Zero pistolero   Leave a comment

(publicado el 7 de enero de 2010)

No, habré de reconocer así de entrada que el amigo Gilbert Arenas nunca fue santo de mi devoción. ¿Nunca? Nunca es mucho tiempo, como si dijéramos, y si me paro a rebuscar en mi interior tal vez descubriré que hubo una época, hoy ya demasiado lejana, en la que sí me gustaba un jugador de nombre Gilbert y de apellido Arenas que por aquel entonces defendía los colores de la Universidad de Arizona. En aquellos Wildcats que a punto estuvieron de llevarse el título NCAA de 2001 destacaban sobremanera el (ex) afamado Richard Jefferson y un base puro de nombre Jason Gardner, ese mismo a quien ayer pudimos ver intentando denodadamente mantener a flote la maltrecha nave del Ewe Oldenburg. Pero junto a ellos, entre el uno y el otro, ya se nos aparecía aquel escolta (sí, escolta) anotador (sí, anotador) con el cero (pelotero) a la espalda, que rebosaba talento por los cuatro costados sin que ello le supusiera romper ninguna disciplina de equipo, sin que ello hubiera de provocar necesariamente ningún trauma (que sepamos) al bueno de Lute Olson. Sí, de verdad, no se me extrañen, Arenas era una pieza más del engranaje, pura clase puesta al cien por cien al servicio de su equipo, por increíble que ello hoy nos pueda parecer.

Tiempos pasados que ya nunca más han de volver: meses más tarde Arenas fue a caer hasta la segunda ronda del draft, y si a mí aquello ya me chirrió sobremanera, mi chirrido no fue nada en comparación con el shock que padeció el propio interesado, un tipo que en lo meramente baloncestístico tiene dos cualidades básicas, 1) ser muy bueno, que lo es, y 2) creerse aún muchísimo mejor de lo que es. Años más tarde aún confesaba llevar siempre a cuestas una hoja de papel con la lista de los que le precedieron en el draft, de la que iba tachando puntualmente, a modo de particular venganza, a todos aquellos que por unas u otras razones habían ido desapareciendo de la Liga. Ya ven, otra más de sus cosas, ésta al menos inocua, no consta que provocara efectos secundarios en los tachados así que allá él con sus manías, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, ya se sabe, hasta ahí todo casi normal.

Así que el susodicho aterrizó en los Warriors y empezó a enchufarlas una tras otra por doquier, atrayendo de inmediato las miradas de todos aquellos que consideran el baloncesto un deporte meramente individual, lo de ganar o perder a quién le importa, todo eso del juego colectivo sólo son mariconadas que desvirtúan la esencia misma del juego, el uno contra uno como principio y fin de todas las cosas, el resto a mirar y que no se les ocurra quejarse que no sólo no les cobran sino que les pagan por hacerlo. Arenas tardó muy poco en descubrir que él era mucho más importante que su equipo, muy poco más en descubrir que él era mucho más importante que el juego mismo. Meta yo cuarenta cada noche, aunque haya de tirar cuatrocientas veces para meterlas, y todo lo demás me importará poco más que un bledo, así en Warriors como en Wizards, tanto da. Si hasta alguien tan de jugones como el mismísimo Andrés Montes (siempre Montes), tan de ponderar el talento individual sobre el colectivo, acabó apodándole Juan Palomo (ya saben, yo me lo guiso, yo me lo como…)

