o ricky galego   Leave a comment

(publicado el 23 de junio de 2010)

Ayer, mientras me desayunaba en el bar de siempre mi café con leche y mi montadito (más bien pulguita) de cada mañana, cayó en mis manos un ejemplar del diario As que comencé a hojear distraídamente por el final, como es mi costumbre. Y al llegar a las (exiguas) páginas de baloncesto saltó a mi vista una pequeña noticia, cuyo titular (de sintaxis un tanto discutible, por cierto) rezaba Baskonia y Madrid, por el ‘Ricky gallego’. Como sospecho que les dará pereza pinchar en el enlace (y también para que no se me vayan, claro), les haré la caridad de copiarles aquí mismo todo su contenido:

La carrera sigue. El Real Madrid reorganiza su cantera y pretende pescar en el baloncesto nacional. Jonathan Barreiro es una de esas joyas. Desde el club reconocen el interés y lo avanzado de la operación, pero en las últimas horas el Caja Laboral ha recuperado terreno y podría hacerse con el jugador de Cerceda (La Coruña), conocido como el Ricky gallego. Barreiro, que pertenece al Xiria de Carballo y que se proclamó campeón de la última Minicopa de la ACB con el DKV Joventut (club que le invitó al torneo), mide 1,93 y en su categoría es un jugador total. “En su caso, la altura no es tan importante; juega mucho y bien y sabe relacionarse con el balón. Con nosotros juega de base, rebotea, tira triples…”, reconoce Miguel Ángel Ortega, el técnico que trabaja en su progresión. Todo apunta a que Barreiro terminará jugando de base, de ahí el apelativo de Ricky gallego, inseparable ya a su nombre y apellido. Mientras su padre, José Antonio, considera que se ha armado demasiado revuelo en torno a su hijo, que estuvo en la última preselección de la Sub-13 española.

No salgo de mi asombro. De entrada por el hecho de que (al parecer) sean precisamente Madrid y Baskonia, dos equipos cuya política de cantera a esas edades tiende a ser insignificante (cuando no manifiestamente inexistente), los que anden peleándose por el chaval. Evidentemente me chirriaría menos si los que lo hicieran fueran Penya y Estu (obvio), aunque luego seis años después llegara el grande de turno y se lo quitara, qué le vamos a hacer, es ley de vida. Pero también me chirriaría menos si los que se pegaran fueran, qué sé yo, Unicaja y Cajasol, Fuenla y Valencia, equipos cuya cantera no es precisamente el centro de su vida pero que acostumbran a hacer un buen trabajo a ese nivel. Pero ¿Madrid y Baskonia? Qué quieren que les diga, en estos casos casi siempre se me aparece el fantasma de aquella cosa que se llamó (y creo aún se sigue llamando, pero ya restringida sólo al baloncesto femenino) proyecto Siglo XXI, sin la cual probablemente hoy no gozaríamos de las habilidades de Sergio Rodríguez y Fran Vázquez por citar sólo los dos ejemplos más relevantes. Tiempos pasados que ya jamás han de volver, me temo.

Pero iré aún un poco más allá, porque habré de confesarles que ese lustroso calificativo del Ricky gallego me genera escalofríos. ¿Cómo lo explicaría? Quizá no estará de más que les cuente una batallita que no creo haber contado aún por estos pagos: estudié en un colegio madrileño sumamente baloncestero, acaso el más baloncestero de los colegios madrileños, el mismo del que había salido (años atrás) Juan Antonio Corbalán, el mismo del que habría de salir (años más tarde) Carlos Jiménez. Supongo que al menos una parte de mi filiación por este deporte nació precisamente allí, por mucho que me duela confesarlo dado que no guardo precisamente buenos recuerdos (pero esa es otra historia). Pues bien, de entre los de mi generación había un par de chavales que despuntaban muchísimo, cuyas cualidades ya desde infantiles trascendieron más allá de los muros del colegio hasta alcanzar dimensión no diré ya nacional sino incluso planetaria (créanme que no exagero). De uno de ellos (base) se decía que era muy bueno, que podría perfectamente hacer carrera en esto; del otro (alero) se decía que era sencillamente extraordinario, que iba a ser una estrella, que marcaría un antes y un después. El base (a quien ya por aquel entonces entonces apodábamos Chinche) ciertamente llegó a ser muy bueno, jugó unos cuantos años en Estudiantes y Caja San Fernando, aún hoy le veo a menudo comentando partidos en la televisión (por satélite) andaluza. En cambio el alero, de iniciales ABN (por alguna extraña razón me da apuro citar su nombre completo), no marcó jamás un antes y un después, de hecho se quedó en el antes, de hecho se quedó en nada, pero en nada de nada, no pasó del colegio (baloncestísticamente hablando,entiéndase), jamás llegó a jugar baloncesto organizado (no digamos ya profesional) en ningún otro sitio, que yo sepa. ¿Por qué? Cuántas veces no me habré hecho yo esa misma pregunta…

No conozco a Jonathan Barreiro. No es ya que no le haya visto jugar, es que reconozco (aunque me avergüence decirlo) que hasta ayer mismo ni tan siquiera sabía de su existencia. Pero así en principio me da mucho miedo toda esa catarata de expectativas generadas en torno a un crío que (deduzco, infiero) tiene sólo trece años. Una edad difícil los trece años, créanme, lo sé de buena tinta, no ya porque los haya padecido hace mucho tiempo sino porque tengo bastante cerca (bajo mi mismo techo, concretamente) a un sujeto de esa misma edad. Empiezas a tener ínfulas y actitudes de adulto pero en el fondo sigues siendo un niño, un niño total y absoluto. A esa edad (y a otras) el baloncesto aún debería ser sólo una diversión, que para trabajar y amargarse la vida supongo que ya bastante tendrá con la ESO. Y no digo yo que no esté siendo así, evidentemente no tengo ni idea, sólo digo que todo este barullo contractual a tan temprana edad no ha de traer nada bueno. Aún no necesita que le agobien, aún no necesita que le pongan más presión que la que él sea capaz de manejar, aún sólo necesita que le dejen en paz, que le permitan ser feliz. Le comparan con Ricky, y es bien cierto que Ricky también nos epató en una Minicopa (y también vestido de verdinegro, por cierto), pero no es menos cierto que luego ya apenas volvimos a tener noticias suyas hasta que año y medio más tarde le vimos debutar en ACB. Durante todo ese tiempo se mantuvo bajo el manto protector de la Penya, como siguió estándolo después (hasta los dieciocho) pese a la incomprensión de casi todos los medios de comunicación. Y a mí hoy por hoy no hay quien me quite de la cabeza que ese paraguasbadalonés tuvo finalmente mucho que ver en la adecuada formación de Ricky, como jugador y como persona. No todos tuvieron esa suerte, algunos niños precoces sobrevivieron pese a todo pero otros se nos fueron quedando tristemente en el camino, repentinamente reconvertidos en juguetes rotos. No digo que eso vaya a pasar en este caso, sólo digo que no quiero que pase.

Para acabar, me gustaría que cuanto tengan un rato le echen un vistazo al reportaje que el magnífico programa del Plus Informe Robinson dedicó hace algunos meses al guardameta barcelonista Víctor Valdés. Aquí se lo dejo, así la primera como la segunda parte, pónganse cómodos, tómense su tiempo, dura en total algo más de veinte minutos pero en verdad les digo que merece mucho la pena. Y algo tiene que ver, siquiera tangencialmente, con este tema que nos ocupa. Al menos él salió de ésta y hoy puede aún contar su historia, desde la distancia, sin acritud, incluso con gratitud. Me temo que no todos pueden decir lo mismo.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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