mil noches con Montes   Leave a comment

(publicado entre el 20 y el 23 de octubre de 2009)

(I)

Allá por el otoño de 1995, los aficionados a la NBA de este país vivíamos en un sinvivir (valga la redundancia, y la contradicción): pocos meses antes había finalizado el contrato entre Televisión Española y aquella Liga, es decir, había finalizado el infame maltrato a dicho producto por parte del Ente Público, año tras año superándose a sí mismo, destrozando cada vez más la ya lejana herencia de aquel inolvidable Cerca de las Estrellas: cada semana un horario distinto (a cuál peor), el partido a menudo reducido a cuarto y mitad (a veces, incluso a mitad de cuarto), la de dios. Esos últimos tiempos de NBA en TVE fueron terribles, pero es que el futuro pintaba aún peor: o yo o el diluvio, no parecía haber en todo el espectro ni un solo canal en abierto, ni público ni privado, que mostrara el menor interés, tal vez la televisión de pago sería ya nuestra única esperanza… Y televisiones de pago no es que hubiera muchas, básicamente todo se reducía a Canal +, un Plus que ya daba la NFL, la NHL, la Final Four de la NCAA, ¿por qué no habría de dar también (y con más razón) la NBA? Durante el verano ya había surgido algún rumor en ese sentido, pero en octubre llegó la pretemporada y a ciencia cierta nada se sabía, en noviembre empezó la temporada y aún menos seguía sin saberse, las noticias y los resultados iban llegando pero nosotros no podíamos verlo, ya ni el retal que antes nos daba TVE, ya es que no teníamos nada…

Mediados de noviembre, por fin la buena nueva que tanto habíamos estado esperando: la NBA llegaba finalmente a Canal +, las retransmisiones empezarían el 1 de diciembre, de momento un partido a la semana, los comentarios los haría Santiago Segurola (en la redacción de El País por aquel entonces, no sé si ya Jefe de Deportes por aquel entonces), la narración Andrés Montes… ¿Andrés Montes? Mis únicos recuerdos de Andrés Montes se remontaban a los años ochenta, a la vera de García (José María) en la extinta Antena 3 Radio. Había sido la voz del baloncesto (junto con Siro López) en aquella casa, justo en aquella década prodigiosa en la que nuestro deporte vivió un verdadero boom mediático. Iba el Madrid a jugar Copas de Europa por esos mundos de dios y cada partido parecía un acontecimiento nacional, así fuese a Kaunas, a Moscú, a Tel Aviv, a la antigua Yugoslavia, a donde fuera, a cada desplazamiento le acompañaban no dos o tres periodistas sino veinte o treinta (gracias a lo cual guardó hasta los últimos días de su vida una extraordinaria amistad con muchos de aquellos jugadores, qué les voy a contar que ustedes no sepan, así como con algún otro significado periodista que también andaba de meritorio en aquellos tiempos, verbigracia Manolo Lama). Recordaba yo aquello, como recordaba también las vergonzantes broncas que más de una vez le había echado su jefe en antena (a él y a tantos otros, era el estilo García como si dijéramos) o los no menos vergonzantes chistes que ese mismo jefe solía hacer constantemente, relativos al color de su piel…

Más tarde le perdí la pista, como a tantos otros, pero ahora me reaparecía de repente en 1995 convertido nada menos que en sucesor de Trecet, en la nueva voz de la NBA en este país… El estreno, aquel 1 de diciembre, Houston-Utah, resultó sencillamente estremecedor: apenas conocía a ningún jugador, recuerdo que se pasó todo el partido confundiendo a Olajuwon (el bailarín de claqué del Cotton Club) con su suplente, un veterano pívot (creo recordar que) apellidado Bryant. Cuando estaba en cancha el suplente él seguía nombrando al titular, finalmente se daba cuenta de que era el suplente, empezaba a nombrarle… pero para entonces ya había vuelto el titular. Se le veía perdidísimo, no daba una, Segurola le sacó de más de un apuro. Curiosamente la estrella de aquel partido no fue Olajuwon ni Stockton ni Malone, fue un jugador aún muy secundario de los Jazz, Bryon Russell. Al final, partido resuelto, minutos de la basura, apenas cuatro gatos en las gradas, y a él no se le ocurrió otra cosa que exclamar “ahí sólo quedan ya los familiares de Bryon Russell…”, provocando la hilaridad de su compañero y del respetable. La cosa prometía, sin duda; no sabíamos lo que prometía, pero prometía…

