Archivo para octubre 28, 2012

o ricky galego   Leave a comment

(publicado el 23 de junio de 2010)

Ayer, mientras me desayunaba en el bar de siempre mi café con leche y mi montadito (más bien pulguita) de cada mañana, cayó en mis manos un ejemplar del diario As que comencé a hojear distraídamente por el final, como es mi costumbre. Y al llegar a las (exiguas) páginas de baloncesto saltó a mi vista una pequeña noticia, cuyo titular (de sintaxis un tanto discutible, por cierto) rezaba Baskonia y Madrid, por el ‘Ricky gallego’. Como sospecho que les dará pereza pinchar en el enlace (y también para que no se me vayan, claro), les haré la caridad de copiarles aquí mismo todo su contenido:

La carrera sigue. El Real Madrid reorganiza su cantera y pretende pescar en el baloncesto nacional. Jonathan Barreiro es una de esas joyas. Desde el club reconocen el interés y lo avanzado de la operación, pero en las últimas horas el Caja Laboral ha recuperado terreno y podría hacerse con el jugador de Cerceda (La Coruña), conocido como el Ricky gallego. Barreiro, que pertenece al Xiria de Carballo y que se proclamó campeón de la última Minicopa de la ACB con el DKV Joventut (club que le invitó al torneo), mide 1,93 y en su categoría es un jugador total. “En su caso, la altura no es tan importante; juega mucho y bien y sabe relacionarse con el balón. Con nosotros juega de base, rebotea, tira triples…”, reconoce Miguel Ángel Ortega, el técnico que trabaja en su progresión. Todo apunta a que Barreiro terminará jugando de base, de ahí el apelativo de Ricky gallego, inseparable ya a su nombre y apellido. Mientras su padre, José Antonio, considera que se ha armado demasiado revuelo en torno a su hijo, que estuvo en la última preselección de la Sub-13 española.

No salgo de mi asombro. De entrada por el hecho de que (al parecer) sean precisamente Madrid y Baskonia, dos equipos cuya política de cantera a esas edades tiende a ser insignificante (cuando no manifiestamente inexistente), los que anden peleándose por el chaval. Evidentemente me chirriaría menos si los que lo hicieran fueran Penya y Estu (obvio), aunque luego seis años después llegara el grande de turno y se lo quitara, qué le vamos a hacer, es ley de vida. Pero también me chirriaría menos si los que se pegaran fueran, qué sé yo, Unicaja y Cajasol, Fuenla y Valencia, equipos cuya cantera no es precisamente el centro de su vida pero que acostumbran a hacer un buen trabajo a ese nivel. Pero ¿Madrid y Baskonia? Qué quieren que les diga, en estos casos casi siempre se me aparece el fantasma de aquella cosa que se llamó (y creo aún se sigue llamando, pero ya restringida sólo al baloncesto femenino) proyecto Siglo XXI, sin la cual probablemente hoy no gozaríamos de las habilidades de Sergio Rodríguez y Fran Vázquez por citar sólo los dos ejemplos más relevantes. Tiempos pasados que ya jamás han de volver, me temo.

Pero iré aún un poco más allá, porque habré de confesarles que ese lustroso calificativo del Ricky gallego me genera escalofríos. ¿Cómo lo explicaría? Quizá no estará de más que les cuente una batallita que no creo haber contado aún por estos pagos: estudié en un colegio madrileño sumamente baloncestero, acaso el más baloncestero de los colegios madrileños, el mismo del que había salido (años atrás) Juan Antonio Corbalán, el mismo del que habría de salir (años más tarde) Carlos Jiménez. Supongo que al menos una parte de mi filiación por este deporte nació precisamente allí, por mucho que me duela confesarlo dado que no guardo precisamente buenos recuerdos (pero esa es otra historia). Pues bien, de entre los de mi generación había un par de chavales que despuntaban muchísimo, cuyas cualidades ya desde infantiles trascendieron más allá de los muros del colegio hasta alcanzar dimensión no diré ya nacional sino incluso planetaria (créanme que no exagero). De uno de ellos (base) se decía que era muy bueno, que podría perfectamente hacer carrera en esto; del otro (alero) se decía que era sencillamente extraordinario, que iba a ser una estrella, que marcaría un antes y un después. El base (a quien ya por aquel entonces entonces apodábamos Chinche) ciertamente llegó a ser muy bueno, jugó unos cuantos años en Estudiantes y Caja San Fernando, aún hoy le veo a menudo comentando partidos en la televisión (por satélite) andaluza. En cambio el alero, de iniciales ABN (por alguna extraña razón me da apuro citar su nombre completo), no marcó jamás un antes y un después, de hecho se quedó en el antes, de hecho se quedó en nada, pero en nada de nada, no pasó del colegio (baloncestísticamente hablando,entiéndase), jamás llegó a jugar baloncesto organizado (no digamos ya profesional) en ningún otro sitio, que yo sepa. ¿Por qué? Cuántas veces no me habré hecho yo esa misma pregunta…

