la Resistencia   Leave a comment

(publicado el 30 de noviembre de 2009)

 

Ayer, domingo 29 de noviembre de 2009, a las 19:00 se paralizaba el país, se detenía el tiempo, se acababa el mundo. Ayer, a las siete de la tarde, finalmente sucumbí a mis más bajos instintos, me dejé llevar por la marea humana y me senté ante el televisor como tantos otros millones de ciudadanos para disponerme a contemplar el partido no ya del siglo sino del milenio, el acontecimiento deportivo que tenía en vilo al país entero y que sin lugar a dudas habría de marcar un punto de inflexión, un antes y un después en nuestras vidas: por supuesto, me estoy refiriendo (como sagazmente ya habrán adivinado) al choque que ayer disputaron los Phoenix Suns y los Toronto Raptors en esa misma ciudad canadiense, a ver de qué otra cosa podría estar yo hablando…

La frase con la que nos recibió David Carnicero ya no dejaba lugar a dudas, bienvenidos al canal de la resistencia, todo un guiño de complicidad hacia aquellos que no podíamos evitar tener la sensación de estar casi delinquiendo, pisando terreno prohibido, un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento (y me quedaré corto) de los aficionados al deporte de este país ya estaban todos arracimados alrededor del televisor en sus casas, en los bares, mirando todos ellos en la misma dirección, y mientras por ahí andábamos merodeando el otro cero coma cero uno por ciento (me quedaré largo), seres antisociales directamente instalados en la clandestinidad (no necesariamente en ésta, hay otras clandestinidades), de algún modo empeñados en demostrarnos a nosotros mismos que es verdad, que hay otros mundos y además están en éste, pequeñas realidades ocultas tras la gran realidad única y absoluta que se empeñan en imponernos cada día.

Aquello podía ser una fiesta, el enfrentamiento entre los dos equipos que acaso a día de hoy practiquen un baloncesto más alegre en aquella Liga, pero nos bastaron unos pocos minutos para comprender que los Suns juegan así porque pueden mientras que los Raptors lo hacen porque quieren, porque sí, sin ninguna razón lógica que lo respalde. Los Suns vuelan en ataque pero entienden que ello no tiene que significar necesariamente tocarse los huevos en defensa; los Raptors en cambio aprovechan la defensa para descansar, con lo que corremos para el otro lado no nos matemos en éste, disfrutemos sin más del ataque de nuestros rivales a ver si aprendemos algo; defensa contemplativa, tan evidente ayer en su casa como el pasado viernes en casa de los Celtics. Un chollo, ya nos lo temíamos, pero que esta vez ni siquiera encontrará respuesta al otro lado: si tiras de tres veinte veces y sólo metes una, digamos que aún haciendo bien todo lo demás (que no es el caso) te va a resultar francamente difícil llevarte el partido.

En cambio los Suns, insospechados líderes de la Liga, juegan que da gloria verlos, juegan casi como en los tiempos de D’Antoni, ya sin shaquilles ni demás armarios roperos que les ralenticen, con un nuevo culpableen los banquillos llamado Alvin Gentry (añádase a su primer asistente Dan Majerle, toda una institución en aquella casa) y con otro culpable sobre la cancha que no es nuevo sino el mismo de siempre, don Steve Nash, pongámonos de pie al mencionar su nombre. Nash tiene la sana costumbre de visitar su país una sola vez al año, y esta cosa de encontrarse entre los suyos se ve que le inspira, aún más si cabe: mira que nos gusta Calderón, aún oxidado como dicen que se encuentra en estos días (que eso también tiene delito: al acabar la temporada clamaron para que Calde no jugara el Eurobasket y ahora que no lo ha jugado se quejan de que está oxidado por haberse pasado cinco meses sin jugar, vaya por dios), pero en partidos como el de ayer las comparaciones resultan todavía más odiosas: por mucho que nos duela (que nos duele) el extremeño fue ayer un mero pelele en manos de un Nash que gobernó el partido a su antojo: otros a esas horas andarían con sus messis, sus xavis o sus cristianos (ronaldos), en cambio a mí casi se me caían las lágrimas sólo por el mero placer de ver jugar a este tío.

Y hasta parecía que estos dos últimos años nos hubiéramos olvidado de él, que si Paul, que si Deron, que si Rose, que si quien fuera, Nash tiene ya treinta y cinco, ya nada queda de aquello que fue… ¿Nada? En su caso no debía tratarse de una cuestión física sino mental: le ha bastado volver a tener un entrenador que le comprenda, que otra vez le dejen jugar como a él le gusta para que aquí le tengamos de nuevo, convenientemente resucitado, practicando (una vez más) el mejor baloncesto de su carrera. Pero es que además no es él solo, que si miramos el carnet de identidad (o similar) estos Suns más bien parecen el Geriátrico de Arizona, con un Jason Richardson que (a la vejez viruelas) parece haber encontrado por fin el poso y la sensatez que casi nunca tuvo sobre la cancha (más vale tarde que nunca), y hasta con un Grant Hill que parece haberse bebido el elixir de la eterna juventud tomándose así cumplida venganza de todos aquellos años de postración, de tobillos hechos pedazos por tierras de Florida; él ni siquiera habrá necesitado hacer un pacto con el diablo, porque en su caso el diablo (o la vida, simplemente) estaba en deuda con él. Y en medio de todo Nash, alimentándolos en todos los sentidos, así pasándoles los balones sobre la cancha como el régimen (hipocalórico, of course) fuera de ella, liderando y disfrutando, tanto como siempre, quizá más que nunca.

A eso de las nueve menos cinco Carnicero tuvo a bien dar la bienvenida a todos aquellos que aterrizaban desde el clásico, comienzos del último cuarto con todo por decidir, les anunció. Así lo parecía, pero los recién llegados apenas tardarían medio minuto en comprobar que no era cierto, que en realidad estaba ya todo mucho más decidido de lo que anticipaba el marcador. Allí apenas quedaban diez minutos de la basura(aunque a ratos los protagonistas intentaran que no lo pareciera), toda la sustancia se había acabado ya, a todos los que la disfrutamos desde el principio nos había dejado un magnífico sabor de boca. No, probablemente este Toronto-Phoenix no pasará a la historia como tampoco pasará probablemente ese otro Barça-Madrid (aquí los puristas nos dirían que todo Barça-Madrid o Madrid-Barça pasa directamente a la historia por el mero hecho de serlo, independientemente de lo que suceda) cuyo eco nunca pudimos dejar de escuchar al otro lado del salón y del televisor. Dio igual: Daimiel, Carnicero, yo, tal vez alguien más en algún otro lugar, fuimos partícipes de dos horas y pico de transgresión, de modesto (y virtual, e ingenuo) desafío al poder establecido. Nada del otro mundo, tal vez, pero fue moderadamente bello mientras duró.

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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