confusión en Miami   Leave a comment

(publicado entre el 16 y el 30 de noviembre de 2010)

 

I

El pasado miércoles por la tarde me senté a ver el Heat-Jazz que tenía grabado desde la madrugada anterior. Nada nuevo bajo el sol (de Florida), los lebrones de Miami empezaron como solían empezar aquellos otros lebrones de Cleveland, arrollando a unos Jazz que no parecían estar precisamente por la labor de oponer resistencia. Paliza en el primer cuarto, reafirmación de la paliza en el segundo, se acercaba la hora de tenerme que ir a preparar la cena así que pasé rápido el tercero y los primeros minutos del cuarto hasta que de repente me saltó a la vista el marcador, resultó que los Jazz se habían puesto a siete, ahí le volví a dar al play más o menos cuando David Carnicero pedía que levanten la mano aquellos que no quieran que ganen los Jazz; por supuesto que no levanté la mano, pero vamos, que a esas horas tampoco tenía yo aún muchas esperanzas de que semejante cosa pudiera suceder…

Afortunadamente esto aún sigue siendo un deporte, ya saben, esa cosa extraña en la que de vez en cuando acostumbra a ganar el mejor. Los Jazz de los anónimos Miles y Price, esos presuntos Jazz de Deron Williams (eliminado por faltas) y Al Jefferson (desaparecido en combate) forzaron la prórroga de la mano de un inesperado héroe llamado Paul Millsap, un tipo de quien conocíamos sus habilidades reboteadoras pero desconocíamos (yo al menos las desconocía) sus habilidades triplistas. Claro está, ni dios daba un dólar por los de Utah en el tiempo extra, tanto más cuanto que Wade (sólo Wade) decidió echarse a la espalda a su equipo de toda la vida. Pero no fue suficiente, por increíble que pudiera parecer los Jazz se las ingeniaron para llegar igualados al final y poner el desenlace del partido en las manos del más anónimo de todos sus anónimos, uno que a usted sin embargo no le habrá de resultar desconocido, aunque no siga la NBA seguro que aún tiene fresco en su memoria el recuerdo de Francisco Elson, ahí me tienen a Paquito con dos tiros libres en sus manos, con una pinta tremenda de que iba a fallarlos pero hete aquí que los clavó ambos dos, los Jazz habían completado la travesura (harían otra igual al día siguiente en Orlando, por cierto), los Heat se miraban sin entender aún qué demonios había podido suceder mientras que aquí al otro lado del mundo, en el plató del Plus, Loncar no titubeaba al proclamar que se alegraba del resultado. ¿Pero de qué te alegras, de la victoria de Utah o de la derrota de Miami?, le tiró de la lengua Carnicero: de la derrota de los Heat, por supuesto

Dos días después aterrizaron en Miami los Boston Celtics y aquello ya fue otra historia, no en cuanto al resultado que fue más o menos la misma sino en cuanto al desarrollo del encuentro. Boston es un equipo (esa cosa tan rara de ver por aquellos pagos) mientras que Miami no pasa de ser una suma de egos, y ni siquiera estoy ya muy seguro de que sea una suma porque a veces más bien parece que se resten entre sí. Allá por el último cuarto, con el partido completamente resuelto, el realizador se entretuvo ofreciéndonos planos alternativos de Eric Spoelstra (aún en el banquillo) y Pat Riley (aún en la grada) para plasmar así en imágenes lo que todos estábamos pensando, lo que todos pensamos ya desde mucho antes de que se iniciara la competición: Spoelstra huele a cadáver, sus horas están contadas, siempre estuvieron contadas desde que LeBron anunció su llegada a South Beach, la única duda es saber cuánto esperará Riley para hacerle el quítate tú pa ponerme yo, otras veces ya lo hizo (pregúntenselo por ejemplo a Stan Van Gundy) con bastantes menos motivos, de hecho yo creo que hasta podríamos hacer una porra, por ejemplo yo me apuesto lo que quieran (y me equivocaré como de costumbre) a que Spoelstra no se come el turrón (pedazo de tópico), vamos que para el famoso partido del día de Navidad ante los Lakers ya estará Míster Gomina a pie de pista mostrando al mundo entero su último modelito de Armani (y no Jeans precisamente). Al tiempo.

