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(publicado el 21 de marzo de 2011)

A veces, cuando estamos en horas bajas, el baloncesto decide conspirar para devolvernos de algún modo el orgullo por el maravilloso deporte que tenemos. Este pasado sábado conspiró por dos veces, entre la una y la otra apenas unas pocas horas, apenas unos cuantos miles de kilómetros. La una ya la conocerá todo dios (si, incluso aquellos que casi no acostumbran a seguir este juego), la otra en cambio no la conocerá ni dios, por aquí me refiero, inviértanse los términos si hablamos de USA. La de Málaga (qué les voy a contar que ustedes no sepan) fue mágica, tanto más viniendo de donde veníamos: un partido espeso, farragoso, uno de esos que a los adictos nos gustan casi tanto como el que más pero que a los ajenos les llenan la boca, uno de esos que utilizan para explicarnos por qué ya no les gusta el baloncesto, fíjate, vaya marcador, cincuenta y tantos a cincuenta y tantos, qué barbaridad, esto ya no hay quien lo aguante, mejor lo dejamos y nos ocupamos del fútbol que ahí sí que se marcan goles a tutiplén, es lo que tiene. Y empezó la prórroga y tres cuartos de lo mismo, cerocerismo a ultranza, quién nos iba a decir que estaban reservándose toda la artillería para la traca final, al fin y al cabo era día de fallas aunque aquello no fuera Valencia, no tanto para el minuto final como para los segundos finales, triple va triple viene, Prigioni en trance como si la suerte de su equipo dependiera sólo de sí mismo, Garbajosa tirando besos a su nueva afición mientras se la clavaba a la antigua (¿en qué cabeza cabe traspasar un jugador a otro equipo justo la semana en que te enfrentas a ese equipo?), Prigioni otra vez y ésta es ya la definitiva, eso pensamos todos pero McIntyre no es de la misma opinión, podrá estar cascado pero la muñeca no envejece y el instinto ganador tampoco, esa bola entrando mientras suena la bocina, la de dios… Nunca peor partido conoció mejor final, a aquellos que huyeron les estará muy bien empleado, por mucho que se lo cuenten jamás llegarán a imaginar lo que se perdieron.

La de Málaga fue mágica, la de USA fue delirante pero no por ello menos mágica, más bien al contrario. Pittsburgh, uno de los grandes, gana de uno, quedan siete segundos, seis, cinco, cuatro, tres pero enfrente está Butler, la cenicienta que se llevó al huerto al príncipe hasta la Final del pasado año, la eterna cenicienta que este año quiere serlo más todavía, la que (aún en su modestia) juega que te cagas, tan escasa en recursos como rica en ideas, la que a apenas dos segundos para el final ejecutó a la perfección el plan de Stevens, ahora Butler uno arriba, no hay tiempos muertos y aunque los hubiera tanto da porque aquí no te permiten sacar luego de medio campo, Butler lo ha vuelto a hacer… o no. Saca Pittsburgh, balón a Gilbert Brown, aún en campo propio sin otra idea que no sea lanzar el balón por los aires a ver si suena la flauta, acaso sin saber que la flauta tiene muchas maneras de sonar: Shelvin Mack, el mejor jugador de Butler, ese a quien ya apodan Mack the Knife, ese mismo que acababa de endosarles la treintena en un partido extraordinario va a cometer una pardillada digna de un principiante, cargar sobre Brown según éste recibe el balón, ahí pegado a una banda más o menos a veinte metros de la canasta. Falta que regalan, Pittsburgh se sabía derrotado hace seis décimas y ahora se siente ganador mientras la gente de Butler se quiere morir, Mack no es ya que se quiera morir, es que de buena gana usaría la navaja de su apodo para cortarse las venas. Brown lleva cinco de cinco en tiros libres, el primero lo mete y empata a setenta, el segundo… lo falla, y allá que van como posesos Matt Howard (Butler) y Nasir Robinson (Pittsburgh) a por el rebote, Howard llega primero, atrapa la bola, asegura la prórroga… y no da crédito cuando el de Pitt, enloquecido como iba a por el balón, le golpea fuertemente el brazo. ¡¡¡Foul again!!! gritan enloquecidos los comentaristas, a falta de dos segundos y pico ganaba Pittsburgh, a falta de dos segundos ganaba seguro Butler, a falta de un segundo y cuatro décimas ganaba seguro Pittsburgh, ahora a falta de ocho décimas vuelve a ganar Butler, lo hará en cuanto Howard meta el primer tiro libre y falle el segundo aposta como está mandado, ese mismo Howard que ya había ganado sobre la bocina el partido anterior. (Así contado pierde mucho, ya lo siento pero no sé explicarlo mejor, casi mejor pinchen en el enlace, aunque no sepan de quién demonios les estoy hablando estén seguros de que no se van a arrepentir). Ahora sí, Butler lo ha vuelto a hacer, esta cenicienta no es flor de un día ni de un año, esta cenicienta está aquí para quedarse. Aunque lo que en realidad hicieron Butler y Pittsburgh, como unas horas antes lo habían hecho Madrid y Unicaja, es mostrarnos una vez más que en este juego las certezas rara vez tienen sentido; mostrarnos, por partida doble además, que cuando el baloncesto decide conspirar contra las reglas de la lógica no hay casi nada en este mundo que se pueda comparar.

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Publicado noviembre 1, 2012 por zaid en ACB, NCAA, preHistoria

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