descalzo sobre la hierba húmeda   Leave a comment

(publicado el 25 de agosto de 2009)

Aún recuerdo cuando le vi por primera vez, en aquellas monodosis semanales de NBA de finales de los ochenta, aquellos añorados Cerca de las Estrellas de hace ya más de veinte años, recurramos al tópico, hay que ver, cómo pasa el tiempo, madre mía, si parece que fue ayer. Los Bulls habían defenestrado jordanescamente a Doug Collins y para sustituirle rebuscaron en las profundidades de su banquillo, lugar desde el que emergió un tipo alto, flaco y con bigote, alguien a quien tal vez algunos viejos aficionados neoyorquinos aún recordaran como aquel desgalichado hippy que ejerció de jugador interior de complemento en los Knicks que gobernaron los primeros años setenta, alguien a quien las lesiones retiraron prematuramente y que se fue a ganarse modestamente las habichuelas como entrenador-jefe en sitios tan insospechados como la CBA y Puerto Rico antes de aterrizar finalmente en Chicago, alguien a quien ahora por fin ascendían a máximo responsable del cuerpo técnico… de momento, si acaso por unos meses, el año que viene ya veremos lo que hacemos.

Había algo en él que me rompía sobremanera los esquemas: quizá fuera su asombroso parecido físico con el que por aquel entonces era mi jefe (como dos gotas de agua, puedo asegurárselo); o quizá fuera su aire dinámico y jovial, tan lejos de la imagen hierática y adusta que ofrecían tantos otros entrenadores; o quizá fueran sencillamente sus tirantes, esos que nos mostraba cada vez que se abría la chaqueta y que ya entonces nos resultaban completamente anacrónicos… hasta que Trecet nos contaba que no eran por una cuestión de estética sino de estática, que usaba tirantes sencillamente por pura necesidad, porque sus maltrechas caderas ni tan siquiera le permitían utilizar cinturón. Fuera por lo que fuese te caía bien, te identificabas con su actitud, con su forma de ser y hasta con su manera de entender el baloncesto. Merecería que le vaya bien, pero ahí con Jordan al lado ya veremos lo que dura…

Duró, vaya que si duró. Duró casi diez años y aún habría seguido otros diez si aquel animal de bellota llamado Jerry Krause no hubiese decretado la inmolación de uno de los mejores equipos de la historia, en el que tal vez fuera uno de los más asombrosos casos de autodestrucción que jamás haya conocido el deporte moderno; fue genial, primero hundió el barco y luego se trajo a su colega Tim Floyd para que gobernara ese barco que él mismo había hundido, con amigos así no hacen falta enemigos pensaría el otro. Pero ésta sería ya otra historia, no nos vayamos por las ramas…

Porque en ese periodo a Phil Jackson le dio tiempo a ganar seis hermosos anillos, seis, qué les voy a contar yo que ustedes no sepan, seis anillos que aún habrían sido ocho si a Jordan no le hubiera sobrevenido aquella crisis existencial tras la muerte de su padre, aquella que le llevó a convertirse en el jugador de béisbol más insospechado de la historia. Seis anillos que deberían haber elevado a los altares al bueno de Jackson pero que no evitaron que muchos otros aún le siguieran negando el pan y la sal, con ese equipo ya podrá, teniendo a Jordan así cualquiera. Como si el mero hecho de tener al 23 ya te otorgara el título de serie, como si torres aún más altas no hubieran caído antes y después.

Puestos a criticarle, no faltaron los que le reprocharon menor riqueza táctica que tantos otros colegas suyos, quizá sin pararse a pensar que él, como principal virtud, siempre supo rodearse de extraordinarios colaboradores: pongamos por ejemplo aquel John Bag de su primer trienio triunfal en Chicago, aquel cuyo trabajo de orfebrería defensiva aún hoy permanecerá grabado a fuego en las mentes de Kevin Johnson, Charles Barkley y demás Suns que tuvieron el honor de padecerlo durante las inolvidables Finales del 93. O pongamos por ejemplo aquel Tex Winter que parió esa cosa, tan difícil de explicar y de entender pero tan grata de ver, llamada triángulo ofensivo. Hasta hace apenas unos meses aún podíamos verle, siempre a la vera de Jackson, siempre por allí detrás en un discreto segundo plano; hoy sus más de ochenta años ya le pasan factura, ya le obligan a permanecer alejado del escenario, lejos de su juego de toda la vida, de su sistema, de sus triunfos.