Debió currárselo bastante durante aquella semana, porque en el segundo (Bulls-Knicks) la cosa ya funcionó bastante mejor, poco a poco íbamos progresando… Y llegamos a enero de 1996, salto cualitativo apenas un mes después, además del partido en diferido de cada viernes por la tarde tendremos ahora otro los martes de madrugada, en riguroso directo, lo nunca visto (antes aquí en directo sólo se habían visto los all star y las finales, más -si acaso- algún experimento aislado de TVE, algún domingo por la tarde). Llegó el primer directo (todo un lujo, Chicago-Houston, el gran favorito contra el vigente campeón) y allí estaban ellos, Montes y Segurola sentados ante un pupitre en el que apenas cabían, convenientemente maquillados para rellenar con su imagen y su conversación los abundantes tiempos muertos. Montes era más o menos como yo le recordaba, si acaso aún más calvo (no porque hubiera perdido aún más pelo, sino porque había optado -con buen criterio- por afeitarse lo poco que le quedaba), si acaso más gordo (luego adelgazó) pero eso sí, con una imagen que te rompía completamente los esquemas: vestía chaleco negro (la policromía vendría después) y pajarita, en un tiempo en el que sólo llevaban pajarita los camareros y Chencho Arias (tampoco es que ahora la lleven muchos más). Fue la primera madrugada (convenientemente grabada para poder verla a la tarde o a la noche siguiente), una especie de sueño hecho realidad, pasar de TVE al Plus nos resultaba ya como pasar de la noche al día (aunque fuera de noche), qué poco podíamos imaginar entonces que con el paso de los años habrían de llegar cientos, tal vez miles de madrugadas como aquella…

Pero no vayamos tan deprisa; quedémonos aún en estos primeros tiempos, en aquella pareja Montes-Segurola con la que poco a poco íbamos tomando confianza, y ellos a su vez con nosotros… A veces, demasiada; a veces se les iba la olla hasta límites insospechados hablando de música, el partido acababa resultando un mero pretexto para hablar de todo aquello que nada tuviera que ver con el partido; recuerdo puntualmente un Dallas-Detroit en el que se me llevaron los demonios: seis segundos para el final, los Mavs arriba de 1 y allí seguían ellos con su música, no ya en el tiempo muerto (que eso hasta podría ser normal) sino incluso después, cuando los Pistons sacaron de banda, se la pasaron a Hilo de Seda Houston (aún en Detroit por aquel entonces) y éste dejó una magnífica bandeja sobre la bocina con la que ganaron un partido cuya jugada decisiva jamás fue narrada, bueno pues hasta aquí hemos llegado, al final victoria para los Pistons, buenas noches, un cordial saludo… Que me hablaran de vez en cuando de música no me suponía ningún problema, que lo hicieran constantemente me exasperaba; que lo hicieran en los tiempos muertos me parecía hasta normal, que se olvidaran del partido me resultaba desesperante…

Pero cómo olvidar aquella noche en el United Center, un tiempo muerto cualquiera, las cheerleaders que acuden prestas a bailar la melodía que suena de fondo, dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena, eeehh Macarena, aaááhh, el estupor que se instala en nuestras caras tanto como en las suyas, por fin Montes exclama ¡¡¡Segurola, esto es intolerable!!! O aquella otra noche en la que Magic Johnson volvió a jugar al baloncesto, aquel Lakers-Warriors, allí con ellos en el estudio tipos tan dispares como Paco González (sí, el del Carrusel) y Vicente Salaner (sí, el de El Mundo); o tantos maravillosos momentos de aquellos playoffs que disfrutábamos como niños con zapatos nuevos, nos habían subido la dosis y ahora teníamos tres o cuatro partidos a la semana, hoy nos parecerían pocos pero entonces, viniendo de donde veníamos (es decir, del agujero negro de TVE) nos resultaban una gozada indescriptible…

