Archivo para noviembre 4, 2012

el psicópata   Leave a comment

(publicado el 26 de abril de 2012)

 

Les interesará saber (por aquello de que el saber no ocupa lugar y además, en este caso concreto, es gratis) que el diccionario de nuestra Real Academia Española de la Lengua define psicópata como persona que padece psicopatía (no, ahí no se esforzaron mucho), y define psicopatía como anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece. No es que yo se lo cuente para que se vayan esta noche a la cama sabiendo una cosa más (aunque si así fuera lo doy por bien empleado) sino porque me resulta imprescindible para ilustrar lo que viene a continuación. Es decir, ya que voy a llamar a alguien psicópata(tampoco es que sea la primera vez que se lo llamo) no estará de más que previamente lo justifique para que no se entienda como un insulto sino como un hecho objetivo, dado que se trata de alguien que mantiene la integridad de sus funciones perceptivas y mentales (si así no fuera difícilmente podría desempeñar su actividad profesional) pero que tiene patológicamente alterada su conducta social. Que le cuesta discernir entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo que la sociedad permite y lo que no consiente de ninguna manera. La mayoría de nosotros vamos por la vida sabiendo (o creyendo saber) que existe una (más o menos delgada) línea roja que no debemos traspasar, no tanto porque la ley lo prohiba como porque nos lo prohibe nuestra conciencia, nuestro sentido común (o lo que quede de él). En cambio otros seres (presuntamente) humanos no acaban de tener del todo clara esa separación.

Acaso ya habrán imaginado que me estoy refiriendo (una vez más) a El Jugador Antes Conocido Como Ron ArtestEJACCRA si lo pusiéramos en siglas. No, no teman, no les voy a poner la cabeza mala con todas aquellas barrabasadas de sus años de Indiana, aquellos tiempos en los que nos sentábamos a ver los partidos de los Pacers esperando a ver la que lía hoy este tío. Vale, sí, todos recordamos la más gorda, aquella monstruosa bronca de Detroit, aquel subirse fuera de sí a las gradas a aporrear a cuantos aficionados le fueron saliendo por el camino (mal estuvo que uno de ellos le tirara antes un vaso… lo cual muy probablemente tampoco habría sucedido de no haberse acostado él previamente sobre la mesa de anotadores tras su roce con Ben Wallace), pero hubo muchas más, sin ir más lejos yo recuerdo especialmente una de tantas, aquel Pacers-Celtics en el que logró convertirse en el expulsado más precoz de la historia: salto inicial, balón para los Celtics, la bola llegó a Pierce, éste se dispuso a dejar una sencilla bandeja que bien habría podido taponarse o impedirse acaso con una simple falta y en éstas que el amigo Artest, renunciando por completo al balón, le soltó un impresionante hachazo al cuello que por poco le mata. No fue una acción defensiva sino una salvaje agresión en toda regla, que le supuso su descalificación inmediata cuando apenas se llevaban diez o quince segundos de partido. Pudimos pensar entonces que acaso tuviera cuentas pendientes con Paul Pierce; hoy más bien creo que no, que se lo soltó como se lo podría haber soltado a cualquier otro simplemente porque pasaba por allí, porque era quien iba a meter la canasta. Fue la acción típica de un sujeto incapaz de medir las consecuencias de sus actos, incapaz de apreciar la diferencia entre una falta normal y un linchamiento, incapaz de distinguir un comportamiento aceptado socialmente de otro que no lo sea en absoluto.

Fue una de tantas, el pan de cada día en aquellos tiempos hasta el punto de que Antoni Daimiel fundó el club anti-Artest, club meramente virtual al que nos apuntamos muchos, igualmente de manera virtual. Y sin embargo el sujeto en cuestión tenía sus adeptos, muchos más de los que por aquí hubiéramos podido imaginar. Había sido ídolo en St. John’s, la universidad neoyorquina por antonomasia (en unos años particularmente oscuros de los Red Storm), lo cual le granjeó una simpatía y admiración sin límites por parte de la prensa de aquella ciudad y, por extensión, de un amplio sector de la afición susceptible de verse influenciado por dicha prensa. En aquellos tiempos (por ejemplo) era casi imposible encontrar un número de Slam en el que no le dedicaran un artículo, un breve, un suelto, lo que fuera, a menudo preguntándose por qué no le habrían escogido los Knicks en lugar de a (por ejemplo) Frederic Weis (que vale, tampoco es que fuera una elección muy afortunada que digamos). Artest se estaba ganando ya en la Liga una desmedida fama de extraordinario defensor, cosa más que discutible porque a mí particularmente su defensa siempre me pareció mucho más efectista que efectiva. Pero ellos ponderaban sus virtudes y minimizaban sus defectos, sus evidentes carencias de fundamentos que se apreciaban (aún hoy se aprecian) simplemente viéndole botar el balón, o su tiro sospechoso que se sumaba además a una ausencia total de criterio a la hora de decidir cuándo y cómo tirar, pudiendo apedrear el aro (o el tablero, o el rostro de un espectador de la tercera fila) hasta quince o veinte veces con total impunidad sin que le importara lo más mínimo que su técnico o sus compañeros le pusieran mala cara, tanto le daba, él seguía tirando. A veces las metía, claro, a veces pillaba rachas tan asombrosas como incomprensibles, y fueron esas rachas esporádicas, junto con su fama de (presunto) buen defensor y su aureola de rebeldía (que no era tal, sino meros problemas conductuales), las que le convirtieron en referencia para un sector muy concreto que jamás paró de lamentarse por no tenerle en su equipo y por que no se le otorgara la consideración de estrella que (según ellos) merecía.

