patas arriba   Leave a comment

(publicado el 23 y 24 de marzo de 2010)

 

(I)

Si usted tuvo la santa paciencia de leerse mis cuatro miradas al bracket de la pasada semana, coincidirá conmigo en que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Vamos, que te pasas cuatro días devanándote los sesos (que no los sexos) para ver cómo lo explicas, y luego en cuanto te descuidas te lo encuentras todo patas arriba en un decir jesús. Claro que tampoco sé de qué me extraño a estas alturas, la NCAA es así, sorpresas por doquier, cenicientas a tutiplén, la maravillosa locura de marzo en todo su esplendor… Es así, y está muy bien que así sea.

Aunque le supongo ya al cabo de la calle (siempre y cuando le interese el tema, claro), baste recordar que a estas alturas (dos rondas ya jugadas, sólo -dulces- dieciséis equipos continúan aún en competición) ya ha caído el primer número uno: y no ha sido Duke, del que yo les decía que me parecía el más débil de los cuatro; ni ha sido Syracuse, aparentemente mermada por su escasa rotación, tanto más tras la lesión de Onuaku; ni siquiera ha sido la aparatosa Kentucky, potente a más no poder pero con esa novatez de sus figuras que me dejaba algunas reservas; no, la que ha caído ha sido la número uno no ya de su Región sino de toda la nación, la gran favorita en casi todos los pronósticos, la mismísima Kansas de Bill Self, la de Sherron Collins, Cole Aldrich y Xavier Henry, la que todos esperábamos (más que a ninguna otra) ver en Indianápolis a comienzos de abril. Y ha ido a caer en Segunda Ronda ante Northern Iowa, que sí, que sabes que existe porque lo has visto y escuchado alguna vez, porque te imaginas que alguna universidad tendrá que haber al norte de ese estado de la América más profunda, que por saber puede que hasta sepas que juega en la Missouri Valley Conference pero que ni aún así logra despertarte ni la menor curiosidad… hasta ahora: ahora ya toda América (del Norte), y hasta unos cuantos de entre aquellos que nos interesamos por este juego al otro lado del mundo, sabemos ya que a los de Northern Iowa les llaman Panthers y que tienen por impronunciables estrellas al fornido pívot Jordan Eglseder, al base Kwadzo Ahelegbe y al desinhibido escolta Ali Faroukhmanesh (a saber si los habré escrito bien), autor de la que viene siendo la canasta del año, aquel pedazo de triple fuera de guión que acabó de dar la puntilla a los Jayhawks… Eran el número nueve de la Región del Este, se cargaron en Primera Ronda (no sin problemas) a Nevada-Las Vegas, nadie daba un centavo por ellos en esta Segunda Ronda ante Kansas pero apenas un par de horas más tarde ya habían pasado a la historia: a la pequeña historia de su Universidad, a la gran historia con mayúsculas de todo el Torneo.

Pero si de cenicientas hablamos, la cenicientez no sólo no se acaba sino que más bien empieza en Northern Iowa, que hay por ahí unas cuantas aún más mugrosas a priori, aún mucho más resplandecientes a posteriori. Cornell, por ejemplo. Cornell es un equipo de la Ivy League, que usted dirá, bueno y qué, así que paso a explicarme: la Ivy League no es una conferencia cualquiera como tantas otras, la Ivy League es la conferencia que agrupa a las universidades de mayor prestigio académico de toda la nación, todas esas cuyo nombre habremos oído cientos de veces, Yale, Harvard, Princeton, Brown, Columbia… y sí, claro, también Cornell. Lo que diferencia a estas universidades de todas las demás es que aquí no se otorgan becas deportivas, aquí no puedes pillar al John Wall de turno, mandarle chiquicientasmil proposiciones (más o menos deshonestas) y llevártelo al huerto a cambio de que juegue en tu equipo y de paso (haga como que) estudie en tus aulas, no. Estos centros venden prestigio académico, ese título que te habrá de abrirte todas las puertas en cuanto lo tengas, y por eso mismo sus exigencias de ingreso son también meramente académicas (y sospecho que también económicas): llegas, estudias y si resulta que además eres buen atleta siempre podrás apuntarte a cualquiera de sus equipos deportivos; pero no al revés.

Todo lo cual no significa que estas universidades no practiquen un baloncesto no ya bueno sino sublime algunas veces: durante muchos años, aquella Princeton dirigida por Pete Carril (sí, ese mismo entrañable octogenario de orígenes asturleoneses a quien aún hoy solemos ver formando parte del cuerpo técnico de los Kings de Sacramento) representó el ejemplo perfecto de cómo hacer cestos extraordinarios partiendo de mimbres muy normalitos, a base de infinitas puertas atrás, de infinita pasión y amor por este juego. Hoy ese lejano testigo lo recoge Cornell, y cómo: ya algún afamado analista afirmaba que era una auténtica locura asignarles ese número doce, pero como que les ha dado igual, porque de un plumazo se cargaron a los Owls de Temple y de otro plumazo aún mayor se quitaron de en medio a los afamados Badgers de Wisconsin. Y nada de apreturas, de marcadores ajustados, de victorias al límite, no: trece y dieciocho puntos de diferencia respectivamente, y con anónimos ciudadanos como Dale o Wittman recordándonos que tampoco es imprescindible tener unas facultades físicas portentosas para jugar muy bien a esto. Coser y cantar, prueba evidente de que las distancias entre unas conferencias y otras son a la larga mucho menores de lo que creemos. El jueves presuntamente habrán de servir de merienda para los Wildcats de Kentucky, pero bien harán éstos de proveerse de grandes dosis de bicarbonato, no se les vayan también a indigestar…

 

(y II)

