AQUEL 3 DE DICIEMBRE   1 comment

(publicado el 3 de diciembre de 2009)

 

Aquel 3 de diciembre de 1989 habíamos quedado. Para ser más exactos, la que entonces aún era mi novia había quedado con su prima, lo que no tendría nada de particular si no fuera porque ambas acudirían a la cita en compañía de sus respectivas parejas. O dicho de otra manera, otro domingo por la tarde más que me quedaba sin ver el baloncesto, ese duelo en la cumbre entre el Real Madrid y el CAI Zaragoza que habría de ofrecer (creo recordar) nuestro recién nacido canal autonómico, Telemadrid. Nada nuevo por otra parte, en aquellos tiempos lo de quedarme sin ver baloncestos vespertinos era el pan nuestro de cada día: pocas tardes solía estar yo en casa, casa que aún no era la propia sino la de mis padres, ocho meses me faltaban para salir de ella, algún mes más para tener mi primer vídeo y poderme grabar éstas y otras cosas… En tiempo de playoffs y demás partidos decisivos yo podía buscarme la vida, llevarme a mi chica al Tragaluz (no piensen mal, era un pub) y clavar mis ojos en el televisor mientras ella se aburría inexorablemente a mi lado durante un par de horas; pero en partidos, digamos, normales (si es que a ti todos los partidos te parecen importantes, solía decirme) no había vuelta de hoja, tanto menos si además había otro compromiso de por medio: tocaba resignarse, quedar con ellos, asumir que tal vez acabaríamos en algún bar, pensar que allí tal vez tendrían puesto el partido (recuerden, aún estábamos en los ochenta, aún las televisiones no daban fútbol y más fútbol a todas horas, aún el baloncesto era lo suficientemente importante como para que los bares lo pusieran), conformarse con echarle un vistazo de vez en cuando…

Dicho y hecho, hola qué hay, cómo estáis, muac, muac (onomatopeya de besos en las mejillas) y al bar, que la tarde (ya casi noche) está fresca y lluviosa. Y fue entrar y ver a todos los parroquianos en total y absoluto silencio, todos y cada uno de ellos con la vista clavada en el televisor, un televisor sintonizado en el canal del baloncesto pero en el que sorprendentemente no había baloncesto, había otras cosas, gestos serios, entrevistas apresuradas, qué sé yo. Nos bastó un segundo para entender que había pasado algo, nos bastó apenas un segundo más para saber qué era exactamente lo que había pasado. Ya no hubo vuelta atrás. Pasamos tal vez un par de horas en aquel bar, pasado el shock inicial mi chica y su prima se pusieron raudas a hablar de sus cosas, y a mí me tocó el duro papel de dar la réplica al marido de la susodicha prima, unsimple que no parecía tener otro tema de conversación más que las motos, modelos de motos, cilindradas de motos, mundial de motos, su sobrino que corría en moto, cualquier cosa que tuviera algo que ver con una moto; claro, si hubiera tenido oportunidad tal vez él habría pensado lo mismo de mí con relación al baloncesto pero no fue el caso, yo asentí a todo y apenas dije nada, me limité a poner mi mejor cara de escuchar (de hacer como que escuchaba, más bien), todo ello mientras mis ojos y mis oídos permanecían discretamente más pendientes del televisor que del primo motero, mientras mi mente andaba ya en otro lugar, ya difícilmente podría volver a estar en ningún otro sitio.