La bronca del Palace de Auburn Hills evidentemente marcó un antes y un después. Dentro de lo deplorable que fue todo aquello aún hubo unos cuantos que, si no respaldaron, sí comprendieron y hasta justificaron su comportamiento, y denostaron a la NBA por la enorme sanción impuesta, y hasta montaron campañas e imprimieron camisetas con el lema liberad a Artest. De algo sirvió, sin embargo. El Artest que volvió de la sanción no diré que era un hombre nuevo pero sí que parecía algo más equilibrado, algo más reinsertado en la sociedad. Luego fichó por los Lakers y nos calló la boca a todos aquellos que pensamos que sería contraproducente, que sería como meter una caja de bombas en ese vestuario. Aportó (a su peculiar e inimitable manera, pero aportó), ganó un anillo, se lo dedicó a sus psicólogos, parecía haber vencido por fin a su enemigo interior. Uno en su fuero interno (sí, creo que tengo de eso) siempre creyó que además de sus psicólogos (que sospecho que se llevarían una pasta, dado que el caso lo merecía) algo tendría que ver también un afamado domador de fieras llamado Phil Jackson, ese mismo que década y pico antes había conseguido sacar de un espíritu libre y salvaje como Dennis Rodman mucho más rendimiento del que cualquiera hubiera podido imaginar. No es que Rodman y Artest se parezcan en nada, se trata de caracteres e inteligencias muy diferentes pero de alguna manera ambos son chicos malos, chicos a los que hay que saber llevar. Jackson, maestro del palo y zanahoria (y de otras muchas cosas), consiguió exprimir su talento mucho más de lo que otro cualquiera hubiera podido lograr.

Pero llegó el verano de 2011 y empezaron a pasar cosas, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Phil Jackson se retiró a su rancho de Montana (supongo) y en su lugar llegó todo lo contrario, es decir Mike Brown; que probablemente sea un gran entrenador y un tipo de personalidad arrolladora y arrebatadora, no digo yo que no, pero que así de lejos transmite la sensación de tener menos sustancia que mi cuñado el pescadero (que ya es decir, se lo aseguro). ¿Será casualidad que bajo sus (presuntas) órdenes el amigo Artest haya vuelto a las andadas? Claro que el amigo Artest ya no se llama Artest (aunque se parezca bastante al que así se llamaba), se llama Metta World Peace (no será nunca MVP pero al menos es MWP), algo que en su momento nos pudo parecer (aparte de otra excentricidad más del colega) quizá la consecuencia de haber alcanzado por fin la paz interior y querer transmitir esa paz al resto del planeta; algo que hoy nos parece una broma pesada, y de muy mal gusto además. No hará falta que se lo cuente, los juegos de palabras con el dichoso nombrecito están a la orden del día, de Metta World War a Metta War Please por citar sólo los dos primeros que se me vienen a la cabeza, los hay a cientos. Lo de la paz en el mundo es bastante discutible pero eso sí, lo de Metta lo lleva a rajatabla, véase la que le mette el pasado domingo a Harden para más información.

La que le mete a Harden no es ya ni la primera ni la segunda que hace este año, sí la peor, por supuesto. Dijo que fue sin querer y yo le creo, fue sin querer matarle, le bastaba con herirle de gravedad. Una vez más la manifiesta irresponsabilidad, una vez más la manifiesta incapacidad de distinguir entre lo socialmente aceptado y lo que no. Clava un mate y le sobreviene tal subidón de adrenalina que tiene que soltarlo de manera indiscriminada, llevarse por delante todo lo que pille así esto sea una canasta, una farola, un perro o un ser humano, tanto da. Con el puño derecho se golpea el pecho con todas sus fuerzas, con el codo izquierdo casi revienta con todas sus fuerzas el tímpano de Harden. Con todas sus fuerzas, tanta fuerza le quiere dar que el movimiento de partida es llevarse el codo izquierdo todo lo posible hacia su costado derecho para que el recorrido sea más largo, para tomar impulso desde más lejos, para que el impacto sea aún mayor. Y porque sí, porque el otro simplemente pasaba por allí, una vez más, porque para él ambas acciones son lo mismo, los golpes de pecho con la derecha, el zurriagazo a Harden con la izquierda, todo lo mismo, todo una mera válvula de escape para esa sobreexcitación que le ha sobrevenido y que de algún modo se la tiene que sacar…