No me atrevería a catalogar también de cenicienta a Washingon, aunque partiera con el número once en esa misma Región del Este: al fin y al cabo los Huskies son un clásico en estas lides, un equipo de prestigio con un entrenador de prestigio como Romar y con jugadores de prestigio como Pondexter o Isaiah Thomas, pero que se había visto relegado a ese mal puesto por su irregular campaña y (sobre todo) por ese nivel tan supuestamente bajo de la Pac10 (de hecho están aquí sólo por haber ganado el Torneo de su Conferencia, de no haber sido así no habrían entrado en el Baile, ni de coña); pero que se ve que la cosa tampoco debía ser para tanto, que no estarían tan mal al fin y al cabo, de haberlo estado no se habrían cargado en Primera Ronda (y sobre la bocina) a los Golden Eagles de Marquette y aún menos se habrían cargado en Segunda Ronda al mismísimo número tres, los inesperados Lobos de New México. Y por cierto, que ya que hablo de Marquette digo yo que no estará de más echar un vistazo a la Big East, que en principio pasaba por ser la conferencia más fuerte de toda la NCAA, pero que a la larga se ha ido a pegar un batacazo de considerables proporciones: hasta ocho equipos metieron (y aún me dejaré alguno), casi todos ellos con un puesto sumamente alto en el cuadro, pero a día de hoy ya sólo dos (Syracuse y West Virginia) siguen aún vivos y gozan de buena salud, el resto (la susodicha Marquette, Pittsburgh, Notre Dame, Louisville, hasta Georgetown, hasta la mismísima Villanova incluso) mordieron el polvo más pronto que tarde, reventando de paso todos los pronósticos habidos y por haber…

Sí, hasta la mismísima Villanova, que si ayer hablábamos de la caída de todo un número uno, no estará de más que hoy hablemos de la caída de todo un número dos. Y mira que los Wildcats de Jay Clooney Wright ya rozaron la tragedia en Primera Ronda ante Robert Morris, que no es un señor (aunque supongo que alguna vez lo fue) sino una modestísima Universidad que en jamás de los jamases se había visto en otra semejante, pero que a punto estuvo de protagonizar la que habría sido una de las mayores sorpresas de toda la historia del Torneo (de hecho, desde que existe este formato, sólo en cuatro ocasiones un número quince se cargó a un número dos); Villanova necesitó una prórroga y unas cuantas acciones al límite para salvar literalmente los muebles, pero aquello a la larga sólo fue pan para hoy y hambre para mañana; para pasado mañana, más bien, el tiempo que tardó en cruzárseles en su camino la Universidad de St. Mary’s.

Al menos esta cenicienta no lo fue tanto, al menos no nos pilló tan de sorpresa, al menos de estos Gaels sí que les había hablado, sí que les había visto jugar y hasta ganar a Gonzaga la final de su Conferencia, sí que me parecieron entonces un señor equipo, con mucha mejor pinta así de entrada que ese número diez que les habían asignado… Dicho y hecho: para empezar dieron buena cuenta de Richmond y para continuar acabaron con Villanova, que es que los Wildcats ni les vieron, oiga… Estos Gaels más bien parecen la sucursal en Estados Unidos de la Federación Australiana de Baloncesto (sección Categorías de Formación), pero hete aquí que sus dos principales estrellas no fueron a nacer precisamente en las antípodas sino en las soleadas Arizona y California, respectivamente: Mickey Mouse McConnell (lo siento, el mote es mío, es que con ese nombre no he podido contenerme) y sobre todo Omar Samhan, que a éste ya se lo mencionaba yo el otro día, todo un fornido mocetón de casi doscientos diez centímetros que así de lejos podría parecer una especie de armario ropero pero las apariencias engañan, afortunadamente, porque estamos ante un pedazo de pívot al que da gloria ver cómo se desenvuelve sobre una cancha, y que en condiciones normales (es bien sabido que los designios del draft son inescrutables) habrá de tener una larga y fructífera carrera en NBA. Todo a su tiempo, claro está, que aquí aún le queda trabajo por hacer, este mismo viernes sin ir más lejos ante Lacedarius Dunn, Ekpe Udoh y demás muchachada de Baylor, quién sabe si también el domingo ante Duke o Purdue…

Y no quisiera acabar (aunque debería haber acabado hace ya un rato) sin una somera mención hacia Ohio (ojo, no confundir con Ohio State), que desde su número catorce destrozó los sueños de Georgetown (así como los nuestros de disfrutar de Greg Monroe durante todo el Torneo); y hacia Murray State, que desde su número trece reventó los sueños de Vanderbilt en un final espectacular, alucinante; y si de finales alucinantes hablamos no puedo olvidarme del que protagonizaron Florida y Brigham Young, los mormones llevándose finalmente el gato al agua tras dos prórrogas (y ya puestos permítanme que les recomiende a un pedazo de jugador de esa misma BYU, un tipo al que no habrán de quitar ojo si se lo encuentran este verano en losrefritos pluseros, o en la liga de Las Vegas (que no creo, porque aún le queda un curso) o en cualquier otro sitio: Jimmer Fredette, dorsal número 32, si la NBA no le quiere no se preocupen, a buen seguro le tendremos por aquí en unos pocos años recogiendo el testigo de tantos otros antecesores suyos, qué sé yo, Steve Trumbo, Andy Toolson, Travis Hansen…). Todas estas universidades (más alguna otra que me dejo) fueron luego a caer en Segunda Ronda pero da igual, si al fin y al cabo ya habían tenido su momento de gloria, que les quiten lo bailao (nunca mejor dicho). Y ahora a seguir bailando, de hecho este mismo jueves ya estaremos de nuevo en danza. Aún queda lo mejor.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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