un rayo de LUZ   Leave a comment

(publicado el 27 de octubre de 2010)

 

Ya alguna vez renegué de esa extraña costumbre que tienen nuestros jugadores ACB, en lo que a camisetas se refiere, de no ponerse el nombre por el que se les conoce sino el que les apetece. Que está muy bien la libertad absoluta, no diré yo que no, pero que ya nos decían en el colegio que no hay que confundir la libertad con el libertinaje (eso sí, jamás nos explicaron qué demonios sería eso del libertinaje; claro que a estas alturas tampoco tengo ya muy claro qué pueda ser eso otro de la libertad); entre otras cosas porque la ACB se debe a su público, a sus seguidores, patrocinadores y demás familia, entes varios ante los cuales no estaría mal presentarse como una Liga seria, o que lo pareciera al menos. Si un jugador quiere rendir homenaje a su madre, a su tía la del pueblo, a su cuñado o a su perro pongamos por caso seguro que encontrará un montón de lugares en donde hacerlo, que no tienen por qué ser necesariamente el dorso de la camiseta con la que juega.

 

Viene todo esto a cuento de Rafa Freire, que ha escogido llevar sobre sus hombros el segundo apellido, LUZ. Que no me gusta, pero me viene al pelo. No me gusta por lo ya expuesto en el párrafo anterior, esa luz en su camiseta vendría a ser como una versión light de aquel típico amor de madre que solían llevar tatuados los camioneros y otras gentes de mal (o regular) vivir; hace bien Freire en rendir tributo a la madre que le parió, no seré yo quien se lo critique, líbreme el cielo, tanto más cuanto que Luz es precisamente un apellido muy baloncestero por obra y gracia de su hermana mayor (veinte años mayor) Helen Luz, verdadera leyenda de la cosa ésta de las canastas a éste y al otro lado del Atlántico. No se lo critico, pues, pero no por ello dejará de disgustarme: bastantes problemas de comunicación tiene ya nuestra ACB para encima andar haciendo líos a los profanos o a los neófitos con jugadores que sobre el papel se llaman de una manera y sobre el textilde otra.

Ahora bien, me viene al pelo, habré de reconocerlo, porque así sin quererlo me ha puesto a güevo el título de este tocho que está usted teniendo la santa paciencia de leer. Un rayo de LUZ, por aprovechar ese apellido, o un soplo de aire fresco si así lo prefiere, que quizá quede un poco (sólo un poco) menos cursi. Y si piensa usted que exagero o que desbarro será simplemente porque no le ha visto jugar.

Lo primero que piensa uno cuando ve jugar a Rafa Freire es que es mentira. No él sino su edad, no puede ser cierto que sólo tenga dieciocho años, no podía ser verdad que tuviera apenas diecisiete la pasada temporada cuando se nos apareció por primera vez. Tienes que irte una y otra vez al gúguel o a lagüiquipedia o a donde demonios sea para comprobar que así es, que no hay trampa ni cartón, que esta criatura vino al mundo el 11 de febrero de 1992, cuatro meses y medio antes de que se inauguraran los Juegos de Barcelona (en los que ya participó su hermana, por cierto) para que nos hagamos una idea. Y aún así le ves y tienes que pellizcarte para asegurarte de que no se trata de una alucinación: plenamente formado en lo físico pero también (lo que acostumbra a ser mucho más difícil) en lo psíquico, aún más si cabe con ese saber estar, esa madurez, ese equilibrio que le hace parecer casi diez años mayor. Lo suyo es pisar la cancha y gobernar el partido cuando y como quiere, ejerciendo de prolongación del entrenador (ese tópico tantas veces repetido) como si realmente lo fuera, como si llevase ya media vida a las órdenes de Aíto, como si su verdadera casa fuera ya aquella y no aquella otra de las Clínicas de la Axarquía. Ahora una asistencia mágica, ahora te la mete de tres y luego de dos y luego te penetra (qué mal suena) amparado en esas prodigiosas piernas que tiene, ahora un robo imposible que luego culminará en contraataque, y luego otra asistencia y otro robo y otro más, y por ahí también algún rebote y cómo no, también alguna pérdida (pero no más que la media), claro está, nadie es perfecto, y en medio de todo ello siempre esa magnífica defensa para desquiciar al base rival más pintado, pongamos que se llame Calloway, repentinamente irreconocible por obra y gracia de haberse topado con él. ¿Exagero? Pregúntenselo a Aíto (pero en privado, que en público jamás le echará más flores de las estrictamente necesarias), a ver qué dice él.

En los últimos seis minutos del derby dominical Aíto metió finalmente a McIntyre, que ahí andaba el hombre con su fascitis plantar a cuestas (bueno, no exactamente a cuestas). Pero ni aún así se atrevió a prescindir de Freire, tras un breve descanso ahí lo puso de nuevo, a compartir la dirección, a jugar con dos bases, a acabar de cercenar los sueños de remontada del Cajasol. Freire como punta de lanza de la última generación de yogurines unicajeros, los relevos se los daba su paisano Carlinhos de Cobos mientras por el alero asomaba otro de esos nombres de los que llevamos oyendo hablar ya algún que otro verano, Pablo Almazán. Freire como explicación, en apenas veintitantos minutos de juego, de por qué Unicaja no ejerció finalmente el tanteo con Cabezas (eso que sale ganando el CAI… y eso que sale ganando también Cabezas, en lo que a su evolución personal se refiere), ni aún teniendo lesionado a Panchi y tocado a Terrell. Freire como justificación de por qué Unicaja ni se planteó siquiera repescar este verano a Rai López. Freire como el secreto mejor guardado de los malagueños, un juego exterior que parecía habérseles quedado manifiestamente cojo pero que ahora se evidencia mejor de lo que casi todo dios creyó en su momento. Freire como principal abanderado de esa nueva bendición del cielo, esta camada de imberbes yogurines que puebla repentinamente nuestra Liga. Freire como reivindicación de sí mismo, eso sobre todo, por encima de cualquier otra consideración.

No, lo siento, no me gusta que sea Freire y ponga Luz, no me gusta que los no-adictos a este juego escuchen Freire pero vean Luz y a partir de ahí no sepan a qué atenerse, no sepan casar una cosa con la otra. No me gusta, qué le vamos a hacer, pero eso es lo único de este chico que no me gusta, todo lo demás sencillamente me entusiasma. Y eso con ser bueno no es lo mejor, lo mejor es lo mucho que aún le queda por entusiasmar.

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Publicado octubre 30, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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