Claro, sí, luego al día siguiente pidió perdón, lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir (¿o ése fue otro?), lo cual no le ha evitado que le cascaran siete partidos de suspensión (que hasta me parecen pocos) que le harán perderse casi toda la primera ronda de playoffs. Y estará por ver que haya una segunda, y si la hay (como parece probable) estará por ver cómo se comporta de ahora en adelante este sujeto. La intensidad que se gastan en los playoffs NBA es como diez veces superior a la de la temporada regular (aunque precisamente ese Lakers-Thunder resultó bastante intenso), miedo me da este tío con su adrenalina desbocada en situaciones de exigencia extrema, de máxima tensión. Creímos que había madurado, pensamos que era otro hombre, supusimos que toda aquella psicopatía había quedado definitivamente atrás pero hoy sabemos que no, hoy sabemos que bajo ese monísimo envoltorio llamado Metta World Peace se escondía aún el único, el incomparable, el (afortunadamente) inimitable Ron Artest. Que no nos pase nada.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

chocotajas   2 comments

(publicado el 19 de abril de 2012)

 

Aunque me dé vergüenza, habré de empezar reconociéndoles mi absoluta ignorancia. Ya sé que no está de moda reconocer ignorancias, que lo suyo es aparentar que se sabe de todo aunque no se sepa casi de nada pero qué quieren, lo mío es la vulgaridad. Lo confieso, después de tantos años todavía no he conseguido entender cómo demonios se reparten las plazas ACB en la Euroliga, será que soy corto de entendederas. Es decir, sé que hay una serie de equipos que llevan ya de serie su participación año tras año por los derechos adquiridos desde tiempo inmemorial, hasta ahí llego, al igual que sé que hay otros que se lo tienen que intentar ganar temporada tras temporada y ni aún así lo tienen seguro. Ahora bien, cuáles son los criterios, cómo se puntúan, cuánto duran, desde cuándo se arrastran esos derechos de los equipos que llamamos decategoría A, todo eso lamentablemente se me escapa, será que soy de letras o que soy torpe, sin más. Sé muy bien que si usted hiciera una encuesta en cualquier pabellón acebé el noventa y nueve coma nueve por ciento de los mortales allí ubicados le respondería con pelos y señales, cójase el número total de victorias de los equis últimos años y añádase el coeficiente de participaciones en la Euroliga sumado a la raíz cuadrada del coseno de alfa multiplicado por pi y elevado al cubo, no me cabe la menor duda. Pero a mí no me sale, será que no doy más de sí.

Claro que en estas circunstancias también reconforta saber (mal de muchos…) que ni siquiera los propios protagonistas de la historia acaban de tenerlo del todo claro. Hace unos días el jefe supremo de la competición, don Jordi Bertomeu, afirmó que si Unicaja quedara por detrás del noveno puesto perdería de inmediato sus derechos adquiridos en la Euroliga y dejaría de ser equipo A (qué bonito, equipo A), a lo que Unicaja raudo y veloz contestó que no, que de eso nada, que se lo mire bien, que la parte contratante de la primera parte no afecta a la segunda parte contratante de la primera parte contratante, la cual a su vez dejaría sin efecto la tercera parte contratante de la segunda parte… O algo así. No sé cómo quedará Unicaja (buena pinta no tiene) pero a día de hoy está undécimo, nada menos; como acabe así (o mismamente décimo, ya puestos) témome que tendremos lío. Al tiempo.

Y justo en éstas estábamos cuando don Fotis Katsikaris, ingenuo como es de natural, tuvo la insospechada ocurrencia de decir lo que pensaba, ya ve usted, como si aún se pudiera decir lo que se piensa en estos tiempos que corren. Pues que si los del Valencia Basket ganan la Eurocup (¿se seguirá llamando así?) los del Bilbao Basket ya podemos dar por acabada nuestra temporada, más o menos. Parecía fácil de entender para cualquiera que quisiera entenderlo, pues que si Valencia entra en la Euroliga por esa vía ya no quedarán más vías para que entre otro, vamos que es que ni aún ganando la ACB siquiera, esa podría haber sido la traducción en el supuesto de que sus palabras hubieran necesitado traducción. Pero es bien sabido que las sensibilidades están a flor de piel, a algunos valencianos ese socorrido gen de la susceptibilidad se les activó de inmediato, hay que ver, nosotros que le acogimos en nuestro seno, nosotros que le quisimos como a un hijo (y luego le repudiamos como a un mal hijo, también) y ahora quiere que perdamos, ¡¡¡que perdamos!!! cómo es posible tanta maldad, en qué cabeza cabe tamaña aberración… Valencia perdió, no porque quisiera Fotis sino porque no les quedó más remedio, deberían ya volver las aguas a su cauce (tanto más tras haberlo explicado el susodicho por activa y por pasiva, una y otra vez) pero hete aquí que el calendario es caprichoso (o tocapelotas, según) y este domingo se enfrentarán Valencia y Bilbao en la Fonteta, también es casualidad, no descarten que aún quede por allí algún ultramontano pensando en tirar a Katsikaris al pilón o en su defecto al Turia o al Mediterráneo o a l’Oceanografic, lo primero que pillen. Todo lo cual nos lo podríamos haber ahorrado muy fácilmente si las cosas fueran de cualquier otra manera.