II

Este pasado domingo me metí entre pecho y espalda otra dosis (no completa, que de estas cosas tampoco conviene abusar) de Miami. Debo tener muy mala suerte con ellos o acaso sean ellos los que tengan mala suerte conmigo, cada vez que los veo pierden, también es casualidad. Esta vez jugaban fuera (hay veces que lo hacen; pocas, muy pocas en estos comienzos de temporada, pero aún así alguna hay de vez en cuando), visitaban la confortable cancha de los Grizzlies, un FedEx Forum insospechadamente lleno (o casi) para la ocasión, el tirón de los Heat es lo que tiene. Wade no estaba, Bosh tal vez estuviera pero no me consta, en tales circunstancias aquellos fueron más que nunca los Heat de LeBron, para lo bueno y cómo no, también para lo malo. No merecieron ganar pero a punto estuvieron de hacerlo gracias al egocentrismo de Rudy Gay, si bien finalmente perdieron… gracias al egocentrismo de Rudy Gay. Es lo que tienen estos jugadores así en Memphis como en Miami, lo mismo te ganan un partido como te lo pierden, si se lo proponen hasta son capaces de hacerte (casi) las dos cosas a la vez.

Miren que ya se lo decía yo hace díasalgo empieza a oler a podrido en el sur de Florida, tanto más cuando un par de noches después volvieron a perder (pero ahí ya no tuve yo nada que ver, que éste aunque parezca mentira no lo televisaron), esta vez en su propia casa (para variar) ante los mediocres Pacers de Indiana. Y es que basta con ver deambular sobre la cancha a estas pobres (es un decir) criaturas para comprobar algunas cosas: por ejemplo, que compromiso, lo que se dice compromiso por el equipo, lo tiene Wade (cuando está sano) porque está en su naturaleza y lo tiene Udonis Haslem porque lleva allí media vida y porque suple sus limitaciones con vergüenza torera, siempre ha sido así aunque en los próximos meses va a dejar de serlo, miren por donde se les fue a averiar seriamente en la infausta noche de Memphis; que por allí andan también Carlos Arroyo, base de perfil poco sociable donde los haya, Ilgauskas en el ocaso del ocaso del ocaso de su carrera, Eddie House en su habitual papel de triplista-y-pare-usted-de-contar, James Jones que es tres cuartos de lo mismo, el canadiense Joel Anthony que apenas es nadie, el también canadiense Magloire que está ya más de vuelta que yo (y les va a llegar Dampier, otro que tal baila), el eternamente castigado Mario Chalmers, el eternamente lesionado Miguelito Molinero (o sea Mike Miller) y cómo no, también Chris Bosh, estar lo que se dice estar se supone que está, no diré yo que no esté pero a efectos prácticos viene a ser casi como si no estuviera, desde luego no al nivel al que se esperaba que estuviera; como si, acostumbrado como estaba en Toronto a que todo dios girase alrededor de él, ahora ya no supiera integrarse como una pieza más de la rueda. Y esperen que creo que aún me falta alguien para completar la plantilla, acaso un tal LeBron…

LeBron será el tema monográfico de la tercera entrega de esta serie, a publicar en breve plazo (o eso espero, que en estos días no doy yo mucho de sí). Veremos si para entonces aún continúa Spoelstra, si no habrá ya bajado Riley a la arena a interpretar la crónica de un cese anunciado, si… Como decían antes en la radio, no pierdan nuestra sintonía.

III – especial LeBron

Lo prometido es deuda, así que digo yo que hoy ya no me queda más remedio que hablar de LeBron, aunque me cueste. Y qué quieren que les diga, miren que yo intento desprejuiciarme cada vez que me siento a verle jugar (lo que suele suceder a menudo pero no tan a menudo como la NBA quisiera, a la vista del esfuerzo que ha hecho por meternos a los Heat hasta en la sopa durante estas primeras semanas), procuro limpiar mi mente, empaparme de los aspectos positivos de su juego pero no puedo, no me sale, le veo comportarse una y otra vez como si fuera el ombligo del mundo, como si su equipo sólo fuera un medio para engrandecerle a él y no a la inversa, como si sus logros debieran ser celebrados por media humanidad mientras que los de sus compañeros fueran sólo una molestia con la que no le queda más remedio que convivir. Valdría citar como ejemplo (uno más) aquel partido ante los Jazz al que me referí en la (ya lejana) primera entrega: resultaba patético ver al pobre Wade partiéndose el alma para intentar solucionar lo insolucionable mientras que LeBron se dedicaba simplemente a la vida contemplativa, una vez visto y comprobado que el éxito (si lo hubiere) de tamaña empresa no iba a recaer sobre él. No es que lo diga yo, es que lo dijo más de una vez el mismísimo David Carnicero durante la narración de aquella prórroga, ¡¡¡…y LeBron mirando…!!! Tal cual.

