Bronco Miller   Leave a comment

(publicado el 3 de mayo de 2012)

 

Mi abuela, adicta a los refranes, solía decir (al menos tres veces al año) que tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión (y se quedaba tan ancha, la pobre mujer). Parafraseando a mi abuela (que nunca supo lo que era la NBA, ni falta que le hacía), cabría también decir que tres Miller hay en la Liga que relucen más que el sol. Que habrá más Miller, no digo yo que no, pero que (retirado años ha Reggie) quedan tres emblemáticos, tres tipos, base, alero y pívot, que llevan casi tanto como llevamos de siglo (y más incluso) engrandeciendo el baloncesto cada uno a su manera, tresmolineros (en traducción literal de su apellido) que andan ya al borde mismo de sobrepasar (si no lo han hecho ya) su fecha de caducidad. El base se llama Andre, particular debilidad para toda la vida desde que le vi por vez primera con aquella camiseta de los Utes de Utah (Universidad de) en el Torneo de 1998; el alero se llama Mike, las lesiones han hecho que llevemos años viéndole casi como un ex jugador pero cuando menos se le espera aún reaparece metiendo triples (o intentándolo al menos), véase sin ir más lejos estos días en Miami. Y el pívot se llama Brad, y si siguen mínimamente la actualidad de la Liga probablemente ya habrán adivinado que él es el principal culpable de que les esté soltando hoy todo este rollo.

Recuerdo que la primera vez que vi a Brad Miller fue en aquel mismo Torneo universitario de 1998 en que me enamoré de su tocayo de apellido Andre. Recuerdo que defendía Brad los colores de los Boilermakers de Purdue, recuerdo como si fuera ayer que nada más acabar aquel partido me fui a la lista del draft para averiguar en qué puesto habría sido escogido aquella criatura (no me pongan cara rara, en aquel entonces Internet estaba aún en pañales, la única manera de ver estas cosas era en los diferidos veraniegos del Plus, que se grababan antes pero se emitían después del draft). Me repasé de arriba a abajo las dos rondas, los sesenta nombres (o aún cincuenta y ocho por aquel entonces) sin encontrar ni rastro de un sujeto llamado Brad Miller, de Purdue. ¿Acaso no fuera sénior y estuviera yo confundido? ¿Acaso habría una errata en las listas? ¿Acaso la Liga entera se habría olvidado de él? Así era, por increíble que ahora nos resulte: pese a la evidente escasez de hombres altos con un mínimo de calidad, ni una sola franquicia había contemplado siquiera la posibilidad de enrolarlo en sus filas.

Y sin embargo Brad Miller se volvería a aparecer ante nuestros ojos apenas unos pocos días después, y esta vez no con la camiseta de Purdue ni de ninguna franquicia NBA sino con la mismísima camiseta de la selección USA que participó en el Mundobasket de Grecia 1998. Sucedió que aquel verano hubo lockout, sucedió que aquella circunstancia dejó fuera de la lista a cualquier jugador que estuviera bajo el paraguas NBA (incluyendo también a todos aquellos que hubieran sido drafteados aquel mismo verano), sucedió que USA Basketball (que venía apostando ya abiertamente por el profesionalismo desde 1992) no quiso ni plantearse siquiera llevar a una selección de universitarios por buenos que éstos fueran, prefirió seguir contando con jugadores profesionales aunque (excluida la NBA) no supiera demasiado bien de dónde sacarlos… El resultado de todo ello fue un equipo que hizo exclamar a los periodistas especializados (a la par que desmemoriados) de USA, ¿pero quiénes son estos tíos? Una amplia mayoría de jugadores norteamericanos en ligas europeas (allí estaban por ejemplo viejos conocidos como Wendell Alexis, Jimmy Oliver o cómo no, David Wood, legendario fajador que se había tirado ya unos cuantos años batiéndose el cobre en nuestra liga ACB), y una muy reducida minoría de jugadores que o bien aún eran universitarios (Trajan Langdon) o bien acababan de terminar su formación pero no habían sido escogidos en el draft. Entre éstos estaba Brad Miller (como ya habrán imaginado, porque si así no fuera no tendría sentido que les estuviera contando esta película), que empezó el torneo como el (casi) más desconocido de los doce y lo acabó como el más destacado del equipo. Un equipo que dicho sea de paso compitió muy dignamente, mucho más dignamente que algún otro de mucho más empaque y tronío que habría de sucederle pocos años después: alcanzó las semifinales, sólo aquella canasta del ruso Panov sobre la mismísima bocina les privó de meterse en la final.