De la misma manera que todos y cada uno de nosotros (si ya estábamos en este mundo, si ya teníamos edad para ello) recordamos dónde estábamos el 23-F, no digamos ya el 11-S ó el 11-M, también todos y cada uno de los aficionados al baloncesto (aquellos que ya tuviéramos una edad por aquel entonces, claro está) recordamos dónde nos pilló aquel 3-D. Sí, parece que exagero, ya lo sé, pero es que difícilmente las nuevas generaciones podrían hoy entender, por más que se lo expliquemos, por más medios de comunicación que en estos días dediquen reportajes al respecto (magnífico el de anoche en Teledeporte, por cierto), todo lo que significó Fernando Martín en aquellos años ochenta. Lo que significó para nuestro deporte, para aquellos jóvenes airados que un buen día se atrevieron a poner patas arriba el régimen establecido, dar un puñetazo encima de la mesa y decir hola buenas, aquí estamos nosotros, somos el baloncesto, quién dijo fútbol. Lo que significó aquel viaje que una buena mañana de finales de verano de 1986 emprendió hacia Portland, Oregon, a perseguir el sueño imposible de que un pívot de apenas 204 centímetros, nacido y criado en Europa y que jamás había pisado la NCAA, pudiera triunfar en la NBA. Él lo intentó, jamás se habría perdonado no intentarlo, y acaso entonces pensáramos que aquel intento no sirvió para nada pero hoy sabemos que fue exactamente todo lo contrario, que nada de lo que vino después habría sido igual sin aquel pionero que un buen día eligió dejar de lado los caminos trillados para aventurarse por sendas inexploradas: durante un año aguantó al coach Schuler, compartió vestuario con Clyde Drexler, Jim Paxson o Kiki Vandeweghe, peleó inútilmente por el puesto con otro rookie que hoy ya tampoco está entre nosotros, aquel Pato llamado Kevin Duckworth; y no, no rascó bola, efectivamente, pero de algún modo dejó abierto el camino por el que transitaron tantos y tantos jugadores internacionales como llegaron después. Esa Asociación NBA Sin Fronteras (como dice despectivamente Rasheed Wallace), aunque apenas sea consciente de ello, siempre tendrá muchísimo que agradecer a pioneros como Fernando.

Pero con ser inmensa su importancia para nuestro deporte, no fue menor (más bien al contrario) su trascendencia en otros muchos ámbitos. En otro magnífico reportaje que pudimos ver hace algunas semanas en el Informe Robinson del Plus, Manolo Lama recordaba cómo a su vuelta de USA firmó un contrato que le convertía en el jugador mejor pagado del Real Madrid; es decir, no del equipo de baloncesto del Real Madrid sino de todo el Real Madrid; o dicho de otra manera, en aquel entonces Fernando Martín ganaba más que cualquier jugador de fútbol del equipo blanco, por inconcebible que hoy nos pueda parecer. Su dimensión iba mucho más allá no ya del baloncesto sino del deporte mismo, alcanzando una repercusión social inimaginable a día de hoy: aquella expresión, icono mediático, que hoy solemos usar cada dos por tres y que entonces jamás se nos habría ocurrido utilizar, era probablemente la que mejor le cuadraba: le seguían las fans cual si de un ídolo del pop se tratara, su azarosa vida sentimental era pasto cada lunes y cada martes de las más prestigiosas (¿?) revistas cardiovasculares, hasta unos cuantos años después de su muerte ciertos medios de comunicación (sección telebasura) aún seguían refocilándose de vez en cuando en remover y remover su presunto affaire con cierta siliconizada señora cuyo nombre no diré por no darle aún más publicidad de la que ella ya suele darse a sí misma… Hoy se me podrían ocurrir sin demasiado esfuerzo dos o tres jugadores de fútbol (¡¡¡de fútbol!!!) con esa misma dimensión mediática; pero en aquellos ochenta jamás habíamos conocido otro caso semejante, y fuimos a conocerlo, mira tú por dónde, no con un futbolista sino con un extraordinario jugador de baloncesto.

De algún modo su muerte fue casi una metáfora de su vida: Fernando Martín se bebió la vida, vivió demasiado deprisa y fue a morir también demasiado deprisa, demasiado deprisa salió de su casa aquella tarde, seguramente hacia el Palacio de los Deportes, hacia el partido aquél que ni siquiera iba a jugar por encontrarse lesionado, demasiado deprisa irrumpió en la M-30, demasiado deprisa derrapó y se estampó dejándose la vida y arruinando de paso otra vida en el empeño. Aquel 3 de diciembre fuimos perfectamente conscientes de que se nos iba quizá lo más grande que hasta entonces había conocido nuestro deporte, pero sólo muchos años después supimos que aquel 3 de diciembre habíamos perdido algo más, algo así como la edad de oro de este juego, el tramo aquel de la M-30 convertido de repente en punto de inflexión entre los luminosos ochenta y los que habrían de ser oscuros, muy oscuros noventa. No, tras aquel 3 de diciembre de 1989 ya nada volvió a ser igual; tendrían que pasar muchos, demasiados años para que volviéramos a vivir siquiera algo parecido.

 

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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