No conozco a Jonathan Barreiro. No es ya que no le haya visto jugar, es que reconozco (aunque me avergüence decirlo) que hasta ayer mismo ni tan siquiera sabía de su existencia. Pero así en principio me da mucho miedo toda esa catarata de expectativas generadas en torno a un crío que (deduzco, infiero) tiene sólo trece años. Una edad difícil los trece años, créanme, lo sé de buena tinta, no ya porque los haya padecido hace mucho tiempo sino porque tengo bastante cerca (bajo mi mismo techo, concretamente) a un sujeto de esa misma edad. Empiezas a tener ínfulas y actitudes de adulto pero en el fondo sigues siendo un niño, un niño total y absoluto. A esa edad (y a otras) el baloncesto aún debería ser sólo una diversión, que para trabajar y amargarse la vida supongo que ya bastante tendrá con la ESO. Y no digo yo que no esté siendo así, evidentemente no tengo ni idea, sólo digo que todo este barullo contractual a tan temprana edad no ha de traer nada bueno. Aún no necesita que le agobien, aún no necesita que le pongan más presión que la que él sea capaz de manejar, aún sólo necesita que le dejen en paz, que le permitan ser feliz. Le comparan con Ricky, y es bien cierto que Ricky también nos epató en una Minicopa (y también vestido de verdinegro, por cierto), pero no es menos cierto que luego ya apenas volvimos a tener noticias suyas hasta que año y medio más tarde le vimos debutar en ACB. Durante todo ese tiempo se mantuvo bajo el manto protector de la Penya, como siguió estándolo después (hasta los dieciocho) pese a la incomprensión de casi todos los medios de comunicación. Y a mí hoy por hoy no hay quien me quite de la cabeza que ese paraguasbadalonés tuvo finalmente mucho que ver en la adecuada formación de Ricky, como jugador y como persona. No todos tuvieron esa suerte, algunos niños precoces sobrevivieron pese a todo pero otros se nos fueron quedando tristemente en el camino, repentinamente reconvertidos en juguetes rotos. No digo que eso vaya a pasar en este caso, sólo digo que no quiero que pase.

Para acabar, me gustaría que cuanto tengan un rato le echen un vistazo al reportaje que el magnífico programa del Plus Informe Robinson dedicó hace algunos meses al guardameta barcelonista Víctor Valdés. Aquí se lo dejo, así la primera como la segunda parte, pónganse cómodos, tómense su tiempo, dura en total algo más de veinte minutos pero en verdad les digo que merece mucho la pena. Y algo tiene que ver, siquiera tangencialmente, con este tema que nos ocupa. Al menos él salió de ésta y hoy puede aún contar su historia, desde la distancia, sin acritud, incluso con gratitud. Me temo que no todos pueden decir lo mismo.

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

sanEMEselección   Leave a comment

(publicado el 22 de junio de 2010)

 

Le dieron el balón a falta de seis o siete segundos para el final, y él, como es de esos escasos jugadores que tienen la funesta manía de pensar, se tomó apenas unas décimas para analizar la situación. Y a mí (que en muy raras ocasiones también padezco esa misma manía), a mí que tanto me daba que ganara uno u otro, ahí bien repantingado en mi sofá, en ese mismo instante me salió del alma un ¡¡¡para dentro!!!, que traducido vendría a ser: perdéis de dos, ataca el aro que eso tú lo haces como nadie, asumes riesgos claro está, un tapón, una falta en ataque, pero las probabilidades de éxito siempre serán mucho mayores que si buscáis un tiro de fuera, en condiciones normales sacarás o canasta o falta, una de dos… Sacó las dos. Pensó lo mismo que yo… o sería mucho más correcto (y mucho menos pretencioso por mi parte) decir que yo pensé lo mismo que él, él que se la jugaba, él que estaba a miles de revoluciones por segundo pero que tuvo la clarividencia suficiente para ver exactamente lo que había que hacer en ese momento, él que se fue hacia canasta como sólo él sabe hacerlo, él que la incrustó en el aro sin que le moviera ni un ápice el enganchón de Morris, dos más uno, tanto mejor; él que vio venir a todos sus compañeros como locos a abrazarle y aún así tuvo la sangre fría de interponer sus dos manos a modo de parapeto, como diciéndoles esperad, no me agobiéis, no me mareéis que aún tengo que tirar ese tiro libre, tomó el balón en sus manos, resopló, lanzó y la depositó suavemente en el cesto, y medio segundo después su Baskonia se convirtió en el campeón ACB (casi) más insospechado de la historia…