Pero es que además, recordémoslo, tengámoslo bien presente, esto es la NBA. ¿Cómo podría explicarlo? Quizá trayendo a colación aquella historia que contaba un cantautor argentino de cuando el Presidente de la nación visitó su pueblo, le presentaron a la madre del susodicho cantautor, el Presidente le dijo señora, cuánto gusto, dígame, ¿qué puedo hacer por usted?, y la señora sólo respondió, con que no me joda es suficiente… O quizá recordando aquellas otras palabras de Del Bosque en sus tiempos de entrenador madridista, cuando respondió a los elogios diciendo que hoy en día, con que un entrenador no estropee a un equipo, ese equipo tiene ya mucho ganado… Reitero, esto es la NBA, el paraíso de la profesionalidad, el paraíso de la superélite, el paraíso del uno contra uno: nadie niega la absoluta importancia del técnico en tantos otros niveles, tantos otros lugares, tantas otras competiciones. ¿En la NBA? Por supuesto, también la tiene, faltaría más, hemos conocido a demasiados entrenadores destrozando equipos como para negar ahora su trascendencia. ¿Mejorándolos? Pues también, claro está: pero no tanto a nivel táctico, aún menos a nivel técnico; mejorándolo, sobre todo, a nivel de trabajo psicológico.

Y en este aspecto Phil Jackson no tiene parangón. Nadie como él para saber manejar un grupo humano, para saber sacar partido de un montón de tíos cada uno de su padre y de su madre (y aún sin padre conocido en algún caso), para lograr que unos cuantos tipos que apenas se hablan y difícilmente se soportan sean capaces de remar juntos (y cómo) en pos de un objetivo común. Nadie como él para hacer un EQUIPO alrededor de aquel abrasivo Jordan que siempre midió a los demás en función de sí mismo, que siempre pareció incapaz de perdonar a sus compañeros el más mínimo error. Nadie como él para sacar partido del tipo más extraño que jamás entrenador alguno haya podido encontrarse, esa bomba de relojería llamada Dennis Rodman que a tantos estalló en las manos, a Jackson no sólo no le estalló sino que le rindió como jamás nadie pudo imaginar que rendiría; como sacó incluso partido del depresivo Brian Williams, aquel Only You Willams más tarde reconvertido en Bison Dele, una de las más trágicas historias que haya conocido nuestro deporte, descanse en paz. Nadie como él para lograr, ya en Los Ángeles, la cuadratura del círculo: dos tipos con complejo de estrella que se profesaban un inmenso desprecio, pero que fueron capaces de aguantarse y hasta de ganar tres anillos en ese periodo.

Y todo ello sin dar una sola voz, manteniendo la calma y transmitiendo ese sosiego de filósofo zen que siempre parece acompañarle, aderezado además con todas esas medidas que tanta gracia hicieron siempre a todos aquellos que no entienden la labor de un entrenador si no lleva un látigo en cada mano: él no, él prefería, cuando los Bulls iban de gira por el Oeste, aprovechar el día libre para llevarse a sus jugadores a conocer las Montañas Rocosas o el Cañón del Colorado; él siempre prefirió, antes y ahora, hacer algo tan simple como ponerles películas (más o menos alegóricas) o regalarles libros cada vez que se presentaba la ocasión; que uno hasta se imaginaba a Rodman o a Shaq preguntándole oiga coach, ¿esto cómo se enciende, dónde está el botón? Pero que luego resultaba que se los leían, hasta tratados de filosofía, y que hasta los más insospechados te venían luego diciendo a partir de ahora llámenme El Gran Aristóteles… Sí, todo muy gracioso si así lo quieren, pero quizá jamás entrenador alguno (de NBA, me refiero) haya entendido a sus jugadores como lo hizo y aún hoy lo hace Phil Jackson.

Una anécdota, una sola que quizá retrate mejor que ninguna otra el estilo Jackson: pongámonos en situación, año 1994, Jordan que se ha ido a jugar al béisbol, Pippen que directamente se cree dios, como si el equipo fuera ya casi de su propiedad; eliminatoria de playoffs contra los Knicks, partido decisivo, prórroga, tiempo muerto a falta de dos segundos, hace falta un triple, Phil les reúne y diseña la jugada para que sea un rookie croata llamado Toni Kukoc el que se juegue el tiro definitivo. Y Pippen que monta en cólera, un pollo impresionante, pues si la jugada no es para mí entonces yo no salgo, cosas así; cualquier otro entrenador se habría puesto allí a pegar gritos, pero tú quién te has creído que eres, quién sabe si algún otro hasta habría tragado y se habría bajado los pantalones ante su estrella; Phil no, Phil simplemente dijo pues vale, pues no salgas, y sin inmutarse lo más mínimo siguió explicando la jugada como si tal cosa. Claro, jamás sabremos qué habría pasado si aquello hubiera salido mal… porque resulta que salió bien, la estrategia fue perfecta, Pippen vio desde el banquillo como Kukoc metió aquel triple, como los Bulls finalmente ganaron aquel partido (no así la serie que fue para los Knicks, aquellos durísimos Knicks de Riley que a la postre perderían la Final ante los Rockets) y a Pippen le faltó tiempo para volver al día siguiente, orejas gachas y rabo entre las piernas, a pedir perdón a su entrenador, a sus compañeros, a su afición y a todo aquel que se le pusiera por delante.

