la pieza que faltaba   Leave a comment

(publicado el 27 de julio de 1999)

 

Hay jugadores, aparentemente muy buenos, a los que jamás tendría en mi equipo. Y en cambio hay otros, aparentemente muy normales, que irían siempre conmigo allá donde estuviera. (Entiéndase todo ello en sentido figurado, claro está, que ni tengo ni tendré equipo ni nada que se le parezca). Entre los primeros estaría, por ejemplo, ese Zach Randolph de quien ya despotriqué sobradamente hace una semana, con ocasión de su reciente fichaje por los Grizzlies (véase el post titulado falsa moneda). Entre los segundos estaría, por ejemplo, este Andre Miller de quien tanto hemos oído (leído, más bien) en estos días, con ocasión de su reciente fichaje por los Blazers.

Le conocimos (yo, al menos) allá por 1998. Tres años antes, este angelino de pura cepa había optado por un extraño viaje hacia el interior (de su país, acaso también de sí mismo): había elegido matricularse (tal vez no se le presentaran muchas más oportunidades) en la blanca e inmaculada universidad del no menos blanco estado de Utah. Parecía un lunar, una especie de anomalía étnica allí en medio de la cancha rodeado por sujetos como sacados de un molde, como cortados todos por el mismo patrón, pelo rubio muy corto, aspecto enjuto, apariencia nórdica, orígenes escandinavos, acaso también la nacionalidad como era el caso de aquel finlandés, Möttölä, el hombre diéresis. Todos ellos (incluido aquel hierático pívot, Doleac) guiados por esteoscuro Miller, definitivamente convertido en la perfecta prolongación sobre la cancha del inmenso (en todos los sentidos) Rick Majerus. En aquel año de gracia de 1998 llevó a sus otrora modestos Utes a las puertas de la cima (regalándonos algún triple-doble por el camino, y dejando en la cuneta incluso a los vigentes campeones Wildcats de Arizona), que no fue la cima misma porque ya en la Final se les atravesaron los (también) Wildcats de Kentucky.

Once años después, diez temporadas NBA después, su hoja de servicios nos presenta una carrera individual modélica, pero que jamás consiguió encontrar un proyecto colectivo a la medida de sus posibilidades. Talento desparramado en Cleveland, Los Ángeles (Clippers), Denver o Philadelphia, playoffs en contadas ocasiones y siempre como esa sensación de llegar a todos los sitios en el peor momento, en el tiempo equivocado. Quizá por todo ello, quizá también por su natural discreción, a mí siempre me ha parecido uno de los jugadores más infravalorados de aquella Liga. Vale que nunca logró tener un tiro exterior consistente, de acuerdo, pero encontrarle otros defectos no resulta tarea fácil: más bien encontraremos a un base de los que juegan y hacen jugar, de los que mejoran cualquier equipo por el que pasen: capacitado para liártela de mil maneras, en penetraciones o en bombitas desde cerca del aro, pero no menos capacitado para implicar a todos y cada uno de sus compañeros, para forrarles de asistencias en cuanto se le presenta la ocasión. Añádase que ve el juego como nadie, que ayuda inmensamente en el rebote y que la cosa del absentismo laboral no va con él, que lo de faltar a trabajar se ve que no lo tiene por costumbre, que pueden contarse con los dedos de una mano los partidos que se ha perdido en estos últimos diez años. Sumen todo ello y díganme si no creen que este jugador se merecería algo mejor… Algo como Portland, por ejemplo.

Digamos que los Blazers, para el puesto de base, llevaban años y años persiguiendo sombras. En un momento dado hasta les valió el gris Jarrett Jack, no digamos ya el opaco Steve Blake, mientras otros seres más luminosos (quizá demasiado), como nuestro Sergio o como Jerryd Bayless, se estrellaban por no estar hechos a imagen y semejanza de su coach. ¿Lograría finalmente McMillan encontrar la horma de su zapato? Sabíamos que se pirraba por Hinrich como antes supimos que se pirraba por Calde… y en éstas, como caído del cielo, le aterriza Andre Miller, la perfecta cuadratura del círculo: la dosis justa de luminosidad, perfectamente equilibrada con la dosis justa de sobriedad, trabajo y eficiencia. La dosis justa de veteranía, perfecta para complementar a esa pandilla de talentosísimos e imberbes yogurines. La pieza que faltaba, la que permitirá que Brandon Roy no tenga ya que absorber tanto balón ni que comerse necesariamente el ochenta por ciento de cada posesión, la que asegurará por fin una justa redistribución de la riqueza (es decir, de la pelota); la que puede convertir a un equipo con posibilidades en un equipo con aspiraciones. Difícilmente los Blazers podrían haber encontrado una solución mejor, difícilmente Andre Miller podría haber encontrado una oportunidad mejor.

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Publicado octubre 24, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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