el paciente inglés   Leave a comment

(publicado el 14 de noviembre de 2011)

Si me paro a pensarlo, la primera imagen que recuerdo de Joel Freeland no es vestido de jugador de baloncesto sino de traje y corbata. Encaramado no al parquet sino al escenario (acaso también de parquet) del Madison Square Garden, luciendo de punta en blanco para la ocasión, cerrando aquella primera ronda del draft de 2006, prestando gentilmente su cabeza para que le fuera encasquetada la gorra negra, blanca y roja de los Blazers, estrechando loco de contento la mano de David Stern y saltándose de paso el protocolo, honrando la libertad que preconiza su apellido (el de Freeland, me refiero) para hacer algo que nunca antes se le había ocurrido a nadie, sacarse (casi) de la manga una camiseta de la selección inglesa de fútbol (soccer, le diría) y entregársela gustoso al Comisionado, que no pudo evitar una leve mueca de estupor al no saber muy bien cómo agradecer aquel inesperado presente. Fue un regalo pero de algún modo fue también una reivindicación, la de un sujeto orgulloso de sus orígenes por insospechados que éstos fueran. Alguien nacido en un lugar tan impropio para la práctica del baloncesto como Farnham, condado de Surrey, sureste de Inglaterra, Reino Unido de la Gran Bretaña, un lugar donde no conocerán otro balón redondo que no sea el de fútbol y donde una canasta normalmente no pasa de ser el recipiente adecuado para echar las manzanas (por ejemplo). Un lugar donde si creces por encima de los dos metros pero no tienes hechuras de central ni de jugador de rugby directamente te tienes que buscar la vida. Él se la tuvo que ir a buscar a unos cuantos miles de kilómetros hacia el sur, allá donde muchos de sus vecinos acostumbran a ir de vacaciones; en esa isla de Gran Canaria acabó de formarse como jugador y acaso también como persona, miren que cualquier otro en su lugar habría perdido el culo por marcharse hacia Oregon pero él no, él prefirió permanecer al abrigo de la calidez (así humana como climática) de aquellas Islas, prefirió ir despacio que la prisa es (dicen) para los ladrones y los malos toreros, los buenos jugadores interiores necesitan en cambio macerarse, madurar, requieren mucha paciencia por su parte y también por parte de todos los que estén a su alrededor. Sin prisa pero sin pausa así en Las Palmas como luego en Málaga, allí de entrada le colgaron ya el cartel de blando y hasta unieron su destino al de todo un genuino guardaespaldas como Archibald, su casi paisano del norte a cuyo lado habría de parecer aún más blando (al lado de Archibald cualquiera parece blando, siquiera sea por mera comparación). ¿Blando, dije? Hicieron falta más años, dosis y más dosis de trabajo y de paciencia hasta dejar finalmente de lado todos los estigmas, hasta que ya nadie necesite plantearse disyuntivas inútiles, que si blando que si duro, que hable sólo su juego sin necesidad de ninguna otra consideración. Podría ya ir sacándose el billete para Portland si así lo quisiera, qué duda cabe de que aquellos Blazers del eterno convaleciente Oden le recibirían con los brazos abiertos como otra pieza más con la que apuntalar su exiguo juego interior. Podría pero no, no por ahora al menos, bien clarito que lo tiene, para pelarse el culo allí casi mejor pelarse aquí las plantas de los pies, para ser allí suplente mucho mejor seguir aquí de titular. De titular, de jugador franquicia y hasta de emeuvepé de algún que otro mes (que desde entonces le debía yo este post), veremos si incluso de algo más todavía. No te vayas nunca, Joel.

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Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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