el señorito   Leave a comment

(publicado el 10 de noviembre de 2011)

Hace ahora trece años y medio, la Universidad de Valparaíso entró en la historia. [Aclaración previa: la universidad de Valparaíso a la que me refiero no está en Chile (supongo que allí habrá otra), ni siquiera en California o Florida como podría hacernos pensar su nombre sino al Noroeste de Indiana, en eso que allá en USA acostumbran a llamar la América Profunda] Hace ahora trece años y medio, allá por marzo de 1998, la pequeña Universidad de Valparaíso entró por primera vez en el Torneo Final de la NCAA y no contenta con ello la lió bien liada en primera ronda, cargándose desde su modesto número 13 a todo un número 4 de su Región como Ole Miss (o lo que viene siendo lo mismo, la potente Universidad de Mississippi). Claro está que todo ello en condiciones normales no habría pasado de ser una de tantas macrosorpresas como acostumbran a darse en ese Torneo, de no haber sido por la forma espectacular en que todo aquello se produjo: a falta de dos segundos para el final Valparaíso perdía de 2 (tras fallar Ole Miss dos tiros libres que la habrían puesto a 4) pero sacó desde su propio campo y se las apañó para hacerle llegar el balón a su estrella, que se levantó sobre la bocina para clavar uno de esos triples que aún hoy solemos ver cada mes de marzo en cada vídeo promocional de la NCAA que se precie. El entrenador de aquel equipo se llamaba Homer (sí, Homer) Drew, su asistente se llamaba Scott Drew, el autor de aquel milagro en forma de triple se llamaba Bryce Drew. Obviamente ya habrán deducido que toda esta conjunción de apellidos no obedecía a una mera casualidad. Y aún se las apañarían para prolongar unos días más la fiesta, cargándose también (tras prórroga) a Florida State en segunda ronda, llegando a ser eso que llaman Sweet Sixteen, todo un enorme lujo para este humilde centro salido apenas de la nada…

Meses más tarde Bryce Drew se convirtió en el primer jugador de la historia de Valpo (como allí suelen llamar a menudo a Valparaíso, dada su tendencia a abreviar) en ser escogido en el draft (primera ronda, número 16, por Houston) y en jugar en la NBA. El primero y el último, por ahora. Recuerdo como si fuera ayer que Montes nada más verlo le rebautizó como el Señorito Drew (probablemente no fuera su apodo más afortunado) y le encasilló de inmediato en el sector pijo de la Liga. Vale, sí, el chaval no tenía pinta de haber tenido una infancia difícil pero reconozco que a mí siempre me dio rabia esa ecuación, como si para ser un gran jugador de baloncesto fuera imprescindible haber pasado hambre a lo largo de tu vida (quizá me diera tanta rabia porque allá en USA a nuestro Pau le colocaron en sus comienzos mil y una etiquetas precisamente en base a estos mismos sesudos argumentos). Más allá de su tez pálida y de esos vivaces y expresivos ojos verdes (que debieron arrasar entre el personal femenino durante su etapa en el campus) se escondía un crack, un pedazo de jugador de baloncesto de los pies a la cabeza. Lo cual en la NBA suele ser necesario pero no suficiente, tanto más si tienes que someterte a la brutal competencia existente para el puesto de base. Dos años difíciles en los Rockets y de ahí a Chicago, en cuyos (en aquel entonces) depauperados Bulls dejó Drew sus mejores actuaciones en aquella Liga. Y luego ya de acá para allá, de USA a Europa, recuérdese al respecto una esporádica y episódica parada y fonda en Valencia en aquel equipo aún entonces conocido como Pamesa. Finalmente se le tragó la tierra como a tantos otros… o eso pensábamos, porque él en realidad había vuelto a sus raíces: su hermano Scott se había marchado a Texas como entrenador-jefe de la Universidad de Baylor y Bryce no dudó en aceptar ese puesto de asistente a la derecha del padre que había quedado vacante. Y en ello estuvo hasta esta pasada temporada, hasta este pasado verano en el que Homer decidió cederle definitivamente los trastos. Pareció en principio un relevo generacional como tantos otros pero hoy podemos intuir que acaso hubiera algo más, hoy sabemos que Homer Drew padece un cáncer y que su señora (a la par que madre de Bryce) también anda padeciendo esa misma enfermedad.

Este pasado lunes Bryce Drew debutó como entrenador-jefe de Valparaíso, nada menos que contra Arizona y en su cancha (la de Arizona, me refiero), en su legendario feudo de Tucson. Bryce Drew lució para la ocasión una atípica americana azul celeste, una elección nada casual sino relacionada al parecer con esa lucha de sus padres contra la enfermedad (o eso al menos me pareció entender a los comentaristas, si bien dado mi exiguo nivel de inglés es muy probable que me esté columpiando), todo ello enmarcado además en la primera cita de un macrotorneo denominado Coaches vs Cancer. Y claro está que si esto fuera Jólibud yo ahora podría ofrecerles un edulcorado final de cuento de hadas, contarles por ejemplo que Valpo ganó y que todos acabaron abrazados llorando de emoción en el centro de la pista y que fueron felices y comieron perdices… Pues no. Esto es la vida real, me temo, y en la vida real los Crusaders de Valparaíso perdieron en casa de los Wildcats de Arizona como cabía esperar, perdieron pero aguantaron vivos más de medio partido, llegaron ganando al descanso y dejaron en conjunto una magnífica impresión, de equipo muy trabajado atrás y adelante y que optimizaba con suma eficacia sus limitados recursos. Fruto todo ello en buena medida de la herencia de Homer, qué duda cabe, pero fruto ya también, quiero pensar, de la nueva dirección de Bryce. Qué quieren que les diga, me encantaría que le vaya bien, me encantaría aunque sólo fuera porque no todos los días tiene uno ocasión de presenciar el debut de un técnico NCAA (de hecho puede que éste haya sido el primero, dado lo complejo que resulta seguir desde aquí esta competición), tanto menos de un técnico a quien hayamos podido conocer como jugador (leyenda, más bien) de esa misma universidad. Habrá que estar muy atentos a su trayectoria.

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Publicado noviembre 4, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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