el baloncesto según San Antonio (versión 2.12)   Leave a comment

(publicado el 31 de mayo de 2012)

Hace ahora cinco años, concretamente a primeros de junio de 2007, escribí un artículo al que puse por título (de evidentes reminiscencias bíblicas) el baloncesto según San Antonio. Lamentablemente no les puedo poner el enlace, ya les conté hace semanas que todo lo publicado en SEDENA anterior a septiembre de 2007 desapareció en la noche de los tiempos (virtuales) pero no teman, tampoco se me asusten ni huyan despavoridos, esta vez no les voy a copiar aquí el texto entero como hice (en mala hora) con el de Carlos Jiménez, con una cagada es más que suficiente. Sin embargo no me resistiré a dejarles unos cuantos párrafos cuidadosamente seleccionados, siquiera sea para que comprueben un hecho ciertamente insólito: cualquier cosa pegada a la actualidad que uno escriba en Internet tiende a quedarse obsoleta en apenas unas horas, unos días a lo sumo; sólo en circunstancias excepcionales habrá cosas que duren qué sé yo, un mes, tres meses… Y sin embargo todo lo escrito (no ya por mí; por cualquiera) hace cinco años acerca de los Spurs mantiene hoy la misma vigencia que si hubiera sido publicado hace ocho años o hubiera sido publicado anteayer o fuera a serlo pasado mañana, tanto da. Como si no hubiera pasado el tiempo. Decía yo hace un lustro que…

Tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA. No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio. (…) Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto. (…) Baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. Tan capaces de jugar a 70 puntos como de aguantarle el ritmo a Phoenix y jugar a 120; tan capaces de ganar, en ambos casos.

Ya, ya sé que la comparación con Phoenix se me ha quedado un poco obsoleta pero entiéndanme, aquellos eran los tiempos de D’Antoni, del (aún) mejor Nash, del festival de colores en mitad del desierto de Arizona. Hecha la aclaración volvamos de nuevo al pasado, aunque no lo parezca:

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética. En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Hoy probablemente no lo escribiría de la misma manera por una mera cuestión estilística, digo yo que algo habré evolucionado (o involucionado) en estos cinco años, pero en esencia el mensaje vendría a ser exactamente el mismo. Podría firmar hoy sin ningún reparo ese párrafo anterior… y no digamos ya el siguiente:

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Bowen, Barry, Popovich, Carlesimo… Media carrera llevan juntos, toda una vida…

Es decir, si hace ya un lustro nos parecía que los Spurs jugaban de memoria, qué no habría de parecernos hoy. Esa mítica frase de que los Spurs juegan de memoria se ha convertido en un lugar común, puro tópico si así lo quieren pero no por ello menos cierto. Aquellos automatismos de hace cinco años continúan absolutamente vigentes a día de hoy, sólo que aún más automáticos si cabe. Los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo… Vale, ya no está Bruce (Lee) Bowen (luego hablaremos de él), ya no está de asistente Carlesimo, tanto da, la columna vertebral Popovich-Duncan-Ginóbili-Parker va a cumplir diez años que para los dos primeros serán ya más de quince. Busquen en el deporte moderno, háganme el favor, a ver cuántos casos similares encuentran; porque si me pongo yo a buscar en la NBA (digamos) moderna sólo se me ocurren dos, aquellos Bulls de Jackson-Jordan-Pippen que ganaron seis anillos (aún con Jordan interruptus) y fueron un equipo de leyenda y aquellos Jazz de Sloan-Stockton-Malone que no ganaron ningún anillo pero también pueden ser considerados de leyenda, al menos en mi opinión. Pero es que en este caso no estaríamos hablando de tres sino de cuatro (técnico inclusive), estaríamos hablando del más perfecto ejemplo de aquel concepto que tantos enunciaron y tan pocos consiguieron, la construcción de una franquicia. Patas sólidas (jugadores franquicia, los tres, si así lo quieren) alrededor de las cuales ir desarrollando, completando, rellenando huecos, creciendo. Como para no jugar de memoria.

La primera pata (por riguroso orden de aparición), cómo no, Tim Duncan. ¿Sigue valiendo aquello que escribí acerca de él en 2007?