Sí, el aspecto psicológico, el manejo de grupos, todo eso lo dominó como nadie… pero todo tiene un límite, y aquella cuadratura del círculo que tan bien había funcionado en Los Ángeles entre 2000 y 2002 estalló en mil pedazos en 2004, el cuadrado Shaq echándose a un lado, el círculo Bryant quedándose al otro, aquellos Lakers galácticos (Malone, Payton) de repente arrollados por los Pistons de Larry Brown, yéndose a pique ante la mirada asombrada de medio mundo. El rosario de la aurora: el uno echando pestes del otro, el otro buscándose líos imperdonables (que sólo le serían perdonados a base de pasta), el tercero (Jackson) desahogándolo todo en un best-seller…

Los Lakers se instalaron en el caos, pero es de sobra conocido que del caos nace el orden: Phil, vente de nuevo para acá, por favor, le pidió un día su chica, que al hecho de ser su chica unía también la nada desdeñable circunstancia de ser la hija del dueño de la franquicia. Y es bien sabido que (ustedes perdonen la grosería) tiran más dos tetas que dos carretas, tanto más si éstas vienen acompañadas por un contrato plurianual de un porrón de millones de dólares: Phil dejó su año sabático en Australia, volvió a Los Ángeles, tomó de nuevo las riendas y el resto es historia, qué les voy a contar yo que ustedes no sepan: Kobe queriéndose ir, parecía que a aquel equipo no habría por dónde cogerlo pero un día, por arte de birlibirloque, ficharon a un espigado mocetón llamado Pau (no sé si les suena) y fue como si de repente ya encajaran todas las piezas; la final de 2008 acabó en frustración, la final de 2009 acabó con la frustración.

Hoy Phil Jackson tiene a la vuelta de la esquina sus 64 tacos, y tiene además un montón de averías por todo su cuerpo, la espalda al bies, fascitis plantares, achaques cardiovasculares y esas caderas tantas veces operadas y trasplantadas, hasta con implantes de titanio incluso. Hoy Phil Jackson apenas se aguanta de pie (de ahí ese trono que le ponen en los banquillos, más alto de lo normal, para poder seguir el juego sentado como si estuviera levantado), el mero hecho de verle andar es ya un poema (por más que a algunos esos andares aún sigan haciéndoles tanta gracia). Hoy a Phil Jackson ya apenas le caben los dólares en su cuenta, ya ni siquiera tiene dedos para más anillos, razones todas ellas más que suficientes para haber dicho ahí os quedáis, apañároslas sin mí que yo me vuelvo a mi rancho. Pero es bien sabido que el corazón (aún achacoso) tiene razones que la razón no entiende: Phil Jackson aún buscará otro anillo como si le cupiera, aún paseará su maltrecha humanidad por la Liga, aún lo intentará otra temporada más. Será, esta vez sí, la última… aunque yo que usted no apostaría, por si acaso, no vaya a ser que.

Cuentan que en cierta ocasión, en rueda de prensa tras una victoria cualquiera, cierta periodista le preguntó si sentía feliz por aquel triunfo, y cuentan que él le respondió que no, que a él eran otro tipo de cosas las que le hacían sentirse feliz. Quizá en otro orador habría cabido temer que a continuación soltara a saber qué barbaridad, pero no así en Phil Jackson, que simplemente añadió: “por ejemplo, caminar descalzo al amanecer sobre la hierba húmeda…” Siempre me pareció una extraordinaria filosofía de vida; vale, sí, quizás un poco más difícil de llevar a cabo si vives en un piso de Vallecas que si habitas una mansión de Beverly Hills o un rancho de Montana, pero extraordinaria al fin y al cabo; una simple anécdota, pero que quizá resuma mejor que ninguna otra la personalidad de este (verdadero) señor de los anillos.

Siempre tuve cierta debilidad por él, a qué negarlo, siempre pensé que le debía algo a modo de particular homenaje, algo como uno de estos tochos que suelo escribir de vez en cuando. Y aunque tal vez éste no sea el mejor momento (offseason, como suelen decir ellos), sí que me ha parecido una buena manera de conmemorar de algún modo el que ya es el segundo aniversario de este blog (insisto, hay que ver, cómo pasa el tiempo, madre mía, si parece que fue ayer): dejando, por fin, esta deuda saldada.

Publicado octubre 25, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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