 

O dicho de otra manera: hay jugadas que definen por sí solas la personalidad de un jugador, hay situaciones que sirven de metáfora para casi toda una carrera. Fernando San Emeterio podrá jugar mejor o peor, podrá tener días buenos y otros malos como casi todo el mundo, pero aún en sus peores días acostumbra a estar siempre donde debe estar, acostumbra a hacer siempre aquello que se espera que haga. No será el mejor en nada pero es suficientemente bueno en todo, no tendrá una cualidad que sobresalga sobre las demás pero sí hará francamente bien un montón de cosas, no ejercerá de especialista pero será siempre el perfecto prototipo de jugador completo, y ello además con un valor añadido incomparable, esa funesta manía de pensar que decíamos al comienzo: destila inteligencia por todos sus poros, sobre la cancha y sospecho que también fuera, basta verle durante los tiempos muertos para comprobarlo. Y es precisamente esa inteligencia, bien escaso donde los haya, un verdadero lujo del que de ninguna manera podemos prescindir: no intento persuadir a Scariolo, primero porque (como ya dije en cierta ocasión) sé que sería inútil, que ni en el mejor de mis sueños se va a tomar la molestia de leer mis tonterías; y segundo porque sé que no hace falta: SanEme está ya en la prelista de veinticuatro, estoy convencido de que mañana (acaso ya hoy cuando usted lea esto) estará también en la de quince (a ver si le voy a gafar ahora). ¿La de doce? Tiempo tendrá por delante para convencerle, tiempo tendrá también Scariolo para acabar de convencerse. Yo en su día ya le metí en mi modesta lista, como supuesto tres junto a Suárez en detrimento (mal que me pese) de Claver y Mumbrú. Mucho me temo que Scariolo hoy por hoy aún no está por la labor, que la selección que aún bulle en su cabeza es más continuista, mucho más conservadora… Démosle tiempo, sólo démosle tiempo.

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en ACB, preHistoria, selecciones

Manute   2 comments

(publicado el 21 de junio de 2010)

No se me da nada bien escribir obituarios, por alguna extraña (o no tan extraña) razón me cuestan más que cualquier otra cosa que escribo. Pero en estos últimos tiempos la vida (o más bien su contraria) no para de darme motivos para hacerlo: ya escribí sobre Wooden, ya debí escribir sobre Belosteny, ya me dispongo a escribir (aunque me duela) sobre Manute Bol (eso en lo tocante a baloncesto, más que nada porque éste aún sigue siendo un blog de baloncesto; que en otros órdenes de la vida -menos mundanos, más literarios- tampoco me habrían de faltar motivos…)

De entrada nos lo vendieron cual si de una atracción de feria se tratara, la mujer barbudael hombre elefante, historias así. Corrían los años ochenta, apenas habían llegado jugadores europeos, aún no había llegado más africano que Olajuwon (pero formado en USA, en la Universidad de Houston, no lo olvidemos) y de repente los Washington Bullets (hoy Wizards) se sacaban de la manga a este tío, lo nunca visto, un juncosudanés de 231 centímetros, acaso el ser humano más delgado y desproporcionado que hayamos conocido jamás. Evidentemente no sabía jugar al baloncesto, evidentemente parecía que iba a quebrarse a cada paso que daba, evidentemente todo aquello no parecía tener la menor importancia. El impacto publicitario precedió al deportivo (por más que él no lo entendiera, por más que él jamás comprendiera a qué venía tanto bombo si ni siquiera era el más alto de su familia, si su abuelo sin ir más lejos medía 2,38), pero su impacto deportivo fue ya mayor en aquel primer año del que muchos alcanzábamos a imaginar: en ataque era una rémora (cuentan que en cierta ocasión, no recuerdo qué entrenador diseñó una jugada para los últimos segundos con él en cancha: explicó detenidamente el papel de los otros cuatro jugadores y finalmente Manute se aventuró a preguntar, ¿y yo, coach?, a lo que éste respondió ¿tú? Tú mantente tan lejos del balón como te sea posible) pero en defensa bastaba con colocarle allí en medio de la zona a modo de árbol, bastaba con que desplegara sus interminables a la par que escuálidas extremidades superiores a modo de ramas para que a los intrépidos que osaban aventurarse hacia la canasta se les apagara inevitablemente la luz. Se infló a poner tapones (aún hoy ostenta unos cuantos récords al respecto, y ello a pesar de que casi nunca fue titular, de que su papel se circunscribió casi siempre a unos pocos minutos), se infló a desviar tiros, se infló a cambiar trayectorias. Pero daba igual, por bien que hiciera lo único que sabía hacer apenas alcanzábamos a verlo como poco más que una rareza exótica, tanto más cuando poco después los Bullets se las apañaron para que compartiera equipo con aquel extraordinario (y nunca suficientemente valorado) base de 1,59 llamado Tyrone Bogues. Y las fotos de ambos juntos (Muggsy apenas le llegaba por el ombligo) dieron la vuelta al mundo, y una vez más la anécdota trascendió a la categoría…