Qué quieren que les diga, yo creo que la Euroliga debería decidir si quiere ser carne o pescado (por ejemplo). Es decir, u optas de una vez por todas por una liga a la americana, cerrada, los dieciséis (o los que fueran) equipos más potentes del continente cogidos de la manita, jugando consigo mismos un año sí y otro también (y el resto que se busquen la vida como buenamente puedan para participar en las restantes competiciones continentales, llámense éstas como se llamen); u optas por volver a una liga a la europea, abierta, en la que el único criterio para participar en las competiciones internacionales fuera el de los méritos contraídos el año anterior en las competiciones nacionales, como sucedía antaño en todas las copas de Europa de toda la vida de dios. O una cosa o la otra pero no este querer ser una cosa sin dejar de ser la otra. Tú lo quieres eschocotajas, me decía mi padre siendo niño (siendo niño yo, no mi padre) cuando me daba a escoger entre dos cosas y yo me empeñaba en que quería las dos. Chocotajas, en su particular idioma, debía de ser lo que toda la vida se ha dicho estar al plato y a las tajadas, que es como parece estar la Euroliga desde hace ya unos cuantos años con esta especie de híbrido que no acaba de ser ni chicha ni limoná (discúlpeseme el arrebato folclórico) y que queriendo contentar a todos acaba por no contentar absolutamente a nadie. O cierras o abres, pero esto de casi cerrar sin acabar de cerrar dejando la puerta entornada, si acaso con una pequeña rendija por la que tal vez pueda caber alguno más (pero sólo uno, dos ya no que dos son multitud, tanto da que ambos dos se lo merezcan por igual) pues como que no acaba de tener sentido. O acaso sí lo tenga pero lamentablemente yo no se lo encuentro, qué le vamos a hacer.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

orgullo y satisfacción   Leave a comment

(publicado el 17 de abril de 2012)

 

Reconozcámoslo, resulta difícil no caer en la tentación, resulta difícil no establecer (odiosas) comparaciones entre este Torneo de Mannheim y aquel otro de catorce años atrás, aquella otra selección que no contenta con ganar allí ganó también pocos meses más tarde el Europeo de la categoría en Varna, que aún no contenta tampoco con ganar allí ganó también al año siguiente aquel histórico Mundial Júnior de Lisboa. Cómo no recordar cómo vivimos aquella semifinal y aquella final, en mi caso muy malamente en aquel apartamento playero, aquel minúsculo e infame televisor casi en el techo, rebosante de interferencias y hasta en blanco y negro todavía, casi tan malamente como he visto esta otra semifinal y esta otra final gracias a uno de esos inventos del demonio, esa extraña cosa llamada estrimin (o sea, streaming) que consiste en que vas a parar a una web en la que crees que te ponen el partido cuando en realidad te ponen de los nervios, la imagen oscilando y vibrando así el viernes como el sábado cual si el operador de cámara padeciera un parkinson en fase terminal, o al menos así era en mi ordenador, no me pregunten ustedes por qué. Me dejé los ojos hace trece años mirando hacia Lisboa, me los volví a dejar hace tres días mirando hacia Mannheim, entonces y ahora lo di por muy bien empleado (mi oftalmólogo no sería de la misma opinión), entonces y ahora tuve la maravillosa sensación de estar asistiendo a algo muy especial, casi mágico, irrepetible por más que podamos tener la sensación de que se haya repetido apenas trece años después…

