navarrosistema   Leave a comment

(publicado el 16 de septiembre de 2011)

 

Llevo más de cuatro años escribiendo en este blog (más otros tres en SEDENA antes de llegar aquí) y en todo este tiempo, por increíble que parezca, no recuerdo haberle dedicado jamás un post a Juan Carlos Navarro. Es decir, le habré mencionado un millón de veces, le habré puesto por las nubes doscientasmil, no habré hablado mal de él ni tan siquiera una sola vez, de hecho hasta hubo una ocasión en la que salí en su defensa (como si lo necesitara), aquella noche en la que un mínimo sector de descerebrados de cierto equipo rival le deseó a voz en grito lo peor que se le puede desear a un ser humano (sí, esos mismos que ayer, como tantas otras veces, babearían profusamente cada vez que metía una canasta). Su apellido habrá aparecido en este blog tanto como el que más (si no el que más) pero es bien cierto que jamás ha tenido un post en exclusiva, y ni yo mismo sabría explicar muy bien por qué. Y miren que habré dedicado articulillos a todo dios, incluso a los cantamañanas más insospechados, a valores emergentes que se quedaron a medio emerger o que nunca jamás emergieron como aquel Adam Morrison o como mismamente este Teodosic que cuanto más quiere emerger más se empeña en hundir a los que le rodean. Pero tuvieron su post, como tantos otros, como casi todos los que son o fueron compañeros de La Bomba en esta selección, los gasoles, Calde, Rudy, no digamos ya Ricky, Llull, SanEme, Ibaka, Felipe, Sada, Claver, Suárez, Fran Vázquez, Sergio R… ¿sigo? (no les pongo los enlaces porque entonces no acabaría nunca) Y a Navarro ni un artículo, pero es que ni un mísero post, no se pueden imaginar la vergüenza que me da confesarlo.

Cambio en el Barça, va a debutar Navarro, ahí le tienen, diecisiete años, le llaman La Bomba porque tira muy bien de tres… Aíto se había quedado casi sin bases sanos e hizo lo que tantas otras veces a lo largo de su carrera, tirar de cantera. Aquella tarde me dejó frío, lo reconozco; o quizá las expectativas que nos vendieron fueran desmesuradas, no sé, tanta fama traía de categorías inferiores, tan aparatoso era su apodo que acaso yo me creyera que en su primer segundo sobre la cancha tenía que montarnos ya una obra maestra. Claro que tampoco me había equivocado tanto, de hecho su primera obra maestra llegaría en apenas unos meses, levitando (y haciéndonos levitar) en Lisboa, en una noche de finales de julio de 1999; durante toda la década de los noventa sólo habíamos tenido pasado, en junio de 1999 (Eurobasket de Francia) descubrimos que teníamos presente y apenas un mes más tarde (Mundial Junior de Lisboa) descubrimos que tendríamos también futuro; y qué futuro. Un futuro que se llamaba Raül López, Pau Gasol, Felipe Reyes, Germán Gabriel, Carlos Cabezas, Berni Rodríguez, incluso Antonio Bueno, un futuro que se llamaba también Soule Dramec aunque luego se nos fuera perdiendo, un futuro que se habría llamado también José Manuel Calderón si una inoportuna lesión no le hubiera dejado fuera, un futuro que se llamaba sobre todo, por encima de todos, Juan Carlos Navarro. Los demás me gustaron, mucho, muchísimo, Navarro no; Navarro sencillamente me entusiasmó, se me convirtió en debilidad absoluta, no una de esas que luego se te van curando con el tiempo, no, sino una de esas que las llevas ya puestas para toda la vida.

Toda la vida en el Barça (excepto su año sabático en Memphis), toda la vida en la selección sin faltar ni a una cita, ni a una sola desde que Lolo se lo llevó a Sydney 2000 para que tuviera la oportunidad de conocer Australia, que no para otra cosa. Pero la puerta ya estaba abierta, Imbroda tampoco dudó en llevárselo a Turquía 2001 y justo ahí descubrimos que si en la penúltima década del pasado siglo habíamos vivido de una extraña cosa llamada episistema, en la primera década del presente siglo (y en la segunda también, por lo visto) viviríamos gracias a otra cosa llamada navarrosistema (o bombasistema, si así lo prefieren). De aquel Eurobasket tengo aún grabado en mi cerebro un dramático cruce previo a los cuartos de final, uno de aquellos que Gigantes rebautizó como seisavos de final, contra Israel. Final angustioso, acojonamiento masivo y las bolas que como por arte de magia empezaron a ir todas a parar al mismo sitio, a las mismas manos: un robo por aquí, un contraataque por allá, un triple y otro y otro más y de repente lo que apenas unos minutos antes parecía imposible había sucedido, de repente estábamos en cuartos. ¿Les suena? Probablemente sí, porque esta misma película, cambiando rondas, escenarios, ciudades, circunstancias, se repitió una y mil veces en los años siguientes, de hecho (qué les voy a contar que ustedes no sepan) se sigue repitiendo aún a día de hoy.

Cuántas veces nos habremos planteado qué habría sido de nuestro baloncesto sin Pau, digo yo que tampoco estaría de más que nos planteáramos qué podría haber sido de nuestro baloncesto sin Navarro, cuántas citas nos habríamos perdido, cuántas finales no habríamos disputado, cuántas medallas no habríamos ganado, acaso ni tan siquiera imaginado. ¿Sería hoy Macedonia finalista (y olímpica), luego de derrotar en su semifinal a Eslovenia? Por ejemplo, otro de tantos ejemplos. A Navarro le debe nuestro baloncesto más que a nadie, a Navarro le debía yo también más que a nadie este post, esta sucesión de palabras atropelladas que me han salido del alma (si es que tengo yo de eso), que podrían haberme salido tantas otras veces durante estos últimos trece años pero que finalmente han acabado saliéndome hoy, precisamente hoy. Gracias por tantos buenos ratos, gracias por haber estado siempre ahí, gracias (sobre todo) por seguir estando. No te vayas nunca, Juanqui.

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Publicado noviembre 3, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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