el psicópata   Leave a comment

(publicado el 26 de abril de 2012)

 

Les interesará saber (por aquello de que el saber no ocupa lugar y además, en este caso concreto, es gratis) que el diccionario de nuestra Real Academia Española de la Lengua define psicópata como persona que padece psicopatía (no, ahí no se esforzaron mucho), y define psicopatía como anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece. No es que yo se lo cuente para que se vayan esta noche a la cama sabiendo una cosa más (aunque si así fuera lo doy por bien empleado) sino porque me resulta imprescindible para ilustrar lo que viene a continuación. Es decir, ya que voy a llamar a alguien psicópata(tampoco es que sea la primera vez que se lo llamo) no estará de más que previamente lo justifique para que no se entienda como un insulto sino como un hecho objetivo, dado que se trata de alguien que mantiene la integridad de sus funciones perceptivas y mentales (si así no fuera difícilmente podría desempeñar su actividad profesional) pero que tiene patológicamente alterada su conducta social. Que le cuesta discernir entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo que la sociedad permite y lo que no consiente de ninguna manera. La mayoría de nosotros vamos por la vida sabiendo (o creyendo saber) que existe una (más o menos delgada) línea roja que no debemos traspasar, no tanto porque la ley lo prohiba como porque nos lo prohibe nuestra conciencia, nuestro sentido común (o lo que quede de él). En cambio otros seres (presuntamente) humanos no acaban de tener del todo clara esa separación.

Acaso ya habrán imaginado que me estoy refiriendo (una vez más) a El Jugador Antes Conocido Como Ron ArtestEJACCRA si lo pusiéramos en siglas. No, no teman, no les voy a poner la cabeza mala con todas aquellas barrabasadas de sus años de Indiana, aquellos tiempos en los que nos sentábamos a ver los partidos de los Pacers esperando a ver la que lía hoy este tío. Vale, sí, todos recordamos la más gorda, aquella monstruosa bronca de Detroit, aquel subirse fuera de sí a las gradas a aporrear a cuantos aficionados le fueron saliendo por el camino (mal estuvo que uno de ellos le tirara antes un vaso… lo cual muy probablemente tampoco habría sucedido de no haberse acostado él previamente sobre la mesa de anotadores tras su roce con Ben Wallace), pero hubo muchas más, sin ir más lejos yo recuerdo especialmente una de tantas, aquel Pacers-Celtics en el que logró convertirse en el expulsado más precoz de la historia: salto inicial, balón para los Celtics, la bola llegó a Pierce, éste se dispuso a dejar una sencilla bandeja que bien habría podido taponarse o impedirse acaso con una simple falta y en éstas que el amigo Artest, renunciando por completo al balón, le soltó un impresionante hachazo al cuello que por poco le mata. No fue una acción defensiva sino una salvaje agresión en toda regla, que le supuso su descalificación inmediata cuando apenas se llevaban diez o quince segundos de partido. Pudimos pensar entonces que acaso tuviera cuentas pendientes con Paul Pierce; hoy más bien creo que no, que se lo soltó como se lo podría haber soltado a cualquier otro simplemente porque pasaba por allí, porque era quien iba a meter la canasta. Fue la acción típica de un sujeto incapaz de medir las consecuencias de sus actos, incapaz de apreciar la diferencia entre una falta normal y un linchamiento, incapaz de distinguir un comportamiento aceptado socialmente de otro que no lo sea en absoluto.

Fue una de tantas, el pan de cada día en aquellos tiempos hasta el punto de que Antoni Daimiel fundó el club anti-Artest, club meramente virtual al que nos apuntamos muchos, igualmente de manera virtual. Y sin embargo el sujeto en cuestión tenía sus adeptos, muchos más de los que por aquí hubiéramos podido imaginar. Había sido ídolo en St. John’s, la universidad neoyorquina por antonomasia (en unos años particularmente oscuros de los Red Storm), lo cual le granjeó una simpatía y admiración sin límites por parte de la prensa de aquella ciudad y, por extensión, de un amplio sector de la afición susceptible de verse influenciado por dicha prensa. En aquellos tiempos (por ejemplo) era casi imposible encontrar un número de Slam en el que no le dedicaran un artículo, un breve, un suelto, lo que fuera, a menudo preguntándose por qué no le habrían escogido los Knicks en lugar de a (por ejemplo) Frederic Weis (que vale, tampoco es que fuera una elección muy afortunada que digamos). Artest se estaba ganando ya en la Liga una desmedida fama de extraordinario defensor, cosa más que discutible porque a mí particularmente su defensa siempre me pareció mucho más efectista que efectiva. Pero ellos ponderaban sus virtudes y minimizaban sus defectos, sus evidentes carencias de fundamentos que se apreciaban (aún hoy se aprecian) simplemente viéndole botar el balón, o su tiro sospechoso que se sumaba además a una ausencia total de criterio a la hora de decidir cuándo y cómo tirar, pudiendo apedrear el aro (o el tablero, o el rostro de un espectador de la tercera fila) hasta quince o veinte veces con total impunidad sin que le importara lo más mínimo que su técnico o sus compañeros le pusieran mala cara, tanto le daba, él seguía tirando. A veces las metía, claro, a veces pillaba rachas tan asombrosas como incomprensibles, y fueron esas rachas esporádicas, junto con su fama de (presunto) buen defensor y su aureola de rebeldía (que no era tal, sino meros problemas conductuales), las que le convirtieron en referencia para un sector muy concreto que jamás paró de lamentarse por no tenerle en su equipo y por que no se le otorgara la consideración de estrella que (según ellos) merecía.