Sí, resulta muy difícil no caer en la tentación, no caer en los evidentes pararelismos entre aquella generación de Lisboa y esta otra de Mannheim, sólo de Mannheim por ahora, también tendrán su Europeo en pocos meses (si es que la FEB encuentra quien les entrene), su Mundial en año y pico, que los ganen o no ya será otro cantar. Generaciones paralelas si así lo quieren, pero dos líneas paralelas no tienen por qué tener la misma longitud. Lo peor que les puede pasar es que les midamos por el rasero de aquellos otros como si ya estuvieran obligados (condenados, más bien) a repetir su historia. No, estos chavales tendrán que tener su propia historia, de hecho algunos ya empezaron a escribirla hace un verano, ya tuvieron su oro europeo nueve meses antes de este otro oro de Mannheim, quizá no les recuerden, eran los compañeros más o menos anónimos de Alex Abrines, Jaime Fernández, Dani Díez o Jorge Sanz, aunque no lo parezca por allí andaban también los Willy Hernangómez o Josep Pérez, los aún sub17 de aquella selección sub18. Hernangómez que es talento en estado puro por dentro, Pérez que es talento en estado puro por fuera, se nos cae la baba viéndolos como se nos cae con el derroche de clase de Albert Homs (qué tercer cuarto se marcó en la Final la criatura), con las infinitas posibilidades que te proporciona Javi Marín (todo un descubrimiento), con el inmenso despliegue físico y técnico de Juan Sebas Saiz, con el derroche de facultades de Edgar Vicedo (cuántas veces vi jugar a su padre en aquella ya lejana selección de voleibol), con el insospechado saber estar de Alberto Díaz o (cómo no) con ese pedazo de diamante aún sin pulir, ese árbol tierno de interminables ramas llamado Ilimane Diop. Se nos cae la baba o bien, si prefieren que lo exprese un poco más elegantemente (a la manera de aquél que se complace en matar elefantes con cargo al erario público), casi mejor les diré que nos llenan de orgullo y satisfacción: orgullo por lo que son, satisfacción por lo que son y por lo que (pensamos que) serán. Éstos, los que ya pasaron del 93, los que aún nos quedan del 95, tres quintas portentosas, toda una impagable generación. Saboreémosla, disfrutémosla con calma, no les pidamos aún la luna sobre todo si queremos que algún día nos la traigan. No estemos cada lunes y cada martes llamándoles los nuevos júniors de oro, no les metamos más presión de la que necesitan (la necesitarán en todo caso sus clubes o sus técnicos pero no ellos, no todavía), no nos pasemos con las eternas comparaciones con gasoles navarros no vaya a ser que al final la acabemos de cagar. Dejémosles que crezcan, nada más (y nada menos) que eso, todo lo demás vendrá ya por añadidura.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

chocolate & churros   Leave a comment

(publicado el 13 de abril de 2012)

 

No les descubro nada nuevo si les cuento que los jugadores americanos (los de USA, me refiero) por lo general se dividen en dos grupos, los que se integran y los que no, siendo éstos últimos la inmensa mayoría por desgracia. No es que sea tampoco una cosa exclusiva del personal yanqui, no nos engañemos, por aquí también hemos tenido a algún virtuoso futbolista que se marchó a Londres cobrando un pastizal y apenas un par de semanas después ya estaba pidiendo a grito pelado volverse a su Sevilla del alma. Pero sí es bien cierto que en los norteamericanos se acentúa más esa tendencia, como si para ellos el mundo se restringiera a su territorio y al otro lado de sus fronteras ya empezara el tercer mundo (o aún peor, el fin del mundo, como dijo aquél refiriéndose a Huesca). Llegan, se encierran en su burbuja, sólo salen para ir a jugar o entrenar (y porque no les queda más remedio) y sólo se relacionan con sus allegados (si los hubiere) y sus pantallas de videoconsola y/o ordenador. Hay excepciones claro está, los Arlauckas, Pinone, Middleton, tantos otros que están en la mente de todos pero reconozcamos que no suelen ser moneda frecuente, razón por la cual cuando de repente descubrimos a un americano (de USA) plenamente integrado en nuestras costumbres tras apenas unos meses por aquí, pues como que se nos empañan las lágrimas de la misma emoción…

Viene todo este rollo a cuento de algo que ayer mismo tuiteó (escalofriante verbo) Kyle Singler2 of my new favorite things, chocolate & churros! Y para que no quedaran dudas adjuntaba la típica foto, tipo chocolatería Valor o similar, mesitas de mármol, un par de tazones bien espesos, churros alargados, azucarero, servilletero y otra cámara para inmortalizar el momento (sí, despertó mis jugos gástricos y aún ahora lo sigue haciendo, a qué negarlo). Vale, pensarán que todo esto no pasa de ser una mera anécdota episódica, como esos otros tuits anteriores en los que comentaba lo que había disfrutado viendo ganar a su Madrid contra el Atleti o ponderaba las virtudes futbolísticas de Cristiano Ronaldo por encima incluso de las de Messi (cuestión de gustos, me temo); detalles sin importancia si así lo quieren, pero que no solemos encontrarlos en tantos otros paisanos suyos que simplemente pasan por aquí. Él no sólo pasa por aquí, él está aquívive aquí, se esfuerza por adaptarse a las costumbres de aquí (y en algún caso hasta las disfruta, véase la muestra). Nada que no supusiéramos conociendo su pasado, nada que no imagináramos viniendo de Duke. Pero pequeños detalles como éstos no hacen sino confirmárnoslo, y está muy bien que así sea.

