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(publicado el 27 de octubre de 2009)

 

Allá por el jueves 8 de octubre (que ya ha llovido, suele decirse, aunque por aquí apenas haya caído alguna gota), a la salida del Palacio de los Deportes tras presenciar aquel Real-Jazz, un aficionado madridista mascullaba amargamente, claro, como hace dos años ganamos a los Raptors ahora ya no se atreven a traernos a los equipos malos, ahora ya nos traen a los buenos para no correr riesgos… Entonces aquella afirmación me pareció exagerada: aquellos que habíamos tenido la ocurrencia de gastarnos un buen puñado de euros para presenciar in situ otro nuevo advenimiento de la NBA, acabábamos de asistir a lo que llamaríamos un partido de baja intensidad. O un no-partido, también podríamos llamarlo. Al menos el Madrid tenía coartada: aún en plena pretemporada, de repente se encontraba sometido a un calendario que le obligaba a promediar un encuentro cada dos días (miércoles 30, Torneo Comunidad ante el Fuenla; viernes 2, Supercopa ante el Baskonia; sábado 3, más Supercopa ante el Barça; martes 6, más Torneo Comunidad ante el Estu; jueves 8, los Jazz; sábado 10, debut liguero ante el Cajasol), un ritmo casi propio de playoffs; y Felipe y VDS no estaban, y Lavrinovic como si no estuviera, y Prigioni que bien pronto dejó de estar, y Messina el hombre haciendo experimentos, a ver qué va a hacer si no, poniendo a Bullock de base como si lo fuera (que jamás lo fue, aunque más de una vez durante su carrera le hayan obligado a desempeñar ese papel), priorizando la cita de Sevilla sobre la de Utah, decisión inobjetable desde el punto de vista deportivo… pero que digo yo que tampoco habría estado de más haberlo sabido antes de comprar la entrada.

Pero no teman, no les voy a someter ahora a una crónica de aquel (presunto) partido con casi veinte días de retraso, a estas alturas no tendría ya sentido (ni entonces tampoco); además no es precisamente del Madrid de quien quiero hablar (aunque lo parezca) sino de los Jazz; porque la afirmación de aquel aficionado, aún siendo exagerada (no me imagino a Stern allí en su despacho, oye que como hace dos años nos ganaron a éstos, ahora llevémosles a estos otros, que se van a enterar), también encierra una pequeña parte de verdad: evidentemente los Jazz no son los Raptors, ni aún comparándolos con la mejor versión conocida del equipo canadiense. Los Jazz suelen ser, sobre todo, un buen equipo, y cuando digo equipo no lo digo en el sentido (tan habitual en NBA) de mera suma de jugadores, total para que luego se la juegue el bueno y los demás miren; no, cuando digo equipo lo digo en el mejor sentido de la palabra, en el de un grupo de personas que colaboran y ponen cada uno de su parte en pos de un objetivo común.

Son un buen equipo hoy, con esa delicia de jugador llamado Deron Williams que no tiene reparo en autoproclamarse el mejor base del mundo (pero que, falsa modestia aparte, muy probablemente lo sea), ese Boozer eternamente descontento (pero eternamente produciendo), ese cuatro de mentira llamado Okur que te cruje una y otra vez a golpe de muñeca (y que aquí hasta parece correr y esforzarse, no como cuando le ves -cada vez menos- con Turquía), ese Kirilenko que (no todo puede ser perfecto) parece haber encontrado la vejez (deportiva) diez años antes de tiempo, pero que aún continúa aportando cantidad de intangibles en cuanto le dejan; más toda esa pléyade de actores secundarios, Brewer, el guaperas Korver, ese impagable Millsap que te coge un porrón de rebotes por partido pero que ahora además las mete, y cómo las mete… Son un buen equipo hoy, casi tanto como lo fueron en los años gloriosos de Stockton y Malone, como lo siguieron siendo también en los años de transición entre aquellos y éstos: entonces apenas contaban con jugadores mínimamente decentes, pero por más empobrecida que estuviera su plantilla nunca dejaron de parecernos un equipo; un muy buen equipo. Ya quisieran muchos otros poder decir lo mismo.

Y si entonces, ahora y siempre resultan ser un buen equipo, acaso no estará de más buscar el denominador común de todos esos equipos. Un denominador común que evidentemente tiene nombre y apellido, nombre de dibujo animado y apellido de linimento, acaso usted a estas alturas ya imaginará sin demasiado esfuerzo a quién me estoy refiriendo, un tal Jerry Sloan, nada más que veintidós años lleva la criatura rigiendo sus destinos, no creo que exista en todo el deporte profesional de alto nivel otro caso semejante. En el baloncesto universitario sí, claro, la NCAA es otro mundo, los hay que se tiran más de treinta, al fin y al cabo se trata de reclutar y de formar, si encima ganas pues miel sobre hojuelas, si no ganas a esperar a la generación siguiente, y punto. Pero cuando pagan por jugar ya es otro cantar, si eres técnico necesitarás hacer las cosas muy bien, tener buenas agarraderas y un afilado instinto de supervivencia para aguantar más de cinco años en el mismo sitio, no digamos ya diez, quince sería impensable, veinte imposible… ¿imposible? Cuentan que en el fútbol inglés sí solían ocurrir hace algún tiempo cosas así, pero no estoy muy seguro de que hoy en la milmillonaria Premier League aún sigan ocurriendo. ¿En la NBA? Hombre, por favor, no me haga usted reír…