La bronca del Palace de Auburn Hills evidentemente marcó un antes y un después. Dentro de lo deplorable que fue todo aquello aún hubo unos cuantos que, si no respaldaron, sí comprendieron y hasta justificaron su comportamiento, y denostaron a la NBA por la enorme sanción impuesta, y hasta montaron campañas e imprimieron camisetas con el lema liberad a Artest. De algo sirvió, sin embargo. El Artest que volvió de la sanción no diré que era un hombre nuevo pero sí que parecía algo más equilibrado, algo más reinsertado en la sociedad. Luego fichó por los Lakers y nos calló la boca a todos aquellos que pensamos que sería contraproducente, que sería como meter una caja de bombas en ese vestuario. Aportó (a su peculiar e inimitable manera, pero aportó), ganó un anillo, se lo dedicó a sus psicólogos, parecía haber vencido por fin a su enemigo interior. Uno en su fuero interno (sí, creo que tengo de eso) siempre creyó que además de sus psicólogos (que sospecho que se llevarían una pasta, dado que el caso lo merecía) algo tendría que ver también un afamado domador de fieras llamado Phil Jackson, ese mismo que década y pico antes había conseguido sacar de un espíritu libre y salvaje como Dennis Rodman mucho más rendimiento del que cualquiera hubiera podido imaginar. No es que Rodman y Artest se parezcan en nada, se trata de caracteres e inteligencias muy diferentes pero de alguna manera ambos son chicos malos, chicos a los que hay que saber llevar. Jackson, maestro del palo y zanahoria (y de otras muchas cosas), consiguió exprimir su talento mucho más de lo que otro cualquiera hubiera podido lograr.

Pero llegó el verano de 2011 y empezaron a pasar cosas, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Phil Jackson se retiró a su rancho de Montana (supongo) y en su lugar llegó todo lo contrario, es decir Mike Brown; que probablemente sea un gran entrenador y un tipo de personalidad arrolladora y arrebatadora, no digo yo que no, pero que así de lejos transmite la sensación de tener menos sustancia que mi cuñado el pescadero (que ya es decir, se lo aseguro). ¿Será casualidad que bajo sus (presuntas) órdenes el amigo Artest haya vuelto a las andadas? Claro que el amigo Artest ya no se llama Artest (aunque se parezca bastante al que así se llamaba), se llama Metta World Peace (no será nunca MVP pero al menos es MWP), algo que en su momento nos pudo parecer (aparte de otra excentricidad más del colega) quizá la consecuencia de haber alcanzado por fin la paz interior y querer transmitir esa paz al resto del planeta; algo que hoy nos parece una broma pesada, y de muy mal gusto además. No hará falta que se lo cuente, los juegos de palabras con el dichoso nombrecito están a la orden del día, de Metta World War a Metta War Please por citar sólo los dos primeros que se me vienen a la cabeza, los hay a cientos. Lo de la paz en el mundo es bastante discutible pero eso sí, lo de Metta lo lleva a rajatabla, véase la que le mette el pasado domingo a Harden para más información.

La que le mete a Harden no es ya ni la primera ni la segunda que hace este año, sí la peor, por supuesto. Dijo que fue sin querer y yo le creo, fue sin querer matarle, le bastaba con herirle de gravedad. Una vez más la manifiesta irresponsabilidad, una vez más la manifiesta incapacidad de distinguir entre lo socialmente aceptado y lo que no. Clava un mate y le sobreviene tal subidón de adrenalina que tiene que soltarlo de manera indiscriminada, llevarse por delante todo lo que pille así esto sea una canasta, una farola, un perro o un ser humano, tanto da. Con el puño derecho se golpea el pecho con todas sus fuerzas, con el codo izquierdo casi revienta con todas sus fuerzas el tímpano de Harden. Con todas sus fuerzas, tanta fuerza le quiere dar que el movimiento de partida es llevarse el codo izquierdo todo lo posible hacia su costado derecho para que el recorrido sea más largo, para tomar impulso desde más lejos, para que el impacto sea aún mayor. Y porque sí, porque el otro simplemente pasaba por allí, una vez más, porque para él ambas acciones son lo mismo, los golpes de pecho con la derecha, el zurriagazo a Harden con la izquierda, todo lo mismo, todo una mera válvula de escape para esa sobreexcitación que le ha sobrevenido y que de algún modo se la tiene que sacar…

Claro, sí, luego al día siguiente pidió perdón, lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir (¿o ése fue otro?), lo cual no le ha evitado que le cascaran siete partidos de suspensión (que hasta me parecen pocos) que le harán perderse casi toda la primera ronda de playoffs. Y estará por ver que haya una segunda, y si la hay (como parece probable) estará por ver cómo se comporta de ahora en adelante este sujeto. La intensidad que se gastan en los playoffs NBA es como diez veces superior a la de la temporada regular (aunque precisamente ese Lakers-Thunder resultó bastante intenso), miedo me da este tío con su adrenalina desbocada en situaciones de exigencia extrema, de máxima tensión. Creímos que había madurado, pensamos que era otro hombre, supusimos que toda aquella psicopatía había quedado definitivamente atrás pero hoy sabemos que no, hoy sabemos que bajo ese monísimo envoltorio llamado Metta World Peace se escondía aún el único, el incomparable, el (afortunadamente) inimitable Ron Artest. Que no nos pase nada.

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Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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