el más grande   Leave a comment

(publicado el 10 de mayo de 2011)

 

Había ganado ya la Euroliga (o como demonios se llamara entonces) en su primer año como técnico, en 1992, con aquel Partizan que por una vez no fue de Belgrado sino de Fuenlabrada, con aquel triple sobre la bocina de Djordjevic que aún hoy escocerá en el alma de todas las buenas gentes verdinegras. Volvió a ganarla en 1994 vestido esta vez de verdinegro para la ocasión, como si hubiera de pagar alguna deuda, aquel inolvidable triple de Corny Thompson mediante. Volvió a ganarla al año siguiente, 1995, transfigurado esta vez de blanco madridista con su Sabonis y su Arlauckas, también con su Isma Santos y aquella incomparable defensa, y recuerdo bien que nada más acabar aquel partido el entrevistador o entrevistadora de TVE se abalanzó sobre él y le espetó, tercera Euroliga con tres equipos diferentes, díganos Zeljko, ¿cuál es su secreto?, a lo que éste contestó sin pensarlo ni un segundo, tener buenos jugadores

Hoy, otros cinco títulos de Euroliga después (cinco más tres, total ocho), Zeljko Obradovic sigue manteniendo (acaso un poco más elaborado) ese mismo discurso, tener buenos jugadores, como si eso fuera tan fácil, como si con eso bastara, como si algunos otros con (incluso) mejores presupuestos y (presuntamente) mejor plantilla no se vinieran quedando sistemáticamente en el camino. Tener buenos jugadores, qué fácil es decirlo, los jugadores te hacen grande en la misma medida en que tú los engrandeces. ¿Cómo era esa frase que el otro día le atribuían a Antonio Martín? Cuando te está machacando piensas que le matarías, pero luego te das cuenta de que matarías por él… Cuántas veces no le habremos visto congestionarse, cuántas broncas no le habremos visto echar en todos estos años, acompañadas casi todas ellas de contacto físico, que me daba a mí la risa el otro día cuando algún medio de por aquí se rasgaba las vestiduras porque Phil Jackson había osado ponerle la mano en el pecho a Pau con la sana intención de encorajinarle, como si aquello fuera un pecado gravísimo, coño, pues ese mismo encorajinamiento se lo habremos visto hacer a Zeljko cienes y cienes de veces (y eso que ahora le vemos de pascuas a ramos), que en los primeros tiempos (recuerden, han pasado casi veinte años) alucinábamos, pero qué hace, por qué le da un cachete, por qué le agarra del brazo, por qué le zarandea, pero cómo es posible, cómo le consienten que les trate así… Aún nos costó un tiempo entender que aquel contacto físico era su principal correa de transmisión, su inimitable manera de llegar mucho más adentro al jugador de lo que jamás podrían hacerlo sus propias palabras. Nos parecía una manifestación de agresividad cuando en realidad se trataba de una muestra de afecto, su paternal manera de hacer prevalecer al cariño aún por encima de la bronca, si te regaño es porque te quiero o como aquello otro que solían decir las madres cuando nos pegaban un azote (en aquellos tiempos en que las madres aún daban azotes), me duele más a mí que a ti… Muy pocos técnicos habrá en el mundo más queridos por quienes un día estuvieron a su cargo, tantos que de primeras tal vez pensaron que le matarían, tantos que aún hoy matarían por él.

