un quinteto de lujo   Leave a comment

(publicado el 11 y 12 de marzo de 2010)

 

En días pasados ya les hablé sobradamente acerca de Sherron Collins, Cole Aldrich y demás muchachotes de Kansas, acerca de Andy Rautins, Wesley Johnson y demás mozalbetes de Syracuse, acerca de John Wall, DeMarcus Cousins y demás fornidos mocetones de Kentucky… Por hablarles, hasta les hablé sobradamente en días pasados (hace cuatro días, en realidad) acerca de aquél que para mi discutible gusto habría de ser el jugador del año, ese maravilloso Evan Turner de Ohio State… Así pues, no teman, no reincidiré acerca de ellos que ya bastante rollo les solté en su día, sino que les traeré a colación (y en dos entregas) a otros cinco sujetos, a cuál mejor, que acaso no estén todo el día en el candelero (nien el candelabro) porque sus universidades no estén tan bien o porque tengan algo menos de renombre, pero cuyo talento bien merece que nos detengamos un poco en ellos. Un quinteto de lujo como si dijéramos (quinteto un poco traído por los pelos, quizá con demasiada preponderancia hacia el juego exterior, pero quinteto al fin y al cabo), cinco pequeñas/grandes debilidades que paso a detallarles a continuación:

Demetri McCamey (Illinois). Así de primeras, desde tan lejos, desde este lado de la pantalla del ordenador, te podría parecer cualquier cosa menos un base: físico grande, fuerte, compacto, bastante más alto que la media habitual para su puesto, de entrada te imaginas que será de esos tíos que se imponen por potencia más que por cualquier otra cualidad; y sí, a qué negarlo, la potencia física forma parte indispensable de su juego, tonto sería si no la aprovechara, pero cuidado con las apariencias (que engañan) porque ése no es ni mucho menos su aspecto principal. Porque el amigo McCamey (pronúnciese Maquéimi, más o menos) tiene además un amplísimo catálogo de habilidades técnicas, que empiezan por su facilidad para anotar desde cualquier sitio, así desde lejos gracias a su magnífico tiro exterior como desde debajo gracias a su capacidad de penetración (y tanto más cuanto más apretado esté el partido, que en esos momentos crujientes se maneja a las mil maravillas), y que continúan con su gran habilidad para la distribución, para eso que ahora allí denominan (con envidiable capacidad de síntesis) coordinación mano-ojo; es decir, esa capacidad para ver ese pase que otros no ven, para ponerlo además en el lugar indicado y en el momento preciso; lástima que sus voluntariosos compañeros sean simplemente eso, voluntariosos, razón por la cual estos Fighting Illini sí acaban pareciendo el típico equipo de un solo hombre. No será fácil que les veamos en la March Madness propiamente dicha, salvo que el Comité de Selección se apiade de ellos o salvo que ganen su Torneo de la Big10, cosas ambas sumamente improbables. Y aún menos fácil, me da la sensación, será que este júnior vuelva el año que viene a Champaign a acabar su carrera universitaria, pero vamos, que si aún así usted se lo tropezara cualquier día de estos, hágame el favor, no se le ocurra quitarle el ojo de encima a ese número 32 (casualmente), por lo que pueda pasar.

