DPO   1 comment

(publicado el 13 de agosto de 2012)

¿Cómo se lo explicaría? Quizá la mejor manera sea autoplagiarme, recurrir al párrafo aquel que escribí hace más de siete años, en unas circunstancias muy diferentes a éstas:

Cada cuatro veranos llegan los Juegos Olímpicos para sumergirme en una especie de estado de felicidad infantil. Supongo que no me pasará sólo a mí. Durante dos semanas y media el monocultivo del fútbol desaparece y deja paso a un oasis en el que de repente se nos permite disfrutar a cualquier hora del día de casi todo lo que nos gusta: el mejor baloncesto, pero también el mejor atletismo, voleibol, balonmano, ciclismo, gimnasia, tenis,… Cuando se acaban se nos queda un vacío que es como si nos hubieran extirpado algo, la perspectiva de volver al páramo cotidiano nos provoca una especie de náusea que afortunadamente se nos pasa en cuanto descubrimos que el baloncesto y todos los demás deportes siguen sobreviviendo, se les permite existir siempre que permanezcan cuidadosamente escondidos debajo del fútbol para que no molesten y para que no sea fácil encontrarlos.

No encuentro mejor manera de describir cómo me siento hoy, cómo me sentí esta mañana cuando llegué al bar del desayuno y descubrí que en su televisor (probablemente sintonizado en TVE1 por pura inercia de estos días) ya no había piragüistas ni waterpolistas ni taekwondistas sino sólo el señor bajito y calvo de costumbre, ese que enseña a nuestros mayores a saber vivir y les recuerda la terrible amenaza del colesterol. Se han acabado como no podía ser de otra manera, se han acabado como se acaba todo lo bueno (por definición), como se acaban las vacaciones y los fines de semana y los días felices y la vida entera llegado un determinado momento. Claro que los fines de semana por lo general sólo tardan cinco días en volver, las vacaciones suelen tardar once meses (por ahora, que al paso que vamos lo mismo también nos las quitan), los días felices cada vez caen más de tarde en tarde pero van cayendo, en cambio para los Juegos Olímpicos aún tendremos que esperar los cuatro años de costumbre, cuatro eternos años menos una semana para ser exactos, los que quedan para que el viernes 5 de agosto de 2016 Brasil inaugure a ritmo de samba sus Juegos de Río de Janeiro. Cuatro años, demasiado tiempo para que luego todo el goce se nos vaya en apenas diecisiete días. Demasiado poco oasis para tanto desierto.

Podríamos denominarla DPODepresión Post-Olímpica como si dijéramos, no me atribuiré paternidades que no me corresponden porque la denominación no es mía sino que se la escuché ayer durante la ceremonia de clausura a ese pedazo de crack llamado Ernest Riveras. O bien podríamos optar por otras denominaciones más pedestres con las que ayer especulábamos en twiterjuegopausiaolimpopausia, lo que ustedes prefieran. No es un mal universal, está infinitamente menos extendido que el síndrome post-vacacional o la depresión post-parto pongamos por caso (salvando las distancias), de hecho esta DPO en realidad sólo la padecemos cuatro gatos mal contados, gatos capaces (como hice yo ayer) de rebuscar en la wiki hasta averiguar en qué fechas caerán los próximos Juegos, gatos capaces incluso de intentar (en la medida de lo posible) organizarse con tiempo suficiente las vacaciones de verano para que coincidan o no con dichos Juegos. En mi caso para que no coincidan, o no del todo al menos: el ritmo laboral de agosto nada tiene que ver con el del resto del año y las tardes suelen estar libres, de tal manera que mal que bien me las puedo ir apañando para compatibilizar trabajo y Juegos, no así si estoy de vacaciones que es un constante ir y venir, ahora playa, ahora paseo, ahora vamos a ver esto, ahora aquello otro, no hay manera de que te dejen sentarte un rato ante el televisor… Pero claro, ese es mi caso, también sé que hay seres humanos (pocos, pero alguno hay) que optan radicalmente por lo contrario, que mueven roma con santiago para que sus vacaciones coincidan con los Juegos y poderse tirar estas dos semanas largas frente al televisor sin que nada ni nadie les moleste. Yo no.