Poco a poco Segurola fue soltando amarras, acabaría de soltarlas a comienzos/mediados de la temporada siguiente, creo recordar. Supongo que tendría otros muchos frentes que atender, que todos aquellos trasnoches le acabaron pasando factura. Ya en aquellos playoffs se perdió unos cuantos partidos; alguna vez le sustituyó El Marqués, Luis Gómez, otro miembro de la redacción de El País (por aquel entonces) a quien el mote de Montes parecía sentarle que ni pintado, pero que no aportaba nada, pero lo que se dice nada, pero nada de nada. Y alguna que otra noche le sustituyó también un chico joven, éste de la propia redacción del Plus, a quien los aficionados al baloncesto ya conocíamos por haber sido él quien nos narrara (sí, narrara) las Final Four NCAA desde el 93 (con Segurola de analista, precisamente); ya había acompañado a Montes a aquel primer All Star Weekend de San Antonio, y muy pocas semanas más tarde le acompañaría también a aquellas inolvidables finales del 96, Chicago-Seattle. Aquel chico vallisoletano, de nombre Antonino (aunque él con buen criterio se hacía llamar simplemente Antoni), de apellido Daimiel, tenía toda la pinta de ser el futuro, el que habría de quedarse con aquella plaza en propiedad una vez Segurola se bajara definitivamente del barco. Y así fue. Fue eso, y fue también muchísimo más que eso.

(II)

En el principio, Daimiel fue Crónica en Rosa. Daimiel siempre tuvo la magnífica cualidad de prepararse los partidos a lo bestia, de acceder al plató o al locutorio provisto de toda clase de documentación. Y en aquel entonces, tal vez aún no muy seguro del terreno que pisaba, las historias meramente baloncestísticas dejaban paso a otras más terrenales, de esas que tanto abundan en aquella Liga: infancias difíciles, comportamientos extraños, relaciones tempestuosas, amoríos varios… Daimiel fue crónica en rosa, pero muy pronto iba a ser también algo más, mucho más que eso.

Empezaban (sin que apenas reparáramos en ello) los años felices, Montes y Daimiel finalmente constituidos en pareja de hecho (y casi de derecho), así lo seguirían siendo durante casi diez años (desde los comienzos de la 1996/1997 hasta los finales de la 2005/2006) en los que acabaron por convertirse en un icono, una auténtica referencia, un todo indivisible, llegó un momento en el que parecía que decir Montes y Daimiel era como decir Tip y Coll, Faemino y Cansado (grandísimo seguidor suyo, según confesó un montón de veces), Laurel y Hardy, Martes y Trece, Cruz y Raya, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, ustedes perdonen el chiste fácil. Llegó un momento en el que no podía ya entenderse al uno sin el otro.

Los dos partidos a la semana muy pronto se convirtieron en cuatro o cinco, merced a la aparición de lo que entonces aún se llamaba Canal Satélite Digital, y más concretamente de su emblemático canal Sportmanía. Y todos los hacían ellos, y casi todos en directo, de madrugada, pero ello (aún) no parecía pesarles, en absoluto. Se les veía en el plató como si estuvieran en su casa, ya olvidados los difíciles comienzos, por fin completamente dueños de la situación. Te grababas el partido, te pasabas el día trabajando (poniendo mucho cuidado en no enterarte del resultado, claro), llegabas a casa, acababas las faenas domésticas, por fin le dabas al play, sonaba la banda sonora de Grand Canyon (aquella película que empezaba precisamente en el Forum de Inglewood con imágenes de un ya lejano Lakers-Magic, Magic Johnson vs. Scott Skiles), acababa la careta de presentación y te aparecía de inmediato el careto de Montes, chaleco y pajarita de colores vivos, a juego, diciendo aquello de bienvenidos al club, curso baloncestístico 1997/1998 (o el que fuera), ai lav dis gueééiiim, y aquello era como una puerta de salida hacia otra dimensión, como si todos tus problemas cotidianos quedaran por fin al otro lado, dos prometedoras horas y pico por delante en las que ya sólo te tendrías que preocupar de disfrutar.

