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(publicado entre el 12 y el 23 de septiembre de 2011)

I

Como quiera que cuando les hablé de la terrible lesión de Sosa les prometí que otro día les contaría otras historias (menos desagradables, a ser posible) del Torneo de las Américas, y como quiera que dicen que lo prometido es deuda, pues aquí me tienen dispuesto a (intentar) cumplir mi promesa. El susodicho Torneo llegó ayer a su fin, y lo hizo con una Final (suele pasar) de la que no podré contarles nada porque aún no la he visto pero que tal y como está concebida aquella competición resulta casi lo menos importante. El Torneo de las Américas, en contraposición al de las Europas (también llamado Eurobasket) parece estar concebido como un preolímpico puro y duro: no importa tanto quién lo gana como quién se clasifica para los Juegos. de tal manera que sus semifinales acaban siendo más finales que la Final misma. Y a las semifinales llegaron los cuatro que estaba previsto que llegaran, los cuatro que mostraron una superioridad casi insultante durante todo el Torneo: de un lado Brasil y Dominicana (primero contra cuarto), del otro Argentina y Puerto Rico (segundo contra tercero); el pronóstico decía que serían Brasil y Argentina las que sacarían billete para Londres, el pronóstico se cumplió como tantas otras veces… pero vamos, que a punto estuvo de no cumplirse: los dominicanos aguantaron vivos hasta el último instante y los puertorriqueños ya no digamos, sólo les faltó el triple sobre la bocina de Barea para culminar el puertorricazo en Mar del Plata; todo ello tras dos semifinales magníficas, espectaculares, de las de guardar y no tirar.

 

Llevamos años oyendo hablar de renovación en la selección argentina; puede que ya se dijera tras el oro olímpico de 2004, con toda seguridad tras Japón 2006 y/o Pekín 2008 se habló ya largo y tendido de que aquel habría de ser ya el definitivo final de su generación dorada… o no. Porque a la hora de la verdad (y especialmente si no se atisba otra alternativa) nada hay mejor que volver a los clásicos: Ginóbili, Scola, Nocioni, Prigioni, incluso Oberto (cuya presencia en cancha me provocaba una sensación ambivalente: de un lado la alegría de volver a verle jugar, del otro la preocupación de ver jugar a alguien que se vio obligado a retirarse hace apenas unos meses por problemas coronarios) y cómo no, también Pancho Jasen, el PipaGutiérrez, Yacaré Kammerichs, el Lancha Delfino… (torneo sumamente útil para completar nuestro catálogo de apodos). Hasta el tema del base suplente, que tantas cuitas les había proporcionado en competiciones precedentes, lo resolvieron esta vez volviendo a los orígenes, a sus raíces: nada menos que Pepe Sánchez, que a día de hoy aún continúa repartiendo sus mágicas asistencias en la Liga Nacional de aquel país. Todos ellos a las órdenes de otro clásico, don Julio Lamas, el rey de las camas (ustedes perdonen la chorrada, que proviene de un anuncio publicitario de colchones que se emitía en mis años mozos y cuyo protagonista obviamente no era Julio sino otro Lamas aún más guaperas si cabe, un afamado actor de nombre Lorenzo), buenos recuerdos aún conservamos de su estancia por estos pagos (donde no siempre se le otorgó el reconocimiento que habría merecido, por cierto). Una Argentina de-las-de-toda-la-vida, sin el físico de antaño porque los años no pasan en balde, pero con experiencia (que dicen que es un grado) para dar y tomar.