Pero es bien sabido que la NBA da muchas vueltas, y en una de ellas su camino fue a cruzarse (Warriors mediante) con el entrenador más atípico y heterodoxo que imaginarse pueda, A Don Nelson, tan aficionado a buscarse la vida sin pívots, tan partidario de que nadie haga jamás lo que se espera de él, le faltó el tiempo para inventarse un nuevo papel para Bol: el de triplista. En defensa me darás lo de siempre pero en ataque, ya que dentro de la zona no me sirves, probemos a ver qué pasa si te dejamos fuera. Pasó que Manute jamás fue un tirador consumado (otra cosa habría sido un milagro) pero al menos les hizo un apaño, pasó que sus inmensas manos dejaron un buen puñado de triples para la historia, pasó que todo ello contribuyó aún más a elevar su nivel de exotismo. Y entretanto la Liga del talento iba derivando peligrosamente hacia el músculo, y él que nunca tuvo ni una cosa ni la otra fue encontrándose cada vez más fuera de lugar. Sus achaques y sus delicadas articulaciones hicieron el resto, muy poco a poco fue desapareciendo de la Liga con mucho menos ruido del que había hecho al llegar. Un día de repente ya no estaba, sin que supiéramos siquiera cómo ni cuándo se había ido.

Y desde entonces las noticias nos fueron llegando con cuentagotas, y cada noticia que nos llegaba era siempre peor que la anterior. Un día nos contaron que estaba enfermo, sin precisar mucho más; otro día nos contaron que él (que de haber querido lo habría tenido más fácil que nadie para chupar del bote, para apuntarse al carro del poder establecido) eligió comprometerse, ponerse del lado rebelde en los conflictos que asolaban (y asolan, y asolarán) a su país, lo que le valió para que toda su familia sufriera persecuciones, para tener que acabar huyendo de allí con lo puesto; otro mal día nos informaron de un terrible accidente de tráfico (¿o fue un atropello?). Noticias que nos contaban, que procesábamos brevemente, que invariablemente nos llevaban a pensar qué injusta había sido siempre la vida con este tío, como si toda su existencia tuviera que ser tan atípica como su carrera, como si le estuvieran reservadas todas las desdichas. Lo procesábamos brevemente y luego lo olvidábamos, claro, así hasta la siguiente, así hasta que la siguiente ya fue la última: tenía 47 años, aún media vida por vivir (¿por sufrir?); quién sabe, acaso disfrutara de la media vida que vivió, acaso no le tratara tan mal como siempre nos pareció a todos aquellos que la vimos desde fuera. Ojalá.

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

regreso al futuro   Leave a comment

(publicado el 18 de junio de 2010)

 

