el profesional   Leave a comment

(publicado el 9 de diciembre de 2010)

Cantaba Serrat que a los piratas para hincarles de rodillas hay que cortarles las piernas. Andre Miller no es pirata ni lo parece siquiera, pero bien que se le podría aplicar esa misma filosofía. Seiscientos treinta y dos partidos consecutivos sin perderse ni uno solo, que dicho así no parecen tantos pero que si los dividimos entre ochenta y dos descubriremos que nos salen casi ocho temporadas completas, ocho años sin caer enfermo, sin averías de gravedad, sin escaquearse, probablemente padeciendo un sinfín de achaques leves que ni una sola vez le hicieron decir, no, miren, yo no estoy para jugar, tengo sobrecarga, necesito un descanso; no, ni hablar, él saltaba a la cancha, cumplía como el que más, descansar ya descansaría entre partido y partido. Podría pensarse que esto de no lesionarse es sólo cuestión de suerte, no diré yo que no pero no me negarán que también es conveniente una cierta actitud: más de una vez en todos estos años Andre Miller ha dejado la cancha renqueante, más de una vez ha tenido que marcharse a los vestuarios en pleno partido con los tobillos hinchados o las rodillas al bies, más de una vez se nos ha informado que muy probablemente sería baja para el partido siguiente (le tengo en mi equipo en una de esas ligas fantasy, sé bien de lo que hablo), todas esas veces ha vuelto a jugar como si tal cosa. Para hincarle de rodillas hay que cortarle las piernas, lo que no pudieron las lesiones lo pudo finalmente el comité de competición de la NBA (no es ese su nombre, pero como si lo fuera), que decidió actuar de oficio para sancionar su arrebato ante el imponente rookie de segundo año (por contradictorio que ello resulte) Blake Griffin sin apreciar atenuante en los meneos que éste le había dado con anterioridad (y que pueden ver aquí si les pica la curiosidad): un partido sin jugar, piernas cortadas, racha rota, volvamos a empezar.

Andre Miller es el ejemplo perfecto de lo que se supone que es un profesional, de hecho era ya unprofesional incluso antes de serlo, cuando aún era universitario en Utah a las órdenes del inmenso (en todos los sentidos) Rick Majerus. Se nos presentó en aquella primavera de 1998 como la perfecta prolongación de su técnico sobre la cancha, llevando a su modesta universidad hasta la mismísima final con actuaciones portentosas y algún que otro triple doble por el camino, cediendo sólo en el último instante ante la imponente Kentucky post-Pitino. Próxima parada la NBA, parada y fonda en Cleveland, Los Ángeles (Clippers), Denver, Philadelphia… En el verano de 2009 aterrizó en Portland, todos pensamos entonces que sería la pieza perfecta, justo lo que les faltaba, sin darnos cuenta de que en Macmillandia las cosas casi nunca son como parece que deberían ser: de entrada al banquillo, el puesto de titular adjudicado de serie al anodino Blake, presunto director para ocultar que el verdadero director no era otro que su chico favorito Brandon Roy. Tardó unos meses McMillan en caerse del guindo (a la fuerza ahorcan), hoy por fin Andre Miller es tan titular y tan imprescindible en Portland como antes lo fue en todos sus destinos anteriores: sin excesos, sin espectacularidades, sin apenas saltar, sin apenas correr (correr es de cobardes, podría contestar a todos aquellos que tanto se han mofado de esta circunstancia durante toda su carrera), sin apenas tirar de fuera, penetrando con elegancia, dejando esos tiritos de dos o tres metros, estando siempre donde debe, moviendo a su equipo como un reloj, dejando que sean otros los que se lleven los focos, los ruidos son cosa de ellos, las nueces las pongo yo. Hoy que tanto se llevan los bases modelo destroyer, aparatosos, fornidos, explosivos, resulta cada vez más anacrónico encontrarnos con un base que sólo tiene clase, clase por arrobas, clase por doquier, nada más (y nada menos) que eso. Clase y saber estar y vergüenza torera, nada de absentismo laboral que a mí al fin y al cabo me pagan (muy bien) por esto, ocho años seguidos currando, dando el cayo un día tras otro sin faltar jamás, sin necesidad de recurrir a la castidad como aquel legendario A.C. Green, sin otra estrategia que no sea la de echarse cada tarde una buena siesta, nuestra siesta, ahí lo tienen, quién nos lo iba a decir. ¿Anacrónico? Bendito anacronismo.

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Publicado octubre 30, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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