Y disfrutabas, ya lo creo que disfrutabas, así el partido saliera bueno o un auténtico coñazo (lo que solía suceder bastante a menudo, que la temporada regular es muy larga) no importaba, daba igual, ellos te lo hacían entretenido así pasara lo que pasara sobre la cancha. El monotema musical se había marchado con Segurola (algún oyente se quejó alguna vez de ello, Montes le contestó oportunamente, nos dicen que ya no hablamos de música, ¡pero es que éste es un programa de baloncesto!), primaba el juego pero primaba también, y sobre todo, la vida: tantos tiempos muertos daban de sobra para hablar del partido, pero daban también la oportunidad de hablar de cualquier otra cosa, deporte, cine, periodismo, viajes, cocina, libros, historias de todas clases y sí, también música, cualquier música, de Van Morrison a Juanito Valderrama, de Dylan a Armando Manzanero, de Serrat a Orishas, lo que fuera…

La música siempre presente, cualquier momento podía ser adecuado para que Montes tararease una canción, para que repitiese al menos su letra, qué sé yo, reloj no marques las horas si se acercaba un final apretado, o si asistíamos a una paliza aquello otro de madre mía la que está cayendo, esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú; si Jordan metía una de las suyas le cantaba el es muy fácil, si lo intentas; si destacaba un jugador sumamente joven te podía sorprender con una canción infantil, frere jacque, frere jacque, o aquella otra de cuando los pollitos / dicen pío pío / es que tienen hambre / es que tienen frío; si el partido era en San Antonio ya sabías que tocaba el voy buscando a Lupita, voy camino de México… Si aparecía Glen Rice le salía de inmediato el María Cristina te quiere gobernar, y yo te sigo, te sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente… por supuesto en honor a su posesiva esposa, que así casualmente se llamaba… O se te podía arrancar en cualquier partido, en cualquier momento (sin que ahora mismo recuerde yo por qué) con la Negra Tomasa, que cuando se va de casa, aaaay, qué triste me pongo

Y cómo no, todos aquellos clubes, aquella inimitable forma de clasificar a los jugadores: estaban por supuesto los Gepetto Brothers (eternamente presididos por Shaq), o el club que integraba a todo aquel que fuera ungenuino representante del Estopa Mix (ya saben, primero da y después pregunta); y el club de abre los ojos(presidido por Kenny Abre los Ojos Thomas), el de se dejaba llevar, el sector pijo de la Liga, hasta un club culo-pollo llegó a existir en algún momento, dedicado a aquellos que tenían más prominente de lo normal dicha parte de su cuerpo… Y cómo no, sobre todo, por encima de todos, ya no restringido a jugadores NBA sino abierto al mundo, aquel imprescindible Calabaza’s Club, ese al que todos hemos pertenecido alguna vez en la vida, algunos incluso demasiadas veces en la vida…

Y los motes, claro, algo que no tenía apenas precedentes en este país (o más bien sólo uno, aquel narrador radiofónico de origen argentino, Héctor Delmar, que un día fue el Hombre del Gol y hoy ya ha quedado sólo para el pressing catch, o como se llame eso ahora), razón por la cual no todos pudieron entenderlo. Los había de todos los colores: algunos, los menos, no me gustaban, o tal vez me dejaban frío (Lentejita Boykins,Tonelete El Amin). Otros estaban simplemente bien, no suponían excesos creativos pero eran perfectos para el personaje: Marcus Samurai Camby, Tim Siglo XXI Duncan, Oh la la Parker, Bruce Lee Bowen, CarameloAnthony, Kenyon Bruto Martin… Pero la inmensa mayoría eran sencillamente geniales, muchos de ellos inspirados en el cine, alguno que otro también en la música: Melodía de Seducción Sprewell, Hilo de SedaHouston, Muñequita Linda Curry (que hoy podría servir igualmente para su hijo), Terciopelo Azul Manning,American Graffiti Stojakovic, Cumbres Borrascosas Pollard, Jinete Pálido Chapman, Only You Williams (otra historia sumamente triste), el Soldado Universal Antoine Walker, Robin Hood Nowitzki, Gassman Divac… Y Steve Kerr era Wyatt Earp (que hasta llegó a oídos del propio Kerr, y cuentan que le encantó), y Toni Kukoc era la Conexíón Croata del Estado de Illinois, y Gary Peyton era los Chicos del Barrio, y Dennis Rodman primero fue Adivina quién viene esta noche y más tarde Cruella de Vil (y le cantaba la canción, claro)… Decía el otro día Daimiel que fue tal su producción de apodos que luego muchos de ellos se le fueron olvidando, y yo creo que todos sin demasiado esfuerzo podremos confirmarlo con dos ejemplos muy recientes: Papadopoulos fue Rústico en Japón 2006, pero ya jamás volvió a llamárselo en Madrid 2007; ni en Polonia 2009 le escuchamos ya decir aquello tan habitual en años anteriores de …y Rudy cogió su fusil…