Greivis Vásquez (Maryland). A éste quizá le recuerden, no ya de verle con sus Terrapins sino de verle con su selección, la vino tinto, jugando contra la nuestra en alguna de esas eñemanías de nuestros pecados, la de 2007 probablemente. Cuentan que el venezolano había aterrizado en USA muy poco tiempo antes (y sin saber apenas ni una palabra de inglés), pero que ya por aquel entonces, aún recién acabado su año freshman, era un estupendo base al que ya nos vendían como la principal estrella de aquella floja selección. Hoy, casi tres años después, casi cuatro años de broncas crepusculares de Gary Williams a cuestas, hoy ya literalmente a punto de graduarse, no es ya que Vásquez (sí, la primera sílaba acabada en s, por extraño que resulte) sea un base extraordinario, que lo es, sino que es incluso algo más, un extraordinario jugador de baloncesto más allá de posiciones concretas. No tiene un físico superlativo como el del párrafo anterior, ni mucho menos, pero créanme que verle jugar es una verdadera delicia: su elegancia sobre la cancha, sus suspensiones, su facilidad para anotar (tercer máximo anotador de la historia de Maryland, sólo por detrás de Juanito Nandrolona Dixon y aquel malogrado Len Bias, a quien aún puede que dé alcance antes de graduarse), no digamos ya su facilidad para pasar, su liderazgo… Andaban en dudas entre él y el base de Duke Jon Scheyer para el premio de jugador del año en la ACC, y qué quieren que les diga, para mí como que no hay color (aunque para los gustos se hicieron los colores, claro). Y no teman, que a éste sí le veremos en el Torneo Final, que estos Terrapins sí tienen un equipo a su alrededor, con Hayes, Mosley, Milbourne y el prometedor pívot freshman Jordan Williams entre otros. Deberían hacer un buen papel, y después… En mi modesta opinión el destino de Greivis Vásquez tendría que ser necesariamente la NBA, sí o sí, pero uno ha visto ya tantas cosas raras, les ha visto pasar tantas veces de jugadores de este perfil que llegados a este punto ya ni siquiera me extrañaría que le dejaran de lado; en el improbable caso de que así fuera, la ACB debería tirarse a por él en plancha, y más pronto que tarde a ser posible…

James Anderson (Oklahoma State). Como quiera que estos Cowboys sí parecen tener bien ganada su invitación para la March Madness (salvo sorpresa de última hora), permítame usted que le haga desde aquí un pequeño ruego: por favor, por lo que más quiera, no se le ocurra quitarle el ojo de encima a su dorsal número 23 (casualmente). James Anderson es, ¿cómo podría definirlo?, es algo así como el anotador en estado puro, el enchufador de libro, de manual, un tipo que parece tener el aro entre ceja y ceja, que te la clava desde dentro o desde fuera, de tres o de dos, de mate o de bandeja, de sobaquillo o a la remanguillé, en uno contra uno o en tiro abierto, con defensor o sin él, en lo fácil o en lo difícil, en las situaciones normales o en las desesperadas… En definitivas cuentas, que te la mete (con perdón) cuando, donde y como le da la real gana. Un monstruo, de verdad, cuyo despliegue individual también se ha visto ayudado por el hecho de que sus compañeros tampoco es que sean nada del otro mundo, si acaso exceptuando ligeramente al base Page, el escolta Muonelo y el pívot Moses. Ojalá se confirme finalmente la entrada de Oklahoma State en el Torneo, porque sería una verdadera pena no ver probando las mieles de la Locura de Marzo a este sujeto, un tipo a quien hasta hace cuatro días apenas conocían cuatro gatos, pero que ha ido subiendo posiciones en los pronósticos pre-draft hasta aparecer ya hoy situado en puestos de lotería, y lo que te rondaré morena… Familiarícense con su nombre (por muy anodino que les resulte), procuren sobre todo no confundirlo con ningún otro Anderson, ténganlo bien presente porque en los próximos años van a oír hablar mucho de él. Al tiempo.

