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(publicado el 14 de junio de 2011)

Me alegro por José Juan Barea, puertorriqueño con sangre de León… es decir, de la provincia de León, de la mismísima comarca de Sajambre, al pie del Pontón, en la vertiente leonesa de los Picos de Europa (algún día debería venirse a conocer despacio toda esa zona, iba a alucinar). Un yogurín entre adultos, un pequeño entre grandes, un soplo de aire fresco, el chorro de imprevisibilidad que necesitaba ese equipo para acabar de romperles los esquemas (si los hubiere) a los Heat. Jason Kidd ya tiene sucesor, ya se puede jubilar tranquilo.

Me alegro por Brian Cardinal, ese energético ala-pívot que un día nos encantó en Purdue, que otro día ya lejano pasó sin pena ni gloria por Valencia, ese mismo que se lo llevó muerto en Memphis, ese para quien parecía estar destinado en esta Final un papel no ya secundario sino terciario, básicamente agitar la toalla y llevar el agua hasta el día aquel en que Carlisle le dio bola, un poco por probar, para acabar descubriendo (más vale tarde que nunca) lo mucho y bueno que aún les podía aportar…

Me alegro por Peja Stojakovic, que apenas ha tenido participación en esta Final pero que la tuvo de sobra en las tres rondas anteriores, tanto como para que pueda sentir este anillo tan suyo como el que más. Una carrera como la suya bien merecía una culminación así.

Me alegro por Tyson Chandler, otro de los malditos de aquel draft maldito (excepto por Pau) de 2001, que pareció en Nueva Orleáns que ya sólo sabía hacer una cosa, que pareció en Charlotte que ya no sabía hacer ni esa cosa siquiera, que ahora en Dallas ha desmostrado con creces que en realidad sólo necesitaba un buen equipo que le arropara, algún buen base que se las pusiera, un entrenador que le supiera llevar…

Me alegro por DeShawn Stevensonmachaka de lujo, pero de verdadero lujo, nada que ver con otros machakas pret a porter, precisamente él que llegó a la Liga sin pasar por la Universidad como creída estrellita de instituto, él que se fue llevando golpe tras golpe, que (a la fuerza ahorcan) hubo de reciclarse, el mismo que ahora resulta ser tan imprescindible atrás como imprevisible adelante, ese aceite lubrificante en quien nadie se fija pero cuya mera presencia hace funcionar como la seda todo lo demás…

Me alegro por Shawn Marion, ese que un día fue Matrix y líder estadístico y jugador franquicia y candidato aemeuvepé y toda la pesca, ese que ya no brinca como antes pero aún sigue manteniendo sus inverosímiles tiros umbilicales, ese que parecía perdido para la causa hasta que la lesión de Caron Butler le devolvió un papel preponderante en el equipo, ese sin cuyos rebotes imposibles, sin cuyas canastas improbables ahora tendríamos que estar hablando de otra cosa completamente distinta…

 

Me alegro por Jason TerryJet Terry que le dicen por allá, Terry me va que le decía aquí Montes parafraseando aquel legendario anuncio del caballo blanco. Viéndose con el título debió tal vez de acordarse de aquel otro de hace catorce años, aquella histórica final universitaria de 1997, cuando sus Wildcats de Arizona, a las órdenes de Lute Olson, se cargaron a los no menos Wildcats de Kentucky. Por aquel entonces tenía de compañero a Mike Bibby (de hecho Bibby era la estrella de aquel equipo), y vale que las comparaciones sean odiosas pero hoy resulta estremecedor ver al uno contra el otro, Bibby ya ni una pálida sombra de lo que fue (lleva años así, de hecho), Terry… No es ya que sin Terry no hubieran ganado el anillo, es que sin Terry, sin su puntería prodigiosa (e incluso sus insospechadas asistencias, a veces), ni siquiera se habrían metido en esta Final. Así de sencillo.

Me alegro por Jason Kidd, a quien un día habremos todos de reconocer como uno de los más grandes bases que haya conocido esta Liga en toda su historia. Hace pocos años llegó a los Mavs en un traspaso a cambio de Devin Harris y de inmediato todos procedimos a descojonarnos, ya la ha vuelto a cagar este Cuban como antes con Nash, ya ves tú, mandar a un valor emergente a New Jersey y recibir a cambio al tío éste que está más acabao que yo, por favor… Como solía decir aquel periodista de cuyo nombre no quiero acordarme, el tiempo es ese juez insobornable que da y quita razones y pone a cada uno en su sitio: años después Harris sigue aún buscándose a sí mismo, años después quedó demostrado que aquellos que nos reíamos no teníamos ni idea, años después Kidd ya tiene (por fin) su bien merecido anillo.

