Partizan de Fuenlabrada   Leave a comment

(publicado el 20 de septiembre de 2012)

 

Hubo hace tiempo un país que en realidad no era un país sino una suma de países, una suma imposible (como aquella de sumar peras con manzanas, que decía cierta alcaldesa de cuyo nombre no quiero acordarme), una suma que más que sumar restaba y que a partir de determinado momento se convirtió en división, y de ahí en confrontación y de ahí en guerra abierta, los unos contra los otros, los otros contra los unos, los unos del país de los otros contra los otros del país de los unos, todos contra todos hasta el exterminio final (o hasta que se puso un parche y la comunidad internacional optó por situarse en medio, vaya usted a saber). Aquel país, de nombre (lo aclararé cuanto antes no vaya a ser que piensen lo que no es) Yugoslavia, tuvo una selección de baloncesto que fue la envidia del mundo entero (drimtimes al margen), una selección en la que el todo sí equivalía (o superaba, incluso) a la suma de las partes, un equipo que epató al mundo entre 1989 y 1991 y que habría seguido epatándolo durante toda la década de los noventa si aquella maldita guerra no lo hubiera puesto todo del revés. Aquella maldita guerra destruyó aquella bendita selección, mandó a cada mochuelo a su olivo, convirtió a aquel puñado de amigos (o que creían serlo, al menos) en enemigos irreconciliables y dejó a aquel país de países (que ya era ex país) hecho un solar, una verdadera ruina en el sentido más literal de la palabra. Nada volvió a ser igual tras aquel verano de 1991, y el baloncesto tampoco habría de ser una excepción: donde antes hubo una selección ahora habría varias, donde antes hubo una política común ahora cada quien habría de buscarse la vida por separado; cuanto antes, además. Llegaba el otoño, comenzaban las competiciones europeas, la FIBA ante la presión internacional amagó con dejar fuera a los equipos (ex) yugoslavos dado el riesgo evidente que suponía ir a jugar a un país en guerra… pero luego se lo pensó dos veces, reparó en que era mucho más lo que perdía que lo que ganaba y optó por una decisión salomónica: los clubes balcánicos podrían disputar la máxima competición continental siempre y cuando lo hicieran allende sus fronteras, es decir, siempre y cuando encontraran un lugar fuera de territorio yugoslavo para disputar sus partidos como local. Dicho y hecho…

Otoño de 1991. La burbuja baloncestera que había vivido este país (el nuestro, me refiero) durante los felices ochenta estaba a punto de estallar, o acaso hubiera estallado ya sin que nos diéramos cuenta. Aún se vendía bien todo lo que oliera a baloncesto, aún quedaban unos cuantos meses (angolazo mediante) para que todo aquel castillo de naipes se nos viniera abajo sin remedio. En condiciones normales tres equipos ex yugoslavos buscando casa muy probablemente la habrían encontrado en Italia o en Grecia, países de rancio abolengo baloncestero y que les pillaban mucho más cerca; pero aquellas no eran condiciones normales, en absoluto, de hecho media España (ligera exageración) se movilizó por acoger en su seno a aquellos tres equipos: hoy se recuerda mucho (en este mismo post, sin ir más lejos) que el Partizan jugó sus partidos como local en Fuenlabrada pero casi nadie parece recordar que los otros dos equipos balcánicos, croatas ambos dos, también encontraron acomodo en nuestras tierras: aquella Jugoplastika de Split que luego fue Pop84 y que aquel año si mal no recuerdo se llamaba Slobodna Dalmacija (creo que era el nombre de un periódico local) se instaló en A Coruña, mientras que aquella legendaria Cibona de Zagreb (que aún llevaba en sus camisetas por aquel entonces la publicidad de Puertas Dintel) fue a parar a la localidad gaditana de Puerto Real, de gran raigambre baloncestística ya que solía ser sede de un prestigioso torneo veraniego. Visto de lejos podía parecer que coruñeses y gaditanos se habían llevado el premio gordo y que a Fuenlabrada le había caído la pedrea, el equipo de menos tradición con diferencia, aparentemente el más flojo de los tres… No tardaríamos mucho en descubrir lo equivocados que estábamos.

