Scalabrine Time   Leave a comment

Probablemente se estarán ustedes preguntando (que son ustedes muy de preguntarse cosas) de dónde habrá salido esa foto que se les aparece ante sus ojos cada vez que cometen la imprudencia de entrar en este blog. O puede que en vez de preguntárselo hayan acercado ustedes sus pupilas a la pantalla (me consta que alguno ya lo ha hecho), hayan guiñado los ojos y hayan comprobado (no sin dificultades) que ahí abajo junto a la línea de fondo pueden leerse dos palabras, Southern California. Efectivamente, premio para el caballero (o para la señora, si la hubiere), se trata del Galen Center, cancha en la que acostumbra a jugar sus partidos (buena parte de ellos, al menos) la susodicha Universidad del Sur de California, USC para los amigos, los Trojans ya para los íntimos.

Ahora bien, como son ustedes muy de preguntarse cosas, es posible que también se estén preguntando por qué demonios habré elegido para ilustrar mi zaid Arena precisamente esa arena y no cualquier otra. Buena pregunta. No les voy a engañar (cómo podría…), elegí esa foto básicamente por motivos técnicos, porque así en un primer vistazo no encontré ninguna otra que se adecuara mejor a mis necesidades, así en cuanto a calidad como a estética o a adaptabilidad respecto al tamaño del marco que estos señores de WordPress tienen a bien poner amablemente a mi disposición (y en cualquier caso no se trata de una elección definitiva porque no habrá elecciones definitivas, porque mi idea es que el look se vaya renovando cada cierto tiempo). Pero tampoco les voy a negar que, más allá de motivos técnicos, esta Universidad de Southern California siempre me cayó bien. Es decir, no diré que es mi equipo porque ese honor (en lo que a baloncesto universitario se refiere) se lo tengo reservado a Syracuse, pero sí vendría a formar parte de un selecto y recogido elenco de universidades que me gustan, que me caen mucho mejor que la media y que querré que ganen siempre salvo cuando les toque jugar contra Syracuse: Temple, Creighton, Missouri, Indiana, Colorado, Oregon… y sí, también USC.

Claro que ahora se estarán ustedes preguntando (hay que ver, no paran) de dónde vienen esas simpatías mías por USC. Pues vienen de hace ya más de una década, de tiempos muy anteriores a O.J. Mayo, de tiempos incluso anteriores a Taj Gibson (que ya me gustaba mucho por aquel entonces) y Nick Young. Vienen de un equipo de Southern California que causó sensación a comienzos del presente milenio, llegando a Final Regional y dejando por el camino una estela de excelente baloncesto. El entrenador de aquel equipo era Henry Bibby, el padre de Mike, a día de hoy asistente de Hollins en los Grizzlies. La estrella de aquel equipo era Sam Clancy, poderoso jugador interior que probablemente habría llegado a la NBA de no haberle faltado algún centímetro y que como no creció lo suficiente se vio abocado a peregrinar por otras tierras, mismamente por ésta (Valladolid, Menorca, sin demasiado éxito en ninguno de los dos casos) pero también por Rusia, Israel o Argentina, sobre todo Argentina. El jugón de aquel equipo era un prodigioso saltimbanqui cuyo arrebatado estilo parecía corresponderse perfectamente con las dos primeras sílabas de su apellido a la francesa, Jeff Trepagnier. El alero era un tipo discreto y buen tirador del que jamás se nos hubiera ocurrido imaginar la gran carrera internacional que acabaría haciendo, David Bluthenthal, entonces aún no era israelí (aunque a la vista de su apellido no era difícil suponer que acabaría siéndolo) ni se había recortado aún el nombre para dejárselo en Blu. El base he tenido que buscarlo porque no recordaba cómo se llamaba, Brandon Granville, el típico director de juego enloquecido y tan sobrado de talento como escaso de criterio, de esos que casi siempre acaban siendo más un problema que una solución. Y por último (pero no por ello menos importante, más bien al contrario), el quinto miembro de aquel quinteto era un presunto (muy presunto) pívot, cuyo nombre ya habrán deducido a poco que recuerden el título de este post…