Otros más que mote tenían hasta una frase completa para ellos solos: Aerolíneas Jordan, les habla el comandante, bienvenidos al vuelo número 23, destino el sexto anillo… Y a su lado Ron Harper, el de la intendencia, ya saben, fontanería, albañilería, electricidad… llame a Harper Asociados… Cómo no acordarnos de Kevin Garnett, la lengua más larga de la Liga (inolvidable aquel filete colgando de su boca, jamás se vio nada semejante), o del por qué eres tan bueno McGrady, o de cada vez que Shaq machacaba por el artículo 34, hago lo que quiero, cuando quiero y como me da la gana… (Si hasta ayer mismo, asomándome al Fenerbahce-Barça de Euroliga, se me apareció en el equipo turco un ya-de-vuelta-de-todo Gordan Giricek, y lo primero que se me vino a la mente fue aquello de ¡¡¡egoista!!!)

Algún día, cuando todo esto haya pasado, alguien (con más luces que yo para estos temas, a ser posible) deberá hacer un detallado estudio acerca de todo lo que supuso Andrés Montes para nuestro lenguaje cotidiano. Piénsese por ejemplo en la palabra jugón, que ya antes aparecía de vez en cuando en nuestro lenguaje coloquial (al menos en el mío, y en el de aquellos que me rodeaban), si bien con un significado completamente diferente: jugón era el que jugaba (lógicamente), el vicioso del juego, de la baraja, del casino, de lo que fuera; nada que ver con todo lo que significó después. O piénsese sin ir más lejos en el término crack, que tan sólo aparecía de pascuas a ramos en la prensa (deportiva, mayormente), haciendo referencia exclusivamente a las más grandes estrellas del planeta futbolístico, pero que fue Montes quien nos lo instaló para siempre en nuestra vida cotidiana con aquella expresión inimitable (¡¡¡qué crack!!!) que ya valía para cualquiera (deportista, periodista, ciudadano de a pie, amigo, compañero, quien fuera) que en un momento dado hiciera una genialidad o tuviera una idea original, una ocurrencia ingeniosa, alguna manera brillante de buscarse bien la vida… Pues eso mismo, qué crack.

Y tantas otras expresiones, y tantas otras ocasiones para las que Montes, sin que entonces apenas nos diéramos cuenta (de hecho, sin que ni él mismo se diera cuenta) de alguna manera estableció un antes y un después. Aún quedan algunas de ellas en el tintero (o en el teclado), aún habrá otra entrega (espero) para seguir dándole vueltas a todo esto, aún continuará

(y III)

Allá por los inicios del tercer milenio, los aficionados a la NBA asistíamos a una curiosa paradoja: tras cinco años de emisión codificada, la liga norteamericana era infinitamente más popular en nuestro país de lo que lo fue en sus cinco últimos años de emisión (en abierto, of course) en TVE. Pau y los demás no habían llegado todavía (ni se les esperaba) pero daba igual, la efervescencia en torno a la NBA empezaba a asemejarse (aún de lejos) a aquella que habíamos conocido a finales de los ochenta con el inigualable Cerca de las Estrellas. Y era curioso comprobar cómo, mientras que la emisión codificada de la ACB provocaba ya entonces llanto y crujir de dientes por su supuesta pérdida de repercusión mediática, en cambio a la NBA su codificación parecía sentarle a las mil maravillas.

Evidentemente, la forma de presentar el producto tuvo mucho que ver en dicho éxito: el Plus te lo presentaba maravillosamente envuelto, cuidado hasta el más mínimo detalle, por contraposición a una TVE que en sus últimos años nos lo había presentado (es un decir) sin envoltorio ninguno, cada vez en un sitio diferente, hecho añicos, mutilado por todos lados. Eso influyó, qué duda cabe, pero qué duda cabe también de que no fue menor la influencia de aquellos que en última instancia tenían que vendérnoslo: el mayor mérito de Andrés Montes y Ántoni Daimiel fue hacer que se acercaran a la NBA (y por extensión, al baloncesto) muchísimas personas que jamás antes pensaron que pudiera interesarles la NBA (y por extensión, el baloncesto), ni por asomo. Buena parte de la generación más joven que hoy sigue la Liga mamó esta competición y este juego en boca de Montes y Daimiel. Y sé que no soy nada original diciendo esto, pero nunca estará de más volver a reconocérselo.

