los mundos de Ricky   Leave a comment

(publicado el 21 de junio de 2011)

 

Ustedes me permitirán que comience describiendo una obviedad: no es ya que este año Sada se haya hecho con el puesto de base titular en detrimento de Ricky (que eso a este lado del Atlántico sería lo de menos), no es ya que Sada haya jugado más minutos (y más consistentes) que Ricky, ni siquiera es ya que Sada haya jugado manifiestamente mejor que Ricky; es que incluso el Barça ha sido mucho mejor equipo con Sada que con Ricky. Todo lo cual me llena de orgullo y satisfacción en lo que respecta a Sada, que al fin y al cabo yo era de los que pedían su inclusión en la selección cuando todavía no estaba de moda pedir su inclusión en la selección. Pero es que no era de Sada de quien yo pretendía hablarles hoy…

Ricky Rubio anunció el pasado viernes su marcha a los Wolves, qué les voy a contar que ustedes no sepan, de hecho a estas horas ya ha sido recibido por aquellas tierras en loor (y en olor) de multitud, y lo mismo ustedes esperarán que yo ahora me rasgue las vestiduras y reitere aquel discurso que todos solíamos repetir por activa y por pasiva hace apenas dos veranos, qué horror, dónde va, es demasiado joven, no está preparado, se la va a pegar, que se quede y vaya rodándose otro par de años, total dónde va a estar mejor que aquí, etc etc. Pues no, ni de coña, con una vez ya fue más que suficiente. Es más, es que creo sinceramente que a día de hoy lo mejor que puede hacer Ricky es exactamente lo que ha hecho, es decir, marcharse de una vez por todas a la NBA.

Y es que hace ahora exactamente dos veranos Ricky Rubio, recordémoslo, se encontró sumido en una peculiar encrucijada: quería irse a la NBA pero no podía irse a la NBA; es más, quería irse a la NBA pero no aesa NBA. Quería Ricky una NBA a la carta, que le escogieran en el puesto 2 ó el 3 y no en el 5, que le pusieran vistas al mar y no a la montaña, que tuviera clima mediterráneo y no ese frío polar que acostumbran a gastarse por allí. De un plumazo aprendió Ricky que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran, y semejante aprendizaje le sumió en un estado de estupor en el que ha continuado (casi) hasta el día de hoy. Él que siempre lo había tenido todo tan claro se vio de repente sin saber qué hacer, y teniendo que escuchar además cientos y cientos de opiniones divergentes a su alrededor: que si aquellos no van a poder pagar mi clásula (y además allí hay mucha nieve), que si estos otros sí que pueden pagarla pero para irme ahí pues total casi mejor me quedo aquí… Ricky firmó con el Barça un contrato de cinco años con ventajosísima cláusula de escape a la NBA a los dos años; es decir, Ricky firmó con el Barça un contrato que en sí mismo llevaba implícita su condición de provisionalidad. Lo que ya no imaginábamos es que el propio Ricky se instalara también en esa provisionalidad: su cuerpo vestía de azulgrana y transitaba por el Palau, demasiadas veces su mente parecía estar ya demasiado lejos de allí.

Y el resultado de todo ello ya lo saben, que este no es nuestro Ricky que nos lo han cambiado (o que se habrá cambiado él solo, no sé). Bien podría decirse que hubo un Ricky verdinegre y un Ricky blaugrana, como si cumplir los dieciocho (y pasar por aquel verano de 2009) le hubiese arrebatado para siempre la edad de la inocencia, como si toda aquella frescura y desinhibición de que hizo gala en sus años mozos se hubiese convertido en (exceso de) responsabilidad al alcanzar la mayoría de edad. Como si todo aquel desparrame de energía hubiese devenido en un discurso casi funcionarial, como si hubiese pasado de jugar por placer a jugar por obligación. ¿Dónde quedó aquel Ricard Rubio que un día conocimos con apenas trece años cumplidos, en aquella Minicopa de Sevilla? ¿Dónde aquel Ricky que ganó la Lliga Catalana con la Penya y una semana más tarde debutó en la ACB, cuando aún no había cumplido los quince? ¿Dónde aquel efervescente Ricky que cuando jugaba con los de su edad podía hacer hasta cúadruples dobles, aquel que epató al mundo desde Linares en el Eurobasket cadete de 2006? ¿Dónde aquel Ricky que sembraba el pánico en los rivales, el que acostumbraba a desquiciar al más pintado incluso aunque se tratara de una Final olímpica, incluso aunque el de enfrente se llamara Chris Paul o Jason Kidd? ¿Fue todo un bello espejismo (cuatro años de espejismo) o fue acaso una maravillosa realidad? ¿Estaríamos hablando de todo esto si Ricky hubiera podido continuar en la Penya? ¿Estaríamos hablando de todo esto si Ricky hubiera podido continuar (en donde fuera) a las órdenes de Aíto y/o de Sito? ¿Podemos explicarlo todo en base al sistema del juego del Barça, ese sobrio ataque estático carente de excesos, tal vez escaso de alegrías ofensivas? ¿O podemos pensar legítimamente que hubo algo más?