Llegaron a su semifinal habiendo perdido sólo un partido en todo el Torneo, en la fase de cuartos de final (que allí no es eliminatoria sino liguilla de todos contra todos) ante Brasil. Aquel día perdieron algo más que el partido, perdieron también al Chapu Nocioni para todo lo que restaba de competición. Y no lo hicieron de cualquier manera sino con una de las lesiones más asombrosas que he visto en mi vida, un esguince de tobillo que no se produjo entrando a canasta ni cayendo tras un rebote ni pisando el pie del defensor tras una suspensión, sino ¡en el salto inicial! Balón al aire (de forma manifiestamente mejorable, por cierto), Splitter que medio se gira, Nocioni que medio se desequilibra, el brasileño que aterriza antes (como era de esperar), el pie del Chapu que va a caer justo encima del talón de Tiago… Esguince y de los gordos, de esos que te tienen que sacar en volandas del pabellón sin poder apoyar el pie. Quién sabe, a ver si al final va a resultar que la FIBA suprimió el salto entre dos simplemente a título preventivo, para evitar ésta y otras desgracias, por una mera cuestión de salud laboral. El Chapu se vistió para la semifinal (quiero decir que se vistió de jugador, ya imaginamos que desnudo no iba a ir) pero como si no, estaba ese tobillo para muy pocos trotes, fue más un quieroynopuedo que otra cosa.

Claro está, le echaron de menos pero no es menos cierto que en esa semifinal Argentina jugó con ventaja, la que le da tener los jugadores que tiene. No es ya que Scola y Ginóbili estuvieran muy bien, no es ya que se salieran, es que su actuación rozó casi los límites de lo paranormal. Añádase al guiso una buena dosis de Prigioni y finalmente habremos de concluir que entre los tres (casi) se bastaron y se sobraron para contratar el viaje a Londres, si bien algo más de ayuda de alguno de sus afamados compañeros (más allá de los habituales arrebatos de Kammerichs) tampoco les habría venido nada mal. Pero es lo que tienen los genios, cuando el Manu y el Luifa (¿?) se ponen codo con codo a la tarea hay muy pocas parejas en el mundo que se les puedan igualar, lo saben ya en Puerto Rico (probablemente ya lo supieran antes) aunque ello no les evitará el seguir tirándose angustiosamente de los pelos durante un tiempo ante la magnífica oportunidad que dejaron escapar. Pero esa (la de Puerto Rico) ya es otra historia, como lo será la de Brasil o Dominicana. Se tendrán que quedar para otro día (Eurobasket mediante), que me temo que hoy ya no doy más de sí.

 

II

El otro día, en la primera entrega de esta especie de saga dedicada al Torneo de las Américas (o Preolímpico Americano, como ustedes prefieran) les comentaba yo que las semifinales (por aquello de que otorgaban el pasaporte para Londres 2012) fueron casi más finales que la Final misma. Lo cual era cierto, pero no es menos cierto que en tratándose de una Final entre Argentina y Brasil no hay protocolo ni celebración que valga. Llegaron ambos equipos a esa cita literalmente derrengados, llegaron para disputar su decimotercer partido en diez días (que se dice pronto), llegaron cuando aún no habían transcurrido ni veinticuatro horas desde la semi, llegaron aún con la resaca del festejo olímpico hasta la madrugada, llegaron varios de ellos (brasileños, especialmente) con cortes de pelo al estilo mohicano incluso, probablemente como resultado de alguna promesa que habrían hecho a cambio de su clasificación. Bueno, pues con todo y con eso ambas selecciones nos regalaron una Final tal vez no sobrada de calidad pero sí plena de intensidad (y hasta dureza, en momentos puntuales) y emotividad. Una Final que coronó a Argentina en su Polideportivo de Mar del Plata (cancha que traerá muy buenos recuerdos a nuestros aficionados al tenis), una Final que coronó (por si a alguien le quedaba alguna duda) a Luis Scola como el monarca absoluto del Torneo. Ya imaginarán que no acostumbro a llevar sombrero pero si lo llevara me lo quitaría una y mil veces por este sujeto que aún no parece haber agotado nuestra capacidad de sorprendernos. Resulta difícil explicar con palabras su semifinal casi infalible, resulta aún más difícil explicar que apenas veinte horas después volviera por sus fueros y uno por uno se fuera zampando con patatas a todos los que se le fueron poniendo por delante, incluido por supuesto su compadre Splitter (comentaron durante la transmisión que a su hijo le puso Tiago, Tiago Scola obviamente en homenaje a su íntimo amigo, un dato que al menos yo desconocía), con amigos así no hacen falta enemigos diría el brasileño. Si a su inmensa calidad y a su habitual intensidad le añadimos el grado de implicación que le da vestir la albiceleste (albiceleste virtual, que ya ni Argentina ni Brasil visten como deben), el resultado de todo ello es que el Luifa (como por allí le dicen) no es ya tanto un jugador como un verdadero monstruo. Nada que ustedes no supieran ya, por otra parte.