Pero hablábamos del cambio de milenio, y tal vez fuera más o menos por esas fechas cuando las cosas muy sutilmente empezaron a cambiar. Poco a poco fui yo teniendo la sensación de que a Montes se le fue agriando el carácter, como si ya empezara a estar harto de todo aquello, como si ya todo le aburriera, qué sé yo. Evidentemente trabajar cinco madrugadas a la semana (poco a poco fueron siendo menos) revienta a cualquiera, y ya sé que usted me dirá con razón que peor lo tienen los camioneros, los panaderos o los que acarrean cajas en el mercado de abastos, pero al fin y al cabo madrugadas son unas y otras, así lo sean con mono o con pajarita: otras madrugadas podrán ser más agotadoras en lo físico pero en lo psíquico agotan igual unas y otras, pregúntele usted si no a cualquiera que en alguna etapa de su vida se haya visto en semejante trance. A Daimiel se le iba notando el agotamiento según iba pasando la semana, pero a Montes ese agotamiento (o lo que fuera) se le convertía en acritud. O tal vez no, tal vez fuera yo el agrio, quizá fuera yo en el fondo el que más se estaba cansando, qué sé yo.

Lo cierto es que llegó un momento en el que cualquier cosa que se saliera del carril establecido parecía molestarle, cualquier opinión, por nimia que fuera, discrepante de la línea oficial le ponía sencillamente de los nervios. Un día se enteraba de que otro analista de la casa había osado decir que Tyronn Lue no le gustaba, que estaba sobrevalorado, y al día siguiente Montes en su partido reaccionaba como si le hubiesen mentado a la madre, poco más o menos. Otro día llegaba Daimiel comentando que alguien le había dicho que CSKA y Maccabi estaban a un nivel tan alto que si jugaran en la NBA podrían llegar perfectamente a la final de conferencia, y para qué queríamos más, se puso como si le hubieran insultado, pareció que se acababa el mundo, ya no hubo otro tema en todo el partido. Y no digamos ya cuando alguien, al parecer, osó decirle que si Raef LaFrentz fuera español no sería titular en la selección, aquello fue el acabose, ¡¡¡pero vamos a ver, ¿dónde juega éste?, vamos a ver, por favor!!!, y además, ¿quién le iba a quitar el sitio en la selección, Garbajosa y todos estos? ¡¡¡venga ya!!! (evidentemente Garbajosa aún no había llegado a la NBA ni tenía pinta de hacerlo, si no su discurso tal vez habría sido un poco distinto). Con decir que no estaba de acuerdo habría sido más que suficiente, pero no, la furibunda reacción le duraba toda la noche (y a veces varias noches), como si no existiese más verdad que la suya, como si estuviera prohibido discrepar, como si cualquier opinión, por el mero hecho de ser simplemente diferente, mereciera ya ser descalificada y ridiculizada hasta el hartazgo.

La gota que colmó el vaso llegó en el primer partido de la final de 2005, a la postre la última que narró para Canal +, la única de las que narró que duró los siete partidos, los cuatro primeros quizá más normales pero los tres últimos sencillamente extraordinarios, pese a lo cual él no dejó de echar pestes durante toda la serie. Hacia comienzos del segundo cuarto de aquel primer San Antonio-Detroit, Tim Shea, que estaba entre los comentaristas invitados en el plató de Madrid, hizo un comentario absolutamente nimio, que no iba dirigido hacia nadie en particular (y que ahora mismo soy incapaz de recordar en qué consistió, supongo que estará por ahí grabado, sí estoy seguro de que fue algo sin ninguna importancia), pero que se ve que Montes lo cogió al vuelo allí en Texas, a miles de kilómetros de distancia, y de repente, sin saber ni cómo ni por qué, se puso hecho un basilisco, estuvo durante casi todo el segundo cuarto que se le llevaban los demonios (que uno no podía evitar imaginarse al pobre Daimiel allí a su lado, probablemente sin saber dónde meterse), despotricando contra un Tim Shea que ni siquiera había dicho aquello (lo que fuera) pensando en él (y que aquella noche realizó una extraordinaria labor como analista, por cierto). Recuerdo que al día siguiente lo comenté tímidamente en un foro (SEDENA, cómo no), pensando que la gente se me tiraría al cuello, y para mi sorpresa sucedió todo lo contrario: hubo varios admiradores confesos de Montes que dijeron no entender por qué se había puesto así, ni qué le podría estar pasando últimamente.

