una de terror   Leave a comment

(publicado el 9 de septiembre de 2011)

 

No sólo de Eurobasket vive el aficionado al baloncesto, a veces hay que hacer también otras cosas en la vida, por ejemplo ver partidos del Torneo de las Américas o Preolímpico americano o como lo llamen ahora. No, no teman, a ratos también trabajo, leo, salgo, guiso, limpio, como (demasiado), duermo (poco) e incluso vivo, en general, pero en lo tocante al ocio audiovisual soy bastante selectivo, qué le vamos a hacer. Pues sí, en estos días me he bajado (trabajosamente) de Internet algún que otro partido de dicho torneo, que se está disputando en Mar del Plata y que anda ya en su recta final con cuatro equipos muy por encima del resto, Argentina, Brasil, Puerto Rico y la República Dominicana, que este sábado se habrán de jugar (semifinales a cara de perro, obviamente) las dos plazas olímpicas en disputa. Otro día (si encuentro el momento) les contaré detalles e historias varias de dicho acontecimiento, hoy no, hoy me temo que sólo voy a contarles una película de terror.

Alguna que otra vez a lo largo de estos años les he hablado de Edgar Sosa, base dominicano que jugó en la Universidad de Louisville y por quien siento una especial debilidad. Se me creó en su primer año, le vi por aquel entonces algún que otro partido y recuerdo que me encantó su forma de penetrar a canasta, su plasticidad, su creatividad. Demasiada creatividad, tal vez, demasiado jugón para lo que precisaba su equipo, lo suficiente como para que Pitino le suministrara amplias dosis de banquillo durante las dos temporadas siguientes. Le debieron sentar bien porque en su último año recuperó la titularidad y volvió por sus fueros, el mismo talento pero ya más domesticado, mucho más maduro. No lo suficiente como para que la NBA se fijara en él por lo que debió venirse a Europa como tantos otros a ganarse la vida, el pasado año anduvo por Italia (Biella, si mal no recuerdo) donde firmó unos números más que decentes para un jugador que afronta muy lejos de su tierra su primera experiencia profesional.

Y así llegamos al pasado lunes (aunque yo lo haya visto bastante después), al choque entre Dominicana y Panamá de la ronda de cuartos de final. Ventaja clara de los dominicanos, tanta que fui pasando rápido la segunda mitad hasta llegar al último minuto… y entonces ocurrió: le di al play a falta de cuarentaitantos segundos, Dominicana veinticuatro arriba, justo a tiempo de presenciar una entrada a canasta de Edgar Sosa por el lado izquierdo; Sosa que se desequilibra en el aire, que cae mal, la imagen resulta preocupante (aunque su poca calidad y el plano tan lejano hace que apenas podamos apreciarlo) pero no tanto como el sonido: una sucesión de alaridos angustiosos, desgarradores, escalofriantes, ya sé que son demasiados adjetivos pero de verdad que no exagero un ápice, acompañados además por los gritos del (supongo) médico de su selección, ¡¡¡no le muevan, no le muevan, por dios, no le muevan!!! Aún no nos muestran a Sosa pero poco a poco nos van mostrando a sus compañeros echándose las manos a la cabeza, tipos tan curtidos como Al Horford, Charlie Villanueva, Francisco García, Eulis Báez o Luis Flores dejando escapar sus lágrimas sin ningún pudor ante la escena que tienen delante de sus ojos, el mismo gesto de pavor en el coach Calipari y su asistente Del Harris, sus rivales panameños no menos consternados, tras varios minutos de angustia acude la camilla, aún se escuchan sus gritos, finalmente se lo llevan…

Y es entonces cuando la televisión nos repite la jugada, cuando finalmente nos muestra el primer plano de Edgar Sosa tirado en el suelo. Miren que habré visto lesiones escalofriantes a lo largo de mi vida, tremendos esguinces, pavorosas caídas desde el aro con la cabeza o el cuello o la espalda por delante, el pie al revés del rookie aquel de los Clippers (Shawn Livingston, si no me traiciona la memoria), el tobillo girado de Garbajosa, todo lo que quieran pero no creo recordar nada parecido a esto: Sosa tiene la pierna literalmente partida por la mitad, tronchada hacia abajo en un ángulo de más/menos treinta grados; afortunadamente llevaba medias altas o algún tipo de protección casi hasta la rodilla, de no haber sido así probablemente le habríamos visto el hueso… aunque tampoco puedo asegurar que no se le viera porque apenas le aguanté la mirada una décima de segundo antes de guiñar instintivamente los ojos. Da igual, es de esas imágenes que se te quedan grabadas ya de por vida; difícilmente me la podré sacar de la cabeza.

Al partido aún le quedaban casi cuarenta intrascendentes segundos y había que jugarlos… o no. Panamá simplemente sacó de fondo, los diez jugadores que había sobre la cancha se limitaron a bajar los brazos y dejar morir el encuentro, allí nadie estaba ya para ninguna otra cosa. Y para el final aún nos queda presenciar otra emotiva escena, algo que yo tampoco recuerdo haber visto jamás en mi vida (salvo en algún anuncio televisivo, hace ya unos pocos años): los dos equipos al completo abrazados en el centro de la cancha, los veintitrés jugadores haciendo el corro juntos, rezando por la recuperación de su compañero, siguiendo sentidamente la oración que predicaba el ala-pívot dominicano Jack Michael Martínez. Yo no soy de rezar sino más bien de desear, desear a la medicina, al destino o a quien corresponda que hagan lo que esté en su mano para que esa tibia y ese peroné suelden perfectamente, no ya para que vuelva a jugar al baloncesto que eso a día de hoy carece por completo de importancia, sí al menos para para que vuelva a andar sin secuelas de ninguna clase, para que pueda hacer una vida plenamente normal. Fuerza Edgar, ojalá que pronto te veamos de nuevo por aquí.

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Publicado noviembre 3, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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