Pero no era de Argentina ni de Scola de quien yo quería hablarles hoy (que ese palo ya lo toqué el otro día) sino de Brasil. La Brasil que fue de Monsalve y que hoy es del argentino Rubén Magnano, todo lo cual ha convertido a la (ex) canarinha en un equipo que (por fin) se aplica más o menos en defensa y que ataca como reza su bandera, con orden y progreso. No pudieron contar con sus tresenebeá más afamados, léase Leandrinho Barbosa, Anderson Varejao y Nené Hilario, pero tampoco parece que les echaran de menos en absoluto, es más, puede que hasta haya sido mejor así. En su ausencia emergió como líder indiscutible un Marcelinho Huertas que en su viaje de Vitoria a Barcelona prefirió hacer escala en Mar del Plata, de donde sale como uno de los mejores bases (si no el mejor) de todo el Torneo. A su lado el sempiterno gladiéitor Alex García, el siempre socorrido Guilherme Giovannoni y el siempre impagable Splitter, a los que añádase también como quinto elemento otro viejo conocido, Marcus (aquí más bien Marquinhos) Vinicius, pedazo de competición ha hecho el colega, ya casi no recordaba yo que pudiera jugar a este nivel. Del banquillo emergía el ya muy veterano Marcelinho Machado, que se pasó todo el Torneo sin pena ni gloria hasta que fue a explotar justo cuando más se le necesitaba, cuando soltó su chorro de triples para acabar de crujir a Dominicana en la Semifinal. Y del banquillo emergía también un tipo que ha causado auténtica sensación especialmente a todos aquellos que no le conocían, lo cual no es nuestro caso: don Rafael Hettsheimeir, que no es ya que le haya dado relevos de calidad a Splitter sino que en muchas ocasiones ha acabado siendo aún más importante que éste, hasta el punto de que muchas veces Magnano no encontraba la manera de sentarle para volver a poner al titular. De verdad se lo digo, cuídenmelo en Zaragoza que no saben ustedes bien qué pedazo de joya tienen entre manos.

Algún otro conocido nuestro había también en ese banquillo; en el puesto de base, mismamente. No sé muy bien qué desencuentro hubo entre Magnano y Nezinho, que llevó a éste al ostracismo y provocó que los minutos de descanso de Huertas se los llevara casi todos Rafa Luz (es decirEJACCFEl Jugador Antes Conocido Como Freire). Pues qué quieren que les diga, me gustaría ponerle por las nubes como hice ya en cierta ocasión (en mala hora); demasiadas veces me he arrepentido de haber escrito aquel post, de verdad que me encantaría no tener que arrepentirme pero lo visto en este Torneo no me ha dado razones para ello. Obviamente es muy difícil remplazar (siquiera unos minutos) a Marcelinho pero con todo y con eso no he podido evitar tener la sensación de que aún anda un poco verde para empresas de semejante calibre. Tiempo tiene por delante, a ver qué tal le sienta su paso por Alicante (y disculpen el ripio). Por allí (por Mar del Plata, me refiero) andaban también Augusto Lima y Caio Torres ocupando su lugar en lo más profundo del banquillo; en otros partidos no lo sé, en los cuatro o cinco que pude ver a Brasil su aportación (en su caso) fue más bien irrelevante; nada grave en el caso del primero, aún un yogurín (más bien yogurinho, en este caso) que el día menos pensado explotará aún más si cabe, no lo duden; en el otro ya no estoy tan seguro, que me temo que el amigo Caio ya va teniendo una edad. Y ya está, y poco más que rascar: con su rotación exigua, con su Magnano y con sus peinados mohicanos Brasil está ya en Londres (imposibilidad geográfica); brillantemente además. Y yo bien que me alegro. Me habría alegrado más si no hubieran despachado en su día a Monsalve con el socorrido argumento de que el seleccionador tendría que vivir full time en tierras brasileñas, quizás a sabiendas de que la salud de Moncho no podría permitírselo. Pero me alegro de todos modos, soy así, qué le vamos a hacer.