Él condenaba sin paliativos el cemento, la estopa, el amarrategui blues, y está muy bien que así fuera, pero había veces en las que a mí como telespectador me hacía sentir sumamente incómodo. Popovich era denostado, el baloncesto de los Spurs era vilipendiado, pero a mí (en mi ignorancia, tal vez) me gustaba cómo jugaba San Antonio. Evidentemente me divertía más Sacramento, como a cualquiera, quizá más que a cualquiera, y lamenté más que nadie que aquel equipo yeyé (ya saben, los sesenta, el guateque, la tortilla, el tocata de pilas…) se quedara sin anillo; pero lo cortés no quitaba lo valiente (o como se diga): los Spurs podían ser menos divertidos (que lo eran), pero jugaban extraordinariamente bien al baloncesto, aún hoy siguen haciéndolo. Por sus individualidades, por tener jugadores maravillosos (que aún hoy siguen siéndolo) como Duncan, Ginóbili y Parker, pero también, y sobre todo, por su sentido colectivo del juego, concepto sumamente extraño en una NBA que demasiado a menudo es el paraíso del uno contra uno. Eran un verdadero equipo (uno de pocos dignos de ser así llamados que había en esa Liga), y por eso ganaban, y a mí me gustaba (o al menos no me importaba) que lo hicieran, pero luego hasta me entraban remordimientos, él decía ¡¡¡para los purisstasss!!! y a mí se me quedaba una sensación como de dios mío, ¿seré acaso yo también un purista? ¿me estará gustando lo que no me tendría que gustar? ¿me estaré convirtiendo en un ser detestable y antisocial por el mero hecho de interesarme no sólo por el mate y la floritura, sino también por el aspecto táctico del juego? ¿mereceré la condenación eterna por todo ello?

Un día, hacia finales de abril de 2006, hacia finales de la primera ronda de playoffs, se despidió. A casi nadie pilló por sorpresa en aquella ocasión, desde algunos días antes era más o menos un secreto a voces que Andrés Montes se marchaba a laSexta para narrar el inminente Mundial de fútbol (y el de baloncesto, y lo que fuera viniendo). Y ahora podría yo tirarme el folio y decir que lo sentí en el alma, que se me vino el mundo encima y demás frases políticamente correctas, pero no lo haré por la sencilla razón de que sería mentira: mi estima por Montes estaba en su punto más bajo, así que en aquel momento no sentí su marcha, en absoluto. Habían sido casi once años, cientos y cientos de partidos juntos (la cifra del título no creo que sea en absoluto descabellada, más bien todo lo contrario), pero mi reacción por aquel entonces fue más bien de alivio, por duro que ahora me resulte confesarlo. Tanto más cuanto se trataba además de una magnífica oportunidad (siempre y cuando en el Plus le respetaran, como así lo hicieron) para David Carnicero, extraordinario narrador que por muy bien que lo haga (que lo hace, y que lo seguirá haciendo) tendrá que cargar toda su vida con la injusta cruz de haber tenido que sustituir a un mito, razón por la cual siempre habrá unos cuantos que le seguirán atizando injustos palos constantemente. Pero no nos vayamos del tema…

Decía que no sentí entonces su marcha, en absoluto, pero en apenas unos días me encontré viviendo otra sorprendente paradoja: si en sus últimos meses en el Plus su opinión me importaba un pimiento, ahora que ya no estaba me encontraba a mí mismo cada dos por tres preguntándome qué estaría pensando Montes de esto y de aquello. Para mucha gente, en USA y aquí, aquellos playoffs de 2006 fueron los mejores de la historia, y yo en ningún caso conseguí dejar de preguntarme si Montes aún los estaría siguiendo, cómo los estaría viviendo, si estaría disfrutando al ver que esta vez no ganaban necesariamente los malos, no triunfaba el amarrategui blues. Y llegó la final, aquella final que aquellos Mavs comandados por Robin HoodNowitzki y entrenados por Míster Bonobús Avery Johnson tuvieron completamente encarrilada, ganada por dos a cero, casi por tres a cero hasta que Wade (¿tenía mote Wade?), con la inestimable ayuda de TwisterO’Neal, decidió poner el mundo del revés, y aún entonces yo no pude dejar de preguntarme si a Montes, allá en Alemania, metido en pleno marasmo del Mundial de fútbol, aún le quedaría algún pequeño resquicio de vez en cuando para interesarse por cómo iba la serie, por aquel giro dramático de los acontemientos, por la manera en que aquel jugón (que apenas sonreía, que parecía empeñado en desmentir su teoría de quetodos los jugones sonríen igual) puso completamente patas arriba la NBA.