Me alegro sobre todo por Dirk Nowitzki, que aún sin acabar de sonar la bocina final enfiló él solo el camino de los vestuarios para festejarlo a su manera en la intimidad, para poder desahogarse a gusto, para pellizcarse convenientemente, para arrancarse de cuajo aquel cartel de perdedor que aquí siempre supimos que era una solemne estupidez (quien lo dude que se repase por ejemplo aquella semifinal del Eurobasket 2005, cuando nos clavó aquella canasta imposible en el último segundo; es sólo un ejemplo, habría cientos) pero que los americanos (de USA) le colocaron impunemente tras perder la Final de 2006 y aún más se lo restregaron tras caer en primera ronda en 2007, y aún tuvo que aguantar las chanzas y las coñas de todo dios cuando se le ocurrió confesar que evocaba una canción del Hasselhoff aquel para concentrarse en los tiros libres, y aún más risas tuvo que aguantar cuando su prometida resultó ser una estafadora de medio pelo con identidad falsa, y hasta hace apenas unos días tuvo que soportar que dos niñatos impresentables se le rieran en la cara por haber jugado un partido con fiebre, probablemente ya no se pueda caer más bajo.Ladran luego cabalgamos, contra tanta tontería él se limitó a a ocultarse en su caparazón y entregarse a su único patrimonio, hacer lo que mejor sabe hacer como mejor sabe hacerlo, jugar (como los ángeles) al baloncesto. Nunca nuestro deporte fue más justo, nunca un anillo pudo estar en mejores manos.

Me alegro por Rick Carlisle, técnico muy poco reconocido por estos pagos pero que ha hecho realidad una vez más aquello de que los equipos suelen ser un fiel reflejo de la personalidad de sus entrenadores: serio, sobrio, se permite pocos lujos, no suele ser la alegría de la huerta pero acostumbra a poner en juego equipos tremendamente trabajados en defensa (hasta con zonas, incluso) y que la mueven con muchísima paciencia (a veces demasiada) en ataque. Equipos que juegan al baloncesto, que parece obvio pero no lo es, si no que se lo digan a los que tenían enfrente. Una vez más, en la Liga de las individualidades y de los egos desmedidos volvió a llevarse el gato al agua un equipo, un verdadero EQUIPO. Otra buena noticia.

Me alegro incluso por Mark Cuban, tantos años ejerciendo de Pepito Grillo de la Liga, tantos años metiendo la pata y rehaciéndose y volviendo a meterla y volviéndose a rehacer, tantos años insistiendo en ese empeño del que tantos otros multimillonarios abdicaron en cuanto vinieron mal dadas, en cuanto empezaron a escapárseles los triunfos o los dólares pero él no, él perseveró, él acabó convirtiendo el American Airlines Center casi en su segunda casa, hasta consiguió que así lo sintieran también todos los que trabajaban en ella… Y cuando finalmente llegó la gloria, precisamente él, el propietario más controvertido de la Liga, el más histriónico, el más chupacámaras de toda la NBA decidió quitarse del medio, no recoger el trofeo él (como allí suele ser habitual) sino cederle tal honor al octogenario o nonagenario señor que un lejano día de hace más de treinta años fundó la franquicia… Sí, que demonios, me alegro también por Cuban, aunque chirríe.

Y habré de confesarles que me alegro también por un sujeto que no suele aparecer en pantalla (salvo en algún plano lejano, muy por detrás del banquillo) pero a quien tuve el inmenso honor de saludar (venciendo mi natural timidez) en septiembre de 2007, en el Telefónica Madrid Arena, durante la segunda fase de aquel Eurobasket; andaba por aquí haciendo labores de scouting, vestido con su polo azul de los Mavs y mostrándose tremendamente afable con aquellos que nos acercábamos a darle puntualmente el coñazo. Es panameño, se llama Rolando Blackman, a los más jóvenes no les dirá nada su nombre pero puedo asegurarles que allá por los ochenta (aquella primera NBA que se apareció ante nuestros ojos) las metía de todos los colores, siempre por supuesto con la camiseta de los Mavs. Sospecho que hoy estará inmensamente feliz, y yo bien que me alegro por ello.

Me alegro por el baloncesto, que nos ha regalado una Final extraordinaria como aquella otra de 2006 (al final sí que fueron finales paralelas… sólo que con ambas líneas trazadas en sentido contrario). Me alegro de que siga siendo justo, de que en nuestro deporte aún sean posibles los finales felices, de que de vez en cuando todavía sigan ganando los buenos.

Y sí, finalmente habré de reconocerlo, también me alegro de que haya perdido LeBron, qué le vamos a hacer. Pero esa es otra historia…

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Publicado noviembre 2, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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  1. Pingback: desagraviando a LeBron | zaid Arena

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