Puerto Rico y Dominicana (y alguna otra cosilla) aún habrán de quedarse para otra entrega, me temo…

 

III

Si en la primera entrega de esta serie (hace ya siglos) les decía yo que Argentina había vuelto a los clásicos, casi tres cuartos de lo mismo podría decirse de la selección de Puerto Rico. No, no es que hayan recurrido de nuevo a Piculín Ortiz, probablemente no por falta de ganas sino porque no parece que ande ya el hombre para esta clase de historias, que bastante tiene en estos días por cierto. Pero sucede que se les cayó de entrada el plan que tenían previsto para el banquillo, nada menos que Rick Pitino, y en semejante tesitura no dudaron en recurrir a todo un clásico como Flor Meléndez, leyenda donde las haya del baloncesto de ese Continente en general y de ese país en particular. De su mano (y de su empuje, y de su carácter) se presentaron los puertorriqueños en este Torneo con un equipo sólidamente construido desde su juego exterior, desde el puesto de uno más concretamente. Si tienes en tu plantel dos presuntos bases de auténtico lujo como son Carlitos Arroyo y José Juan Barea, ¿qué haces?, ¿cómo distribuyes sus minutos? Pues muy fácil, pones a los dos a la vez en el quinteto titular y santas pascuas, Arroyo más en el papel de director de juego (aún a pesar de su manifiesto egocentrismo), Barea más en el de escolta. Todo perfecto, tanto más si encima cuentas con un tercer base de lujo para dar descanso a cualquiera de los dos, un chaval que me encanta y que no habrá de resultar desconocido a quienes siguieron el pasado año la LEB (sobre todo si lo hicieron desde Santiago de Compostela), Andresito Rodríguez, en apenas unas semanas le tendremos convertido en una de las revelaciones de la Liga ACB digo Endesa, al tiempo. Y por dentro cómo no, Daniel Santiago, más Danielsantiago que nunca: a ratos excelso, a ratos ausente, a ratos metiéndose en pendencias en las que no tendría que haberse metido, a ratos lesionándose y causando baja justo en el peor momento… Ello obligó a hacer un esfuerzo suplementario al discreto Narváez y a otro personaje que por sí solo merecería un capítulo aparte, el ex drafteado por los Knicks (algunos todavía se preguntan por qué) Renaldo Balkman, tan limitado de talento (y eso es decir mucho) como sobrado de todo lo que no es talento, otro al que podríamos englobar en esa categoría de si le tiras el balón a un pozo ten por seguro que se tirará él también al pozo. Añádase al tirador Galindo y más o menos ya tenemos el cuadro completo (hasta donde alcanzo a recordar, que ya han pasado unos cuantos días). Donde no llegó su calidad llegaron las arengas de Meléndez, y entre lo uno y lo otro sólo les faltó aquel triple de Barea sobre la bocina (que no entró de pura casualidad, por cierto) para haberse metido en los Juegos, cargándose de paso al anfitrión. Si juegan como lo han hecho esta vez (y si logran mantener bajo control su natural tendencia a la anarquía), en el preolímpico del próximo año serán tan candidatos como el que más.