Qué quieren que les diga, yo creo que Ricky necesita como el comer cambiar de mundo: salir de ese entorno suyo del que nunca jamás ha salido, dejar atrás su Mar Mediterráneo, la casa de sus padres, la mesa camilla de su abuela, a sus colegas de El Masnou; irse poco a poco acostumbrando a esos inviernos de veinte bajo cero, a esa ciudad sin mar (pero con miles de lagos a su alrededor) por la que no puedes pasear porque te hielas, en la que la vida la hacen subterránea cual si de topos se tratara porque resulta absolutamente impensable asomarse al exterior; vivir en una casa (todavía no un hogar) impersonal, ver a su gente sólo por Internet, procurar hacerse amigo de Kevin Love, del macarra Beasley, de Nikola Pekovic o Darko Milicic (dios santo, esto último tiene que ser terrible); acostumbrarse a un idioma que por muy bien que lo sepa no va a dejar de resultarle extraño (sobre todo en estos primeros meses), a unos compañeros que se expresen en el inglés de las calles y no en el de las academias, a un entrenador que no le entienda y a quien muchas veces él tampoco va a entender. Procesar las malas caras de Luke Ridnour o de aquel otro ex prodigio escolar venido a menos llamado Sebastian Telfair (si es que ambos siguen allí, claro), asumir que no serán tanto compañeros como competidores capaces de morder por defender su puesto, nada que ver con lo que haya representado Sada por aquí. Entender de una vez por todas que nada le vendrá dado, que el nombre te vale mientras dure la presentación y poco más, que allí impera la ley de la selva, que nada se consigue sin esfuerzo, que (como decía aquella profesora de aquella legendaria serie televisiva) la fama cuesta, y aquí es donde te la tienes que empezar a ganar. Con sudor.

O dicho de otra manera, que lo que no te mata te hace más fuerte. Tengo para mí (parezco Paniagua) que una de las claves del éxito de nuestras selecciones (de baloncesto y de fútbol, me refiero) en estos últimos años es que nuestro deporte dejó de ser endogámico, que algunos de nuestros mejores jugadores tuvieron que salir a ganarse las lentejas al exterior, a la NBA (o a Italia, en el ya lejano caso de Garbajosa), a la Premier o a donde fuera. A unos les fue bien, a otros regular y a algunos mal pero en todos y cada uno de los casos la experiencia supuso una etapa muy importante en su proceso de maduración, de la que se benefició nuestro deporte en general y cada uno de ellos en particular. Yo no sé si Ricky jugará mucho, poco o nada en Minnesota (con el lockout a la vuelta de la esquina el comienzo no puede ser más desalentador), no sé si dará con un técnico que le entienda y que le exija o con uno que simplemente le exija (no sé si seguirá Rambis ni sé quién podría ocupar su lugar), no sé si el Ricky que nos volvamos a encontrar por aquí a la vuelta de cada verano será mejor jugador (me gustaría pensar que sí) pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que será infinitamente más maduro como persona. Ese ya habrá sido el primer paso, tal vez un pequeño paso para Ricky pero un grandísimo paso para nuestro baloncesto (que algo así habría dicho Neil Armstrong, el de la luna, de haberse encontrado en esta misma situación…) Ojalá nos puedan devolver el espejismo.

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Publicado noviembre 2, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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