Dentro de ocho o diez años, allá por 2018 ó 2020 si para entonces aún estamos en este mundo, una noche cualquiera de invierno nos sentaremos en nuestro sofá, como tantas otras veces, para contemplar un partido más de temporada regular de los Lakers en su Staples Center de Los Ángeles (o en donde fuere, que es bien sabido que allí los pabellones los hacen como churros). Será un choque como tantos otros, con sus cuatro cuartos, su famoseo y sus Lakers Girls, pero en cuyo intermedio sucederá algo muy especial, algo que obligará a las televisiones a recuperar de inmediato la conexión sin tiempo apenas para anuncios cocacoleros ni autopromociones varias. De entrada presenciaremos la aparición bajo los focos de un Phil Jackson ya metido en años y en achaques, ya para entonces apaciblemente refugiado en su rancho de Montana pero recién retornado a California para la ocasión, que con su voz grave ya cascada nos habrá de dejar las primeras emociones de la noche justo antes de ceder el testigo a Derek Fisher (cuyo número 2 habrá sido retirado varios años atrás) y éste a su vez a Kobe Bryant (cuyo número 24 habrá sido retirado en loor de multitudes un par de años antes); y entonces, sólo entonces, la grada entera se pondrá en pie para recibir como se merece a un Pau Gasol impecable de traje y corbata, que accederá al parquet convenientemente arropado por toda su familia, por su mujer y sus hijos (en el supuesto de que los tenga, claro), por sus padres y sus hermanos (que allí no dan puntada sin hilo, ya se las apañarán los Lakers para hacer la ceremonia justo el día en que les visite el equipo -Grizzlies o no, tanto da- de un Marc Gasol que para entonces ejercerá ya de veterana megaestrella de la Liga). Pau tomará el micrófono, tendrá amables palabras de agredecimiento para la ciudad, para la franquicia, para su público, para todos aquellos que estén (estemos) presenciando la ceremonia allá en su país, para toda esa gente que durante tantos años, allá o acá, contribuyó de alguna manera a forjar su trayectoria. Y se le entrecortará la voz, y se le escapará una lágrima, y luego otra, y más tarde otra y otra más, y justo entonces se apagarán las luces, todas las luces excepto aquel foco expresamente orientado hacia ese gran cartelón amarillo con el número 16 que al compás de una emotiva música se irá elevando muy poquito a poco hacia el cielo, y en lo que dure ese recorrido acaso se nos empiece a escapar alguna lagrimilla a nosotros también recordando sus difíciles años en Memphis, recordando la alucinante sorpresa de su traspaso en aquella fría noche de comienzos de 2008, recordando los palos que le sacudieron (más mediáticos que físicos, todas aquellas babosidades de Gasoft Winnie the Pau) durante la final de ese mismo año, recordando cómo tuvieron que tragarse esos mismos palos en 2009, cómo ganó brillantemente aquel primer anillo tras zamparse a Supermán Howard, recordando cómo un día de finales de mayo de 2010 la prensa norteamericana especializada le reconoció como el mejor jugador de aquellos playoffs hasta la fecha (aún por encima de Kobe, de Nash, de LeBron, de Pierce, de quien fuera), cómo luego le sobrevino el bajón (estaba reventado) ante Stoudemire, cómo se rehizo en los tres primeros partidos de la Final, cómo flojeó en el cuarto y se hundió en el quinto para que volvieran a lloverle palos por doquier como si de nada sirviera ya todo lo demostrado, todo lo bueno hecho antes, cómo renació en un extraordinario sexto partido y en un épico séptimo, cómo fue capaz de echarse el equipo a la espalda mientras Kobe naufragaba en su peor noche desde su año rookie, cómo sin él jamás habrían ganado a aquellos Celtics que tal vez fueran mejor equipo aunque les sobraran años y les faltara ventaja de campo, cómo no le dieron aquel MVP que fue para Kobe porque se lo tenían que dar a Kobe, por ser vos quien sois, porque la gente le gritaba emvipí, acaso por su balance global de todos los playoffs pero no porque lo mereciera más que Pau aquella noche, recordaremos todo esto y lo salpicaremos con tantos otros momentos más íntimos, más nuestros, más rojos que amarillos, y luego ya nos enjugaremos las lágrimas, por fin podremos volver a mirar al televisor y allí estará ya el 16 en todo lo alto del pabellón junto al 32 de Magic, al 33 de Jabbar, al 42 de Worthy, al 44 de West, alguna voz nos recordará que ya nadie más volverá a vestir nunca jamás el 16 de los Lakers, y entonces lo sabremos, sólo entonces comprenderemos que se habrá cerrado el círculo, un círculo que para nosotros se abrió veinte años antes, quizás aquella noche de julio de 1999  en Lisboa, y a esas horas ya se habrán encendido las luces, ya se habrá reiniciado el partido, ya habrá empezado el tercer cuarto pero a nosotros todo eso ya nos dará igual, ya sólo podremos mirar hacia nuestro interior, sentirnos inmensamente felices, verdaderamente afortunados, hasta privilegiados por habérsenos permitido vivir (aún desde la distancia) todo este enorme pedazo de historia, quizá lo más grande que nos haya pasado y nos podrá pasar como aficionados a este deporte en toda nuestra vida…

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

el padre de todos los partidos   Leave a comment

(publicado el 17 de junio de 2010)

 

Pocas cosas hay más grandes en el ámbito NBA que un séptimo partido de cualquier serie de playoffs. El quinto ya acostumbra a ser muy bueno, aquí se cumple a rajatabla ese extraño axioma taurino de que no hay quinto malo (por qué dirán eso); un quinto partido, siempre y cuando se llegue a él con empate a dos (con 3-1 no es lo mismo), siempre suele salir extraordinario. Pero un séptimo, ay amigo, un séptimo ya es otra cosa, es ese extraño momento en el que la NBA decide equipararse a la NCAA, a nuestra Copa, a cualquier competición del mundo mundial que tenga a bien dirimir sus pleitos a todo o nada, a cara o cruz. Ochenta y dos partidos de temporada regular después, seis partidos de intensa eliminatoria mediante, al final todo se acaba decidiendo en apenas cuarenta y ocho minutos. Un séptimo partido de cualquier serie NBA es siempre un momento sublime, por definición.

