grandeza, grandeur   Leave a comment

(publicado el 19 de septiembre de 2011)

 

La grandeza, en el deporte, se mide entre otras cosas por los cadáveres que van quedándose por el camino. Ejemplos los hay a miles, claro: la grandeza de Jordan y de sus Bulls se midió por tantos como hubieron de quedarse sin anillo, Barkley & KJ, Payton & Kemp, Stockton & Malone, tantos otros. La grandeza de Induráin la experimentaron (entre otros) Bugno o Chiapucci, la grandeza de Nadal fue eclipsar la de Federer del mismo modo que la grandeza de Djokovic está siendo eclipsar la de Nadal (a todo esto podría añadir también algún ejemplo futbolístico tan cercano -en el tiempo y en el espacio- como evidente, pero no lo haré para no herir susceptibilidades). Es como todo en esta vida, deportistas (así individual como colectivamente) los haybuenos, los hay muy buenos y luego están ya los verdaderamente grandes. Equipos buenos y hasta extraordinarios ha habido unos cuantos pero la grandeza, la leyenda es ya otra cosa, algo que está sólo al alcance de unos pocos elegidos.

¿Exagero? Grecia había ganado brillantemente el Eurobasket de 2005, pareció que tendríamos helenos para rato pero aquellos impagables Papaloukas, Diamantidis y demás familia se fueron a dar de bruces con los nuestros en 2006. Iban para grandes pero se quedaron en muy buenos (que tampoco es poca cosa), como les pasó a los rusos tras ganarnos en 2007, como acabará pasándoles tal vez a los serbios, éstos no llegarán ni a buenos siquiera en lo que no consigan domesticar a Teodosic. Los equipos simplemente buenos son flor de un día (de dos a lo sumo), los verdaderamente grandes permanecen. Nacen, crecen, incluso se reproducen. El que hoy nos ocupa nació (tras largos años de gestación) y creció brillantemente en 2006, pasó una complicada pubertad en 2007, irrumpió en la edad adulta en 2008, alcanzó su plena madurez en 2009 y en ella continúa en 2011 tras haber pasado su pequeña crisis de los cuarenta en 2010. Cabe suponer que en ella continuaremos también en 2012, aún están en la flor de la vida (al respecto siempre recuerdo aquello que solía decir Creus, que la mejor edad es precisamente ésta, los treintaiuno o treintaidós, cuando el juego está en su grado óptimo de maduración y el físico aún no ha empezado a declinar), sólo muy a lo lejos parece atisbarse algún leve signo de envejecimiento pero todo parece indicar que eso ya lo dejaremos para después.

Lo peor de la grandeza es el riesgo que se corre de malacostumbrar al personal. A los buenos se les pide que ganen pero no se acaba el mundo si pierden, a los grandes se les exige la victoria como si no cupiera ninguna otra posibilidad; cualquier derrota por intrascendente que sea es ya una tragedia, cualquier segundo puesto un fracaso ante el que no cabe posibilidad alguna de redención. Los buenos ganan y es un triunfo, losgrandes ganan y ni dios le da la menor importancia, ganan porque es su obligación. ¿Obligación? Echemos un vistazo a lo que hemos ido dejando atrás, este mismo año sin ir más lejos: la Francia de Parker, la Rusia de Kirilenko, la insospechada Macedonia, la anfitriona Lituania, la molesta Grecia, la Eslovenia de Lorbek, la Serbia de Teodosic, la subcampeona mundial Turquía, la Alemania de Nowitzki, algo más atrás la Italia de Bargnani, Belinelli y Gallinari, aún más atrás Croacia… Equipos todos ellos que llegaron al Eurobasket con fundadas esperanzas de ser olímpicos, de ser preolímpicos al menos. ¿Obligación, dice, tras jugar once partidos a cara de perro, tras un Torneo de casi tres semanas de duración? Así en 2011, tres cuartos de lo mismo en 2009, en 2006… Antes de dar por hecha una victoria deberíamos valorar en su justa medida lo que cuesta lograrla, digo yo que ese sería un buen primer paso para empezar.

Los franceses no hablan de grandeza sino de grandeur, que supongo que viene a ser lo mismo. Pues no. No todavía, al menos. Parker es grande, lleva muchos años siéndolo (aunque en su selección le ha costado demostrarlo), aún le habrán de quedar dos, tres, cuatro años al máximo nivel. Y ahora tiene por fin socios que aspiran también a serlo, Batum, Noah, tal vez De Colo, podrán ser un equipo algo más que bueno en la medida en que acaben (aún más) de explotar. Y en la medida en que encuentren algo más, también: Diaw (quizá debería empezar a cuidarse) y Gelabale son tan buenos como fríos, tan fríos como témpanos de hielo; justo lo contrario que Flo Pietrus, el ejemplo perfecto de que un exceso de motivación a la larga puede resultar contraproducente. Tienen sólida base para construir, habrán de ser mejores en 2012 y aún mejores en 2013, habrán de ser muy buenos qué duda cabe pero la excelencia, la grandeur es ya otra cosa, me temo. Está por ver que con lo que tienen tengan suficiente.

Hoy por hoy la grandeza tiene nombre, tiene varios nombres, se llama Juanqui, Pau, Marc, Calde, Rudy, ahora también Serge; se llama incluso Ricky, Llull, SanEme, también Sada, por supuesto Felipe, pongamos que se llame también Claver aunque sólo el color de sus zapatillas nos recuerde que ha pasado por aquí. Se llama también Scariolo (cuya responsabilidad en este éxito ha acabado siendo mucho mayor de la que algunos estaríamos dispuestos a reconocer), Ricard Casas, Juan Antonio Orenga, Jenaro Díaz, todos ellos. Se llama también químicabuen rollo, esos extraños conceptos capaces de unir más que cualquier pegamento, esos que llegan donde el talento y la actitud (aún por inmensos que sean) no siempre alcanzan, esos que acaban constituyendo (acaso más que ningún otro) el verdadero factor diferencial. Está plagada Europa de equipos buenos, incluso desmesuradamente buenos, llenos todos ellos de buenísimos jugadores a su vez. Pero grandes, lo que se dice equipos verdaderamente grandes, de esos sólo hay uno y ése a día de hoy sigue siendo el nuestro, mal que les pese a los demás. Una grandeza construida desde la sencillez, por ello quizás aún más grande. Una grandeza que aún no tiene (o acaso sí, y no queramos verla) fecha de caducidad.

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Publicado noviembre 3, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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