crisis existencial   Leave a comment

(publicado el 20 de agosto de 2009)

La culpa la tiene Marta Domínguez. Sí, Marta Domínguez, sempiterna medallista, ya antes campeona de Europa, ahora también campeona del mundo, acaso nuestra mejor atleta (tómese la palabra atleta no en sentido femenino sino genérico: atleta, de cualquiera de los dos sexos) de todos los tiempos, es la principal (e involuntaria) culpable de que cada verano, más o menos por estas fechas, se me presente una crisis existencial. La que me entra cada vez que salgo a la calle, hablo con unos y con otros y consternado compruebo cómo a la palentina apenas la conoce ni dios.

Es decir, no exageremos: la conocemos usted (espero, dado que le presupongo aficionado al deporte, dado que está leyendo esto) y yo, la conocemos todos aquellos que siempre pensamos que el concepto deporteno empieza ni se acaba dándole patadas a un balón, que también hay otros mundos (pero están en éste). Somos muchos los que la conocemos y la admiramos y hasta nos emocionamos con ella un verano tras otro, así aplastando rivales como estampándose contra una valla, tanto da, aún somos muchos los que disfrutamos y aún seguiremos disfrutando sus éxitos (así como los de su amiga y compañera Mayte Martínez, otra que tal), somos y seremos muchos… pero, aún siendo muchos, somos muchos menos de los que fuimos.

A ver cómo lo explico: allá por mi más tierna infancia (me remonto treintaytantos, casi cuarenta años atrás) todo dios sabía quién era Mariano Haro, voluntarioso fondista (también palentino, por cierto) que solía cuajar grandes participaciones en aquello que llamaban el Cross de las Naciones (antecedente del actual Campeonato Mundial de Cross) y que en las pruebas en pista hacía literalmente lo que podía, demasiado en cualquier caso si lo comparamos con la realidad no ya tercermundista, más bien cuartomundista, de nuestro deporte en aquellos años amargos. Pero insisto, todo dios sabía quién era, como a comienzos de los ochenta todo dios sabía quiénes eran José Luis González y José Manuel Abascal, como a comienzos de los noventa todo dios conocía a Fermín Cacho. Y cuando digo todo dios no me refiero necesariamente a aficionados al deporte, me refiero a (llamémoslo así) gente de la calle, seres humanos que apenas se enteran de las noticias por el telediario (del canal que sea), incluso parroquianos que siguen el fútbol y apenas nada más, que no ven más allá de la victoria o derrota de su equipo. Qué sé yo, vecinos/as, conocidos/as del trabajo, algún cuñado, mismamente mi madre, que si aún hoy les preguntas por Abascal te dirán sí hombre, ése que corría (y bien está que así sea), pero que si les preguntas por Marta Domínguez te pondrán cara deno sé de qué me hablas, no me suena de nada, y es raro, mira que me veo todos los corazones y los tomates y las norias y los sálvames y demás guirigáis pero aún así no recuerdo yo ahora mismo quién es esa tal Marta, la verdad

Me dirán que no es para tanto, me dirán que al fin y al cabo todo el mundo conoce, valora y a veces hasta admira a Fernando Alonso, Rafa Nadal e incluso Pau Gasol (buen momento para recordarme que éste aún sigue siendo un blog de baloncesto). Pues vale, pero también con matices: acaso lo que voy a escribir tal vez sonará descabellado a aquellos que no conocieron esa época, pero yo no puedo evitar pensar que la repercusión social que hoy obtienen los Gasol, Calderón, Navarro, Rudy o Ricky, aún siendo ésta mucha, no se acerca ni de lejos a la que en su día tuvieron aquellos Corbalán, Epi, o Fernando Martín. Del mismo modo que Nadal (por increíble que nos pueda parecer) tampoco alcanza la repercusión que tuvo Santana, o que Contador, así gane media docena de tours, no llegará tampoco a la que un día tuvo Induráin, no digamos ya Delgado (y eso por no remontarme a los aún más lejanos tiempos de Ocaña y Fuente). Quizá Fernando Alonso sería la excepción… más que nada porque tampoco hay apenas precedentes con los que poder comparar. ¿Exagero? Salgan ustedes a la calle, cual si de avezados reporteros se tratara, escojan cien personas al azar y pregúntenles, por ejemplo, cómo se llama el nadador español que recientemente batió un récord del mundo y aún más recientemente obtuvo una medalla de bronce en el Campeonato Mundial de Neopreno, digo de Natación, que tuvo lugar en Roma hace apenas un mes; y si de cada cien me encuentran ustedes a uno, quizás uno sólo que atine con la respuesta (Rafael Muñoz, aclaro por si decidiera aventurarse con la encuesta pero desconociera el dato), bien que podremos darnos con un canto en los dientes aún a riesgo de hacernos daño.