El éxito de Brad Miller sorprendió a la propia empresa, sorprendió a propios y extraños, sorprendió a todo dios aunque a aquellos que habíamos visto su desempeño (siquiera una vez) en Purdue lo que verdaderamente nos sorprendió fue que sorprendiera, no sé si me explico. No había sido drafteado, pero al menos este Mundial (o lo que fuera) sirvió para que el 1 de febrero de 1999 Brad Miller empezara la minitemporada NBA con un contrato garantizado en los Hornets, para que empezara a ganarse fama de tipo duro, puro fajador, estopa mix, primero da y después pregunta; fama que no hizo sino acrecentar en sus restantes destinos, primero Chicago (inolvidable aquel tumulto crepuscular con Shaquille O’Neal), Indiana después. Ya era Brad Bronco Miller pero algunos sospechábamos (quizá porque lo habíamos visto antes) que había algo más, mucho más detrás de esa fama de típico matón de saloon de película del oeste que se estaba creando. Sólo le hizo falta llegar a su siguiente parada para que pudiéramos por fin comprobar que estábamos en lo cierto.

Su siguiente parada fue Sacramento, es decir, el caldo de cultivo perfecto para sacar a relucir todo ese baloncesto que escondía bajo su áspera cáscara de tipo duro. Le vimos tirar triples, nunca como norma (como hacen tantos otros que huyen sistemáticamente de la pintura no vaya a ser que se manchen, él no, él jamás fue de esos) sino como recurso meramente puntual; le vimos, sobre todo, pasar, repartir asistencias casi con la misma facilidad con la que antes (y durante, y después) había hincado puños en los costillares o codos en el esternón. El pase (aún por encima de la velocidad en el juego) era la verdadera imagen de marca de aquellos Kings inolvidables: allí pasaban bien todos del primero al último, algo que resultaba particularmente extraordinario en sus jugadores interiores: Chris Webber, Vlade Divac y ahora también Brad Miller (corrigiendo y aumentando la huella de su antecesor, aquel insólito Scott Cumbres BorrascosasPollard) garantizaban un exquisito trato a la bola, garantizaban que nunca devolverían sandías, garantizaban que si estaban sobremarcados siempre encontrarían la manera de hacérsela llegar en buenas condiciones a cualquier otro. Siempre habrán de soportar el estigma de que no ganaron nada, siempre perdurarán en nuestra memoria mucho más que tantos otros que acabaron ganándolo todo.

Todo lo bueno se acaba, claro. Aquel equipo se nos fue disolviendo poco a poco, de hecho hoy hasta parece estar disolviéndose la propia supervivencia de la franquicia en aquella ciudad (pero esa es otra historia, que habrá de ser contada en otra ocasión). Cuando Brad Miller fue empaquetado de vuelta a Chicago en febrero de 2009 ya apenas quedaba ni la sombra de aquel tipo que sin haber sido drafteado había logrado ser dos veces all star. De Chicago a Minnesota, del ocaso a entender finalmente que ya no tenía ningún sentido prolongar la agonía. Sucedió hace apenas una semana, coincidiendo con el final de la temporada regular: un tiarrón como Brad Miller llora como un bebé… tituló algún iluminado por aquí, como si a un fornido mocetón de siete pies le estuviera prohibido mostrar en público sus emociones. Brad Miller pudo ser un tipo duro donde los haya pero amaba este juego, lo vimos en su manera de interpretarlo durante tantos años, lo vimos finalmente en su manera de despedirse de él. Un día ya lejano nos contaron que en su tiempo de ocio tampoco respondía para nada al típico perfil de jugador NBA, que respondía más bien a ese otro perfil también típicamente norteamericano, llamémosle country, la camisa de cuadros, la barca en mitad de un lago en cualquier estado de la América profunda, la caña de pescar. Echará de menos su deporte, qué duda cabe, pero al menos tendrá ahora (casi) todo el tiempo del mundo para hacer lo que le dé la gana con sus aficiones, sus montañas, su vida. Disfrútelo, amigo Brad, que bien que se lo ha ganado.

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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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