inflamación (olímpica)   Leave a comment

(publicado el 10 de julio de 2012)

Anda particularmente revuelto el señor Stern en estos días, será acaso que ya siente de cerca la proximidad de su jubilación (no es que yo le quiera echar, líbreme el cielo, se trata de una mera cuestión de edad), proponiendo cruzadas el hombre para cambiar la faz de este juego (o de su Liga, al menos) como si en ello le fuera la vida. La primera viene ya de lejos, es la de elevar a 20 años el límite de edad para ingresar en la NBA, a mí particularmente me encantaría como fan de la NCAA que soy pero ello no me impide reconocer que lo tiene crudo, tanto más cuando hace apenas unos meses que se aprobó (tras sangre, sudor y lágrimas) el vigente convenio colectivo, en el que nada (que yo sepa) se recoge al respecto. La segunda es su preocupación (obsesión, más bien) por el flopping, la cual le ha llevado a anunciar que en breve presentará un sistema absolutamente infalible que permitirá diferenciar sin ningún género de dudas cuándo es falta en ataque y cuándo el defensor se ha tirado descaradamente a la piscina; qué quieren que les diga, lo creeré cuando lo vea, antes no, pero si así fuera espero que no tarden en exportarlo para que podamos implantarlo de inmediato en nuestras ligas (y no me refiero sólo a las de baloncesto). Y la tercera… la tercera cruzada es la razón de ser de este artículo (o lo que sea ya esto) ya que se trata de un asunto que me hincha someramente las pelotas, entiéndanse éstas como meros objetos esféricos absolutamente imprescindibles para la práctica de nuestro deporte y déjense de lado otras groseras acepciones que no mencionaré por estar en horario infantil (ya que en verano cualquier horario es horario infantil).

Para ilustrar dicha inflamación no estará de más que me remonte al principio de los tiempos (o casi): en el principio de los tiempos el olimpismo era una práctica absolutamente amateur, restringida a aquellos seres humanos que (aún por buenos que fueran) practicaban el deporte sólo por el mero placer de practicarlo y sin que ello les supusiera remuneración de ningún tipo. Para entendernos, el olimpismo de entonces era como la NCAA de siempre, si se comprobaba que alguien había percibido un estipendio por su actividad deportiva, aún por pequeño que éste fuera, se le cerraban las puertas de los Juegos y debía conformarse con verlos por televisión, cosa más meritoria aún si cabe ya que en aquel entonces por no haber ni siquiera había televisión. Claro está, los tiempos fueron cambiando, es lo que tienen, el deporte como espectáculo de masas se fue incorporando paulatinamente a nuestra sociedad y la frontera entre amateurismo y profesionalismo empezó a hacerse más y más difusa: había países (tanto más cuanto más hacia el Este) en los que los deportistas constaban como funcionarios, percibiendo una nómina por un trabajo que en realidad nunca jamás ejercían ya que su única ocupación era la práctica full time de su deporte (amateurismo marrón llamábamos a aquello); y había países (tanto más cuanto más hacia el Oeste) en los que unos deportes eran profesionales y otros eran amateur porque sí, por decreto, porque así estaba definido aunque fuera manifiestamente evidente que unos cuantos de esos presuntos amateur en realidad vivían de su deporte como si fueran auténticos profesionales.

En lo que al baloncesto se refiere no había oficialmente otra liga profesional que no fuera la NBA (y aledaños, es decir, también la ABA o la CBA mientras éstas existieron; y la liga filipina, ya puestos, si bien ésta a título meramente anecdótico). El resto de ligas baloncestísticas en todo el orbe planetario eran oficialmente amateur, incluidas la nuestra o la italiana pongamos por caso, aunque a nadie le cupiera la menor duda de que los Epi o Meneghin de la época no necesitaban precisamente otra ocupación para ganarse la vida. Razón por la cual cuando llegaban un Mundial o unos Juegos los nuestros o los rusos o los yugoslavos o los brasileños o los que usted se quiera imaginar participaban con lo mejor que tenían mientras que los yanquis no podían contar con sus profesionales y tenían que conformarse con tirar de universitarios. Lo cual les sirvió casi siempre hasta más/menos mediados de los ochenta pero a partir de ahí se les empezó a acabar el chollo. Por esta razón, pero también (y sobre todo) porque aquella situación de hipocresía institucionalizada ya no había dios que la sostuviera, en un momento dado el olimpismo, Samaranch al frente, decidió liarse la manta a la cabeza y al grito de o todos moros o todos cristianos proclamar abierta la era open para siempre jamás, de tal manera que cada deporte contara en los Juegos con lo mejor que tuviera sin establecer ninguna clase de diferenciación en base al origen de sus ingresos. Así sucedió en el baloncesto desde aquel histórico dream team del 92, así sucedió del mismo modo en el tenis, en el ciclismo, en el atletismo, en todas aquellas especialidades que tenían vetada su participación al deportista profesional…