Anda raro el madridismo con Singler, como no acabando de saber si es lo que necesitan o no, si quieren que se quede o no. Digamos que por un lado está el sector que considera que un americano por el mero hecho de serlo tiene que meter veintitantos puntos y clavar seis o siete triples por partido, otra cosa sería tirar el dinero; y por otro lado está otro sector, más iniciado como si dijéramos, que es capaz de valorar a un jugador sin atender necesariamente a su partida de nacimiento ni a su estadística de anotación. Se ve que algunos pensaron que como Singler era poco menos que el go to guy en Alicante (o en Duke) pues igualmente habría de serlo en el Madrid, sin reparar en el pequeño detalle de que son niveles distintos, plantillas distintas, realidades completamente distintas; la misma disyuntiva entre el Singler solista y el Singler corista que tan magníficamente explicaban el otro día en la web de Piratas del Basket. No es fácil encontrar un jugador que pueda adaptarse igualmente bien a ambos papeles, no es fácil que un jugador acostumbrado a ser coristapueda ejercer de solista si no tiene la calidad para ello, pero no menos difícil es que un jugador acostumbrado a ser solista logre aparcar su ego y aceptar el papel de corista sin que su vanidad se resienta. Singler lo ha hecho sin despeinarse: ha asumido su pérdida de minutos, ha asumido su merma de protagonismo, no han disminuido un ápice sus aportaciones y su calidad, se ha convertido de la noche a la mañana en un jugador de equipo (que en realidad siempre lo fue, aunque fuera también el jugador alrededor del cual giraba el equipo; ahora ya no). Un jugador de equipo, nada más y nada menos, todo un lujo en estos tiempos que corren, tanto da que haya nacido en Cuenca o en Oregon. Y plenamente integrado en la vida madrileña, además. El Madrid sabrá lo que hace pero vamos, que yo que ellos me abalanzaría a hacerle una oferta de renovación no vaya a ser que el día menos pensado llame otra vez el tío Dumars desde Detroit y se queden a verlas venir. Por lo que pueda pasar.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

posterizaciones   Leave a comment

(publicado el 5 de abril de 2012)

Lo que me asombra no es el hecho de que Blake Griffin haya machacado (posterizado, decimos ahora) dos veces sobre Pau, llevamos ya demasiado tiempo conociendo a Griffin y (sobre todo) a Pau como para que eso me pueda asombrar a estas alturas. Lo que me asombra tampoco es que con estos mates hayan vuelto (si es que alguna vez se fueron) todas esas cantinelas sobre su (supuesta) blandura: que si Griffin le destruyó por completo, que si Gasoft (y vuelta la burra al trigo), que si Pau es más blando que un cesto de muñecas pintadas con carmín… por citar sólo algunas lindezas al respecto. Lo que me asombra ni siquiera es que ambos mates (posterizaciones) vinieran precedidos de sendas faltas en ataque (descomunal la primera, acaso discutible la segunda), que a ver si me voy a enterar yo ahora a estas alturas de que en la NBA la aplicación del reglamento está directamente supeditada al espectáculo, que en habiendo highlights no existen pasos ni cargas ni dobles ni goaltendings, existen sólo tragadas de pito no vayamos a estropear el vídeo, faltaría más…

No, lo que verdaderamente me asombra es que aunque usted no lo crea, aunque le parezca absolutamente inverosímil tras haber oído y leído todo lo dicho y escrito a lo largo del día de hoy, los Lakers ganaron el partido. Sí, de verdad, 113-108, lo cual al parecer carece por completo de importancia. Qué quieren que les diga, si mi Estu palma ante el Madrid (cosa frecuente) a mí se me da una higa que Germán Gabriel (cosa improbable) machaque dos veces sobre Tomic (cosa probable). O poco me consolaría de la reciente derrota de Syracuse en su final regional el que Kris Joseph hubiera machacado dos veces sobre Sullinger, un suponer. En mi cultura deportiva una victoria es una victoria, punto. Y una derrota es una derrota, punto. En cambio en USA (versión NBA) manejan una cultura deportiva 2.0, al parecer: no cuentan las victorias ni aún menos las derrotas, cuentan las humillaciones, las posterizaciones. Y así hoy los aficionados de los Clippers (que perdieron) sacan pecho ante sus vecinos por esos dos mates; y así hoy los aficionados (tanto más cuanto más ultramontanos) de los Lakers (que ganaron) darían cualquier cosa por poder linchar al segundo mejor jugador de su equipo en la plaza del pueblo (si la hubiere). ¿El resultado final? Pero vamos a ver, si la temporada regular tiene 66 partidos (y eso ésta, que lo normal son 82), ¿a quién demonios le va a importar a estas alturas el resultado final? No sé, será que el gripazo que arrastro durante toda esta semana no me permite ya pensar con claridad; o será acaso lo de tantas otras veces, que me estaré haciendo (demasiado) mayor.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

LO MÍO CON CALIPARI   1 comment

(publicado el 2 de abril de 2012)

