reconciliación   Leave a comment

(publicado el 8 de julio de 2010)

 

Hay varias razones por las que el fútbol me gusta menos que el baloncesto, pero una de ellas (no precisamente la menos importante) es ese permanente aroma a injusticia que parece emanar siempre del (así llamado) deporte rey. Me dirán (probablemente con toda la razón) que exagero, pero no puedo evitar tener esa sensación como de que en el fútbol muy rara vez gana el mejor, demasiadas veces acostumbra a ganar precisamente el que menos lo merece (algo casi impensable en cualquier otro deporte) como si de casi nada sirviera jugar bien, como si a este juego apenas le afectaran las leyes de la lógica, como si al final casi todo dependiera de factores externos o acaso ni siquiera de eso, acaso tal vez del puro azar; luego te lo explicarán diciéndote que es que el fútbol es así, que es que son cosas del fútbol, vaya por dios; pues vale, me parece perfecto, que ustedes lo disfruten pero a mí avísenme cuando deje de ser así, cuando sus cosas empiecen a ser de otra manera, tengan la bondad.

Claro está, todo esto se me da una higa (forma grotesca de decir que me da igual) si me paro (raras veces) a ver un partido entre dos equipos que me traen al fresco, pero si uno de los dos equipos me importa entonces ya la cosa cambia. Entonces quiero que gane, y mi cultura deportiva (baloncestística mayormente, pero no exclusivamente) me pide que además lo haga jugando bien, como si se tratara de dos premisas irrenunciables, inseparables la una de la otra. A veces mi equipo gana jugando mal, lo cual me suele dejar en una posición ambivalente, como de alegre indiferencia (o de alegría indiferente, no sé); en cambio muchas otras veces mi equipo pierde jugando bien (jugando mejor que el contrario, al menos), lo cual acostumbra a generarme un cabreo (momentáneo) incomparable, una absoluta sensación de incomprensión: pero vamos a ver, si en mi deporte acostumbra a ganar el mejor, a ver por qué demonios en este otro que se juega con los pies puede llevarse el gato al agua cualquier panda de tuercebotas picapedreros de medio pelo…

O dicho de otra manera: si mi equipo juega bien (pero no marca) de algún modo mi instinto me va preparando para lo peor, de algún modo asumo que en cualquier momento sucederá una desgracia. Ayer, por ejemplo: ayer no es ya que mi equipo fuera mejor que el otro, no es ya que jugara bien sino que jugaba como los ángeles, jugaba que daba gloria verlo: eso en baloncesto me habría hecho casi levitar (como en tantas otras ocasiones durante estos últimos años) pero en fútbol no podía significar nada bueno, tanta superioridad aún seguía sin reflejarse en el marcador, tanto passing game no se traducía en goles, en cualquier momento se nos iba a joder el invento, estaba escrito, más dura habría de ser luego la caída… A estas horas ya saben que me equivoqué, afortunadamente me equivoqué, por una vez ganó el que lo merecía, por una vez y espero que sirva de precedente el fútbol fue honesto consigo mismo. De algún modo lo de anoche, en mi caso, no fue tanto una victoria como una reconciliación; reconciliación con un juego demasiadas veces arbitrario (sus puristas dirían que en esa arbitrariedad reside precisamente su mayor atractivo), pero que en contadas ocasiones también sabe ser justo. Para empezar no está mal pero digo yo que ahora, ya puestos, a ver si fuéramos capaces de acabar de reconciliarnos este próximo domingo…

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Publicado octubre 29, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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