Pocos se le pueden comparar en términos de trato humano, aún menos podrán comparársele en términos de estrategia. Hace algunos viernes elucubraba Joe Arlauckas (invitado de excepción en Cuatro, en una madrugada NBA) acerca de la posibilidad de que hubiera perdido a propósito ante el Lietuvos en la penúltima jornada del Top16 para así quedar segundo de grupo y cruzarse contra el Barça, en el convencimiento de que éste era el enemigo a batir y siempre sería más fácil (o menos difícil) ganarlo en un playoff (aún con desventaja de campo) a hacerlo luego en la Final Four, a partido único y en su propia ciudad… Evidentemente Arlauckas conoce a Obradovic cienmil millones de veces mejor que yo (mejor dicho, él lo conoce y yo no; él conoce a la persona, yo simplemente conozco al personaje) pero aún así reconozco que me resulta muy difícil creerme semejante historia, me resulta demasiado rocambolesca o acaso seré yo demasiado ingenuo, no sé; no, no creo en absoluto que Obradovic buscara a propósito un duelo contra el Barça en cuartos de final, pero en cambio sí creo que entendió luego perfectamente que aquella iba a ser la verdadera final anticipada de esta Euroliga, y debería ser tratada como tal: tenía que ganar un partido en el Blaugrana por lo civil o por lo criminal, y para hacerlo no dudó en someter a los árbitros a una presión que rebasaba todos los límites conocidos, que luego ya no volvimos a verle en los partidos de Atenas (ahí ya se encarga el público) y aún menos en esta Final Four; una presión que tenía mucho de artificial, muchísimo de pose tal vez a sabiendas de que a él no se atreverían a pitarle técnica y si se atrevían tanto mejor, ya cambiarían el arbitraje después. Huelga decir que se salió con la suya, no en el primer partido pero sí en el segundo, no tanto por esa presión arbitral como por baloncesto puro y duro, por su magnífico planteamiento, por los aciertos propios y los errores ajenos… pero ahí quedó el detalle. Uno más.

Y es que en el fondo todo lo anterior se resume en una sola cosa, pasión, su pasión por entrenar de la que nos hablaban en estos días, su pasión por este juego de la que no hace falta que nos hablen porque le rebosa por todos los poros de su piel. Recuerdo como si fuera ayer (¿por qué me acordaré yo de estas cosas?) que la Final Four de 1994 se disputó muy pocos días después de que se hubiera disputado la Final Four universitaria, recuerdo cómo los periodistas contaban por aquel entonces que Obradovic no paraba de interpelarles sobre si habían visto aquella Final, aquella manera de defender de Arkansas, aquellos cuarenta minutos de baloncesto en el infierno que preconizaba Nolan Richardson. Miren que entonces por estos pagos la NCAA era una rareza aún mayor de lo que es ahora pero daba igual, él estaba absolutamente entusiasmado por aquella forma de jugar. Evidentemente es sólo un ejemplo, muy viejo además, pero que me viene como anillo al dedo para ilustrar cómo siente Obradovic este deporte, como si la intensidad con la que le vemos vivirlo un partido tras otro no fuera ya más que suficiente. Se implica y sólo pide a aquellos que le rodean que también se impliquen, nos bastará con viajar en el tiempo hacia aquel infausto Eurobasket de Belgrado 2005 para recordar cómo afecta a Zeljko esa falta de implicación.

Ocho euroligas, ocho aunque él se quite méritos y diga que son seis, que no cuentan las ocho suyas sino las seis de Panathinaikos. Aquí, dispersos como andamos generalmente entre unos países y otros, entre unos baloncestos y otros, generalmente tendemos a no valorar las cosas en su justa medida. Por eso permítanme que les diga que si esto no fuera un continente sino un país, que si esto no fuera Europa sino USA Obradovic estaría considerado como poco menos que un dios. Su consideración en ningún caso debería ser menor a la que recibieron o aún reciben Bobby Knight, Dean Smith o el mismísimo Krzyzewski, o a la que ostentan en el baloncesto profesional tipos como Greg Popovich o Phil Jackson (si bien no creo que sea hoy precisamente el día más indicado para establecer esta última comparación): el más grande, al menos al nivel de los más grandes, y con un montón de años por delante (y de presupuesto a su disposición, también) para seguir engrandeciéndose (y engrandeciéndonos, a todos los que amamos este juego) aún más todavía.

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Publicado noviembre 2, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

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