ruidos y nueces   Leave a comment

(publicado el 15 de octubre de 2009)

 

Hay jugadores que se te atragantan un día, y que ya luego por más que lo intentes jamás conseguirás sacártelos de la garganta. Jugadores que viste un día, esporádicamente, y que te dieron buenas sensaciones hasta el punto de que alguna vez pensaste, hay que ver, este chico, por qué no jugará más, por qué no habrá tenido más oportunidades en su carrera, si tira bien, si penetra bien, pero cómo es posible… Hasta ese día en que empiezas a verlo no ya esporádicamente sino con cierta continuidad, y es justo entonces cuando descubres que a cada tiro sensato le suceden tres absurdos, que las penetraciones suicidas a veces (raras veces) pueden salir bien pero a menudo acaban en suicidios, que si eres base y no miras a los compañeros mal lo llevas, que si los miras pero no los ves aún lo llevarás peor. Y una y otra vez atacando el aro como un topo, una y otra vez embistiendo contra un muro, contra el mismo muro, una y otra vez pasos, falta en ataque, la de dios. Le ves botando ahí fuera, una, dos, tres veces, le ves de repente levantar la cabeza y mirar al aro, sólo al aro, con sus orejeras puestas arrancar de improviso hacia ese campo de minas instalado en el centro de la zona, y mientras tú en tu casa, o en tu localidad, sabes a ciencia cierta que lo volverá a hacer, que la va a cagar de nuevo, sabes incluso que la probabilidad de cagarla es inversamente proporcional al número de minutos y segundos que restan por disputarse, cuanto menos quede para el final más fácil será que la cague, sólo un instante después la habrá cagado, ya esta vez sin remedio para desesperación de su afición, para aún mayor desesperación de su técnico, tanto más si éste también fue base en su día (serio, seguro, sobrio, la antítesis perfecta del que nos ocupa), justo entonces las cámaras se dirigirán inexorablemente hacia él y nos lo mostrarán rojo de ira, acaso aguantándose las ganas de regañarle para así poder aguantarse las ganas de matarle, acaso ganándose una úlcera en ese preciso instante…

No, no teman, no les voy a dejar con la intriga, el jugador que me ha inspirado el párrafo anterior tiene nombre y apellido, juega en el Lagun Aro GBC, se llama Sergio Sánchez y sé de antemano que muy probablemente no estaré siendo justo con él: del mismo modo que nada fue luego tan de color de rosa como me pareció las primeras veces que le vi jugar (hace ya medio siglo, jovencísima promesa de aquel Cajasol aún entonces llamado Caja San Fernando), supongo que tampoco nada será tan negro como me parece cada vez que le veo jugar ahora. Pero qué quieren que les diga, uno tiene sus filias y sus fobias, demasiadas veces les hablo de las primeras, permítanme hoy que les caliente la cabeza con las segundas (con una de ellas, al menos). Tanto más si cada vez que Pablo Laso (sumido en la desesperación) le manda al banquillo emerge en su lugar una criatura de apenas veinte años, ese Rai López tan descarado como (casi) maduro, apenas lleva dos partidos en ACB pero juega como si ya llevase doscientos. Claro, la fascinación de la juventud, me dirán, los aficionados somos así, siempre deseando encumbrar caras nuevas a costa de echar por tierra a las viejas… Pues tal vez, pero resulta que a ratos emerge también la tercera vía, ese Ricardo Uriz, meritorio de tantos años sin haber tenido jamás protagonismo alguno, y hete aquí que esa tercera vía, contra todo pronóstico, también acaba superando con creces (con muchas creces) las prestaciones de la primera…

Ya saben, aquello del ruido y las nueces. Efectismo versus efectividad, pero no sólo en la posición de base. Barbour, por ejemplo, es más de ruido: te puede poner el pabellón (aún el del rival, como es el caso) patas arriba con un par de mates, uno de ellos en la cara de Lavrinovic (hacia el principio del partido) sencillamente escalofriante, llega a hacerlo en NBA (qué más quisiera él) y lo estaríamos viendo seis meses. Y ya está, y eso es todo amigos, al menos por esta vez que sabemos que el tío es capaz de mucho más pero se ve que aún no toca, su defensa al menos aplacó a Bullock, algo es algo. En cambio Andy Panko es más, mucho más,de nueces: no hace ruido jamás, es discreto como él solo, una canasta aquí, un rebote allá, otra canastaacullá y cuando te quieres dar cuenta (demasiado tarde, generalmente) de repente te paras a pensar y exclamas, joder qué partidazo está haciendo este tío… Este Panko, más aquel Uriz, más aquel otro Ignerski que cuando pilla racha capaz es de ensartar triples como el que lava (sólo que ayer la racha llegó quizá demasiado tarde) fueron quizá los principales culpables de que un modesto como este Lagun Aro GBC, de difícil pronóstico en esta Liga, estuviera ayer a punto de dar la campanada en la mismisima casa (blanca) del todopoderoso (pero aún demasiado irregular) Real Madrid de Messina. Los culpables (esta vez sin cursiva) de que finalmente no lo consiguieran (Prigioni aparte, of course), no seré yo quien les diga quiénes fueron, primero porque no me parece procedente buscar culpables individuales en un deporte colectivo, segundo porque está feo señalar. Y tercero, porque con lo que ya llevo escrito no parece que haga ya mucha falta dar más explicaciones…

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Publicado octubre 26, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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