(ex) príncipe azul   Leave a comment

(publicado el 10 de mayo de 2012)

 

Hace ahora seis años y medio, más concretamente allá por octubre de 2005, escribí un cuento. Un cuento de nunca acabar, además. Un cuento de reglamento, con sus bandos irreconciliables, sus luchas intestinas, sus buenos que a otros parecían malos y sus malos que a otros parecían buenos, su príncipe azul. Sobre todo su príncipe azul, un príncipe azul que a esas alturas ya ni sabía de qué color era y que aún menos podía imaginar de qué color acabaría siendo apenas nueve meses después…

Me encantaría ponerles el enlace pero por desgracia se ha muerto, como todo lo que publiqué antes de septiembre de 2007 en aquella legendaria Plataforma SEDENA. Es decir, se ha muerto el enlace, no el cuento, el cuento lo conservo como (casi) todo aquello que escribí, tuve la precaución de recopilarlo por si acababa sucediendo lo que efectivamente acabó por suceder. Así que no me queda otra que hacer uncopiapega y ponérselo aquí por si acaso les apeteciera leerlo. Eso sí, ya se lo advierto, es un poco largo, en aquel entonces escribía aún más largo que ahora (incluso) así que si huyen despavoridos no se preocupen que no se lo tendré en cuenta. Y si se quedan pues nada, aquí lo tienen, les dejo con ello y luego a la vuelta ya les explico.

*****

Había una vez 
un lobito bueno 
al que maltrataban 
todos los corderos

y había también
un príncipe malo 
una bruja hermosa 
y un pirata honrado

todas estas cosas 
había una vez 
cuando yo soñaba 
un mundo al revés 


Y había una vez un extraño reino en el que todo el mundo estaba siempre enfadado, todos siempre peleando, enfrentados, discutiendo unos con otros. Aquel reino tenía una capital aún más extraña, un lugar agobiante e inhóspito en el que la mayoría de sus ciudadanos consumían interminables horas atrapados en el interior de unos ruidosos y humeantes vehículos; una ciudad horadada y taladrada por todas partes, tal vez en busca de ese tesoro del que nadie había oído hablar pero que sin duda tendría que existir, porque sólo eso explicaría tal frenesí agujereador. Un sitio en el que a pesar de todo la gente, por increíble que parezca, seguía viviendo; o tal vez sólo seguía sobreviviendo en medio de aquel montón de escombros.

Y por supuesto, allí había también dos bandos. Bueno, en realidad había muchos más, había bandos de todas clases y para todos los órdenes de la vida, todos los bandos necesarios para producir la enorme cuota de inútiles conflictos que a la larga sólo servían para alimentar a aquella ciudad monstruosa. Pero para lo que a nosotros nos ocupa, el juego aquel que básicamente consistía en introducir (cuantas más veces mejor) una esfera por el interior de un diminuto orificio, había simplemente dos bandos: el bando blanco y el bando azul. No es que fueran dos bandos irreconciliables, era mucho peor que eso: ambos bandos directamente se odiaban.

En los cuentos infantiles normales las cosas son muy fáciles, desde el primer renglón se sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos malísimos. Pero es que éste no se puede contar como un cuento normal. Aquí nunca se sabe quiénes son corderos ni quiénes son lobos, ni siquiera se sabe quién se come a quién. Los del bando azul siempre te contarán atrocidades interminables presuntamente cometidas por los blancos, pero si preguntas a estos te referirán todo tipo de crueldades y humillaciones llevadas a cabo por el bando azul. Los lobos se podían convertir en corderos y los corderos en lobos, sólo dependiendo del lado desde el que se les mirase.