Y si no nos quedáramos en la paletada localista, si miráramos más allá de nuestras narices (y de nuestras fronteras), pues tres cuartos de lo mismo: ¿es hoy Phelps tan conocido en nuestro país (no sé en otros) como lo fue en su día Mark Spitz? ¿acaso el mismísimo Federer, tantas veces como le hemos visto y aún le veremos jugar, está tan inoculado en nuestra memoria colectiva como en su día lo estuvieron Borg o McEnroe? O sin ir más lejos: déjese transcurrir un mes, déjese pasar toda esta vorágine mundialista, cójanse otra vez cien personas al azar (pesadito estoy) y entrégueseles sencillamente dos nombres, dos tan sólo: Carl Lewis y Usain Bolt. Excepción hecha de los más jóvenes (que apenas habrán oído hablar del primero), ¿a cuál de los dos creen ustedes que recordará más la (que llamaríamos) gente de a pie?

¿Qué está pasando? Se supone que estamos llegando al final de la primera década del tercer milenio de nuestra era, se supone que nunca jamás los medios de comunicación estuvieron tan presentes en nuestras vidas, se supone que hoy hay doscientos canales donde antes sólo había dos, se supone que hoy ya no sabemos ni podemos vivir sin Internet, se supone que hoy tenemos ya información hasta en la sopa, que recibimos más contenidos de los que caben en nuestro cerebro… Vale, sí, tenemos más información, pero no estoy tan seguro de que tengamos mejor información. Y en este caso no me refiero (aunque podría hacerlo igualmente) a la prensa o a la radio, me refiero básicamente a la televisión, sobre todo a esos bloques de información deportiva que suelen ir al final de los telediarios (entiéndase el término telediarios como informativos, sean de la cadena que sean, aunque no se llamen necesariamente así). Recuerdo un estudio realizado hace ya un montón de años (veinticinco, treinta, qué sé yo) según el cual el sesenta por ciento de la población española jamás compraba un periódico, jamás escuchaba las noticias de la radio, jamás consultaba Internet (más que nada porque no había): para seis de cada diez ciudadanos de este país, su única fuente de información resultaba ser el Telediario, obviamente el del único canal que entonces existía. Obviamente estos datos nada tienen que ver con nuestra actual realidad, ni falta que nos hace, pero aún así no me cabe la menor duda de que aún hay, no diré ya un sesenta ni un cincuenta ni un cuarenta, pero sí un amplio y significativo segmento de población que no tiene por costumbre leer la prensa (ni la gratuita siquiera) ni escuchar informativos en la radio ni mirar periódicos digitales… Gentes a las que la actualidad de cada díase les da una higa, pero que a la hora de la comida o de la cena se ponen el parte porque es lo que toca, lo que hay en todos los canales, quizá sólo por tener un sitio al que mirar para no tener que verse las caras, un ruido que escuchar para así no tener que compartir las miserias cotidianas del de al lado (lo siento, ya dije al principio que estaba en crisis existencial). Y aún sin querer, aún sin que les importe una mierda lo que allí aparece, poco a poco, de alguna manera, se va inoculando en su interior…

Y acaba la información general y llegan los deportes, y créanme que hubo un tiempo, acaso ya demasiado lejano, en el que relación fútbol/otras disciplinas venía a ser de más/menos 50/50, 60/40 en el peor de los casos: te empezaban por el fútbol, claro, pero nunca faltaba el hueco para meter imágenes de algún torneo de tenis, algún récord de atletismo o natación, algún gran golpe de golf, algún descenso de esquí… Hoy, qué les voy a contar que ustedes no sepan, padecemos el monocultivo del fútbol puro y duro: 80/20 en el mejor de los casos, a veces 90/10, demasiado a menudo 100/0: te meten el entrenamiento de cada día del Madrid y el Barça, te cuentan qué le pasa a Messi, cómo lleva los pelos Cristiano Ronaldo, dónde le duele a Iniesta, cómo hace caca Kaká. Luego, ya dependiendo de la actualidad (curioso concepto éste, actualidad), acaso te metan también imágenes del Valencia, el Sevilla, El Espanyol o alguno de los Atletis, y después… Pues ya dependiendo del canal, si es TVE meterán su dosis de motos y tal vez aún se acuerden de alguna otra cosa, si es LaSexta Fórmula Uno, si se trata de Telecinco, Cuatro o Antena 3 ya ni eso siquiera. En temporada la NBA, que se las sabe todas, aún se las apaña para colocar aquí y allá las tres o cinco mejores jugadas del día (gracias a lo cual algunos recordarán que aún existe este deporte); ¿la ACB? ¿la Euroliga? ¿y eso qué es? Aún en TVE muy de vez en cuando se les escapa alguna imagen por mero compromiso, pero un telespectador que sólo vea las noticias de T5 ó de A3 pensará legítimamente que las competiciones domésticas de nuestro deporte (y de otros, balonmano, voleibol, ya ni hablemos) se extinguieron hace ya mucho, mucho tiempo.

