el Tractor   Leave a comment

(publicado el 14 de mayo de 2011)

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi jugar al Tractor Traylor. Parece que aún le estoy viendo con aquella camiseta amarilla y azul de la Universidad de Michigan, los Wolverines, aunque él tuviera más bien poco de lobito o de lobato o de lobezno o de como demonios se quiera traducir. Tendría diecinueve o veinte años pero por su cara más bien parecía que tuviera casi cincuenta y tres, ríase usted de las de Oden o el propio LeBron cuando eran escolares porque éste con esa misma edad parecía casi el padre de todos ellos, de todos nosotros. Y si era así la cara no digamos ya el cuerpo, apenas dos metros de alto, casi otro tanto de ancho, el ejemplo perfecto para ese tópico de que resulta más fácil saltarlo que rodearlo. Su humanidad, su intensidad te ganaba de inmediato; le veías echarse al equipo casi literalmente a la espalda, en ataque hacer auténticas maravillas con ese cuerpo improbable, en defensa hacerse el amo de la zona y luego, tras el tapón o el mate o lo que fuera, emitir esa especie de grito hipohuracanado de Pepepótamo (perdón, dibujos animados de mi lejana infancia, los más jóvenes no sabrán de lo que estoy hablando) con el que se metía a todo dios en el bolsillo, a los propios y hasta a los extraños. Con que le vieras diez minutos en acción, en cualquiera de aquellos partidos a cara o cruz (todavía no a vida o muerte) del Torneo Final universitario, se te creaba ya una debilidad para toda la vida. Curioso concepto éste, toda la vida, miren que suena largo y sin embargo cuando menos te lo esperas deja de tener sentido…

Estaba claro, lo del siguiente nivel con ese físico habría de tener muy mal pronóstico. La NBA suele ser implacable con esta clase de pívots escasos de altura y sobrados de anchura, y esta vez su caso tampoco fue una excepción. Lo intentó, bien que lo intentó en Charlotte, en Milwaukee (sobre todo en Milwaukee) o en Cleveland, llevó su inmenso corpachón de franquicia en franquicia y hasta dio pie a que algún infausto narrador plusero (más de golf que de básquet) le cambiara el apellido en un alarde de creatividad, diciendo aquello de que más que Traylor parecía un auténtico tráiler. Pero se lo curró, vaya si se lo curró, quién sabe si hasta podría haber llegado a consolidarse mal que bien en aquella Liga de no habérsele atravesado su salud (o su falta de salud, más bien). Qué duda cabe, someter a un organismo tan desproporcionado a semejante nivel de exigencia entraña riesgos, o acaso no fuera eso y el riesgo lo llevara ya de serie, no sé; lo cierto es que un día empezó ya a no pasar los reconocimientos médicos, a afirmarse que muy probablemente habría de abandonar la práctica del deporte profesional. Lo sentí en el alma, me olvidé de él y me costó salir de mi asombro cuando pocos años más tarde reapareció en nuestras vidas y esta vez bien cerquita de casa, aquí mismo como quien dice, en Vigo. Recuerdo que me alegré pero también recuerdo que no lo entendí, a ver por qué su supuesta enfermedad habría de impedirle jugar en NBA pero no en LEB, como si aquello fuera el paradigma del esfuerzo supremo y esto de aquí apenas representara un saludable paseo por el campo. Porque por intensidad no habría de quedar, él no era de jugar al trantrán, no le iban las medias tintas, él se volvió a echar a su ancha espalda a este Gestibérica como años antes hiciera con aquellos Wolverines. Debieron ser apenas dos meses, tiempo más que suficiente para que los aficionados vigueses le adoptaran ya como ídolo para toda la vida; otra vez, toda la vida, qué obsoletos acaban quedándose algunos conceptos a veces…
Conocer su muerte me sorprendió casi tanto como saber que aún seguía en activo en el momento de su muerte, en Puerto Rico, en los Vaqueros de Bayamón. No sé si seguía en esto por placer, por necesidad o porque no sabía hacer otra cosa, no sé si vivía para jugar o si jugaba para vivir, sí sé que alguna vez debió decidir asumir el riesgo y que ese riesgo finalmente ha debido de acabar pasándole factura. Factura definitiva. Éstos y no aquellos sí que fueron partidos a vida o muerte y ahora por desgracia ya sabemos quién ganó, quien siempre acaba ganando por muchas veces que pierda. En cierto modo ésta vendría a ser la crónica de una muerte anunciada, pero que no por anunciada resulta menos dolorosa. Robert Traylor tenía sólo treinta y cuatro años, aún tenía todo por hacer, aún tenía media vida por vivir, vida por vivir, qué ridículas suenan ahora esas palabras. Al menos seguirá viviendo en nuestros recuerdos, al menos mientras aún nos duren los recuerdos. Descanse en paz.
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Publicado noviembre 2, 2012 por zaid en NBA, NCAA, preHistoria

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