un mal chiste   Leave a comment

(publicado el 14 de septiembre de 2010)

Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, laSexta eligió para sus retransmisiones de este Mundial (y de la presunta fase de preparación previa) la misma sintonía que venía utilizando Antena3 para su programa El Club del Chiste. Recuerdo que en aquel primer partido (o lo que fuera) amistoso contra Canadá, hará ya como mes y medio, pensé que a lo mejor se trataba de una premonición, mira tú qué bien, será que en este Campeonato nos vamos a reír mucho, sí, claro, va a ser eso… Hoy en cambio bien podemos decir que el juego de nuestra selección nos ha hecho más o menos la misma gracia que la inmensa mayoría de los chistes que se cuentan en ese otro programa. O dicho de otra manera, que maldita la gracia que tiene, la gracia que ha tenido nuestra participación en el Mundial.

En cierto modo, nuestro partido por el quinto puesto ante Argentina representó una metáfora perfecta de todo el Torneo: veinticinco minutos de brazos caídos, diez minutos de ebullición y cinco minutos finales de quiero y no puedo. Exactamente igual a nuestro paso por el Mundial: brazos más o menos caídos en la primera fase, ebullición ante Grecia y quiero y no puedo ante Serbia. Y luego ya lo saben, ante Eslovenia victoria insustancial y ante Argentina lo dicho: dos cuartos y medio sencillamente patéticos que nos dejaron como una sensación de deja vu, de que estuviéramos de nuevo asistiendo a aquel partido por el tercer y cuarto puesto de Belgrado 2005 cuando Francia nos masacró de treinta. Luego la suma de Llull, Rudy, SanEme, Felipe y Fran nos hizo entrar en trance, gracias también a la complicidad de una Argentina sumamente relajada y dormida en los laureles. Hasta que la albiceleste se puso también las pilas, claro; tras veinticinco minutos de monólogo argentino y diez de monólogo hispano, por fin ahora teníamos un verdadero partido de igual a igual; y de igual a igual perdimos, como antes habíamos perdido ante Francia, Lituania o Serbia, como sólo fuimos capaces de ganar a Nueva Zelanda, Líbano, Canadá, Grecia o Eslovenia. Ya lo sé, no les cuento nada que no sepan ya pero tampoco está de más un breve ejercicio de repaso, nos vendrá bien a la hora de hacer balance, de efectuar odiosas comparaciones para entender, por ejemplo, lo engañoso que puede resultar el puesto que se ocupa al final de un Torneo: pongamos Atenas 2004, ganamos todo lo ganable excepto lo único que no podíamos perder, el cruce de cuartos contra USA, precisamente USA. Aquel séptimo puesto olímpico, qué duda cabe, resultó sumamente engañoso (a la par que injusto). Este sexto puesto de ahora no lo es menos, aunque por razones diametralmente opuestas: vista globalmente nuestra actuación, hasta parece demasiado premio para lo que realmente merecimos.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Buena pregunta. Imaginemos a un hipotético extraterrestre que hubiera aterrizado en nuestro planeta la víspera del Mundial, alguien que hubiera presenciado toda la competición sin saber quiénes éramos ni quiénes eran los demás, sin etiquetas previas, sin prejuicios, sin ideas preestablecidas. ¿Qué habría pensado de nuestro equipo, de nuestro juego? Pues se lo habré de decir aunque me duela en el alma decirlo, habría pensado que somos un equipo blando, más tierno que el día de la madre, meramente contemplativo en defensa, pasivo hasta la náusea en el rebote (alguien ya lo insinuaba el otro día en los comentarios de este blog, en esta selección hay claramente un antes y un después de Carlos Jiménez) y, para acabar de arreglarlo, las más de las veces sumido en el caos en ataque. Todo eso y más habría pensado el extraterrestre si entendiera algo de baloncesto, cosa improbable. Nosotros no nos atrevemos a pensarlo (no de forma tan contundente, al menos) porque les conocemos, porque sabemos de lo que fueron capaces durante todo este lustro maravilloso, aún hoy deberían seguir siéndolo aunque los años no pasen en balde para nadie. Pero créanme, así nos ven desde fuera, como un equipo al que en cuanto se le juegue un poco intenso se le puede sacar de sus casillas. Hasta el propio Sasha Djordjevic (que no es extraterrestre, aunque por su juego en sus años mozos bien que lo pareciera) lo comentó durante la primera fase, esta España tiene un problema muy serio contra equipos físicos, los tuvo contra Francia, contra Lituania empezó a tenerlos cuando ésta subió la intensidad, no sé si lo dijo exactamente así pero como si lo dijera. Y no, nunca habremos sido un equipo especialmente atlético pero lo suplíamos con carácter, antes en ataque daba gloria vernos y en defensa en cuanto apretábamos el culo éramos muy capaces de sacar de quicio a cualquiera. Ahora en ataque no sabemos a lo que jugamos y en defensa sólo apretamos el culo a ratos: contra Grecia y un ratito ante Argentina, y pare usted de contar. La decisiva noche de cuartos de final hicimos como que defendíamos, pero habremos de reconocer que los serbios nos tenían más que cogido el tranquillo: las ayudas o no iban o cuando iban no volvían, llegábamos siempre tarde, su circulación de balón nos volvía locos, se hartaron a clavarnos triples sin ninguna oposición. Si nos paramos a pensarlo, lo verdaderamente asombroso no es que perdiéramos como perdimos sino que, aún con la millonada de puntos que nos metieron, todavía llegáramos vivos al instante final.