Qué le vamos a hacer, el hombre tiene una idea del baloncesto que se asemeja bastante al grito aquel de no sé qué legendario futbolista de nuestra primera selección, ¡a mí el pelotón Sabino que los arroyo!, como filosofía no está mal pero ha debido transcurrir casi un siglo desde que fue formulada, digo yo que algo habremos avanzado en el concepto de equipo desde entonces. Y ya que hablamos de júrbol, ya sé que las comparaciones son odiosas pero cada vez que veo a LeBron no puedo evitar acordarme de cierto afamado personaje balompédico de Madeira (como Pinocho), me dirán que qué tienen que ver los higos con las brevas o los cristianos con los lebrones pero qué quieren, es ver al uno o al otro y de inmediato se me establece el paralelismo, y que nadie aproveche aquí para ver fantasmas blancos porque a este otro sujeto ya me lo traía yo atragantado desde mucho tiempo antes, desde que acostumbraba a vestir de rojo carmesí a la manera de Manchester. Egos desproporcionados, dotados ambos de una infinita capacidad de desprecio hacia todos aquellos (rivales o compañeros, tanto da) que no sean exclusivamente ellos mismos con su misma mismidad.

Se ve que cuando era un crío debieron decirle miles de veces (a LeBron, of course) que era el Rey y que erael Elegido y claro está, él se lo creyó, cómo no iba a creérselo; y desde entonces no parece que haya transcurrido ni un solo día en toda su desmesurada existencia en el que no haya intentado recordárselo al resto de la humanidad, así por lo civil como por lo criminal. Insoportable en las victorias casi tanto como en las derrotas, y con ese sentido del humor suyo tan (digamos) peculiar, que recuerda bastante al de una hiena pero que claro, él no lo sabe, él se cree supergracioso, en la noche de jálogüin le da por jugar el partido con un protector bucal de colmillos salientes tipo drácula, pensará que con eso la gente se descojona, no imaginará que a muchos casi nos dan arcadas, que sólo nos sale un desde luego este tío cada día que pasa está más… (añádase el calificativo malsonante que se prefiera). Es sólo un ejemplo, uno de tantos pero claro, luego va y aparece una encuesta (la demoscopia creativa es lo que tiene) en la que él figura como uno de los seis deportistas más odiados de América (y eso porque no les ha dado por preguntar al resto del mundo), a lo que al tipo sólo se le ocurre contestar que todo es una mera cuestión de racismo. Acabáramos…

No puedo responder por América (sólo faltaría) pero responderé por mí, qué menos: amigo James, usted no representa ni ha representado jamás los valores de la minoría negra sino los valores de la minoría engreída y prepotente sin distinción de razas, colores ni etnias. A aquellos que admiramos (en presente) profundamente a Kobe, Wade, Durant, Deron, Duncan y tantos otros cientos (y hasta a Iverson un poquito todavía), a aquellos que admiramos (en pasado) profundamente a Jordan, Magic, Barkley, Olajuwon, Erving, Ewing y tantos otros miles no nos venga usted a decir ahora que si nos cae gordo es por una mera cuestión de racismo. Déjese de chorradas y mírese al espejo (pero eso, simplemente mírese, deje ya de interrogarlo,espejito, espejito, ¿habrá alguien en todo este reino más grande y fuerte que yo?), hágase una vez más aquella pregunta que repetía hasta la saciedad en su último anuncio, what should I do?… No, hacer lo que se dice hacer casi mejor no haga nada, con dejar de hacer lo que ha venido haciendo hasta ahora sería ya más que suficiente.

De verdad se lo digo, en el fondo me encantaría que acabara de caer de una vez por todas la espada de Damocles, que Pat Riley decapitara (deportivamente hablando, entiéndase) a Spoelstra y bajara finalmente al ruedo ya que así asistiríamos al espectáculo sin precedentes de ver por fin a LeBron James a las órdenes de un entrenador. Es decir, lo que comunmente entendemos por un entrenador, no un hombre de paja como aquel Brown de Cleveland ni un buen chaval como este Spoelstra que probablemente sea un buen técnico siempre y cuando se den las condiciones adecuadas, que no es el caso, sino un verdadero jefe que acabe con el régimen de autogestión de sus estrellas y controle hasta los aspectos más nimios del vestuario, como ha hecho Riley toda la vida de dios. Hasta donde yo alcanzo a recordar LeBron jamás ha estado a las órdenes de (lo que entendemos por) un verdadero entrenador, más allá de algún escarceo veraniego meramente simbólico con Coach K. Resultará (no lo pongo en condicional sino en futuro, ya que no me cabe la menor duda de que sucederá tarde o temprano) sumamente interesante ver cómo mezclan, o simplemente ver si mezclan. Seguiremos informando…

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Publicado octubre 30, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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