Claro, me dirán con razón que esto es lo que la audiencia demanda, que a la gente le preocupa básicamente la información de su equipo, cómo han entrenado, quién hay lesionado, que el resto se la trae al fresco. Y será cierto, qué duda cabe, hay que meter hasta la extenuación los entrenamientos de los dos grandes porque eso es lo que la gente pide… Pero, aún siendo cierto, no deja de parecerme un tanto peligroso; podríamos hacer lo mismo en el bloque de información general, dar a la gente lo que pide, suprimir esasnimiedades de los 40 muertos del atentado en Kabul o las 70 víctimas de una explosión en Bagdad, cosas que al fin y al cabo no le interesan a nadie, total si están allí pues ya saben que se van a morir, qué más dará un día que otro, y sustituirlo por lo que realmente importa a la gente, qué sé yo, la trama marbellí, veinte minutos diarios de Julián Muñoz y/o la Pantoja, pongamos por caso. No está mal, movernos exclusivamente por criterios de audiencia, pero algunos ingenuos aún pensamos que la información, así deportiva como de cualquier otra clase, debería hacerse en base a criterios exclusivamente informativos, como su propio nombre indica: contar lo que es noticia, en lugar de crear noticias donde no las hay para poder contarle luego a la gente sólo lo que ésta quiere oír.

Éste es un país extraño, qué duda cabe: el balonmano, deporte cada vez más sumido en las catacumbas, vivió un inesperado momento de eclosión hace unos cuantos años por algo tan simple como que un afamado jugador de nuestra selección fue a ennoviarse con una no menos afamada Infanta. Y en nuestro deporte, pues tres cuartos de lo mismo: hoy quizá ustedes ya no lo recuerden, pero puedo asegurarles que durante los oscuros años noventa (retirada ya la generación de Los Ángeles, aún no estrenada la generación de Lisboa/Tokio/Pekín) el jugador de baloncesto más famoso de este país era Fran Murcia; sí, Fran Murcia, jugador murciano (como su propio nombre indica), eterna promesa que no pasó de hacer una carrera simplemente digna, pero que en un momento dado tuvo a bien contraer matrimonio con una tal Lara Dibildos (o algo así), personaje al parecer de vital importancia en las revistas del páncreas, el intestino y demás vísceras. No sé, acaso éste sea el camino: que Marta, Mayte, Paquillo, Eliseo, Pestano, tantos/as otros/as, en lugar de entrenar anónimamente durante doce meses al año, en lugar de sufrir en silencio un día tras otro sus lesiones, sus bajones, sus depresiones, total para luego dejarse los hígados en cada competición y que sólo apreciemos su esfuerzo los cuatro tontos de siempre, en lugar de todo eso casi mejor que se dediquen a dar que hablar, no por su actividad deportiva sino por su vida social, claro está: no, no ganarían campeonatos, no alcanzarían finales (y total para qué, total a quién le importa) pero estarían en boca de todo dios, las marcas comerciales se les disputarían, los contratos publicitarios les lloverían, fama y dinero a espuertas, el atletismo (sustitúyase, en su caso, por el deporte minoritario que cada uno desee) convertido en fenómeno de masas otra vez (si es que alguna vez lo fue)…

Vale, ya lo dejo, acabo ya de desbarrar. No se preocupen, será sólo que las altas temperaturas me habrán reblandecido las neuronas (en su caso), que ya hasta me da por pensar lo que sé que no debo pensar. Sí, está claro, el calor, va a ser eso…

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Publicado octubre 25, 2012 por zaid en medios, preHistoria

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