Eme   Leave a comment

(publicado el 15 de diciembre de 2009)

 

Cada año se nos suele dar algún caso: jugador brillante, logra alcanzar el estatus de estrella en algún equipo pequeño, mediano tal vez, y amparado en dicho estatus ficha un día por un grande, su fichaje se pregona a los cuatro vientos, justo el jugador que estábamos necesitando, la adquisición de campanillas que nos hará dar ese salto cualitativo que espera anhelante nuestra afición, etc etc. Pero luego comienza la temporada y ya nada es como antes, aquel jugador que un día fue estrella ahora de repente parece un bluf, el linchamiento popular y mediático que comienza de inmediato, pues vaya, y éste era tan bueno, pues vaya decepción, anda y que se vaya por donde ha venido, cosas así. Sabido es que la paciencia es un bien cada vez más escaso en el deporte de élite, tanto más escaso cuanto más grande sea el equipo del que se trate, cuanto más alta sea su exigencia. Muchos, fruto de esa falta de paciencia, se mustian tal vez ya para siempre, pero algunos hay también que logran sobrevivir, superar ese primer año más o menos errático, esquivar los palos, lo que no me mata me hace más fuerte, y reaparecer al año siguiente convertidos otra vez en la estrella que un día fueron.

Y como ahora usted se estará preguntando a qué ha venido todo este rollo, permítame que se lo aclare sin más dilación: resulta que este año se me ocurren al menos un par de jugadores que responden, quizá no exactamente pero sí aproximadamente, al perfil trazado en el párrafo anterior; uno de ellos se llama Rafa Martínez, juega en el Power Electronics (¡¡¡!!!) Valencia y por ahora no me extenderé más acerca de él (aunque lo merezca) porque no es el objeto de este tocho, otro día será; el otro se llama Fernando San Emeterio, juega en el Caja Laboral Baskonia y hace ya demasiado tiempo que le debo un post, así que ésta puede ser una magnífica ocasión para intentar saldar mi deuda.

Claro, me dirá usted (con razón) que el susodicho no pega ni con cola en la situación descrita: su condición de estrella era innegable durante su etapa gerundense (lo era para mí, al menos), pero sería exagerado decir que se la pegara durante su primer año en Vitoria, no, lo suyo no fue llanto y crujir de dientes, lo suyo fue más bien como un sí pero: cumplió dignamente su papel, aprovechó más que correctamente los minutos (escasos) que le fue dando Ivanovic… y punto; no rompió, no explotó, apenas dejó rastro de la energía que derrochaba en Girona, mostró más bien la imagen de jugador constreñido, circunscrito tal vez a un limitadísimo papel; no, tal vez no fuera culpa suya, la competencia era brutal, las oportunidades pocas, las exigencias máximas, todo lo que ustedes quieran, pero entre unas cosas y otras como que se nos fue quedando un sabor de boca ligeramente agridulce: suficiente para que algún listo le colgara de inmediato el cartel de cubrecupos, como si no fuera endemoniadamente bueno, como si no estuviera sobradamente preparado, como si la única razón de su fichaje fuera haber nacido en Santander.

Pero hoy ya estamos en otro año, en otra fase, ésa que usted se sabe ya de sobra: hoy se nos muestra como un jugador curtido, por fin plenamente acostumbrado a todo lo que significa jugar en un grande; y añádase la marcha de un jugador relativamente (sólo relativamente) similar como es Sergi Vidal, añádanse las sucesivas averías de Oleson o Herrmann y entre unas cosas y otras es como si de repente hubiera visto el cielo abierto: como si hubiéramos recuperado por fin (pero corregido y aumentado) al San Emeterio gerundense, el que ataca el aro con verdadera determinación, el que entiende el juego como nadie, el que defiende como el que más, el que sin ser en absoluto un tirador te puede clavar una ristra de triples en cuanto te descuidas. Y aquel Ivanovic que antaño le restringía los minutos pero que hoy se los suelta a chorros, tantos que resulta imposible pensar que vuelva a restringírselos, ni aún reapareciendo los sucesivos averiados; y a su ex jefe Comas los elogios se le rebosan cada sábado, y mientras a nuestro cántabro se le está empezando a poner una cara de selección que tira de espaldas, y que seguro que allá lejos, en Moscú, tampoco estará pasando desapercibida…

Hace algún tiempo escribí que si a San Epifanio le llamábamos Epi, a éste por esa misma regla de tres deberíamos llamarle Eme. Eme ó SanEme, como cada uno prefiera, tanto da. Pero mejor será que nos vayamos acostumbrando a esas denominaciones coloquiales porque no nos van a faltar oportunidades para utilizarlas, en absoluto. No diré que ha nacido una estrella (parafraseando a la Streisand) porque no sería justo, porque en su caso sería mejor decir que ha renacido una estrella, justo en el momento más inesperado, justo cuando ya pensábamos que se nos iba a perder. No es mal ejemplo para todos aquellos que aún anden perdidos en esa primera fase, recién salidos del equipo modesto, recién aterrizados en el grande, aún sin entender demasiado bien qué se espera de ellos, aún soportando presiones por doquier. En Málaga sin ir más lejos se me ocurren un par de casos, Blanco el uno y Rubio el otro, seguro que habrá más por ahí… Que aguanten (si les dejan, claro), que sigan trabajando como el que más, que se miren en el espejo de Fernando San Emeterio (o de Rafa Martínez, si así lo prefieren), que tengan bien presente que después del invierno casi siempre suele llegar la primavera. Que así sea.

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Publicado octubre 27, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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