Habré de confesárselo, lo mío con Calipari viene de antiguo, viene casi de mediados de los noventa, tiempos aquellos en los que el susodicho dirigía (y muy bien por cierto) a una Universidad de Massachusetts iluminada por sujetos tan incomparables como Marcus Camby y Lou Roe o como aquella peculiar pareja de puertorriqueños exteriores, Edgar Padilla y Carmelo Travieso. En aquel entonces era relativamente frecuente que cada verano aterrizase por estos pagos alguna selección hecha literalmente de retales universitarios: jugadores que descollaban pero aún no eran (o nunca serían) grandes estrellas, jugadores que habían acabado su carrera pero no habían sido escogidos en el draft y buscaban lucirse en Europa a ver si alguien se apiadaba de ellos y les ofrecía un contrato… Aquellas selecciones por lo general se ponían de apellido All Stars que siempre fue muy socorrido, se ponían de nombre a alguna afamada multinacional tabaquera (sí, entonces se podía), se reunían en torno a algún afamado entrenador y hale, a tirar, a hacer bolos veraniegos contra equipos nuestros en pretemporada o aún mejor, contra nuestra mismísima selección en plena fase de preparación. Así sucedió con éste que nos ocupa: no recuerdo exactamente qué año era, no recuerdo en qué ciudad se disputó, sólo recuerdo que aquella aciaga tarde de verano nuestra selección, en plena preparación para a saber qué Eurobasket o Mundobasket, se fue a enfrentar con uno de estos Malporro (o lo que fuera)All Stars. Y que obviamente John Calipari era su entrenador.

No, para semejantes eventos la Federación no solía complicarse mucho la vida: escogía a una pareja de árbitros de la localidad en la que se disputaba el partido, y de (en el mejor de los casos) la segunda categoría del baloncesto nacional (probablemente EBA, la LEB no se habría inventado todavía), y les decía hala chicos, a pitar, como si aquello fuera un premio cuando en realidad era todo un castigo, para ellos y para todos los demás. Nerviosos, perdidos cual alambre del pan de molde, desbordados cual caracol en gasolinera, desconcertados ante un atleticismo y una calidad a las que no estaban en absoluto acostumbrados, absolutamente superados por la situación. Aquello muy pronto degeneró en un puro caos, aceptado con resignación por Lolo Sainz, no así por un Calipari que pasó del estupor a la irritación, de la irritación al cabreo, del cabreo a la ira y de la ira directamente a la paranoia. En un momento dado, más o menos hacia comienzos de la segunda mitad, Calipari llamó a sus jugadores y les dijo que se iban. Tal cual. Ni que decir tiene que se lió la mundial: discusiones, manotazos, dirigentes federativos bajando al centro de la pista para convencer al coach, conversaciones al más alto nivel. Supongo que al final le hicieron ver que no podía marcharse, que estaría incumpliendo un compromiso establecido de antemano por contrato, que menudo bochorno dejar así un partido ante la selección del país anfitrión, televisado para toda la nación además…

Finalmente el encuentro se reanudó tras quince o veinte minutos pero ya nada fue igual (si es que alguna vez lo había sido): ya sólo cabía esperar que aquello acabara como fuera, cuanto antes, ya los americanos (de USA) sólo se comportaron como si fueran uno de esos comandos de sus películas, como si estuvieran absolutamente rodeados por fuego enemigo, como si aquello fuera el Vietcong. No recuerdo apenas qué jugadores integraban aquel equipo pero sí recuerdo puntualmente a uno al que le dio un espectacular ataque de nervios arremetiendo de improviso contra todo y contra todos, si le hubieran puesto en la mano una ametralladora no sé yo si alguien habría salido vivo de allí. Aquel sujeto se llamaba (se seguirá llamando) Lawrence Funderburke y más tarde hizo (más o menos) carrera como suplente de Webber en unos inimitables Kings de Sacramento. No recuerdo a los demás, sí recuerdo muy bien (demasiado bien) a Calipari: esos modales fascistoides, esa insultante prepotencia, esa insoportable actitud de aquí yo soy el puto amo y ustedes están a mi servicio se me quedó grabada ya para toda la vida.

El resto más o menos se lo saben: Calipari se fue a la NBA, pasó con más pena que gloria por Nets (como entrenador-jefe) y Sixers (como asistente de Larry Brown), volvió finalmente a la NCAA para hacerse cargo de la Universidad de Memphis… pero de alguna manera se llevó la NBA con él. Aquellos Tigers de Memphis o estos Wildcats de Kentucky parecen enteramente equipos de NBA infiltrados en NCAA, parecen casi siempre hombres contra niños… dándose además la paradoja de que aquellos que parecen hombres son en realidad más niños que aquellos que parecen niños. Claro que nunca sabremos qué fue antes, si el huevo o la gallina: si son los jugadores los que pierden el culo por pasar un año con Calipari porque es el que mejor les prepara para la NBA, o si es Calipari el que centra su método en preparar (sobre todo) para la NBA porque así se asegura el llevarse a los más fuertes, siquiera sea por un año. Sea por lo que fuere, en apenas unas horas (si no lo han hecho ya) Davis, Kidd-Gilchrist, Teague y Terrence Jones anunciarán que se apuntan al draft y que contratan agente para evitarse así la tentación de arrepentirse; y en apenas ocho días dos de las más rutilantes (e indecisas) criaturas salidas este año del High School, Shabazz Muhammad y Nerlens Noel, anunciarán en programa televisado a toda la nación (The Decision, another time) que el próximo curso se llevarán todo su talento a… saberlo a ciencia cierta sólo lo saben ellos pero sí, tiene toda la pinta de que será a Kentucky, precisamente a Kentucky; y por supuesto, en apenas unos meses compareceré una vez más ante ustedes, como en 2010 ó en 2011 o en esta misma temporada, para repetirles una vez más la tradicional retahila de que el equipo se refunda año tras año, de que no me gusta el modelo, de que no hay compromiso…