Pues ahí le tienen, en su vigésimosegunda temporada en una Liga en la que la paciencia resulta ser un bien cada vez más escaso, en la que los técnicos tienden a caer a puñados cual si de la Liga española de fútbol se tratara. Quizá su secreto esté en aquella frase que dejó caer cuando anduvo por aquí, lo verdaderamente importante es amar el juego. Aunque aquí prefiriéramos convertir la anécdota en categoría y directamente lincharle cuando se atrevió a confesar que no sabía que España hubiese ganado el Eurobasket. Está bien, quemémosle en la hoguera si ello es preciso, pero antes quizá no estaría de más que hagamos una encuesta entre nuestros propios técnicos, a ver cuántos de ellos saben a ciencia cierta qué selección ganó el Torneo de las Américas (casi todos, tal vez, pero porque el seleccionador era compatriota, si no ya veríamos), qué universidad ganó la NCAA, qué equipo ganó la Liga Turca o la Liga Adriática… Nos llevaríamos más de una sorpresa pero claro está, en ese caso todos lo entenderíamos, cualquier entrenador nuestro bastante tiene con lo suyo como para preocuparse de las cosas de los demás, no así Sloan, a ver de qué otra cosa iba a tener él que preocuparse durante este mes de septiembre más que de saber quién había ganado el Eurobasket (que además en este caso tampoco tendría quien se lo contara, que Okur y Kirilenko no vinieron; Koufos sí, pero no tendrá todavía confianza como para hablar con él en esos términos). Sabido es que los americanos (los de USA, concretamente) se creen el ombligo del mundo, pero tampoco parece que en temas umbilicales tengamos mucho que envidiarles, la verdad…

Puestos a mirar anécdotas yo me quedaría con una que sucedió durante ese mismo presunto partido Real Madrid-Utah Jazz, y que no sé si se apreció por televisión: fue hacia la mitad del segundo cuarto, los de Salt Lake City empezaban ligeramente a despegarse en el marcador, y en éstas que los árbitros dieron como canasta del Madrid un tapón manifiestamente legal (de Koufos, si mal no recuerdo)… Aquello tampoco tenía mayor importancia, Sloan bien podría haberlo dejado pasar pero no fue así, se levantó como tantas otras veces le hemos visto hacer en plena temporada, en su mejor versión de Cicuta Mix (siempre Montes), hecho una fiera, rojo de ira, taladrando con la mirada a aquellos tres árbitros, dos interinos (no sé si procedería el término esquiroles) NBA y un nada interino ACB (Martín Bertrán) que no se atrevieron a pitarle técnica porque no era el momento ni el lugar, simplemente dejaron que las aguas volvieran a su cauce…

Aquellos que siempre creímos fielmente en aquel principio de que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de sus entrenadores tenemos aquí el modelo perfecto para reforzar nuestra teoría. Los Jazz juegan a imagen y semejanza de su técnico, un tipo duro, sí, pero también muchísimo más que eso. Precisamente por su dureza le preguntaron una vez a un jugador suyo, un base llamado Raül López, no sé si le recuerdan, y el bueno de Raül contestaba textualmente que Sloan era duro pero justo. Y para ejemplificarlo contaba él también una historia de un partido cualquiera, una de esas veces en las que tras saque de fondo y mientras subía el balón se vio obligado a mirar a su técnico para que éste le indicara la jugada a realizar, en éstas que el base rival que se aprovechó de esa mínima distracción, le robó la pelota, anotó canasta fácil, Sloan pidió tiempo muerto, Raül se dirigió hacia su banquillo pensando madre mía la que me espera, verás tú la que me va a caer, Sloan que se fue hacia él y le soltó simplemente un no te preocupes Raül, ha sido culpa mía… Duro pero justo, ciertamente parece una buena definición.

Cuentan que en cierta ocasión, en una de esas temporadas de transición en las que las cosas no les iban precisamente bien, un periodista le preguntó al propietario de los Jazz Larry Miller (desaparecido hace apenas unos meses, por cierto) si Sloan podía estar cuestionado, si peligraba su puesto. Y cuentan que la respuesta del susodicho Miller no dejó lugar a dudas, nada que ver con esas tibias ratificaciones que tanto se estilan por estos pagos (y que a menudo suelen ser el paso previo a la destitución): ¿Sloan? Sloan apagará la luz aquí… Años después Jerry Sloan, acaso el mejor entrenador NBA que jamás ha sido nombrado Entrenador del Año en la NBA, sigue aún sin tener la más mínima intención de apretar el interruptor. Que siga así por mucho tiempo.

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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