Y en este cuento, cómo no, también había un príncipe. Un príncipe azul, además. Probablemente jamás cuento alguno conoció un príncipe como éste. Los príncipes suelen ser buenos, por definición, pero es que éste además de serlo lo parecía, seguramente tenía la mejor cara de buena persona que nadie conoció jamás. Nunca hubo príncipe más bondadoso, más luchador, más discreto, más humilde, más fiel, más entregado a su causa. Nunca hubo príncipe más querido por su pueblo, más admirado por su gente. Y sin embargo…

De repente, una mañana cualquiera, aquel príncipe anunció a los cuatro vientos que había decidido dejar de ser azul. Nunca nadie supo bien por qué, pero todo el mundo creyó saberlo. Unos dijeron que simplemente se cansó de su color, otros dijeron que su intención era conocer nuevos horizontes, algunos hablaron en voz baja de que él ya no se sentía a gusto con los nuevos monarcas azules, incluso hubo quien insinuó que éstos habrían decidido comerciar con él para recaudar fondos con los que recomponer sus menguadas arcas…

Fuera como fuera, nada extraño habría pasado si nuestro príncipe hubiese decidido pasar a formar parte de otros bandos lejanos, ajenos a aquella ciudad terrible. Si hubiese decidido unirse al bando rojo del norte, o al bando verde del sur, aquellas gentes azules que tanto le habían aclamado simplemente habrían llorado su partida, y meses después le habrían rendido un merecido homenaje al volver con un nuevo uniforme para la disputa de su enfrentamiento anual. Pero hete aquí que aquel príncipe renunció a conocer las cálidas tierras del sur, rechazó los cantos de sirena que le llegaban del frío y húmedo norte y, en un momento terrible, tomo la espantosa decisión que todas las gentes azules siempre habían estado temiendo: decidió ser…¡¡¡blanco!!!

Y entonces, lo que iba a ser triste despedida se convirtió en cólera feroz, crujir de dientes, sed de venganza… Quien antes fue considerado bondadoso y humilde pasó a ser visto como malvado y abyecto. Antes amado y respetado, y de repente se convirtió en el ser más odiado sobre la faz de la tierra. ¿Cómo era posible una traición así? ¿Qué encantamiento extraño, qué hechizo terrible le había sido hecho para nublar así su entendimiento, para hacerle llevar a cabo tan nefando crimen? ¿Quién se había cruzado en su camino? Tal vez brujas que algunos veían hermosas, tal vez piratas que según otros eran honrados… A lo largo de todo aquel verano extraños personajes, tal vez hadas madrinas, tal vez malvadas madrastras, revolotearon alrededor de nuestro príncipe, desde uno y otro bando, sumiéndole en la más absoluta confusión.

Porque además entre aquellos dos bandos existía una diferencia sustancial: el poder. A lo largo de todos estos años desde el bando azul habían contemplado, mitad con temor, mitad con envidia, mitad con desprecio (tres mitades parecen demasiadas, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así) el impresionante despliegue de poder que se ejercía desde las filas del bando blanco: un poder omnímodo, un poder que se ejercía ante todo y contra todos, un poder casi omnipotente ante el que prácticamente nada podía oponerse ni nadie podía resistirse. ¿Qué era lo que otorgaba a los blancos tan inmenso poder? ¿Acaso era el dinero, ése que parecían derrochar a manos llenas, como si ellos mismos pudieran fabricarlo? ¿Acaso la fama, la resonancia que habían adquirido a lo largo de todo el orbe planetario merced a sus gloriosos triunfos en aquel otro juego mucho más popular, ése que se disputaba en inmensas praderas y que consistía en introducir (cuantas más veces mejor, pero normalmente con una o dos ya era más que suficiente) otra esfera por el interior de un enorme rectángulo?

Y nadie representaba mejor ese poder que la máxima autoridad del temible bando blanco, un ser cuya sola presencia removía los más profundos cimientos, la mera mención de su nombre hacía que se tambalearan las más sólidas estructuras. Tal era su poder que algunos de sus más destacados súbditos no dudaban en calificarle como “un ser superior”. Nadie, jamás, se resistía a su llamada. Y él siempre llamaba a los mejores, él siempre se dirigía a los más grandes príncipes y guerreros de todo el orbe, y lo hacía sin respetar jamás aquel viejo pacto entre caballeros según el cual era siempre preciso hablar primero con los máximos mandatarios de un bando antes de hacerlo con el guerrero al que se pretendía. Él no, él, amparado en su enorme poder, los seducía con su hechizo y los atraía para sí mediante malas artes, indisponiéndolos al mismo tiempo con su bando de origen y provocando todo tipo de enfrentamientos que siempre desembocaban en el mismo desenlace: el guerrero finalmente caía en las redes blancas y abandonaba su bando de origen, que acababa claudicando simplemente a cambio de unas cuantas monedas que a duras penas alcanzaban a mitigar su pérdida. De este modo, a lo largo de los tiempos numerosos príncipes de lejanas tierras habían caído en sus redes, habían resultado atrapados por tanto oro como se derramaba sobre ellos y por los inmensos sueños de gloria que les despertaba aquella impresionante leyenda blanca.

