septiembre   Leave a comment

(publicado el 4 de septiembre de 2012)

 

Para gran parte de los mortales, septiembre viene a ser como un lunes por la mañana pero a lo bestia. Como si nos hubieran expulsado del paraíso, como si una vez al año nos dieran a probar la fruta prohibida e inmediatamente después nos la quitaran para volver a darnos las acelgas cotidianas pongamos por caso. Le decía yo el otro día a mi señora, dada la mala leche que se le pone todos los años por estas fechas (que en realidad es la misma que se me pone a mí, sólo que ella lo exterioriza más), que las vacaciones tienen un efecto contraproducente en nuestras vidas: el cabreo que nos agarramos cuando se acaban es muy superior a la alegría que nos entra cuando empiezan, razón por la cual a partir de ahora quizá deberíamos renunciar a ellas por no ser tanto fuente de felicidad como de desdicha. Evidentemente lo decía de coña, lo aclararé cuanto antes no vaya a ser que alguien del Gobierno atrape la idea y se ponga a legislar en tal sentido, que sólo eso nos faltaba ya…

Y es que éste no es un septiembre cualquiera sino más bien la madre (o el padre, no sé) de todos los septiembres. Todos los septiembres (para quien haya tenido vacaciones en agosto, entiéndase) son una putada pero éste es LA PUTADA, con mayúsculas, por definición, ustedes disculpen la ordinariez. Todo final de vacaciones representaba volver a la cruda realidad pero aún por cruda que ésta fuera nunca había alcanzado estos niveles de amargura, esta permanente sensación de que el suelo se abre a cada rato bajo nuestros pies. Todos los años por estas fechas intentábamos llevarlo con dignidad y mantener la cabeza bien alta pero este año sabemos que da igual, que ni dignidad nos dejan, que a quién le importará cómo llevemos la cabeza cuando bastante tenemos ya con apretar el culo, aún sabiendo que es completamente inútil, que en cuanto nos descuidemos encontrarán otra vez algún resquicio por el que… (vale, sí, ya lo dejo, supongo que ha quedado suficientemente claro)

 

En semejantes circunstancias sólo nos queda agarrarnos (como a un clavo ardiendo) a esas pequeñas cosas que nos hacen felices… y sí, efectivamente, acertó usted, éste es ese preciso momento en el que empezaré a hablar de baloncesto, que creo yo que ya tocaba a estas alturas del post. De baloncesto o lo de que aún quede de él (ya lo sé, no está resultando ésta precisamente la entrada más alegre de este blog), al menos en lo que al baloncesto patrio se refiere. No hará falta que se lo recuerde, nos hemos pasado años y años y más años vendiendo (vendiéndonos) aquello que de éramos la segunda mejor liga del mundo después de la NBA, tanto lo repetimos que al final muchos acabaron creyéndolo, que hasta acabamos creyéndonoslo nosotros mismos incluso… Y hasta aquí. Déjenlo, ya no cuela, ni de coña, nunca más. La que un día se autoproclamó la mejor liga de baloncesto de Europa hoy ya sólo es la mejor liga de baloncesto de España, ahí no parece que vaya a tener competencia, tanto menos a la vista del hundimiento de la LEB, vía FEB. Pero esa es otra historia…

 

Es cualquier caso es lo que tenemos, no queda otra, a ello habremos de seguir agarrándonos aunque el clavo queme aún más que de costumbre. Aunque aún no sepamos si lo vamos a ver, dónde lo vamos a ver, cómolo vamos a ver, qué vamos a ver. Aunque tengamos meridianamente claro que toda crisis por definición tiende a agrandar aún más la brecha entre ricos y pobres haciendo poco a poco desaparecer esa entelequia denominada clase media, lo mismo usted ya se habría dado cuenta a poco que hubiera mirado a su alrededor. Y el baloncesto no es una excepción, cómo habría de serlo: en el primer escalón Madrid y Barça, en el segundo Baskonia (a duras penas) y Unicaja, en el tercero quizás Valencia y Bilbao… Y a partir de ahí un totum revolutum que empieza tal vez en Sevilla o San Sebastián, que acaba tal vez en Valladolid o Tenerife. Clase alta, clase media-alta… y clase baja, acaso media-baja en algún caso, la media-media ya sólo son recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía el tango. ¿Acabará sucediendo en la ACB lo que sucede en el fútbol, que hay más distancia del segundo al tercero que del tercero al decimoctavo? Ojalá no, por dios, escalofríos me dan sólo de pensarlo. Pero no lo descarten.

 

En fin, que agarrémonos fuerte al clavo y tiremos de refranes a la manera de mi difunta abuela, que siempre resultan ser muy socorridos para estas cosas: no hay mal que por bien no venga, por ejemplo. Perderemos élite pero ganaremos juventud, seremos como esas ligas tradicionalmente exportadoras que a fuerza de exportar y exportar acababan rejuveneciendo sus planteles año tras año, nosotros no llegaremos a tanto (todavía) pero algo es algo, miremos por ejemplo ese Cajasol (o como demonios se llame esta temporada) de Aíto plagado de yogurines que no lo va a reconocer ya ni la madre que lo parió. O miremos nuestrosamericanos (de USA, mayormente): tanto como nos habremos quejado en temporadas precedentes de la endémica endogamia que aquejaba a nuestra Liga, tanto como habremos puesto el grito en el cielo ante el empeño por preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer, y ahora de repente (sigamos con los refranes: a la fuerza ahorcan) el club al salir de clase ha llegado por fin a la ACB: tíos de cuya vida y milagros ya les he puesto la cabeza mala durante estas últimas temporadas, tales como Robbie Hummel (Purdue) y William Buford (Ohio St.) recién llegados a Santiago de Compostela, o como Kyle Kuric (Louisville) recién llegado a la calle Serrano de Madrid (y a punto estuvo de acompañarle el Lobito Fernández, vía Milán). O tíos de idéntica procedencia pero a quienes aún no tengo el placer de conocer, como esos Ragland y Gatens recién aterrizados en Murcia. Incluso podríamos meter en el mismo saco a Corey Fisher (Villanova/Penya) o Jon Scheyer (Duke/Granca), que no se estrenan precisamente en Europa (que hasta macabeo ha sido ya el segundo) pero que aún tenemos suficientemente reciente su paso por la NCAA como para que nos todavía nos resulte una muy grata sorpresa su llegada a la ACB.

 

O dicho de otra manera (o de la misma, si de refranes hablamos): que el que no se consuela es porque no quiere. No sabemos muy bien qué ACB veremos (ni cómo, ni dónde) pero sabemos que veamos lo que veamos lo disfrutaremos; que sabremos buscar los alicientes hasta debajo de las piedras si es necesario, de hecho aún no ha empezado y ya estamos encontrándolos, véase el párrafo anterior. Es nuestro sino, nuestra tendencia innata a asumir la cruda realidad tal como venga y, ya que no podemos cambiarla, intentar al menos sacarle el mejor partido posible. Seguir sobreviviendo, no nos queda otra, tal como están las cosas casi cabría añadir que afortunadamente. Aunque en nuestro baloncesto, como en la vida, también haya llegado septiembre.
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Publicado noviembre 5, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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