Sí, claro, si todo eso está muy bien, pero es que además el chico tenía sus rarezas, vaya por dios. El chico podía estar una madrugada cualquiera sin poderse dormir, y mira que podría simplemente cogerse un libro, tomarse una pastilla, contar ovejas o hacerse una manualidad, qué sé yo, cosas más o menos vulgares al alcance de cualquiera pero él no, él se marchaba hasta el pabellón, abría con su llave y (no sé si aún en pijama o si ya vestido para la ocasión) se ponía a tirar a canasta, una vez tras otra, así fueran las dos, las tres o las cuatro de la la mañana, tanto daba. Claro, esto de dedicar a su profesión el tiempo de ocio puede parecer un ejemplo a seguir, y acaso lo sería si no fuera por el pequeño detalle de que también era muy capaz de todo lo contrario, de dedicar al ocio el tiempo destinado a su profesión. En cierta ocasión confesó sin ningún reparo que aprovechaba los descansos de los partidos para jugar al póker on line, algo que a nadie pareció extrañarle lo más mínimo, como si fuera lo más normal del mundo estar dándole a la tecla formando dobles parejas o fules contra sabediós quiénes mientras los compañeros se relajan y el técnico les da la charla, si a mí todo eso me resbala, si yo estoy por encima, si lo mío es meter cuarenta, total que le escuchen los demás que son los que tienen que trabajar. Es curioso, hace apenas unos meses empuraron a unos cuantos colegas suyos que aprovechaban los descansos para tuitear (o tweetear, pedazo de verbo), que se ve que eso debe ser mucho más grave porque algunos escriben maledicencias y hasta revelan secretos inconfesables, ya ves tú, en vez de dedicarse a jugar el póker como está mandado…

Un día se lesionó, y hete aquí que aquello que en un principio no pareció gran cosa acabó siendo la madre de todas las lesiones, siglo y medio en el dique seco (cursilada de antaño), nunca supimos demasiado bien qué extraña parte de su cuerpo estaba averiada pero sí tuvimos claro que los dedos de las manos le funcionaban extraordinariamente bien dada la extraordinaria actividad que desplegó en su afamado blog. Ya era casi un ex jugador metido a bloguero, pero hete aquí que un día decidió que ya estaba recuperado, decidió volver cuando ya ni siquiera le esperábamos, el Agente Zero de nuevo se hizo carne y habitó entre nosotros, y fue casi peor el remedio que la enfermedad.

No, no les voy a calentar ahora la cabeza con toda la historia de las armas en su taquilla, de las amenazas pistola en mano a su compañero Javaris Crittenton luego de que éste le reclamaba el pago de una deuda (de juego, casualmente), de la memez de que las metió allí para que no estuvieran en casa al alcance de sus hijos (algunos ya crecididos, se ve que ha tardado en darse cuenta), de la foto disparando con el dedo a sus compañeros (supuestamente para quitar hierro al asunto…) No les voy a calentar la cabeza más de lo necesario, que bastante habrán leído ya acerca de ello durante estas pasadas (y entrañables) fiestas. Pero Arenas ha sido sancionado (indefinidamente, de momento) por David Stern, no tanto por amenazar a un compañero como por violar la manifiesta prohibición de introducir armas en un vestuario, y no me metería yo en estos berenjenales si no fuera por el estupor que me producen las reacciones de solidaridad que están generándose a su alrededor: jugadores que bromean (¿?) con el hecho de tener una pistola de agua en su taquilla, a ver si les van a sancionar a ellos también, o periodistas que afirman que Stern podría sancionar indefinidamente a los Phoenix Suns por practicar un estilo de juego llamado Run & Gun, mira tú qué gracia. Si está muy bien hacer chistes, por supuesto, faltaría más, a ver qué voy a decir yo si soy el primero que los hago. Pero una cosa es eso y otra muy distinta disculpar, comprender, incluso respaldar determinadas conductas que jamás toleraríamos en otros, sólo porque esta vez se trate de un colega, porque resulta que nos cae bien este tipo en cuestión.

Insisto, el amigo Gilbert Arenas casi nunca fue santo de mi devoción. Pero no creo que ello me influya para decir que, más allá de consideraciones legales y jurídicas que no me competen, en lo meramente baloncestístico me da a mí que está muy bien sancionado. Que se lo ha ganado a pulso, vamos, que cada uno suele tener lo que se merece. Que más vale caer en gracia que ser gracioso, dicen, pero que el mero hecho de caer en gracia no te garantiza la impunidad. Así que no está mal, otro descanso más en su ya dilatada (y descansada) carrera, a ver si así entre partida y partida de póker, entre post y post de su blog el día menos pensado le da por pararse a reflexionar, un segundo siquiera. O acaso esté yo pidiendo demasiado…

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Publicado octubre 27, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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