Y así seguí durante estos tres últimos años; ya no con tanta frecuencia ni con tanta intensidad, pero más de una vez, ante algún suceso interesante o significativo, aún no pude evitar preguntarme si Montes aún lo estaría siguiendo, cómo lo estaría viviendo, qué demonios seguiría pensando de todo aquello. Cuenta la leyenda que el Cid (el Campeador, no el de Las Palmas) ganó batallas hasta después de muerto, y aunque suene cursi yo no puedo evitar establecer un cierto paralelismo: no les quepa la menor duda de que Montes, convertido ya en leyenda, obtendrá tras su muerte (ya lo está obteniendo, de hecho) ese reconocimiento que muchos le negaron (le negamos) en vida.

Reconocimiento oficial, reconocimiento público y también el reconocimiento privado y personal de cada uno de nosotros : el que nos surgirá espontáneamente cuando alguien haga pasos y se nos ocurra aquello de ¡¡¡co-rre-caminos……… (pausa valorativa de varios segundos) ………… mec, mec!!! O cuando alguien se tire un mendrugo y pensemos en él gritando a la manera de Pedro Picapiedra ¡¡¡Wiiiilmaaaa, ábreme la puertaaaa!!! O cada vez que alguien ponga un pintxo de merluza (que jamás entendí por qué lo llamaba así: una vez explicó que por aquello de la txapela… pero la txapela es un gorro -lógicamente-, nada que ver con un pescado). Y aún sentiremos en nuestros oídos el brrrrrrrrrr (el helicóptero, ése que la propia NBA inmortalizó durante varios años en alguna de sus famosas promociones del I love this game) tras un mate espectacular, o el ratatatatatatatá tras un triple estratosférico, y si lo mete Kapono o Korver aún le escucharemos diciendo raza blanca, tirador, y si es Stojakovic, Krstic o Nesterovic (Horchata) quien anota de lejos no podremos evitar recordar aquello de ¡¡¡desde los Balcanes, Daimiel!!! Y si el partido se vuelve loco nos surgirá el manamaná…, y por supuesto que si alguien anota de churro nunca podremos dejar de gritar aquello de ¡Bonilla a la vista!, ese Bonilla que habrá de convertirse en lugar de peregrinación obligada cuando un día regresemos a La Coruña, como habrá de serlo también ese paraíso de la tortilla que me pilla bastante más cerca, ese Silkar que tantas veces recomendó y que en alguna ocasión (fanático como soy de la tortilla de patatas muy poco hecha, apenas cuajada) me volví loco buscándolo en Google sin encontrarlo por la sencilla razón de que lo buscaba con c, hoy ya sé que es con k, sé que está precisamente en su misma calle de Espronceda, sé que no habrá de pasar mucho tiempo antes de que acuda por fin a conocerlo, a saborear esa tortilla en su memoria…

Del mismo modo que nunca supimos a ciencia cierta (aunque a ciencia incierta no resultara difícil imaginarlo) qué pasó aquel verano de 1999 en la vida de Daimiel, tampoco sabremos nunca a ciencia cierta qué fue lo que pasó este otoño de 2009 por la cabeza de Andrés Montes. Y quizá sea mejor así, que no lo sepamos ni tengamos por qué saberlo. Que nos quedemos tan sólo con aquel Montes que durante cientos, tal vez más de mil noches, se empeñó en que esto fuera simplemente un divertimentoviviendo la magia del básquet y mostrándonos de paso el aspecto lúdico de la vida. Ese mismo Montes que un día no demasiado lejano nos convenció de que la vida puede ser maravillosa; aunque la suya muy pocas veces lo fuera.

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en medios, preHistoria

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