Gordon Hayward (Butler). Allá por julio de 2009 dediqué un post a la selección USA que acababa de ganar el Mundial Júnior de Nueva Zelanda, en el que escribí (entre otras cosas) esto que les coloreo a continuación:…me van a permitir que yo me quede con una criaturilla que se salía por completo del molde, un blanquito larguirucho con incomparable cara de buena persona, puro tres haciendo funciones de cuatro, de nombre Gordon Hayward, Universidad de Butler. Probablemente no le veremos nunca en NBA (que no parece tener físico para dicha Liga) pero su juego me pareció (sobre todo en cuartos y semis) una verdadera delicia: magnífica mano, instinto reboteador, trabajo incansable y fundamentos técnicos asombrosos, ese dribling que saca de pascuas a ramos (¿cómo fue aquello por la línea de fondo?) pero que capaz es de crujirle los tobillos al más pintado… Ocho meses más tarde, los acontecimientos parecen empeñados en darme la razón: no he podido ver mucho a Butler (de hecho apenas nada, tan sólo su final contra Wright State, en la que Hayward, cumpliendo escrupulosamente la Ley de Murphy, no estuvo especialmente participativo), por pertenecer a una conferencia de las, digamos, medias, la Horizon League, a la que dan muy poca bola televisiva. Pero sí lo suficiente como para comprobar que progresa adecuadamente, que al final de su año sophomore es aún mejor de lo que ya pareció que sería en su año freshman. Jugador del año en su Conferencia, acaso eso pueda no parecer gran cosa, pero es que la Universidad de Butler está muy por encima de la media de dicha Conferencia, de hecho a día de hoy está ranqueada (vaya verbo) en el número 12 de toda la nación, con todos los pronósticos de su parte para hacer (como casi siempre, o aún más si cabe) un magnífico Torneo Final: al fin y al cabo son casi los mismos que el pasado año, destacando sobremanera (además de Hayward) el tirador Shelvin Mack y el presunto pívot Matt Howard; pero vamos, que tampoco se me deje usted llevar mucho por los nombres porque decir Butler es decir EQUIPO, sentido colectivo, el juego como siempre pensamos que debía ser jugado, baloncesto total interpretado a las mil maravillas; y entre todos ellos, sobre todos ellos este Hayward al que presuntamente le quedan dos temporadas, y digo yo que las cumplirá porque aún anda lejos del perfil que suele buscar la NBA (del perfil físico, me refiero, que eltécnico lo da de sobra). Ahora bien, que esto es así a día de hoy, que dentro de dos años quién sabe…

Greg Monroe (Georgetown). En esas entregas anteriores les he hablado de pívots poderosos, dominadores, imponentes, pongamos DeMarcus Cousins, pongamos Cole Aldrich, muy distintos entre sí, cada uno en su estilo, en absoluto exentos de calidad pero en los que la potencia y la agresividad juegan un papel preponderante. Hoy les presento otro estilo de cénter: a ver, no es que Monroe no tenga un físico prodigioso, que bien que lo tiene: esos siete pies (de alto) perfectamente coordinados y proporcionados, que da gloria verle correr la cancha (por ejemplo); no es que Monroe no tenga intensidad, que bien que la tiene, basta verle pelear por cualquier balón para comprobarlo. Pero con ser todo ello sumamente importante no es ni mucho menos lo más significativo, ya que Monroe tiene, sobre todo (además de, por encima de), una clase que tira de espaldas; podríamos resumirlo casi diciendo que es un pívot en la mejor tradición de Georgetown, y sin necesidad de remontarnos a los clásicos (aquellos Ewing, Mourning, Mutombo), quedándonos simplemente en los más recientes, pongamos Roy Hibbert por ejemplo. Lo suyo son fundamentos en estado puro, ese sublime juego de pies y esa otra cualidad, en principio meramente complementaria pero que a mí me encanta encontrármela en un pívot: su pase, esa maravillosa capacidad de distribuir en el poste alto o de doblar el balón con asombrosa precisión cada vez que le sobremarcan, y de la que tanto se benefician sus más destacados compañeros, el alero Freeman o el base Wright. Y mira que su primer año en los Hoyas fue francamente mediocre, había llegado como el típico one and done pero no le quedó más remedio que quedarse otra temporada, ésta en la que ha duplicado casi sus prestaciones de 2009. Le veremos en el Torneo (y varias rondas, espero)… y aunque a mí me gustaría que se quedara en Georgetown al menos otro año más, no apuesten por ello: casi todos los pronósticos le sitúan en puestos de lotería de un draft muy pródigo en pívots, cosa rara en estos últimos tiempos. Quien se lo lleve, que tenga claro que se estará llevando una joya: sin agresividades, sin comerse el aro, sin efectismos ni numeritos de ninguna clase, sino sólo talento, puro talento. Nada más y nada menos que eso.

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Publicado octubre 28, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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