Por estas y otras razones, el gran jefe blanco raras veces contaba con el aprecio de las autoridades de los otros bandos. Él era a menudo respetado, siempre temido, jamás apreciado. Sus malas artes ya eran conocidas en todo el orbe, e incluso en el juego de la pradera y el rectángulo ya casi eran vistas como algo normal. Sin embargo en ese otro juego, el del diminuto orificio, estas prácticas resultaban mucho menos corrientes, por lo que de inmediato provocaron el total rechazo de sus más altas autoridades. Y especialmente de las del bando azul, que decidió no quedarse quieto y luchar con todas sus armas para impedir aquello que consideraron un ultraje.

¿Qué hacer? Encontraron un antiguo acuerdo, firmado con su príncipe en aquellos ya lejanos días de felicidad. En aquel viejo papel el príncipe se comprometía a recompensar al bando azul con 36 monedas de oro si acaso alguna vez osaba abandonarlo. Era algo meramente simbólico, todos sabían que el príncipe jamás podría abonar esa cantidad, todos también sabían que aquel príncipe jamás les traicionaría… Sin embargo ahora las fuerzas azules se agarraban a aquel papel como su única tabla de salvación, si se llevan a nuestro príncipe al menos podremos obtener una gran compensación, una lluvia de monedas de oro con las que poder afrontar dignamente nuestro futuro…

Y así lo hicieron, pero con una salvedad: el príncipe azul sólo tendría que abonar esas 36 monedas si se convertía en blanco. En cambio, si accedía a ser verde, o rojo tal vez, no tendría que abonar tamaña cantidad; con la mitad, o incluso menos, sería más que suficiente. Claro está que semejante decisión fue recibida con tremenda indignación en las filas blancas: “¡Cómo es posible! ¿Acaso alguna vez se vio tamaña felonía? ¿Desde cuándo un mismo producto tiene un precio distinto en función de quién sea el comprador? Es como si voy al mercado, pido una lechuga y el vendedor me dice que para mí, por ser viejo y feo, la lechuga cuesta el abusivo precio de 36 reales, pero que si acaso se la pidiera aquella hermosa doncella que pasa por la otra acera, a ella gustosamente se la vendería por 18, tal vez menos, ¡y encima la lechuga proclamando a los cuatro vientos que no quiere saber nada de hermosas doncellas, que su mayor deseo es venirse conmigo!” (las lechugas habitualmente no hablan, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así).

Naturalmente todos tenían razón. Lo que equivale a decir que nadie tenía toda la razón. Las cosas normalmente son grises, tal vez más claras o más oscuras pero grises, no suelen ser ni blancas ni negras (o, en este caso, ni blancas ni azules). Pero las masas, enardecidas defendiendo su causa, no estaban para matices ni tonalidades: unos ojos lo veían todo blanco, negando todo lo azul. Los otros todo azul, ciegos para todo lo blanco. Y así, con la ceguera y la cerrazón de unos y de otros, el tema se fue pudriendo, y al final la podredumbre contaminó a casi todos los que por allí pasaron, guerreros ajenos al conflicto que de repente decidieron implicarse en él, protagonizando terribles enfrentamientos que a su vez sólo sirvieron para alimentar aún más el odio, el cual generó aún más enfrentamientos que a su vez… Y así hasta el infinito.