Probablemente en las últimas dos décadas el draft no haya ofrecido un jugador tan formado, tan completo, tan determinante como aquel Tim Duncan de 1997. No, no me hablen de Shaquilles ni Lebrones, jugadores que también fueron número uno y que asimismo marcaron/marcarán una época… pero que el día del draft no eran ni de lejos lo que luego fueron, lo que son o serán. Llevaban ya el merecido cartel de jugadores franquicia por su calidad, su potencial o su imponente físico, pero eran aún proyectos, jugadores a medio hacer. Duncan no. Duncan, tras sus cuatro años bien aprovechados en Wake Forest, reunía ya las condiciones para ser determinante desde la primera semana, desde el primer día. Como así fue.

Sigue valiendo, y aún corregido y aumentado incluso: Aquel Duncan que ya fue determinante desde su primer día en 1997 fue a ganar su cuarto anillo en aquel 2007, un anillo que más bien fue un paseo ante los Cavs. Pero esta vez sucedió algo imprevisto, insospechado: Duncan no fue MVP de aquella Final como lo había sido en sus tres anillos anteriores, dicho honor fue a parar esta vez a Tony Parker. Todo lo cual sirvió para que algunos, los más atrevidos (a la par que ignorantes) diesen ya a Duncan por acabado mientras que otros muchos simplemente se limitaron a insinuar que habría empezado ya su lento pero imparable declive. Duncan efectivamente fue poco a poco a menos en los años siguientes, fue a menos como también fue a menos su equipo, una vez más fueron legión los que anticiparon el fín de una era, el hundimiento definitivo de una dinastía que se suponía que habría de culminar cómo no en este año 2012: 66 partidos en poco más de tres meses y medio, jornadas de back to back to back, rachas de cuatro partidos en cinco noches consecutivas, demasiado sin duda para un equipo tan veterano, demasiado sobre todo para Duncan…

Y sin embargo es muy probable que este año estemos viendo al mejor Duncan de los últimos cinco años, con toda seguridad al mejor Duncan de los últimos tres: será por el cambio de dieta, no digo yo que no; o será muy probablemente por cómo le ha dosificado Popovich, partidos enteros de descanso en momentos particularmente espesos del calendario, menos tiempo de juego que nunca para sacarle aún más jugo que nunca, para que volviera aquel Duncan que ya apenas recordábamos, para que sus Spurs volvieran a ganar la Regular y su técnico el (merecidísimo) Coach of the Year, por cierto; para que en el momento en que lo escribo estas criaturas vayan ya 10-0 en playoffs, lo (casi) nunca visto. Y lo que aún nos quedará por ver en este próximo mes, que tiene toda la pinta de que habrán de ir preparando otro dedo para calzarse otro (merecidísimo anillo). Ahora bien…

Tener a Duncan explica muchas cosas, pero no explica necesariamente todas las cosas. Con Duncan sabes que tienes una presencia imponente atrás y una calidad incomparable adelante, tienes un jugador que es cuatro y cinco a la vez (y a veces, incluso las dos cosas al mismo tiempo), tienes un acierto incomparable, un juego de pies portentoso (el mismo que ya nos fascinó en sus lejanos tiempos de Wake Forest, cuando le imaginábamos como una especie de sucesor de Olajuwon), tienes una garantía de seriedad, de responsabilidad, de que jamás se meterá en más líos que aquellos en los que le metan los demás… Con Duncan tienes, sobre todo, la garantía de un genuino y eterno MVP, aunque ya ni siquiera nos acordemos de él a la hora de hacer las quinielas al premio de cada año. Y tienes la garantía de que siempre será el centro de atención de cualquier sistema defensivo rival: unos sobremarcarán, otros ayudarán (…), otros estarán a otra cosa pero aún así no le perderán de vista con el rabillo del ojo, no vaya a ser que al final tengan que acudir también ahí dentro a echar una mano… En otras franquicias, qué duda cabe, esto sería un gran problema. En San Antonio no. Ellos no son el típico equipo de un solo jugador. Ellos son, simplemente, un Equipo. Nada más (y nada menos) que eso.