Pocas cosas hay más grandes que un séptimo partido, pero una de ellas es que ese séptimo partido no tenga lugar en una serie cualquiera sino en la mismísima Final NBA. Es algo que sucede en contadísimas ociasiones, de pascuas a ramos como si dijéramos, de hecho yo, que llevo casi un cuarto de siglo contemplando NBA con cierta regularidad, sólo creo haber presenciado tres hasta la fecha: 1987, Lakers-Pistons, acaso la primera Final que se televisó íntegramente en nuestro país. En aquel entonces yo aún no tenía vídeo ni nada que se le pareciera, pero tampoco hacía falta porque TVE ofrecía los partidos en directo durante la madrugada y luego en diferido a la tarde siguiente. Elegí no trasnochar, escogí el diferido. Craso error. Aquel séptimo partido no diré que paralizó el país (el nuestro) porque sería una exageración, pero sí que concitó una expectación muy superior a lo que hoy podamos imaginar siquiera. A pesar de mi pertinaz insistencia en no querer enterarme del resultado, cierto compañero de trabajo logró destriparme (a su manera) la victoria de los Lakers. Con el tiempo aquel compañero acabó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos, pero aún así creo que jamás podré perdonárselo… 1994, Rockets-Knicks, la elegancia de uno de los pívots más maravillosos que en el mundo han sido, es decir Hakeem Olajuwon, contra la rugosidad de uno de los equipos más duros que el mundo haya conocido, esos rudos Knickerbockers dirigidos por Pat Riley y encabezados por Pat Ewing y John Starks, ídolo del Madison que aquella noche se dedicó a apedrear contumazmente el aro con el resultado que ya todos sabemos… Y 2005, Spurs-Pistons, ésta creo que la recordaremos casi todos, los cuatro primeros partidos habían salido un tanto espesos pero el quinto (no hay quinto malo, recuerden) salió sencillamente extraordinario, y la serie ya no decayó hasta el final: Duncan, Ginóbili y Parker acabaron llevándose el gato al agua con la inestimable colaboración de un peculiar sujeto llamado Robert Horry, ya saben, el verdadero señor de los anillos… Lo dicho, sólo tres ocasiones en casi un cuarto de siglo, tres que serán cuatro en apenas unas pocas horas.

Nada puede ser más grande (en términos de NBA) que un séptimo partido de una Final… salvo que esa Final enfrente a los Lakers y a los Celtics. Entonces ya no es que sea algo grande, entonces ya es la caraba, la repanocha, añada usted el término (malsonante o no) que le resulte más oportuno. Angelinos y bostonianos están disputando una Final grandiosa, de la que sólo lamento no haber tenido un poco más de tiempo en estos días para haber podido dedicarle un párrafo siquiera. Cuatro primeros partidos muy buenos, un quinto aún mejor (no hay quinto malo, recuerden) y un sexto a modo de excepción que confirma la regla, algún petardazo habían de pegar, se ve que a los Celtics por aquello de la edad les afectan más estas cosas del jet lag y al segundo cuarto ya no había partido, ya se habían dejado ir con la mente puesta en el séptimo. El séptimo sucederá en apenas unas horas, ya mismo como si dijéramos, de tres a seis de esta próxima madrugada todo el planeta (Sudáfrica incluso) girará en torno al Staples Center de Los Ángeles. Cierto infausto personaje de cuyo nombre no quiero acordarme habría dicho que ésta va a ser la madre de todas las batallas, yo (menos aficionado a los términos bélicos) diré casi mejor que éste va a ser el padre de todos los partidos. Gane quien gane, pase lo que pase, jueguen como jueguen esta será una noche de la que (siempre con permiso del señor Alzeimer) nos acordaremos toda la vida. O como diría Trecet (tratándose de NBA, nada mejor que acabar con una frase suya): perdérselo no es una opción.