Pero aquí hemos montado el debate en torno al dilema falta sí-falta no (referido a esa última posesión serbia) y créanme, eso es casi lo único que no le reprocho yo a Scariolo en toda esta historia. No hacer falta es una opción, más conservadora si quieren pero opción al fin y al cabo, tan válida como cualquier otra. ¿Qué habría pasado si hubiéramos hecho falta, probablemente a Teodosic o tal vez a Velickovic? Nos habrían clavado al menos un tiro libre cuando no los dos, nos habría tocado jugar esa última posesión en desventaja, toda la presión para nosotros, los árbitros tragándose el pito como suele ser costumbre cuando suena la bocina, lo mismo habría sonado la flauta (jugadores tenemos para ello) pero tampoco creo que fuera lo más probable. Y no quiero ni pensar, si hubiéramos perdido así, el linchamiento popular y mediático al que se habría sometido a Scariolo, hay que ver, pero a quién se le ocurre hacer esa falta y regalarles los tiros libres, no hombre no, defiéndela sin faltas que así te aseguras por lo menos la prórroga, si lo hacemos bien total qué puede pasar, ya sería casualidad que en el último segundo nos clavaran un triple desde ocho metros… Predecir el pasado sabemos todos, yo el primero. No, yo no acabo de reprocharle a Scariolo esa jugada ni tampoco la siguiente, por más que saliera como el culo: si se la doy a Navarro le van a hacer falta antes de que se levante así que vamos a hacerlo al revés, Navarro se la saca (la pelota) a Garbajosa y éste se la devuelve de inmediato a ver si así los de la falta no llegan a tiempo… El problema no fue tanto la idea como la ejecución, probablemente por no haberla ensayado o por haberla ensayado demasiado poco. Y es que resulta verdaderamente alarmante la poca cintura que mostramos en situaciones límites, así aquella noche como aquella otra noche en la madrileña Caja Trágica, cuando USA en la última posesión se nos puso en zona y de repente se nos cayeron todos los palos del sombrajo. Sintomático, absolutamente premonitorio de lo que habría de venir después.

Yo a Scariolo le reprocho otras cosas, demasiadas cosas, muchas de ellas ya reflejadas en todo lo escrito días atrás. Créanme, a mí me sigue pareciendo un buen entrenador, y además es que a título personal habré de confesar que hasta me cae bien el tío (sí, soy así de raro, qué le vamos a hacer), ya alguien escribió en cierta ocasión que aunque de lejos parece antipático gana bastante en las distancias cortas, algo que hasta mi mujer comentó una vez viéndole en una entrevista por televisión. Pero como entrenador tiene vicios, manías, fijaciones y, sobre todo, rigideces. Cuadriculado hasta la náusea como si el baloncesto fuera ajedrez, que no digo yo que no se parezca pero que a los peones y los alfiles los mueves tú y en cambio los jugadores tienen la fea costumbre de moverse solos, menudo atraso. La rigidez de Scariolo se puede explicar desde bastante antes de su llegada a la selección a partir de dos nombres que sin duda les resultarán muy familiares, ambos ex jugadores de su ex Unicaja: Erazem Lorbek, que huyó despavorido al mes de estar allí después de que hubieran intentado convertirle en un mero clon de Garbajosa, desperdiciando por completo su maravilloso juego interior, obligándole a salirse una y otra vez a tirar de tres, sólo de tres; Y Walter Herrmann, que no huyó sino que aguantó allí unos añitos, pero que jamás jugó en Málaga como antes lo hiciera en Fuenlabrada y después lo intentara hacer (sin éxito) en la NBA: antes y después mezclaba el juego, tiraba o penetraba o machacaba agarrando el balón con su inmensa manaza, te podía matar de mil maneras, era espectacular; pero en Unicaja sus opciones de ataque se limitaban exclusivamente a tirar triples desde las esquinas. ¿Por qué? Él no se cortó cuando le preguntaron, él simplemente hacía lo que le pedían, Scariolo no quería que hiciera ninguna otra cosa. Eso es rigidez, como rigidez es no poder juntar churras con merinas, titulares con suplentes, Marc con Fran, Navarro con SanEme, Ricky con Llull. Rigidez y acartonamiento, el de un ataque que no sabe a lo que juega, que (más allá del desconcierto propiciado por la crisis del base) mueve y mueve el balón (a menudo torpemente) en el perímetro sin saber qué hacer con él, sin buscar jamás a los de dentro no vaya a ser que acabemos encontrándolos (¿habrían cambiado algo las cosas de haber estado Pau?), mandando finalmente el triple a la rifa a ver si esta vez toca nos la chochona o al menos el perrito piloto. Siendo apenas una pálida sombra de lo que fuimos.

Y es que ese es mi reproche fundamental, la pérdida de identidad. Se puede perder, claro que se puede perder pero no de esta manera, olvidándonos demasiadas veces de defender, dejándonos la intensidad en el vestuario, poniendo esa cara de siesos en el banquillo cada vez que venían mal dadas, siendo equipo sólo a ratos aunque demasiadas veces no lo parecierámos. ¿Dónde quedó la alegría, la frescura, aquella satisfacción por el juego bien jugado, por disfrutar y hacernos disfrutar a los demás? Hoy a esta selección nuestra ya no la reconoce ni la madre que la parió. Qué duda cabe, al final resultó que la sintonía de LaSexta tenía sentido, todo el sentido: por más que intentamos tomárnosla en serio, nuestra participación en el Mundial acabó siendo apenas un chiste. Menudo chiste.

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Publicado octubre 30, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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