Pero repito, somos inmensa minoría. Hay una inmensa mayoría que se alegra de que se acaben por fin los Juegos Olímpicos, y no lo digo necesariamente por mi señora (y tantas/os otras/os) que recupera por fin un marido (y un mando a distancia) tras más de dos semanas de ausencia virtual, lo digo más bien por todos aquellos incapaces de entender que puedan existir otros deportes que no se llamen fútbol. Ya saben, el monocultivo mediático que les decía al principio, perfectamente explicitado en aquella frase que le leí hace días al ochocentista sevillano Kevin López: lo que no puede ser es que el día en que Ruth Beitia es campeona de Europa la portada de un periódico abra con que Ronaldo se ha equivocado de vestuario. Vamos, no me jodas. Más claro agua. El futbolerismo militante anda muy preocupado de si Cristiano caga suelto o duro, de si a Messi le pica el orto o se rasca un pie, y entre lo uno y lo otro no tienen ningún reparo en decirte que todos estos deportes son una mierda (así, con todas las letras lo he leído yo en estos días) y que qué bueno que por fin se haya acabado la Olimpiada (por no saber no saben ni llamar a los Juegos por su nombre) porque ahora ya por fin volverá el fútbol como tiene que ser. Y me parece perfecto, de hecho yo no pretendo que el resto de deportes se impongan sobre el fútbol (sería gilipollas si lo pretendiera), ni siquiera que se igualen, me vale con que convivan, con que se respeten. Podría llegar a entender incluso ladominación pero no este aplastamiento que llevamos ya unos cuantos años padeciendo. Créanme, ya tengo una edad, les aseguro que no siempre fue así.

Y además el bajón tiene esta vez connotaciones muy ajenas al deporte, por si no fuera bastante con todo lo anterior. El final de la tregua olímpica supone también volver a la cruda realidad, esa que hoy se construye (más bien se destruye) a base de crisis, deudas, primas, riesgos, recortes, subidas de impuestos, bajadas de salarios, pérdidas de derechos y demás hijoputeces que nos mantienen de unos meses a esta parte bien abiertos de piernas esperando a ver por dónde nos viene la próxima. No, los Juegos Olímpicos no solucionaron nada de eso pero de alguna manera ejercieron un efecto narcótico, fueron como siempre un bello sueño sólo que esta vez fue aún mucho más amargo el despertar. Por supuesto que habrá en breve otros sueños, en mi caso se llamarán ACB, NCAA, NBA, Euroliga, maravillosos sucedáneos que intentarán causar el mismo efecto pero que no lo harán de la misma manera: otra dosificación, distinta periodicidad, por mucho que nos llenen siempre habrán de dejar una rendija por la que se nos cuele (y nos joda) la cruda realidad. Nada comparable al tratamiento de choque que nos proporcionan los Juegos. Nada comparable a los Juegos.

Y acabaré volviendo al párrafo del principio, aquel que les puse en cursiva y que les dije que había sido escrito en circunstancias muy diferentes a ésta. Aquel párrafo fue escrito en julio de 2005, justo en los días previos a la reunión del COI que decidió que estos Juegos de 2012 tendrían lugar en Londres en detrimento de París, Nueva York y… sí, Madrid. Madrid es mi ciudad y puedo asegurarles (lo mismo ya se lo imaginan) que muy poquitas cosas me harían más ilusión en este mundo (en el plano deportivo, entiéndase) que la posibilidad de que Madrid fuera sede olímpica. Pero es lo que suelo decir demasiado a menudo, que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. No quise ilusionarme con Madrid 2012 porque sabía que era imposible, aún menos quise ilusionarme con Madrid 2016 exactamente por la misma razón… y para 2020 no es ya que no quiera ilusionarme, es que creo que ni siquiera debo ilusionarme: sumidos como estamos en el peor agujero de nuestra existencia reciente, comiéndonos toda esa mierda (disculpen la vulgaridad) que detallé en el párrafo anterior no creo que estemos como para permitirnos lujos olímpicos aún por mucho que pudiéramos disfrutarlos yo y otros cuantos pervertidos como yo. Si es que hasta eso nos ha quitado la crisis, no es ya que se haya llevado nuestras ilusiones cotidianas sino que nos ha robado incluso las utopías. O quizás no, tampoco me lo tengan muy en cuenta, ya les dije que estoy de bajón. Efectos colaterales de la DPO.

 

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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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