el padre de todos los partidos   Leave a comment

(publicado el 17 de junio de 2010)

 

Pocas cosas hay más grandes en el ámbito NBA que un séptimo partido de cualquier serie de playoffs. El quinto ya acostumbra a ser muy bueno, aquí se cumple a rajatabla ese extraño axioma taurino de que no hay quinto malo (por qué dirán eso); un quinto partido, siempre y cuando se llegue a él con empate a dos (con 3-1 no es lo mismo), siempre suele salir extraordinario. Pero un séptimo, ay amigo, un séptimo ya es otra cosa, es ese extraño momento en el que la NBA decide equipararse a la NCAA, a nuestra Copa, a cualquier competición del mundo mundial que tenga a bien dirimir sus pleitos a todo o nada, a cara o cruz. Ochenta y dos partidos de temporada regular después, seis partidos de intensa eliminatoria mediante, al final todo se acaba decidiendo en apenas cuarenta y ocho minutos. Un séptimo partido de cualquier serie NBA es siempre un momento sublime, por definición.

Pocas cosas hay más grandes que un séptimo partido, pero una de ellas es que ese séptimo partido no tenga lugar en una serie cualquiera sino en la mismísima Final NBA. Es algo que sucede en contadísimas ociasiones, de pascuas a ramos como si dijéramos, de hecho yo, que llevo casi un cuarto de siglo contemplando NBA con cierta regularidad, sólo creo haber presenciado tres hasta la fecha: 1987, Lakers-Pistons, acaso la primera Final que se televisó íntegramente en nuestro país. En aquel entonces yo aún no tenía vídeo ni nada que se le pareciera, pero tampoco hacía falta porque TVE ofrecía los partidos en directo durante la madrugada y luego en diferido a la tarde siguiente. Elegí no trasnochar, escogí el diferido. Craso error. Aquel séptimo partido no diré que paralizó el país (el nuestro) porque sería una exageración, pero sí que concitó una expectación muy superior a lo que hoy podamos imaginar siquiera. A pesar de mi pertinaz insistencia en no querer enterarme del resultado, cierto compañero de trabajo logró destriparme (a su manera) la victoria de los Lakers. Con el tiempo aquel compañero acabó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos, pero aún así creo que jamás podré perdonárselo… 1994, Rockets-Knicks, la elegancia de uno de los pívots más maravillosos que en el mundo han sido, es decir Hakeem Olajuwon, contra la rugosidad de uno de los equipos más duros que el mundo haya conocido, esos rudos Knickerbockers dirigidos por Pat Riley y encabezados por Pat Ewing y John Starks, ídolo del Madison que aquella noche se dedicó a apedrear contumazmente el aro con el resultado que ya todos sabemos… Y 2005, Spurs-Pistons, ésta creo que la recordaremos casi todos, los cuatro primeros partidos habían salido un tanto espesos pero el quinto (no hay quinto malo, recuerden) salió sencillamente extraordinario, y la serie ya no decayó hasta el final: Duncan, Ginóbili y Parker acabaron llevándose el gato al agua con la inestimable colaboración de un peculiar sujeto llamado Robert Horry, ya saben, el verdadero señor de los anillos… Lo dicho, sólo tres ocasiones en casi un cuarto de siglo, tres que serán cuatro en apenas unas pocas horas.

Nada puede ser más grande (en términos de NBA) que un séptimo partido de una Final… salvo que esa Final enfrente a los Lakers y a los Celtics. Entonces ya no es que sea algo grande, entonces ya es la caraba, la repanocha, añada usted el término (malsonante o no) que le resulte más oportuno. Angelinos y bostonianos están disputando una Final grandiosa, de la que sólo lamento no haber tenido un poco más de tiempo en estos días para haber podido dedicarle un párrafo siquiera. Cuatro primeros partidos muy buenos, un quinto aún mejor (no hay quinto malo, recuerden) y un sexto a modo de excepción que confirma la regla, algún petardazo habían de pegar, se ve que a los Celtics por aquello de la edad les afectan más estas cosas del jet lag y al segundo cuarto ya no había partido, ya se habían dejado ir con la mente puesta en el séptimo. El séptimo sucederá en apenas unas horas, ya mismo como si dijéramos, de tres a seis de esta próxima madrugada todo el planeta (Sudáfrica incluso) girará en torno al Staples Center de Los Ángeles. Cierto infausto personaje de cuyo nombre no quiero acordarme habría dicho que ésta va a ser la madre de todas las batallas, yo (menos aficionado a los términos bélicos) diré casi mejor que éste va a ser el padre de todos los partidos. Gane quien gane, pase lo que pase, jueguen como jueguen esta será una noche de la que (siempre con permiso del señor Alzeimer) nos acordaremos toda la vida. O como diría Trecet (tratándose de NBA, nada mejor que acabar con una frase suya): perdérselo no es una opción.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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