regreso al futuro   Leave a comment

(publicado el 18 de junio de 2010)

 

Dentro de ocho o diez años, allá por 2018 ó 2020 si para entonces aún estamos en este mundo, una noche cualquiera de invierno nos sentaremos en nuestro sofá, como tantas otras veces, para contemplar un partido más de temporada regular de los Lakers en su Staples Center de Los Ángeles (o en donde fuere, que es bien sabido que allí los pabellones los hacen como churros). Será un choque como tantos otros, con sus cuatro cuartos, su famoseo y sus Lakers Girls, pero en cuyo intermedio sucederá algo muy especial, algo que obligará a las televisiones a recuperar de inmediato la conexión sin tiempo apenas para anuncios cocacoleros ni autopromociones varias. De entrada presenciaremos la aparición bajo los focos de un Phil Jackson ya metido en años y en achaques, ya para entonces apaciblemente refugiado en su rancho de Montana pero recién retornado a California para la ocasión, que con su voz grave ya cascada nos habrá de dejar las primeras emociones de la noche justo antes de ceder el testigo a Derek Fisher (cuyo número 2 habrá sido retirado varios años atrás) y éste a su vez a Kobe Bryant (cuyo número 24 habrá sido retirado en loor de multitudes un par de años antes); y entonces, sólo entonces, la grada entera se pondrá en pie para recibir como se merece a un Pau Gasol impecable de traje y corbata, que accederá al parquet convenientemente arropado por toda su familia, por su mujer y sus hijos (en el supuesto de que los tenga, claro), por sus padres y sus hermanos (que allí no dan puntada sin hilo, ya se las apañarán los Lakers para hacer la ceremonia justo el día en que les visite el equipo -Grizzlies o no, tanto da- de un Marc Gasol que para entonces ejercerá ya de veterana megaestrella de la Liga). Pau tomará el micrófono, tendrá amables palabras de agredecimiento para la ciudad, para la franquicia, para su público, para todos aquellos que estén (estemos) presenciando la ceremonia allá en su país, para toda esa gente que durante tantos años, allá o acá, contribuyó de alguna manera a forjar su trayectoria. Y se le entrecortará la voz, y se le escapará una lágrima, y luego otra, y más tarde otra y otra más, y justo entonces se apagarán las luces, todas las luces excepto aquel foco expresamente orientado hacia ese gran cartelón amarillo con el número 16 que al compás de una emotiva música se irá elevando muy poquito a poco hacia el cielo, y en lo que dure ese recorrido acaso se nos empiece a escapar alguna lagrimilla a nosotros también recordando sus difíciles años en Memphis, recordando la alucinante sorpresa de su traspaso en aquella fría noche de comienzos de 2008, recordando los palos que le sacudieron (más mediáticos que físicos, todas aquellas babosidades de Gasoft Winnie the Pau) durante la final de ese mismo año, recordando cómo tuvieron que tragarse esos mismos palos en 2009, cómo ganó brillantemente aquel primer anillo tras zamparse a Supermán Howard, recordando cómo un día de finales de mayo de 2010 la prensa norteamericana especializada le reconoció como el mejor jugador de aquellos playoffs hasta la fecha (aún por encima de Kobe, de Nash, de LeBron, de Pierce, de quien fuera), cómo luego le sobrevino el bajón (estaba reventado) ante Stoudemire, cómo se rehizo en los tres primeros partidos de la Final, cómo flojeó en el cuarto y se hundió en el quinto para que volvieran a lloverle palos por doquier como si de nada sirviera ya todo lo demostrado, todo lo bueno hecho antes, cómo renació en un extraordinario sexto partido y en un épico séptimo, cómo fue capaz de echarse el equipo a la espalda mientras Kobe naufragaba en su peor noche desde su año rookie, cómo sin él jamás habrían ganado a aquellos Celtics que tal vez fueran mejor equipo aunque les sobraran años y les faltara ventaja de campo, cómo no le dieron aquel MVP que fue para Kobe porque se lo tenían que dar a Kobe, por ser vos quien sois, porque la gente le gritaba emvipí, acaso por su balance global de todos los playoffs pero no porque lo mereciera más que Pau aquella noche, recordaremos todo esto y lo salpicaremos con tantos otros momentos más íntimos, más nuestros, más rojos que amarillos, y luego ya nos enjugaremos las lágrimas, por fin podremos volver a mirar al televisor y allí estará ya el 16 en todo lo alto del pabellón junto al 32 de Magic, al 33 de Jabbar, al 42 de Worthy, al 44 de West, alguna voz nos recordará que ya nadie más volverá a vestir nunca jamás el 16 de los Lakers, y entonces lo sabremos, sólo entonces comprenderemos que se habrá cerrado el círculo, un círculo que para nosotros se abrió veinte años antes, quizás aquella noche de julio de 1999  en Lisboa, y a esas horas ya se habrán encendido las luces, ya se habrá reiniciado el partido, ya habrá empezado el tercer cuarto pero a nosotros todo eso ya nos dará igual, ya sólo podremos mirar hacia nuestro interior, sentirnos inmensamente felices, verdaderamente afortunados, hasta privilegiados por habérsenos permitido vivir (aún desde la distancia) todo este enorme pedazo de historia, quizá lo más grande que nos haya pasado y nos podrá pasar como aficionados a este deporte en toda nuestra vida…

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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