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(publicado el 7 de diciembre de 2010)

 

Más allá de mi satisfacción por el partido y el resultado, más allá de cierta sensación agridulce por la forma en que éste se produjo (insisto, está muy bien que repitamos una y otra vez que tenemos el mejor arbitraje de Europa, pero estaría aún mejor que de vez en cuando lo pareciera), el Estu-Barça del pasado domingo me dejó un tanto sumido en el desasosiego al presenciar una vez más (y van…) las evoluciones (involuciones) del base titular del equipo visitante, aquel que estaba llamado a liderar el baloncesto español y europeo y mundial en la segunda década de este siglo, de nombre Ricard, de apodo Ricky, de apellido Rubio. No hace falta irse a buscar estadísticas ni valoraciones, basta con verle deambular sobre la cancha semana tras semana para comprender que no, que este no es mi Ricky, que me lo han cambiado (o que se ha cambiado él solo, no sé). Insignificante en el mejor de los casos, en el peor incluso contraproducente, créanme que hoy cualquier observador externo (es decir, no contaminado por nombres ni famas) diagnosticaría sin dudarlo que este Barça es infinitamente mejor con Sada que con él. Y miren que no meto en el ajo a Lakovic porque a éste no le considero tanto un base como un escolta en un cuerpo de base (tanto más en estos días sin Navarro), y miren que a lo mejor me dejo llevar por lo mucho que también me gusta Sada… pero con todo y con eso jamás pensé que llegaría a situarlo por encima de Ricky, jamás ni en el peor de mis sueños pensé que llegaría a escribir nada semejante.

Y vale que las comparaciones sean odiosas (tanto más entre blancos y blaugranas), vale que a Sergio Rodríguez le hayamos mirado con escepticismo (en el mejor de los casos) desde comienzos de temporada, vale que aún hoy sigamos pensando que alterna brillantes aciertos con (cada vez menos) errores clamorosos, que su defensa sigue siendo sospechosa, que tira hoy peor de lo que tiraba en sus comienzos… pero aún valiendo todo eso échenle un vistazo a los últimos partidos de Madrid y Barça, háganme el favor, y díganme con la mano en el corazón (bueno, o en donde quieran ponerla, tampoco exageremos) si las aportaciones de Sergio no son infinitamente superiores a las de Ricky a día de hoy (recalco, a día de hoy). Es más, aún más odiosa resulta esa fea costumbre que nos entra de vez en cuando de ponernos a jugar a seleccionadores, no es mi intención caer en ella, tanto menos a estas alturas de temporada, pero aún así no puedo evitar pensar que hoy por hoy Ricky no formaría parte de mi (supuesta) selección, aún por blasfemo que ello pueda sonar, aún por increíble que a mí mismo me resulte siquiera pensarlo…

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Ya me gustaría a mí conocer la respuesta. No sé, de alguna manera empiezo a pensar en los mismos términos que aquel lector (Salade, si mal no recuerdo) que hace unos meses apuntaba lo bien que le habría venido a Ricky salir de casa. Recordemos el azaroso verano de 2009, recordemos que tras todos aquellos dimes y diretes y duelos y quebrantos fuimos muchos los que al final nos congratulamos de su elección, fuimos muchos los que pensamos entonces que aquella podía ser la mejor opción desde un punto de vista estrictamente baloncestístico pero hoy bien sabemos que fue peor el remedio que la enfermedad. Para esto más le valía haberse ido de cabeza a Minnesota, o a Madrid o a Málaga o a Atenas incluso, al menos así no pensaríamos que buena parte de lo que le pasa es por haber permanecido arrimadito al calor del hogar, por no haber sabido separarse a tiempo de la intimidad de su cuarto, de sus colegas, de esas (ya famosas) merendolas en casa de su abuela… Cada jugador es un mundo, es bien cierto que muchos lo pasan fatal cuando dejan el nido a los dieciocho o los diecinueve (algo que en USA es de lo más normal pero que en nuestra cultura resulta cada vez menos frecuente) pero no es menos cierto que lo que no nos mata nos hace más fuertes una vez superado ese primer periodo de adaptación. Acaso esté yo equivocado (al fin y al cabo, quién soy yo para saber nada) pero Ricky me transmite una sensación de sobreprotección, de excesiva dependencia de su entorno. Y de ahí a convertirse en un jugador acomodado hay apenas un paso. El producto Ricky, la marca Ricky a día de hoy sigue funcionando a las mil maravillas, funciona tan bien que parece haberse situado muy por encima del jugador Ricky; y eso puede ser pan para hoy y hambre para mañana, rentabilidad a corto plazo que (si sigue sin verse refrendada por su rendimiento sobre la cancha) a medio o largo plazo puede echarlo todo a perder. Insisto, sólo son conjeturas, ojalá me equivoque…

Sea por lo que fuere, a mí se me parte el alma al recordar aquella doble erre, aquella erre que erreverdinegra que tantas veces nos hizo la boca agua hace apenas dos, tres, cuatro años, y comprobar en lo que se nos ha quedado hoy en día: Rudy reconvertido en mero especialista tirador por culpa de los usos y costumbres de la NBA en general y de McMillan en particular, Rudy transmitiendo ya desde finales de la pasada campaña unas peligrosas señales que parecen situarle casi al borde de la depresión (y no utilizo este término en vano, en absoluto). Y Ricky convertido en un jugador funcionarial (en el peor sentido de la palabra, entiéndase), como si el tránsito a la edad adulta hubiera terminado también con sus ganas de jugar, como si ahora ya sólo lo hiciera por obligación, porque le pagan. El Ricky preadolescente que yo conocí, el Ricky adolescente que tantas veces disfrutamos era un chaval que podía hacerlo mejor o peor pero que siempre, en todas y cada una de las circunstancias, se lo pasaba verdaderamente en grande jugando a esto. Es como si aquel verano de 2009 se le hubiera llevado también la edad de la inocencia, como si el tránsito a la madurez no hubiese sido suave sino demasiado abrupto (mucho más desde luego de lo que él estaba preparado para soportar), como si desde entonces ya apenas fuera él mismo sino que sólo intentara estar a la altura de su personaje, como si ese mismo personaje al final se lo estuviera devorando… Este Ricky sólo volverá a parecerse siquiera someramente a aquel Ricky si logra recuperar las ganas de jugar por el mero placer de jugar, que no digo yo que no las tenga pero que desde luego a día de hoy no parece que las tenga. Por la cuenta que le tiene, también por la cuenta que nos tiene a todos aquellos que un día nos entusiasmamos con su juego, esperemos que no sea ya demasiado tarde.

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Publicado octubre 30, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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