Y es que San Antonio, ya quedó dicho, te mata de mil maneras diferentes. Te mata Longorio Parker penetrando cual cuchillo en mantequilla, siempre más dañino dentro que fuera, entrando que tirando. Te mata Manu Ginóbili, mi debilidad, el jugador total, el que por sí solo merecería capítulo aparte (y algún día lo tendrá, seguro), el presunto suplente al más puro estilo Papaloukas que al final acaba siendo más titular que casi todos los titulares. Te mata Finley, éste sí puro tirador, puro asesino silencioso al que en Dallas cada vez echan más de menos. Te mata Horry, el (verdadero) Señor de los Anillos, incordio permanente y triplista selecto, el que sólo los clava cuando son estrictamente necesarios, el que siempre acude puntual a su cita en semejantes circunstancias.

Por partes: Tony Parker ya no es Longorio pero es hoy aún mejor jugador que cuando lo era, aún mejor que aquel Parker que apenas diez días después de escribir yo aquello resultó elegido MVP de aquella Final. Tony Parker es hoy sin (apenas) discusión uno de los tres mejores bases de la Liga, o a mí me lo parece al menos, aunque el protagonismo compartido en San Antonio hace que no lo parezca tanto como otros que ejercen de únicos gallos de su corral. Tony Parker, en los dos partidos que llevamos de final de conferencia, le está dando a Russell Westbrook una lección magistral de tal calibre que digo yo que casi más le valdría al base de los Thunder sentarse con un cuaderno, mirarle fijamente y tomar apuntes, tal vez así aprendería por fin lo que significa ser un verdadero base y no un escolta disfrazado de base. O dicho de otra manera, cómo dirigir a un equipo y hacer mejores a tus compañeros sin que por ello se vea mermado (más bien al contrario) tu lucimiento individual. Y Ginóbili… qué les cuento yo de mi Manu que no les haya contado ya: que tuvo aquel artículo prometido, como tuvo otro esta misma temporada cuando se rompió la mano, como habría podido tener veinte más en todos estos años; que sigue siendo MI DEBILIDAD, con mayúsculas, por encima de cualquier otra; que cada día que pasa nos parece aún mejor jugador, más capaz de meterla, de pasarla, de robarla, de arruinarle la vida de mil maneras a todo aquél que tenga la osadía de ponérsele enfrente…

Claro está, no soy objetivo con este tío, no podré serlo nunca, así que recurriré a un compañero de trabajo que en la mañana del pasado lunes, pocas horas después de que se disputara el primer Spurs-Thunder, se presentó de improviso en mi despacho y sin introducción alguna me espetó yo de mayor quiero ser Ginóbili (y de paso aprovechó para destriparme el resultado, sacándome de la ignorancia en la que pretendía permanecer hasta que lo viera grabado unas horas después). Yo de mayor quiero ser Ginóbili me dijo, y yo también por supuesto, le contesté, y además estoy primero que yo me lo pedí antes, que para eso soy más baloncestero que tú. Chorradas al margen, lo argumentó diciéndome que Manu es (además de muy bueno),canchero, ese prodigioso adjetivo argentino que define perfectamente al jugador que se mueve por el terreno de juego como por el salón de su casa, ese que parece estar siempre en su elemento por muy compleja y difícil que sea la situación. Es canchero me dijo, y de inmediato (más futbolero que yo) me lo comparó con Mascherano, que me dieron ganas de contestarle ya quisiera Mascherano pero me contuve y hasta le dije que sí, que podía ser. Es decir, supongo que en cuanto a cancherismo sí podrían ser comparables aunque en cuanto a talento (cada uno en lo suyo) estén casi a años luz en mi modesta opinión, puestos a jugar a los futbolerismos Ginóbili bien podría ser un Mascherano con la clase de Messi, ahora línchenme si les place. Puestos a jugar a los futbolerismos, puede que lo más parecido que haya en nuestro deporte al Barça de Guardiola, en cuanto a concepto, en cuanto a estilo, en cuanto a respeto a la esencia misma del juego, sean precisamente estos San Antonio Spurs. Ya está, ya lo he dicho.