Y mientras tanto nuestro príncipe había dejado de ser el mismo. Se había convertido en un ser ausente, titubeante, estaba como sumido en una nube. Toda aquella decisión, entereza, gallardía, había desaparecido, tal vez para siempre. ¿Qué estaba pasando por su cabeza? Él, tradicionalmente callado, discreto, en esta ocasión decidió explicarse ante sus fieles, y lo único que consiguió fue enredar aún más las cosas. Les habló de que si seguía a su lado su entrega ya no sería la que había sido antes, y a cambio recibió toda clase de insultos. Incluso habló tímidamente de su princesa, aquella con la que meses atrás había contraído matrimonio, de cómo ella no quería aventurarse a conocer lejanas tierras y prefería permanecer en su lóbrega ciudad, al lado de los suyos. Y esto aún fue peor, “¡cómo es posible, cuándo se ha visto que un príncipe como es debido no sea capaz de imponer su voluntad ni siquiera en su propia casa, desde cuándo un príncipe tiene que claudicar ante la voluntad de su dama…!”, los insultos subieron aún más de tono, se hicieron irreproducibles. Ya nadie jamás recordó lo que él había hecho por ellos durante todos esos años. Aquello ya sólo fue de mal en peor. Y sin embargo al mismo tiempo todo seguía igual, todo lo que ya parecía estar podrido aún seguía pudriéndose más y más…

Este cuento no tiene un final feliz. De hecho ni siquiera tiene un final. Tal vez todos piensen que han ganado, pero eso sólo demostrará que todos han perdido. El bando azul no obtuvo sus 36 monedas de oro, ésas con las que esperaba aliviar su pobreza. El bando blanco aún espera ver llegar algún día a su deseado príncipe (y si ello no ocurre todos temen la terrible venganza de su ser supremo, aquel que nunca perdió en nada y que jamás recibió un no por respuesta). Y el príncipe por el momento siguió siendo azul, pero ya nada quedaba de aquel príncipe que habíamos conocido en otros tiempos. Ya era sólo un extraño ser, triste y mustio, que a veces vagaba por el campo de batalla como ánima en pena. En realidad ya ni siquiera era un príncipe. Se había convertido en rana.

Y colorín colorado, este cuento NO se ha acabado. No tiene final porque ni siquiera tiene principio, de hecho nadie sabe cuándo comenzó. Los más viejos del lugar cuentan que esta historia ya se dio desde mucho tiempo antes, con príncipes que se llamaron Ramos, Martín, Antúnez, Herreros, Reyes (ya es curioso que haya príncipes que se llamen Reyes, pero así era). Y cuentan que así seguirá sucediendo en el futuro, con príncipes que se llamarán Rodríguez, Suárez o cualquier otro nombre que ahora ni siquiera somos capaces de imaginar. Y es que éste, ya lo decíamos al principio, no es un cuento cualquiera. Éste en realidad es el cuento de nunca acabar. La verdadera historia interminable.


*****


A estas alturas no hará falta ya que les cuente cómo acabó el cuento (o mejor dicho, ese capítulo del cuento, que un cuento de nunca acabar nunca se acaba, por definición). Saben de sobra que aquel príncipe azul nunca llegó a ser blanco (o acaso sí lo fuera pero a efectos prácticos nunca llegó a vestirse de blanco), saben que casi un año después se convirtió en verde (quién nos lo iba a decir) no sin antes vestirse también de rojo y capitanear a aquellas intrépidas huestes que se bañaron de oro en las lejanas tierras de oriente. Y saben, cómo no lo van a saber, que tras su largo y fructífero periodo verde aquel príncipe eligió volver a ser azul siquiera fuera un año tan solo, ese último año tras el cual, harto de guerrear, se retiraría ya por fin, tras más de mil batallas, contento y en paz a sus cuarteles de invierno…