¿En todas, dije? La FIFA se convirtió de inmediato en mosca cojonera y dijo que no, que esa nueva realidad podría ser perfecta para otros deportes pero de ninguna manera valdría para el suyo, que el fútbol es diferente a todo porque no se parece a nada (o viceversa)… O dicho de otra manera, que ustedes hagan lo que les dé la gana con todas las demás disciplinas pero la mía no me la toquen, háganme el favor. En el fondo y por increíble que parezca todo fue una cuestión de celos, los que sintió Havelange cuando pensó que si a los Juegos iban los mejores entonces la gente haría menos caso a su Mundial. Interesante argumento dado que en todas las disciplinas hay campeonatos mundiales y no parece que éstos se resientan en absoluto por la competencia de los Juegos Olímpicos cada cuatro años, luego menos aún si cabe habría de resentirse el fútbol, pasión de multitudes. Pero claro, vaya usted a explicárselo entonces a Havelange (u hoy a Blatter, o a Platini, tanto da) que a mí me da la risa. No hubo manera de que dieran su brazo a torcer, lo cual convirtió al fútbol en una especie de excrecencia del sistema; ¿cómo armonizar que el fútbol siguiera siendo olímpico (varias veces en todos estos años estuvo a punto de dejar de serlo), que ya no hubiera diferenciación (ni real ni ficticia) amateurismo/profesionalismo y que de ninguna manera pudieran participar los mejores? De repente el fútbol olímpico se convirtió en una especie de Mundial sub23, si bien con tres (creo) posibles excepciones mayores de esa edad por cada selección; y de esta guisa hemos llegado a nuestros días, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya…

Retomemos pues (una vez convenientemente ilustrados) la tercera cruzada del señor Stern, que como ya habrán escuchado pretende restringir el baloncesto olímpico a los menores de 23 años. Como el fútbol, vamos, no sé si con excepciones o incluso sin ellas siquiera. Se ve que al hombre le vienen calentando los cascos los propietarios de sus franquicias (que son al fin y al cabo quienes le comisionaron para el cargo), que ven cómo se les van sus criaturas internacionales verano tras verano sin recibir ni una mera compensación por sus servicios más allá del consabido seguro por si alguno se les rompe; que claro, con torneos europeos, americanos y mundiales en general les importa menos porque muchos se escaquean pero con los olímpicos se ponen como locos, quieren ir los que están clasificados y los que no lo están pero quieren clasificarse, por querer quieren ir hasta los yanquis, los kobes, los duranes, los lebrones y claro, así no hay manera… Digo yo que Stern no sabrá mucho de soccer pero alguien le habrá chivado que hay por ahí un deporte que se juega con los pies a cuya versión olímpica sólo van los yogurines, y claro, de repente se le habrá encendido la bombilla y habrá dicho ¡¡¡tate!!! (pronúnciese téit en este caso), si a la cosa esa tan rara sólo van veinteañeros recién cumplidos a ver por qué habríamos nosotros de ser menos… Y dicho y (todavía no) hecho, y ya anda el hombre dando la brasa en todos los foros cada vez que le preguntan y cuando no también, y es bien sabido que a pesado no le gana nadie y que además acostumbra a salirse con la suya, razón por la cual me temo lo peor…

Claro está, cuando un gracioso hace una gracia lo peor que puede pasar es que aparezca otro a reírle la gracia aunque ésta no tenga ni puta gracia (aunque estemos en horario infantil no habrá un solo niño en su sano juicio que haya aguantando leyendo hasta aquí), no sé si me explico. No conozco a ciencia cierta la respuesta de la FIBA pero puedo imaginármela, como unas castañuelas andarán las criaturas a la manera de la FIFA, convencidos en su tierna ingenuidad de que si así fuera la repercusión mediática de su Mundial se dispararía hasta límites insospechados al pasar a tener el monopolio de duranes derones en detrimento de los Juegos. O dicho de otra manera, desnudar a un santo para vestir a otro, con la particularidad de que este último santo venía estando ya suficientemente bien vestido. Créanme, no tengo un particular aprecio (más bien lo contrario) por esa extraña cosa que llaman la Gran Familia Olímpica, pero sí tengo un muy particular aprecio por mi felicidad: y en términos deportivos pocas cosas me hacen más feliz que los Juegos Olímpicos, y en términos olímpicos no hay competición que me haga más feliz que la de baloncesto. Así pues, amigo Stern y amigos de la FIBA, se lo ruego, tengan la bondad, no me toquen las pelotas, ni las necesarias para practicarlo ni cualesquiera otras que pudieran imaginar, háganme ustedes el favor…

Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en NBA, preHistoria, selecciones

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