que podamos encontrar. Dicho y hecho.

Es decir, lo que vendría a ser el abecé del baloncesto, poco más o menos: primer plan, balones a Howard, pero si a éste me lo sobremarcan (lo que sucede bastante a menudo) ponemos en marcha el plan B, moverla por el perímetro tan rápido como seamos capaces, con tantos pases extra como sean necesarios hasta encontrar al tirador abierto, el que más solo y mejor perfilado esté. Nada del otro mundo, pero funciona y funcionará aún mejor cuando Howard perfeccione sus habilidades de espaldas al aro (por extraño que parezca, aún está muy por hacer), y no digamos ya cuando perfeccione sus habilidades para el pase. Hoy los Magic son ya un gran equipo, pero el día que Howard añada a sus evidentes capacidades físicas y técnicas una capacidad para el pase siquiera medianamente parecida a la que tienen o tuvieron, pongamos (por citar algún ejemplo, de aquí o de allí, de ayer y de hoy) David Robinson, Sabonis, Tomasevic, Webber, Divac, Bogut, Yao, Gasol, ese día podrán ser un equipo sencillamente devastador.

Pero además existe otra razón por la que me parece que esta final le hace un grandísimo favor a la NBA: por el qué dirán. La NBA vendría a ser como la mujer del César, no le basta con ser honrada (aunque se le suponga), tiene también que parecerlo. Y durante estos últimos meses nos habíamos hartado de escuchar voces afirmando que la final habría de ser Lakers-Cavs sí o sí, porque eran (presuntamente) los dos mejores equipos de la NBA, pero también porque era ésa y no otra, Cavs vs. Lakers, es decir LeBron vs. Kobe, la final que quería, deseaba, necesitaba la NBA. Y de afirmar eso a empezar a ver fantasmas sólo hay un paso, y parece que en Denver hasta creyeron ver alguno, y que al mismísimo Kenyon Martin entre mandoble y mandoble se le aparecieron unos cuantos (quizá debido al cansancio, tras tanto repartir…) En ese sentido, el advenimiento de Orlando pone las cosas en su sitio, fíjense si seremos limpios en esta Liga que hasta asumimos de buen grado la final Lakers-Magic aún a sabiendas de que ya apenas nos comeremos un colín, de que ya no arrasaremos con los ratings y los shares como habríamos hecho de haber tenido a los Cavs…

Pues vale, pues si de eso se trata monten ustedes este verano una cancha en el mismísimo Times Square (pongamos por caso) y junten sobre ella a LeBron y a Kobe (previo pago de una módica cantidad, of course) en una especie de uno contra uno interplanetario que habrá de ser vendido a todas las televisiones habidas y por haber, que habrá de hacer las delicias de chicos y grandes por todo lo largo y ancho de este mundo… Y mientras tanto a nosotros déjennos con nuestra final, ésa que algunos por aquí ya andan adjudicándole a los Lakers como si no hubiese rival, como si los Magic no hubieran ya hecho añicos la ventaja de campo de Celtics y Cavs, como si no tuvieran argumentos más que de sobra para liársela también a los angelinos (que habrán de cortarse con Bynum, ahora más que nunca: con Gasol-Bynum, Howard se lo comerá con patatas mientras Pau difícilmente podrá llegar a los tiros de Lewis; con Gasol-Odom, Pau lo habrá de pasar tan mal como cualquiera ante Howard, pero Lamar será un defensor hecho a la medida de Lewis). Si los Lakers fueran capaces de mantener el nivel del sexto partido en Denver (y de la segunda mitad del quinto) habrían de hacer buenos los pronósticos, pero si flaquean, siquiera mínimamente, tendremos final, vaya si la tendremos. La mejor final posible.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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