Llegados a este punto se estarán preguntando (si aún siguen ahí, cosa que dudo) a santo de qué viene ahora todo esto. Pues es bien sencillo, viene a que demasiadas veces, durante todos estos años, he pensado que en aquella temporada 2005/2006 fuimos todos muy injustos con Carlos Jiménez (lo mismo a estas alturas ya habrían adivinado que él era el protagonista del cuento). Sí, en primera persona del plural, fuimos: azules y blancos, aficionados y periodistas, dirigentes y ciudadanos de a pie… Todos. Le tratamos como si fuera una mercancía, uno de esos trapos que dos señoras agarran frenéticamente el primer día de rebajas (discúlpeseme el evidente machismo del símil), que yo lo vi primero, que yo ya lo había visto antes, que lo sueltes te digo, que te he dicho que es mío, así hasta que de tanto estirar de un lado y del otro al final acaban rompiendo el trapo y ya no es para ninguna de las dos… A punto estuvimos de romper para siempre a Carlos Jiménez, de hecho si no lo rompimos sí al menos lo desgarramos lo suficiente como para que costara luego más de un año recomponer los pedazos. Entre sus aspiraciones de mejora profesional, entre su fidelidad a unos colores (pero no necesariamente a quienes dirigían esos colores), entre el empeño de los unos en ficharlo para (a la par que se reforzaban) dar en las narices al de enfrente, entre el empeño de los otros en venderlo a cualquiera menos al de enfrente, entre (incluso) el legítimo deseo de su señora esposa de permanecer en Madrid para poder así continuar su actividad profesional, entre tantos tiras y aflojas casi acabamos olvidando que en medio de todo ello aún había un ser humano, los deportistas de élite también lo son aunque no siempre lo parezcan, de hecho algunos son más humanos que otros, a muchos se la suda todo ampliamente pero a otros estas cosas les afectan, vaya si les afectan. Si de algo pecó Carlos Jiménez fue de demasiado humano en aquellos días: pecó y pagó con creces las consecuencias.

Sí, fuimos entonces demasiado injustos con un tipo al que ni antes ni después (ni durante) se le conoció jamás ni un solo problema extradeportivo ni disciplinario ni de ninguna otra índole; un tipo con cara de no haber roto nunca un plato (probablemente porque nunca jamás haya roto un plato) y sin embargo perfectamente capaz de pelear cada balón como si en ello le fuera el partido, la victoria, la vida entera; un tipo que se dejaba la piel sobre la cancha a veces hasta literalmente, como aquella vez hace años contra las vallas de publicidad; un tipo al que en tiempos más o menos lejanos se le dedicaron cientos de veces aquellos extraños versos de dudosa rima, Carlos Jiménez, menudos huevos tienes. Pero también un tipo al que muchos aficionados jamás supieron ver y mucho menos entender, todos aquellos que sólo valoran a un jugador en base a los puntos que mete (tanto mejor si son de tres en tres), que todo lo demás les chupa un pie; todos aquellos que no entienden de intendencia ni de intangibles, que por no entender ni siquiera entienden que lo que verdaderamente importa es que gane tu equipo, no que ganes tú. Dijo una vez Scariolo (y dijo bien) que Carlos tiene mucha mejor mano de lo que la gente piensa; es más, Carlos tiene mucha mejor mano de lo que él mismo piensa… Durante años nos hartamos de decir que Jiménez no tenía tiro, tanto lo dijimos que acabamos convirtiéndolo en un lugar común, pero no era cierto, no por repetir mil veces una mentira ésta se convierte en verdad, por más que los propagandistas de turno intenten a menudo demostrarnos lo contrario: Jiménez nunca fue un tirador, pero nunca tuvo peor tiro que tantos otros que acostumbran a tirársela quince o veinte veces por partido. La única diferencia es que Jiménez nunca jamás se tiró un tiro que no procediera; más bien al contrario, demasiadas veces prefirió pasarla a tirarla, aunque procediera.

Nadie debería irse jamás así, nadie merece retirarse a la vez que desciende su equipo, aún menos que nadie lo merece Carlos Jiménez. Aquel lejano día que pasó de azul a verde (tras todo un año con la mente en blanco) empezó tal vez el declive definitivo de Estudiantes. No fue una excepción: tiempo más tarde dejó también el rojo y a la selección le costó dios y ayuda recuperarse, hace un año dejó el verde y ni les cuento cómo anda Unicaja (dirán en Málaga que ésa no fue la causa; es cierto, no fue la única causa pero sí una de las causas, otra más). Ahora deja no ya el azul (que también), verde o rojo sino todos los colores juntos, ahora se nos va (opinión acaso arriesgada) el mejor tres que este país haya conocido jamás. Estará por ver que pueda superarlo nuestro baloncesto.

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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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