monsalvazo   Leave a comment

(publicado el 8 de septiembre de 2009)

 

Como diría aquél, me llena de orgullo y satisfacción… Me llena de orgullo y satisfacción haber puesto ya tantas veces por las nubes a Moncho Monsalve (*), me llena de orgullo y satisfacción haberme ilusionado con su futuro, con el día aquel en que decidió ponerse otra vez el baloncesto por montera, darle la espalda a la edad, darle la espalda incluso a sus problemas de espalda, olvidar por fin pasadas frustraciones, sentirse de nuevo (y más que nunca) entrenador. Me llena de orgullo y satisfacción, desde la distancia, desde la ignorancia, desde la carencia casi absoluta de imágenes y sensaciones, aún así poder sentirme casi partícipede ésta su segunda juventud brasileña. Me llena de orgullo y satisfacción proclamar a los cuatro vientos, por si alguien aún no lo supiera, que Moncho Monsalve, seleccionador nacional de Brasil, es ya hoy Campeón de América de baloncesto, acaso el título más importante de su intensa e inmensa carrera.

Acaso todo empezara ante mis ojos hace precisamente cuatro años, cuando a alguna televisión (Teledeporte, si mal no recuerdo) le dio por retransmitirnos aquel otro Torneo de las Américas, maravillosos tiempos aquellos en los que a veces te procuraban gozo y disfrute televisándote cosas insospechadas, quién los pillara a día de hoy. No teman, no me dejaré llevar por la nostalgia, me limitaré a constatar que Brasil alcanzó la final de aquel Torneo con una generación emergente, sin apenas desperdicio, de la que precisamente Moncho Monsalve ya escribió en aquellos días que habría de ser la que en años venideros reemplazara a Argentina en la hegemonía del baloncesto continental. Quién se lo iba a decir entonces, no ya que sus palabras resultarían premonitorias sino que incluso él mismo formaría parte de su propia premonición… Pero para eso aún faltaba algún tiempo, aún faltaba que la generación emergente de 2005 se pegara un hostiazo importante en Japón 2006, que se hundiera aún más en 2007, que ya sólo les quedara la repesca como única vía para Pekín 2008, que alguien un día decidiera dar un golpe de timón, poner aquella generación otrora emergente precisamente en manos de quien más había creído en su emergencia, ya saben, el tipo aquel tan estudioso de este otro baloncesto de allende los mares (de todos los baloncestos, en realidad), aún convaleciente, ya de vuelta, por qué no ofrecerle un nuevo viaje de ida…

No pudo ser Pekín 2008, demasiadas piedras en el camino, demasiadas ausencias. Pero dejó huella: la suficiente como para que sus internacionales pidieran casi a gritos su permanencia en el cargo, la suficiente como para convencer, por fin, a unos cuantos hijos pródigos, para que Leandrinho y Varejao (aún falta Nené, que también acabará cayendo algún día) se unieran a los marcelinhos, Giovannoni, Alex García, Splitter… Un equipazo, sí, pero el mismo que se la había pegado otras veces, tal vez sólo a falta de alguien que supiera dirigirlo, alguien que les enseñara por fin a ganar. Hoy son campeones de América, campeones ganándole la final a Puerto Rico en Puerto Rico, al Puerto Rico de Arroyo, Ayuso o Santiago, allí mismo, en su propia casa, a la manera (salvando las distancias) de aquel maracanazo que tantos brasileños parecen llevar eternamente sobre sus conciencias incluso sin haberlo vivido. No, no busco paralelismos (por otra parte imposibles), no lo llamaré puertorricazo ni boricuazo ni ninguna otra tontería… Pero no me quedaré con las ganas (ustedes me perdonen) de llamarlo monsalvazo, aunque quede raro, aunque apenas suene bien. Por eso, porque me llena de orgullo y satisfacción…

No sé muy bien por qué, siempre que escribo en estos últimos tiempos acerca de Monsalve se me viene a la cabeza una estrofa de una vieja y no demasiado conocida canción de Serrat, Tío Alberto, sospecho que poco adecuada para la ocasión porque no imagino a Moncho como muy serratiano, quizá porque tengo el recuerdo de cuando pinchaba otras músicas en la radio, hace ya demasiados años de eso. Pero no me resistiré, aunque no pegue, a transcribir aquellos versos, qué suerte tienes cochino / en el final del camino / te esperó la sombra fresca / de una piel dulce de veinte años / con que olvidar los desengaños / de diez lustros de amor… Sus (pongamos) diez lustros de intenso amor al baloncesto, y a la vida (dos conceptos que en su caso vendrían a ser la misma cosa), no estuvieron precisamente exentos de desengaños, que hoy ya carecen por completo de importancia ante esta piel dulce que le está tocando disfrutar y vivir en Brasil. ¿Final del camino? Mejor sería hablar de segundo (o tercer, o cuarto, o…) comienzo, una nueva vida que echó a andar con dificultades en 2008, que hoy es felicidad en 2009, que habrá de tener su próxima estación en Turquía 2010.

No hace mucho le leí en una entrevista que no hay cosa que más le joda que el que le llamen Maestro. Procuraré no llamárselo aunque le llame otras cosas, pongamos imprescindible una vez más, como en ese mismo enlace que dejo ahí debajo. No, no caeré en la tentación de llamárselo aunque probablemente nunca lo leyera, aunque los acontecimientos se empeñen en demostrarme lo contrario, aunque me obligue a buscar sinónimos insospechados, aunque sus triunfos me lo pongan cada día más difícil, hoy más difícil que nunca. Grande, Moncho.

(*) http://lacomunidad.elpais.com/correcalles/2008/1/25/imprescindible

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Publicado octubre 25, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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