Pongamos las cosas en perspectiva, entonces no era como ahora que a cualquier chaval joven que destaca le conoce todo dios, teníamos acaso ligeras nociones de quiénes eran Djordjevic, Danilovic o Rebraca, creíamos saber lo que podrían llegar a ser pero en modo alguno imaginábamos lo que realmente serían ya desde apenas unos meses después. Un equipo muy joven con un técnico no menos joven, un técnico al que aún nos costaba ver como tal porque hacía apenas cuatro días que le habíamos visto vestido de corto; claro que no éramos nosotros solos, el propio Zeljko Obradovic declaró unas cuantas veces que aún se sentía mucho más jugador que entrenador por aquel entonces. No lo tenían nada fácil, ni en términos deportivos ni sociales o incluso humanos: La prensa de la época presentaba a los serbios como los malos de la película, los que la habían liado, aquellos cuyo nacionalismo parecía pasar necesariamente por el exterminio de los demás, siempre azuzados por aquel turbio personaje llamado Slobodan Milosevic. Y muy probablemente fuera así, quién soy yo para negarlo, pero sucedió que esto no iba tanto de política como de deporte y el deporte lo que nos mostraba era a un grupo de entusiastas chavales que querían comerse el mundo dirigidos por un técnico aún más hambriento si cabe. Aquel entusiasmo partisano encontró su perfecto caldo de cultivo en el entusiasmo fuenlabreño, en aquella ciudad-dormitorio del sur de Madrid que jamás en su historia había tenido la ocasión de vivir nada semejante. Sin que ni unos ni otros lo supieran, en aquellos días se puso la semilla de la que hoy es una de las plazas más sólidas de nuestro baloncesto. Pura química, que no se quedó siquiera en Fuenlabrada sino que trascendió aún más allá gracias a que varios (o todos) de aquellos partidos se televisaron (no me pregunte si por TVE o por Telemadrid, mi memoria no da para tanto) generando una gran corriente de simpatía hacia aquel equipo yugoslavo, algo que habría sido completamente impensable meses atrás… Definitivamente, eran otros tiempos.

El resto es historia como suele decirse, y seguro que se la saben de sobra: aquel Partizan de Fuenlabrada se clasificó contra todo pronóstico para cuartos de final, y una vez allí eliminó contra todo pronóstico (y con desventaja de campo) a la mismísima Virtus de Bolonia (Obradovic vs Messina, sólo fue el principio, quién les iba a decir a ellos todo lo que habría de venir después). Aquella Final Four de Estambul (chinpún, añádase en homenaje a la Demencia) sería sencillamente imposible a día de hoy, sobre todo por la parte que nos toca: Partizan, Olimpia (entonces Philips) Milán, Joventut y Estudiantes. Contra todo pronóstico Partizan se cargó en su semifinal a los milaneses, se plantó en la Final ante la Penya, no hará falta que les diga que todos los pronósticos apuntaban hacia Badalona, no hará falta que les recuerde que todos pensamos que así iba a ser cuando Tomy Jofresa penetró y dejó aquella bandeja a apenas siete u ocho segundos para el final, no hará falta que les cuente la cara que se nos quedó a todos cuando aquel saque de fondo encontró a Sasha Djordjevic y éste (aún con su abundante cabellera negra por aquel entonces) se elevó desde la línea de tres para clavar una de las suspensiones más legendarias de toda la historia del baloncesto europeo. Y Juanan Morales que se daba de cabezazos contra el soporte, y Lolo Sainz que no sabía dónde meterse, y Pedro Barthe que se agarraba uno de esos cabreos bíblicos que le eran tan frecuentes en aquellos tiempos, ¡¡¡…si ni siquiera llegando dos equipos ACB a la Final Four somos capaces de ganarla, cómo es posible, tendrán que llegar tres o a lo mejor ni así tampoco…!!! (Sólo habrían de pasar un par de años para que esa misma Penya la ganara, sólo habrían de pasar tres para que la ganara el Madrid, ambos dos casualmente entrenados por Obradovic; pero aquellas fiestas ya no las narró él, sino Trecet). Y mientras, subido a la mesa de anotadores, Sasha Djordjevic gritaba a los cuatro vientos su alegría que no era sólo suya sino de todo un equipo, de todo un país… y acaso también de una populosa población del sur de Madrid que aquel Jueves Santo de 1992, con todo el derecho, se sintió también un poco campeona de Europa.

Mañana viernes 21 de septiembre de 2012 (acaso ya hoy cuando usted lea esto) el Partizan de Belgrado jugará en el Pabellón Fernando Martín un partido que en otras circunstancias sería un amistoso más, uno de tantos partidos de preparación como se disputan a lo largo de la pretemporada. Pero este no puede ser, no va a ser de ningún modo un amistoso más sino más bien un emotivo reencuentro, más de veinte años después: el reencuentro del equipo que hizo nacer y crecer el baloncesto en Fuenlabrada con la ciudad que abrió y alfombró el camino para la primera (y única, por ahora) Copa de Europa del Partizan. A muchos (aunque no vivamos en Fuenlabrada, aunque no hayamos pisado jamás aquel pabellón) se nos pondrá la carne de gallina, aquellos que no lo vivieron o que no lo recuerden puede que no lo entiendan (ni aún después de haberse leído todo este rollo que les acabo de soltar) pero si es así les aconsejo encarecidamente que no dejen de ver (si aún no lo vieron) el reportaje que hace unos meses emitió Informe Robinson para conmemorar el veinte aniversario de todo aquello. No se preocupen, no tienen que ir a buscarlo, se lo pongo mucho más fácil, les bastará con pinchar aquí. Véanlo, disfrútenlo, emociónense incluso… y luego ya me cuentan.

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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

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