muertes paralelas   Leave a comment

(publicado el 19 de octubre de 2009)

Estos días no he podido evitar acordarme mucho de Héctor Quiroga. Héctor Quiroga (aclaro para aquellos que no le conocieran, que a estas alturas serán ya la inmensa mayoría) fue la voz oficial del baloncesto en Televisión Española (es decir, en la única televisión posible en aquellos tiempos) durante los años setenta y los primeros ochenta del siglo pasado. Héctor Quiroga solía aparecer muy poco en pantalla, que entonces la mera posibilidad de hacer previos o de poner una cámara enfocando al comentarista era sencillamente impensable, pero a veces, raras veces, aparecía, probablemente haciendo alguna entrevista a pie de pista en el descanso; y yo, pendiente de lo que hablaban, la verdad es que no solía reparar en otras cosas, pero sí recuerdo que mi madre, si en ese momento pasaba por delante del televisor, siempre hacía el mismo comentario: “ay, este hombre tiene cara de estar muy enfermo”; “ay, este hombre tiene cara de calavera”… Héctor Quiroga murió en Estados Unidos, allá por agosto de 1984. Ni tiempo tuvo de regresar a España, tras haber viajado a aquel país para cubrir los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Ramón Trecet (que también ha debido acordarse de ello en estos días) contaba el sábado en su blog que efectivamente estaba ya gravemente enfermo antes de viajar a USA, y que el empeoramiento definitivo le sobrevino en pleno viaje de regreso, durante una escala en Nueva York. Su final fue también el final de una era, de algún modo marcó un antes y un después en la forma de hacer baloncesto en televisión.

Y yo no puedo evitar el encontrar cierto paralelismo entre aquella muerte y esta otra que nos ocupa en estos días: es decir, no creo que hayan existido en todo el periodismo deportivo dos personalidades más divergentes que las de Héctor Quiroga y Andrés Montes. Absolutamente opuestos en su manera de narrar (sobrio y contenido el primero, volcánico y tempestuoso el segundo), quizá también en su manera de vivir, hasta me atrevería a decir que absolutamente opuestos incluso en su manera de morir. Y sin embargo hay algo que les unirá para siempre, el mero hecho de habernos dejado apenas unos días después de contarnos dos de las más grandes gestas de la historia de nuestro baloncesto. Durante estos últimos veinticinco años he tenido ocasión de volver a ver unas cuantas veces aquella final olímpica de Los Ángeles, y en todas esas ocasiones nunca he podido evitar pensar que aquél, más allá de su importancia deportiva, fue también el testamento televisivo de Héctor Quiroga. Del mismo modo, sé que a lo largo de mi vida volveré a ver unas cuantas veces la final europea de Katowice, y sé que cada vez que la vea, más allá de su importancia deportiva, no podré evitar jamás la sensación (y la emoción) de estar asistiendo al testamento televisivo de Andrés Montes.

Quiroga y Montes. Probablemente ninguno de los dos respondiera a mi ideal de narrador televisivo (el uno por defecto, el otro por exceso) pero no por ello resulta menor su importancia, más bien al contrario. Quiroga y Montes son dos de las cuatro voces que han marcado mi vida de aficionado al baloncesto; las otras dos, Barthe y Trecet, afortunadamente aún continúan entre nosotros, aunque por esas cosas extrañas que a veces suceden en esta país ya tampoco podamos escucharlas (en esta faceta, me refiero). Acaso en el futuro habrá otras voces, tal vez en unos cuantos años podré incluir en esta misma categoría a Arsenio Cañada o David Carnicero, o incluso a Mel Otero (a quien ya nadie nunca volverá a llamar el Duque de Chantada), merecedor a todas luces de que laSexta le adjudique el papel de narrador de los próximos acontecimientos de nuestra selección. (Conste que no menciono a Daimiel, Antonio Rodríguez, etc, porque hablo de narradores, y a éstos los tengo conceptuados más bien como analistas). Quiroga, Barthe, Trecet, Montes, citados en riguroso orden cronológico de aparición televisiva, cuatro grandes nombres que sin lugar a dudas marcaron una época en esta cosa tan extraña de la narración baloncestística. Hace un cuarto de siglo Quiroga ya nos dejó un poco huérfanos, hoy bien podemos decir que hace apenas tres días Montes nos ha dejado aún mucho más huérfanos. Y créanme, los aficionados a este deporte en este país no estamos ya como para poder permitirnos tanta orfandad.

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en medios, preHistoria

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