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

baskoniazo   1 comment

(publicado el 16 de junio de 2010)

 

Ahora que estamos en tiempo de Mundial de Fútbol (lo mismo usted ya se habrá enterado) me permitiré recordarle una famosísima historia que tuvo lugar hace sesenta años, allá por el Mundial de Brasil de 1950. Llegaron a la Final Brasil y Uruguay, final que no era tal porque los cuatro mejores se lo jugaban a modo de liguilla todos contra todos. No era la final pero como si lo fuera, porque sólo ellos dos podían ser campeones, porque a Uruguay sólo le valía ganar pero a Brasil (el equipo de casa, el favorito total y absoluto, el infinitamente superior) le bastaba con el empate. Más de doscientasmil personas atiborraron el estadio más grande del mundo para asistir sí o sí a la proclamación de su selección como Campeona del Mundo, y poco después marcó Brasil y todo fue sobre ruedas, y luego empató Uruguay pero nadie le dio la menor importancia, y en el minuto cuarenta de la segunda parte marcó Uruguay el 1-2 y puso el mundo entero del revés. Cuentan aquellos que lo vivieron (ni siquiera yo había nacido por aquel entonces) que en los cinco minutos restantes en aquel inmenso estadio no se escuchó ni el vuelo de una mosca, cuentan que en las horas siguientes hubo suicidios, que las casas de varios internacionales fueron incendiadas cuando no destrozadas en su totalidad… Aquello marcó un antes y un después, de hecho una compañera de trabajo que viajó no hace mucho a Brasil me comentaba que ellos aún te lo recuerdan a cada rato, como una obsesión que se transmitiera de generación en generación, grabada a fuego para siempre en la memoria colectiva de todo un pueblo. Aquel suceso, al menos en nuestra cultura, pasó a la historia con la denominación de maracanazo.

Y desde entonces resulta sumamente socorrido incorporar esa terminación en aumentativo a todas esas sorpresas que en realidad son mucho más, muchísimo más que simples sorpresas; a cada ocasión en la que gana, no el que no se esperaba que pudiera ganar sino el que no iba a ganar, el que no podía ganar en ningún caso ni bajo ningún concepto. ¿Más ejemplos? Hace algunas temporadas se disputó en el Bernabéu una Final de Copa del Rey (de fútbol, obviamente) entre el Real Madrid y el Deportivo de la Coruña, que tenía la particularidad de jugarse exactamente el mismo día en que se cumplían cien años de la fundación del equipo blanco. Aquello iba a ser una enorme fiesta, una conmemoración por todo lo alto, pero resultó que el Depor tenía otros planes… Aquello pasó a la historia con la denominación de centenariazo. Y en baloncesto también tenemos nuestros azos, no vaya usted a pensar, unos cuantos de nosotros llevaremos toda la vida clavado en las entrañas el angolazo de Barcelona 92 y el chinazo de Canadá 94, no me pida usted detalles, hágame el favor, que sólo de recordarlo se me revuelven las entrañas…

Y ahora regresemos gustosos a nuestros días. Probablemente nunca hubo una Final ACB con un prónostico tan claro, o mejor dicho, probablemente nunca hubo una Final ACB en la que el gran favorito (disponiendo además de ventaja de campo) transmitiera tal sensación de infalibilidad, de invencibilidad. No es ya que los pronósticos apuntaran al Barça sino que iba a ganar el Barça, sí o sí, a ver en qué cabeza cabía cualquier otra posibilidad; si hace apenas seis días alguien nos hubiera dicho que iba a ganar Baskonia 0-3 le habríamos tildado de loco, de hecho ni al vitoriano más optimista, siempre y cuando estuviera en sus cabales, se le habría ocurrido jamás apostar por algo así, vamos que ni en el mejor de sus sueños… pero ya lo dijo ayer Ivanovic, a veces la realidad es mejor que el mejor de los sueños (o algo así). Esta extraordinaria final, más allá de detalles puntuales que nos ocuparán (si el tiempo lo permite) en los próximos días, nos deja un par de lecciones inolvidables: 1) Una final resuelta por 3-0 (un muy buen primer partido, un grandísimo segundo partido, un tercer partido que quedará para siempre, si esto fuera USA lo etiquetaríamos de históricoy lo repondríamos año tras año) no tiene por qué ser necesariamente menos emocionante ni menos brillante que una final resuelta por 3-2, a las pruebas me remito; y 2) A veces nos olvidamos (yo el primero) que esto sigue siendo deporte, que por muy favorito que sea el uno, por muy poco favorito que sea el otro aún siguen jugándolo cinco contra cinco, aún cualquier cosa puede pasar aún por muy increíble que nos pueda parecer.