Vale, sí, esta vez habré de reconocerlo, éstos de ahora han demostrado con creces que ellos sí tenían compromiso, infinitamente más compromiso que (por ejemplo) aquellos Wall o Cousins de la vida. Por eso tienen su título, por eso Calipari tiene ya también su título (algunos dicen por ahí que ya tiene su anillo; suena bien, lo reconozco, pero no me consta que se repartan anillos en NCAA). Lo tiene aunque a mí no me guste, aunque en mi fuero interno hubiera preferido que lo ganara cualquier otro; lo tiene aunque no sea bueno para el baloncesto, o al menos para este baloncesto, o al menos para lo que yo entiendo por baloncesto. Cosas mías, ya lo sé, cosas de mi amor imposible por John Calipari, que parece no tener fin…

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

Calipari vs Self   Leave a comment

(publicado el 1 de abril de 2012)

 

Hace cuatro años (éramos más jóvenes), más o menos tal semana como ésta pero del año 2008, John Calipari y Bill Self se enfrentaron en la final de la NCAA. Calipari, al mando de aquellos Tigers de Memphis capitaneados por un imberbe freshman adicto a las chuches llamado Derrick Rose, era el indiscutible favorito. Self en cambio bastante tenía con haber llegado hasta allí: cuestionado hasta la náusea, muy probablemente habría rodado su cabeza de haber caído una semana antes (como de hecho estuvo a punto de suceder) ante aquella Davidson de Stephen Curry. No fue así, Kansas gano, Self resopló como diciendo ufff de la que me he librado, sus Jayhawks aterrizaron en aquella insólita Final Four como los menos favoritos de entre los cuatro números 1 que la componían, de alguna manera sus Jayhawks aterrizaron también libres de toda presión. El resto es historia: aquellos Mario Chalmers, Darrell Arthur o Brandon Rush, sutilmente ayudados por el siberiano del CSKA Sasha Kaun y el ex base verdinegro Russell Robinson, acabaron con la tiranía física de unos Tigers que (para variar, estando Calipari por medio) casi más parecían de NBA que de NCAA. Necesitaron un triple casi milagroso de Chalmers, necesitaron una prórroga, necesitaron que Memphis se tropezara una y otra vez contra la línea de tiros libres, necesitaron todo lo que usted quiera pero ganaron, vaya si ganaron: Self ganó a Calipari, el baloncesto ganó al músculo, siquiera fuera por una vez en la vida.

Han pasado cuatro años (obviamente), han pasado algunas cosas en estos cuatro años. Calipari viajó de Memphis a Lexington, trasladó a Kentucky su afamado modelo, venid a mí, pasad conmigo seis meses y seréis de lotería en el draft. Compromiso cero, talento según y como, atleticismo todo el que usted quiera. El primer año (ya saben, John Wall, aquel insoportable Cousins) rascó poca bola, el segundo fue Final Four, el tercero ya está en la Final. Entretanto Bill Self continuó en Lawrence con su particular travesía del desierto: aquel imponente equipo de 2010 (Sherron Collins, Cole Aldrich, los Morris) se estampó de bruces contra un tipo apellidado Farokhmanesh y una universidad llamada Northern Iowa, sumamente conocida al norte del estado de Iowa. En 2011 tres cuartos de lo mismo pese a estar ya los Morris en todo su esplendor, tras de lo cual el cese de Self empezó a entrar en todas las quinielas cual si aquel título de 2008 no hubiese servido absolutamente para nada. No fue así, probablemente porque alguien se tomó la molestia de ver al buen entrenador que hay en Self más allá de algún resultado puntual. Este equipo de 2012 no parece comparable ni de lejos (al menos en cuanto a nombres) con aquel de 2010, no digamos ya con aquel otro de 2008, todo lo que usted quiera pero ahí los tiene, para lo que guste mandar.

Dentro de apenas unas horas Bill Self y John Calipari volverán a encontrarse en una final de la NCAA. No diré que será otra vez baloncesto contra músculo porque sería un tanto injusto: Thomas Robinson no es precisamente un tirillas, Kidd-Gilchrist y Unicej Davis no andan precisamente faltos de clase. Sólo diré que esta final, pese a todo, volverá a enfrentar a un estupendo equipo de baloncesto contra un grupo de extraordinarios atletas que gracias a ello consiguen parecer también un estupendo equipo de baloncesto. No nos engañemos, esta vez Calipari es mucho más favorito (y Self mucho menos, obviamente) aún que hace cuatro años; pero algunos ingenuos todavía nos sentaremos a verlo con la (acaso vana) ilusión de que, siquiera por otra vez en la vida, el baloncesto (aún con músculo) vuelva a ganar al músculo (aún con baloncesto). Ojalá.

Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

A %d blogueros les gusta esto: