memorias de África (reloaded)   Leave a comment

(publicado el 27 de abril de 2010)

 

A cualquier ser humano que esté siguiendo estos playoffs NBA, aún por muy amarillo (o sea, de los Lakers) que fuere, le habrá de resultar sumamente difícil no enamorarse de los Oklahoma City Thunder. A mí al menos me lo resulta, a mí me está cautivando este Trueno (nada de particular, cabría pensar, dado que mi equipo futbolístico resulta ser el Rayo): me cautiva su juego, su intensidad defensiva, esa magnífica presión de las líneas de pase y ese salir corriendo en cuanto roban para así dejar aún más en evidencia lo poco que a estos Lakers les gusta correr para atrás (tampoco es que les guste mucho correr hacia adelante); me cautiva su estrella, una vez más ese Kevin Durant que es lo más opuesto al perfil de estrella que uno pueda encontrarse, y tanto más estrella precisamente por eso mismo; me cautivan sus gentes, esos aficionados uniformemente vestidos de azul para el tercer partido y de blanco para el cuarto, vibrando y animando como si esto no fuera NBA sino NCAA (que al fin y al cabo es el baloncesto al que han estado acostumbrados toda la vida en Oklahoma), capaces incluso de permancer en pie hasta la primera canasta de su equipo aunque ésta tarde casi medio cuarto en llegar y aún haya algún tiempo muerto de por medio; me cautiva ese proyecto joven y fresco como ningún otro en la Liga, ese definitivo renacimiento (en otra ciudad, con otro nombre) de una franquicia que hace apenas dos o tres años parecía estar maldita…

Que sí, que ya lo sé, que ahora usted me dirá, pero vamos a ver, ¿pero no eras de los Lakers, pero no se suponía que te aficionaste a esta Liga en los ochenta a partir del showtime de Magic, Jabbar, Worthy y tantos otros, pero no renovaste acaso tus votos angelinos con la llegada de Gasol? Pues sí, habré de confesarlo, así era, no sé si sigue siendo, ya apenas queda nada del showtime pero la llegada de Pau supuso un buen pretexto para seguir siendo amarillo en casi cualquier circunstancia… pero es precisamente ese casi el que se me está tambaleando en esta ocasión: sí, en los Lakers está uno de los nuestros pero resulta que en los Thunder también está otro de los nuestros, créame, de verdad, no me ponga ahora esa cara que yo para esto no hago distingos entre hijos biológicos e hijos adoptivos, mire usted; qué quiere que le diga, para mí Serge ibaka es como si fuera (en términos baloncestísticos, entiéndase) uno más de la familia.

Serge Ibaka se nos fue pa Oklahoma tras hacer el high school en l’Hospitalet y el college (one and done) en Manresa, digámoslo así, y no fueron pocos los que dijeron (¿dijimos?) dónde va, sin reparar en un par de tópicos demasiadas veces repetidos pero no por ello menos ciertos: 1) el trabajo paga dinero como dicen en USA; si te esfuerzas día a día, si tienes una actitud positiva, si permaneces centrado, si escuchas detenidamente a todos aquellos que tengan algo que enseñarte, etc etc, el cielo es el límite; y 2) en la NBA, aún por encima de quién seas, importa sobre todo el ir a parar al lugar adecuado, y hacerlo además en el momento preciso. Resultó que los Thunder reunían todo lo que Ibaka podía necesitar: equipo muy joven, aún en periodo de reconstrucción, manifiestamente mejorable a corto/medio plazo; superestrella nada egocéntrica, tan capaz de enchufarla desde cualquier posición como de compartirla siempre que sea menester, buen rollito asegurado, ególatras abstenerse; entrenador nuevo, joven, abierto, de talante dialogante y mentalidad de equipo; y por último (pero no por ello menos importante) un juego interior flojísimo, acaso de los peores de la Liga, en el que Ibaka habría de entrar como anillo al dedo, Dicho y hecho: parecía predestinado a no despegar el culo del banquillo en todo el año pero antes de que nos diéramos cuenta empezó a tener minutos, de la basura primero, de relleno después, de rotación más tarde, de imprescindible finalmente, así hasta llegar a este momento presente en el que el bueno de Scott Brooks ya no logra encontrar la manera de sacárselo de la cancha.

Cada partido más o menos la misma historia: empiezan de titulares interiores Jeff Green y Nenad Krstic, lo que no tendría nada de particular si no fuera porque el ex de Georgetown es un pedazo de tres haciendo decuatro, y porque el serbio es… diría que un cuatro haciendo las veces de cinco pero ni siquiera me atrevo a decir eso, diría más bien que es el mismo Krstic de toda la vida, el de la buena (buenísima) mano desde cuatro, cinco o seis metros, el que no pisa la pintura ni por equivocación no vaya a ser que se manche. Total, que es dar el salto inicial y empezar de inmediato Pau y Bynum a ponerse las botas, balones dentro uno tras otro, el propio Kobe aún de miranda por increíble que ello pueda parecer. Pero pasan pongamos siete minutos y entra por fin Nick Collison, leyenda de Kansas, fajador incansable que lleva en la franquicia desde que aún se llamaban Sonics y vivían en Seattle, razón por la cual las ha visto ya de todos los colores; y pasa otro par de minutos más y entra Ibaka, nuestro Ibaka, y antes de que nos demos cuenta a Pau y Bynum (y no digamos ya a Odom, otro pívot de mentira) se les habrá acabado el chollo, lo que antes era coser y cantar ahora es sangre, sudor y lágrimas, vaya por dios. Perderán algo en ataque (aunque lo compensan con creces con todo lo que ganan en defensa)… pero cada vez menos, porque nuestro Ibaka parece empeñado en sorprendernos cada día con algo nuevo: que es un portento físico ya lo sabíamos, como sabíamos que es muy capaz de taponar incansablemente a diestro y siniestro con potencia inusitada (hasta tres veces en una misma posesión rival, incluso), como sabíamos que es muy capaz de comerse el aro en cada rebote de ataque… pero lo que ya no imaginábamos es que se sacara de la manga ese tirito de cuatro metros con el que ahora nos sorprende cada noche, No, aún no tiene un juego de pies consistente, aún sus fundamentos de espaldas al aro aún son manifiestamente mejorables, pero ustedes miren su actitud, valoren sus progresos y cuéntenme sinceramente si aún les cabe alguna duda de que tendrá todo eso y más, y más pronto que tarde.

Claro está, llegados a este punto la comparación con su casi paisano (del Congo de al lado) resulta inevitable, por más que sus inicios en la Liga fueran radicalmente distintos. Recordemos, Dikembe Memorias de África Mutombo fue número tres del draft tras un puñado de años en Georgetown, la factoría de pívots por antonomasia. Llegó como un cénter dominador en defensa pero con sólo una jugada en ataque, un socorrido gancho que le habría de sacar de unos cuantos apuros durante su carrera; tal vez pensamos que con el paso de los años aún podría incrementar su arsenal ofensivo pero ni por esas, de hecho su especialización defensiva fue a más hasta acabar siendo sólo eso, nada más (nada menos) que eso. Y es que esto, como todo en la vida, no es como empieza sino como acaba: Ibaka a día de hoy no tiene ese socorrido gancho, aunque sí tenga ese no menos socorrido tiro de tres/cuatro metros que Mutombo no tuvo jamás. Pero lo que Ibaka aún tiene por encima de todo, en contraposición con aquel Mutombo, es ese margen de mejora alucinante, esa sensación que transmite de progresar adecuadamente semana tras semana, casi de día en día. Resultan inevitables las comparaciones (aunque sean odiosas)… aunque a mí, si me paro a pensarlo, a quien más me recuerda Ibaka no es tanto a Mutombo como a quien le trajo a este país hace unos pocos años, el incomparable Anicet Lavodrama: sí, tiempos y oportunidades muy distintas, más centímetros también los del congoleño que los del centroafricano, pero la misma exuberancia física, la misma imagen de impasible serenidad sobre la cancha, la misma actitud positiva, ese hacer vestuario que caracterizó al uno y parece que podría caracterizar también al otro… Tanto como para que la madre de Kevin Durant asista a los partidos ataviada no con la camiseta número 35 de su hijo sino con la 9 de Ibaka, casi el último en llegar al equipo como si dijéramos. Y es que algunas cosas nunca suceden por casualidad.

Serge Jonas Ibaka N’Gobila. No nació en Sant Boi de Llobregat ni en Villanueva de la Serena ni en Palma de Mallorca ni en La Laguna sino en Brazzaville, en esa República Popular del Congo que llamábamos precisamente Congo Brazzaville en contraposición al otro, aquel Congo Kinshasa que antes fue Congo Belga, luego Zaire y hoy es República Democrática del Congo(deberíamos definirlos en términos baloncestísticos, Congo Ibaka y Congo Mutombo respectivamente, y así nos resultaría más fácil aclararnos). Nació donde le tocó nacer, será de donde quiera ser: mantiene su residencia barcelonesa, dentro de unos días le tendremos ya por aquí a saludar a los amigos, a pasar el verano, a irse de copas (o de lo que sea) con su colega y casi paisano (del Congo Mutombo, precisamente) Christian Eyenga. ¿La nacionalidad, la selección? Si él así lo quiere (que parece que sí, según nos cuentan) bienvenido sea, por supuesto, no quiero ni pensar en lo bien que le vendría a la roja (recurramos al tópico) un pívot así de cara al futuro, tanto más cuanto bien sabemos que Pau ya no va a estar siempre, que Garbajosa se nos está acabando, que Fran es una eterna caja de sorpresas, que los recambios en el uno y el dos nos crecen a chorros pero en el cuatro y el cinco nos caen a cuentagotas, mire usted. Sería una bendición, qué duda cabe… pero si no llegara tanto me da: Ibaka es ya uno de los nuestros, es nuestro hombre en Oklahoma, y eso en mi consideración está muy por encima de pasaportes, banderas y demás zarandajas. Todo a su tiempo, pero por ahora dejémosle tranquilo que a día de hoy tiene cosas un poco más urgentes en las que pensar, por ejemplo en cómo hincarle el diente a los Lakers en su mismísimo Staples, quién sabe si esta misma noche en el quinto de la serie. Lo demás, si tiene que llegar, ya llegará por añadidura. En esto, como en su juego, como en toda su carrera, por favor, no nos precipitemos: sencillamente, dejémosle madurar.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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