 

Hace ahora cinco años, aquel Baskonia entonces llamado Tau perdió 2-3 una Final que creyó tener ganada, un quinto partido que ganaba de ocho o nueve a falta de menos de un minuto. Aquella Final debió pasar a la historia como herrerazo (y todos nos habríamos entendido perfectamente) pero sólo pasó como la del triple de Herreros, como si el susodicho sólo hubiera metido ese triple durante toda su carrera. Ayer, este Baskonia hoy llamado Caja Laboral ganó 0-3 una Final que creyó tener perdida antes incluso de empezar a jugarla, y lo hizo además sobreponiéndose a un absurdo error arbitral sobre la bocina del minuto cuarenta, lo hizo remontando una desventaja de cinco puntos durante los segundos finales de la prórroga, lo culminó SanEme (SanEmeSelección) clavándola en aquel último instante, metiendo además aquel endemoniado adicional… Fue como si el destino le devolviera a la afición baskonista lo que se cobró hace cinco años, un título imborrable que bien merecería una denominación acorde con su trascendencia, con su impredecibilidad: qué sé yo, podríamos pensar en blaugranazo buesazo pero no sería justo, no acabaría de hacer justicia a un equipo que bien merecerá que se le recuerde por méritos propios en vez de por deméritos ajenos. Esta Final ACB 2010 quedará para siempre en mi memoria como el baskoniazo; aunque usted, por supuesto, bien podrá seguir llamándola como le dé la real gana…

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

aconejamiento   Leave a comment

(publicado el 14 de junio de 2010)

 

Reconozcámoslo sin pudor alguno, el Barça está aconejado. No, no digo acongojado ni aún menosacojonado sino aconejado, dicho sea ello en sentido homenaje a un Manel Comas que tantas veces (anteayer mismo, sin ir más lejos) reformuló su ya famosa táctica del conejo. El Barça no entiende, por más que lo intenta no alcanza a explicarse qué demonios le está pasando. Aparentemente se trata del mismo Barça de todo el año, el que ganó Copa y Euroliga y todo lo habido y por haber, el que nunca tuvo por costumbre perder, el que se presentó en esta Final con un imponente balance de sesenta y tres victorias por tan solo cinco derrotas en el global de todas las competiciones disputadas, el mismo Barça triomfant de hace dos, tres, cuatro meses, sin lesiones, sin achaques visibles, todo el enorme plantel puesto a su entera disposición… aparentemente. Porque más allá de todas las apariencias, algo, no sé muy bien qué, parece haberse roto en su interior. El Barça podrá empezar mejor o peor, pero encarrila sus partidos y entra a cada último cuarto con la absoluta convicción de que va a ganarlos… y, justo entonces, algo sucede; se le enciende la luz roja, tal vez el piloto de la reserva (¿física? ¿psicológica?), saltan todas las alarmas, le sobreviene una súbita paralización. Quieto de pronto, absolutamente inmóvil, acaso olisqueando el peligro que se cierne sobre él pero sin saber aún muy bien cómo procesarlo, cómo encararlo, de qué manera hacerle frente, por dónde huir. Incapaz de reaccionar, aún le habría de quedar alguna posibilidad de escapar si hubiera dado (como tantas otras veces) con un perseguidor inexperto, incauto, al menos ligeramente imprudente. No es el caso. El cazador, llámese Baskonia, no es precisamente de aquellos que acostumbran a dejar marchar a su presa una vez la tienen a tiro: un golpe seco, certero, en el sitio justo, en el momento preciso, y ahí les queda su víctima toda despatarrada sobre el parquet. Cero-dos, el Barça está aconejado, quién lo desaconejarásería la pregunta fácil: pero no lo hará nadie, tendrá que apañárselas solo, buscarse la vida (nunca mejor dicho) en territorio hostil. Acaso sea ya demasiado tarde.

Todos los equipos, hasta los más grandes equipos campeones que seamos capaces de recordar, acostumbraron a tener algún momento malo, tuvieron siempre algún bajón en el transcurso de cada temporada. Apenas un par de partidos, tres, luego generalmente se rehacen, salen del bache y continúan reescribiendo su historia como si nada. Pero este Barça parecía dispuesto a inclumplir la norma, este Barça hasta ahora no había tenido bache alguno. Hasta ahora. Y mira tú por dónde ha ido a llegarle el pinchazo cuando no hay vuelta de hoja, justo cuando ya no hay marcha atrás. O casi. Porque (digámoslo hoy que todavía estamos a tiempo) este Barça aún no está muerto. Herido muy grave si así lo quieren (y acaso por eso mismo más peligroso) pero aún vivo, aún necesitarán asestarle un último cogotazo (baskoniazo) aquellos que quieran echarlo al puchero, aún puede ser que no se deje, reconozcámoslo, no se trata de una presa cualquiera sino de una muy especial. Suele decirse que hasta el rabo todo es toro, suele decirse que no conviene vender la piel del oso antes de cazarlo, permítanme ambos símiles aunque estuviéramos hablando de conejos, tanto da. Vayan relamiéndose en Vitoria si así lo quieren, pero recuerden que aún les quedará ese último paso (el más delicado, el más difícil) antes de tener a punto el guiso, antes de ponerse a dar buena cuenta de él. Ténganlo bien presente, no se les vaya a indigestar aún antes de empezar la digestión.

Publicado octubre 28, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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