Pero les hablaba yo también en aquel párrafo de gente ya no está (no ya en el equipo sino en la Liga): especialistas secundarios de auténtico lujo como Michael Finley, como Robert Horry… o como este otro al que aludía a continuación:

Te mata (incluso) Bowen. Sí, te mata atrás a base de defensa, y cuando la defensa no basta te mata con ese pie que siempre acude presto a su cita con el tobillo del tirador incauto, con ese zarpazo que va a ir a dar justo en donde más te duele, con esa rodilla que se hincará siempre en tus partes más blandas, con ese dedo que te busca las cosquillas entre las costillas. Bowen atrás te mata con baloncesto y con lo que no es baloncesto, Bowen genera casi tanta admiración como irritación, como desprecio… Sí, la historia defensiva de este tipo ya nos la conocemos, incluso demasiado bien. Pero es que Bowen también te mata en ataque. No, no me he vuelto loco (creo). Sabido es que apenas puede driblar sin que le piten pasos, sabido es que carece de casi cualquier cualidad relativa al manejo de balón… Su repertorio defensivo es surtido y variado pero en ataque sólo tiene una jugada, sólo una, sólo ese eterno triple desde la esquina, nada más que eso… y nada menos, porque al final te la clava una y otra vez. Claro, si es que tira solo… Ya, pero, ¿por qué? ¿es tan sencillo como decir simplemente que su defensor pasa de él, que directamente se dedica a doblar otros marcajes olvidándose de su existencia? Pues sí y no. Eso sucede, qué duda cabe. Pero quizá no sucedería tan a menudo si previamente no se hiciera un genuino trabajo de orfebrería.

Amigo lector, le invito a que en el próximo partido de San Antonio se dedique a contemplar los movimientos en ataque de Bruce Bowen. Ya sé que usted me dirá que tiene cosas mucho menos aburridas para hacer, sentarse frente al reloj a ver pasar las horas, sentarse en un prado a ver crecer la hierba… Pero por una vez no le va a pasar nada, así que hágame usted ese esfuerzo de todas formas. Descubrirá cómo San Antonio parece plantear sus ataques como un cuatro contra cinco, cómo mientras los cuatro buenos continúan con su dinámica de pases, bloqueos, continuaciones, balones dentro y demás, mientras todo eso sucede Bowen se desliza por la pista como una anguila, procurando estorbar lo menos posible mientras se encamina sinuoso cual serpiente hacia el lado de no-balón. Y si el juego se va al otro costado pues más de lo mismo, nadie reparará en que él discretamente ya se está marchando a la nueva esquina débil… bueno sí, tal vez su defensor (que suele ser la estrella del otro equipo, por pura reciprocidad con lo que sucede en el otro campo) sí se dará cuenta, le verá deslizarse con el rabillo del ojo, incluso hará el amago de seguirle… pero a mitad de camino se encontrará con que tiene algo más importante que hacer, ayudar sobre Duncan, sobre el penetrador… Y sin darse cuenta ya la habrá cagado, ya Duncan, Parker o Ginóbili sabrán que al otro lado estará su amigo Bruce, completamente solo, esperando simplemente a que le llegue ese balón…

¿Quién es el Bowen de estos Spurs versión 2.12? Digamos que no están los papeles tan repartidos ni tan concretos, que las funciones se entremezclan, que no hay un Bowen y hay varios, según: pongamos por ejemplo Danny Green, muchos le recordarán aún vestido de azul carolina, ganando el título NCAA 2009 al lado de Ty Lawson, Tyler Hansbrough, Wayne Ellington, Ed Davis; ejercía ya un papel de intendencia (y tiro) en aquel equipo, muchos no habríamos apostado por su supervivencia en NBA y sin embargo aquí le tenemos, de titular en el mejor equipo de la mejor liga del mundo; intendencia, sí… y tiro, también: es sin duda el que mejor interpreta aquello de Bowen, buscar siempre con disimulo su esquinita (a ser posible en el costado de no-balón) para recibirla (y clavarla) tras la consabida penetración de Tony o Manu. Es el que mejor lo interpreta pero no el único ya que una de las más gratas sorpresas de estos Spurs es ese rookie (¿quién dijo que Popovich no les daba bola?) llamado Kawhi Leonard, pronúnciese más o menos QueGuay Leonard, ya se veía que era una joyita en aquellos Aztecs de San Diego State que hicieron un temporadón hace apenas un año a las órdenes de Steve Fisher, se veía una joyita pero jamás habríamos apostado a que alcanzaría ya este nivel en su primer año NBA. Afortunadamente el señor Buford ve cosas que los demás no vemos, vio además de calidad un nivel defensivo fuera de lo común y a por él que se tiró en plancha sin que le temblara el pulso al dar a cambio a George Hill. Hoy estos Spurs tampoco se entenderían sin Leonard como tampoco se entenderían sin ese incomparable personaje llamado Stephen Jackson, viejo conocido de la casa, veterano de mil batallas (dentro y fuera de la pista), un tipo que allá por donde pasa acaba siempre resultando potencialmente conflictivo… excepto en San Antonio, miren qué casualidad: ya les ayudó a ganar un anillo y en breve les ayudará (si nada se tuerce) a ganar otro: aportando anotación, rebote, intendencia y también (quizá más y mejor que nadie) aquella otra cualidad que echaban de menos desde Bowen, esa cuota de guarrería que el otro día les demandaba Popovich y que inevitablemente siempre acaba formando parte de cualquier equipo campeón.