Cuentan quienes siguieron el Torneo de las Américas desde el principio (yo no doy para tanto, me temo) que la República Dominicana empezó haciendo el mejor baloncesto de toda la competición. Cuentan que aquel aciago último minuto contra Panamá, aquella escalofriante lesión de Edgar Sosa acabó suponiendo un antes y un después. Nada volvió a ser igual, aunque aún les diera tiempo a poner en serios apuros a Brasil durante la decisiva semifinal, aunque aún rindieran a gran nivel en el intrascendente choque por el tercer y cuarto puesto (cuyo mejor momento sucedió tras sonar la bocina final, por cierto, con puertorriqueños y dominicanos haciendo juntos el corro y bailando sones caribeños en el centro de la pista). Para empezar la baja de Sosa obligó a ejercer de base a un tipo que me fascinó hace años en un partido con la Universidad de Manhattan y que espero que siga fascinándome ahora que va a jugar a seis paradas de metro de mi casa: Luis Flores, más escolta que base, pero que entre él y Eulis Báez (otro que tal) hubieron de comerse el marrón de dirigir al equipo. Un equipo que traía un par de estrellas de mucho postín, el Flaco García (o sea, Francisco García, el ex de Louisville, el de los Kings) y sobre todo Alfredo (siempre le habíamos llamado Al, aunque aquí le pongan el nombre completo) Horford. Y una tercera, aunque éste el postín tiene mucha costumbre de dejárselo en casa y así le va, Charlie Villanueva, saliendo desde el banquillo sin que en ningún momento nos hiciera pensar que se merecía otra cosa, ay si además de clase tuviera algo más de sangre en las venas esta criatura. Pero con todo y con eso el mejor de Dominicana, a la par que Horford (al menos en los partidos que pude verles) fue el ala-pívot Jack Michael Martínez, un sujeto al que no tenía el gusto de conocer (aunque debería porque parece ser que hace diez años anduvo por aquí, en la Complu de LEB-2), que no es un portento físico (andará por los dos metros pelaos) pero que derrocha juego, carácter, muñeca, instinto reboteador y saber estar; todo un líder así dentro como fuera de la cancha, créanme que si tuviera yo un equipo ACB de nivel medio (cosa improbable) y necesitara un jugador para ese puesto me abalanzaría de bruces a por él, tanto más siendo cotonú o como llamen ahora a eso (por lo que he podido investigar la pasada temporada jugó en los Cocodrilos de Caracas nada menos, aunque ya no ha habido güiquipedia ni ninguna otra pedia que me dijera si a día de hoy sigue con contrato en vigor o está libre). Todos ellos jugadores que en su día se formaron en universidades americanas, razón por la cual la Federación Dominicana debió pensar que qué mejor que un entrenador universitario para dirigirlos; y dicho y hecho, y hasta Kentucky que se fueron a por John Calipari, que a su vez se llevó como asistente a Del Harris para no dejar de lado tampoco el plano profesional. No es que el susodicho Calipari acostumbre a ser santo de mi devoción pero habré de reconocer que el resultado de la experiencia ha sido bueno, y que aún habría podido ser mejor de no haber mediado la desgraciada circunstancia ya tantas veces mencionada. Vale aquí también lo dicho para Puerto Rico, si logran mantener este mismo equipo y estas mismas premisas (que aglutinar a tanta estrella no siempre ha sido tarea fácil en aquel país) llegarán al Preolímpico con tantas posibilidades como el que más. Como el que más, repito.

Estos cuatro equipos (Argentina, Brasil, Puerto Rico, Dominicana) estaban a años luz de los demás, ya se lo dije. Pero hacía falta un quinto (es decir, un tercero para mandar al Preolímpico) y ese será Venezuela. la vinotinto de Óscar Torres, de Cubillán, del Pepito Romero, la Venezuela sobre todo y por encima de todos de Greivis Vázquez. Ya alguna que otra vez les he confesado mi debilidad por el hijo de don Gregorio y doña Ivis (Gre-ivis), aunque debilidad no significa ceguera: se ve que aquí tiene licencia para tirar todas las que le caen, así las suyas como las de los demás, lo cual puede ser muy bueno para él pero no necesariamente para el equipo. No, no teman, de Venezuela no voy a decir que en el Preolímpico tendrá tantas posibilidades como el que más, porque no sería cierto y porque ese argumento ya lo he agotado en los dos párrafos anteriores. No serán candidatos… pero sí lo suficientemente buenos como para dar algún que otro sustillo. Avisados quedan.

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Publicado noviembre 3, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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