manumanía   1 comment

(publicado el 23 de abril de 2010)

No soy (no creo ser) mitómano, no suelo ser (ya infinitamente lejos mi más tierna infancia) de los que coleccionan cromos, cards, pins ni chorradas semejantes, tampoco suelo ser de aquellos que se compran compulsivamente las camisetas de sus ídolos, no por nada, de hecho creo que hasta lo haría si fuera yo más joven y/o si fueran ellas más baratas, pero que hoy por hoy digamos que ya no voy teniendo cuerpo como para andar poniéndome según qué cosas, aún menos al precio que las venden. Pero habré de reconocer aquí públicamente (aunque me duela) que si alguna vez me diera por comprarme la indumentaria de algún jugador NBA, creo que la primera que caería (aún por encima de debilidades patrias, aún por encima de nuestros Pau, Marc, Calde, Rudy o Sergio de toda la vida) sería precisamente aquella que lleva el dorsal número 20 de los San Antonio Spurs.

 

No es de ahora. De hecho lo mío con Ginóbili (llamémoslo así, aunque suene a otra cosa) data ya casi de finales del siglo pasado, tal vez de aquellas primeras veces que le vi con su selección (cuando aún no era Manu sino Emanuel, cuando los Barthe y Calvo de turno aún no le hacían esdrújulo sino grave o llano, aún acostumbraban a llamarle Ginobíli, poniendo el acento en la segunda i), o tal vez de aquella inolvidable Final de Euroliga, única en la historia en formato playoff, en la que un grandísimo Baskonia le aguantó los cinco partidos a aquella imponente Virtus boloñesa de Messina, Jaric, Abbio, Rigaudeau… y sí, también de Ginóbili, sobre todo de Ginóbili. La cosa empezó entonces y dura hasta la fecha, siguiendo el camino contrario a tantas otras debilidades que nos nacen en sus años mozos pero que luego se nos van cayendo, o al menos enfriando, con el paso del tiempo. Ahora por ejemplo se me viene a la cabeza el caso de Melo Anthony, que me entusiasmó allá por 2003 (tanto más dada mi filiación Orange), pero que desde entonces hasta ahora ha ido perdiendo sistemáticamente enteros en mi cotización personal, y no porque hoy sea peor jugador de baloncesto (más bien todo lo contrario) sino por su forma de entender el baloncesto, incluso por su forma de entender la vida. Manías mías sin duda, qué le voy ya a hacer a estas alturas, pero que no se me manifiestan en otros muchos casos, en éste por ejemplo: aún hoy, más de una década después, ya asomándose a esa edad en la que empieza a amenazar la decadencia, bien puedo afirmar que Manu Ginóbili aún me sigue gustando más y más cada día que pasa.

Ayer mismo por ejemplo, segundo partido de su eliminatoria contra los Mavs (mucho me temo que cuando ustedes lean esto ya se habrá jugado el tercero), ya con 1-0 en contra, aún en el territorio hostil (esas masas convenientemente enardecidas por el amigo Cuban) del American Airlines Center de Dallas. Ayer como anteayer, como hace tres, cinco, siete o diez años, clavándotela de dentro o de fuera una vez tras otra en aquel lado, o quitando balones y achicando espacios en este otro, multiplicándose aquí y allá que hasta pareciera que no hay uno sino tres ginóbilis por cada vez que está en cancha, aplicando a todo su juego esas incontables y arrolladoras dosis de sentido común, demostrando una vez más a quien pueda interesar que a esto del baloncesto no se juega tanto con las manos, con las piernas o con el cuerpo como con la cabeza. Y defendiendo con incomparable eficacia hasta a Nowitzki cuando era menester, cuando así se lo requería algún cambio de parejas (que no fue una sino unas cuantas veces), y liderando a su equipo aún por encima de la espumosa efervescencia (aún convaleciente) de Parker o de la imponente solidez de Duncan, y siendo aún la metáfora perfecta de aquel baloncesto según San Antonio que escribí hace ya casi tres años pero que aún hoy mantiene su vigencia (aunque las plantillas, las circunstancias y las edades no sean ya las mismas), mostrando que en la NBA, por increíble que parezca, aún puede jugarse a este deporte a la tradicional manera del cinco contra cinco; poniendo el 1-1 de una eliminatoria que no será fácil que ganen pero tampoco que pierdan, no vaya usted a pensar: viejos, achacosos, todo lo que quieran, pero con el baloncesto aún corriéndoles a chorros por sus venas.

 

Campeón de aquella Euroliga de 2001, campeón olímpico en 2004, campeón NBA en 2003, 2005 y 2007. Ningún otro sujeto sobre la faz de la Tierra puede poner a día de hoy esos tres títulos juntos en su currículum, y aún podría haber añadido una muesca más, aquel Mundial de 2002 que debió ganar y no gano porque así se lo impidieron su tobillo, un puñado de serbios y un par de tipos vestidos de gris (griego y dominicano por más señas), no necesariamente por ese orden. Para otros muchos sería ya bagaje más que suficiente como para irse relajando, pero no parece que ése vaya a ser precisamente su caso: y mira que empezó la temporada en tono bajo, que ahí muchos quisieron ver decadencia en lo que sólo era mera consecuencia de múltiples y variados achaques, pero fue pasar el All Star (ése que incomprensiblemente sólo ha jugado una vez, hace ya demasiado tiempo) y dispararse, una vez más metáfora perfecta de su equipo, a imagen y semejanza de esa acendrada tradición sanantoniana de inaugurar su mejor baloncesto justo en la segunda mitad de la Regular. De febrero a abril sus estadísticas han estado al nivel de los mejores de la Liga, pero es que esas estadísticas apenas explican ni un diez por ciento de lo que verdaderamente supone su presencia en cancha, esa ascendencia que siempre ha estado y estará infinitamente por encima de sus números. No estaba Parker, no siempre estuvo Duncan pero ahí seguía él, ya aparentemente recuperado y feliz, sosteniendo a su equipo hasta asegurar los playoffs, contra todo pronóstico, otro año más. Agoreros abstenerse, o al menos esperarse hasta la temporada próxima…

Pero no teman, que aún nos queda manumanía para rato. Recientemente renovó con los Spurs por un pastón, dónde voy a estar mejor que aquí, acabando así de un plumazo con las especulaciones, con los sueños de las otras veintinueve franquicias y con los delirios de grandeza de algún floreado presidente del otro lado del charco que acaso creyó haber encontrado por fin a un galáctico a su medida para la sección de baloncesto. Renovó y no aflojó como tantos otros acostumbran a hacer en similares circunstancias, más bien al contrario, elevó aún más sus prestaciones, nada hace pensar que no pueda seguir elevándolas en los próximos años. Vale, sí, el tiempo pasa igual para todos (basta ver su coronilla para comprobarlo), serán treinta y tres los que cumpla, sus condiciones físicas difícilmente serán ya las mismas pero la muñeca no envejece y la inteligencia sobre la cancha tampoco, no todavía al menos; más bien al contrario, en tipos como él en los que el cerebro pesa más que el músculo la experiencia es siempre una bendición. Tal vez estos Spurs ya nunca volverán a ser los mismos, es ley de vida, pero a este Manu nuestro, créanme, aún le habrá de quedar baloncesto para dar y regalar. Que dure.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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