Añadan a ese cóctel a un viejo conocido de la Costa del Sol (anda que no le estarán echando de menos), Gary Neal y su exquisita muñeca. Y añadan también por supuesto a tres pívots (o así) cada uno de su padre y de su madre: el más pívot de entre los tres vendría a ser nuestro Tiago Splitter, qué les voy a contar yo que no sepan, si acaso que sus endémicos problemas con los tiros libres le están permitiendo a Scott Brooks montarle un hack-a-Tiago, con resultados infructuosos hasta el momento; luego está Matt Bonner, el Cohete Rojo como le puso algún cachondo, no es irlandés pero por apellido, apariencia física y (casi) estilo de vida merecería serlo, héroe (más o menos) anónimo hace doce años en los Gators y desde hace ya unos cuantos años en estos Spurs; y como no, Boris Diaw, el hombre-comodín, el presunto pívot que no acaba de serlo, el pseudopívot de mentira, ese mismo Boris Diaw que hace nueve meses paseaba (con dificultades) su sobrepeso por el Eurobasket, ese mismo que ahora (oportunamente trasplantado desde Charlotte) parece haber encontrado por fin una razón por la que jugar. Para una emergencia aún podrían encontrar a DeJuan Blair, su cuerpo de roca y sus rodillas de porcelana, sus 10-5 por noche ahora arrinconados a la espera de que los puedan necesitar. Y hasta podrían encontrar (si muy gorda fuera la emergencia) al fascinante base australiano Patrick Mills, le rescataron del olvido para ser base suplente sin reparar en el pequeño detalle de que no les hacía falta un base suplente, si Parker descansa ahí estará siempre Ginóbili (casualmente) para todo lo que sea menester.

Hace cinco años acababa yo aquel artículo de la siguiente manera: Dentro de unos días, diez, doce a lo sumo, San Antonio se proclamará de nuevo campeón de la NBA. Como en 1999, 2003 ó 2005. No sufran por ello los lebronmaniacos: su cara puede aparentar 44 años pero James tiene sólo 22, aún estaría en edad de sénior universitario, tiempo tendrá de ganar no uno sino varios anillos, y más pronto que tarde… Y aún menos sufran por ello los aficionados al baloncesto, por favor; porque allá, en el paraíso del individualismo, el anillo una vez más no habrá ido a parar a una mera colección de individuos, no; habrá sido, de nuevo, para un verdadero EQUIPO de baloncesto.

Aquello (mi acierto, me refiero) tampoco tuvo demasiado mérito: cuando lo escribí San Antonio ya estaba en la Final, los Cavs apenas eran LeBron y nada más, olía ya de lejos a 4-0 como finalmente ocurrió. Tentado estaría hoy de escribir lo mismo para este 2012, no lo haré por no gafarlos (sobre todo) y porque las circunstancias tampoco acaban de ser las mismas: vamos aún por la final de conferencia, los Thunder son un buen equipo y darán guerra en su casa, la eliminatoria está encarrilada pero no resuelta; y al otro lado del cuadro muy probablemente esperaría otra vez LeBron (me cuesta confiar en los Celtics, aunque cosas mucho más raras les hemos visto), un LeBron ya maduro, un LeBron que ahora lleva de su mano a un prodigioso amiguito llamado Wade. Así que me conformaré con escribir lo obvio: que los Spurs son favoritos pero no tanfavoritos, que se lo van a tener que currar mucho más que en aquel 2007 pero pese a todo deberían ganar, y que así lo espero con toda mi alma (si es que tengo de eso): porque el hecho de que la mejor Liga de baloncesto fuera ganada por el mejor EQUIPO de baloncesto sería la mejor noticia posible para el baloncesto.

 

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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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