Los narradores pluseros de aquellos veranos (entonces la NCAA sólo se nos aparecía en verano, aunque se hubiera jugado en realidad cinco meses antes) acostumbraban a pronunciárnoslo a la inglesa, algo así como Escálabrain, aún habría de pasar un tiempo para que Daimiel y Montes nos rompieran los esquemas pronunciándolo a la italiana, Escalabrini. Dos pronunciaciones diferentes y un solo jugador verdadero… que parece como si en realidad hubieran sido dos jugadores, también. O dicho de otra manera, mis lejanos recuerdos de aquel que llamábamos Escálabrain nada tienen que ver con mis cercanos recuerdos de aquel a quien aún hoy llamamos Escalabrini. El Brian Scalabrine que yo conocí en aquellos Trojans era un pedazo de jugador (espere, no me insulte aún, no me ponga esa cara, concédame al menos el beneficio de la duda). Atípico, no se lo voy a negar, pero pedazo de jugador al fin y al cabo. Un cuerpo extraño, desgarbado y pelirrojo, que no se restregaba mucho por dentro pero que (por extraño que hoy les pueda parecer) era quien verdaderamente dirigía al equipo desde fuera (desde fuera de la zona, me refiero). Pensarán que he enloquecido (y tal vez tengan razón) pero puedo asegurarles que Scalabrine era la verdadera cabeza pensante de aquel equipo, la única alternativa verdaderamente válida a la jaula de grillos que tenía por cerebro el tal Granville. La imagen que se me quedó grabada, la que más se me viene a la memoria de aquel Scalabrine original es verle distribuyendo el balón una y otra vez en la cabeza de la bombilla cual si de un Pinone cualquiera (aunque suene a herejía) se tratara, puro poste repetidor organizando el juego desde su atalaya. Recuerdo que pensé entonces que un tipo así tendría muy difícil encaje en la NBA, por una mera cuestión de músculo, pero que podría ganarse muy bien la vida y hasta marcar una época en el baloncesto europeo (otra vez a la manera de Pinone), por una mera cuestión de inteligencia. Hoy sigo pensándolo, aunque todo haya sucedido justo al contrario de lo que pensé.

A veces en la vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón o cola de león, como si dijéramos. Entre ser un jugador importante en una liga menor (para los americanos -de USA- toda liga profesional que no se llame NBA es una liga menor) o ser un mero calientabanquillos en la mejor liga del mundo. No pretendo juzgarle, líbreme el cielo, primero porque no soy quién para juzgar a nadie y segundo porque en realidad no sé qué clase de ofertas tuvo de Europa, si es que las tuvo. Ahora podría venir yo muy digno y decir que cuánto mejor que me pagaran por trabajar en Turquía a que me pagaran por no dar un palo al agua en Massachussets, podría decirlo y sonaría de lo más profesional y me quedaría tan ancho, aunque a decir verdad no sé si estaría siendo muy sincero con semejante afirmación. Muchos norteamericanos se ganan la vida en Europa por no tener ofertas de USA, o porque las ofertas que tienen de Europa superan con creces a las que puedan tener de USA. No parece que ese fuera nunca el caso de Scalabrine, a él nunca le faltaron las ofertas, a las pruebas me remito. Dije en el párrafo anterior (y ustedes me pusieron cara rara, no me lo nieguen) que en sus años mozos era un jugador extremadamente inteligente. Hoy parece evidente que fuera de la cancha lo fue también durante toda su carrera. Pocos jugadores habrán optimizado más sus ingresos, pocos habrán obtenido tanto beneficio por tan poco esfuerzo, muy pocos deportistas profesionales tendrán un ratio dinero ganado/minutos efectivamente disputados superior al suyo, ríase usted de aquel Jim McIlvaine. Que se lo ha llevado muerto, pues sí, qué duda cabe, pero eso en ningún caso será culpa suya, de ser culpa de alguien lo será de quien se lo pagó.

Eso sí, reconoceremos que él aceptó gustoso un papel que a algunos desde la distancia nos produce un poco de vergüenza ajena, el de mascota virtual. Es un papel que suele darse en algunas franquicias NBA, que tienen mascotas reales (todo lo real que pueda ser un muñeco) pero que a veces tienen también mascotas virtuales: dícese de aquellos jugadores generalmente blancos, grandes, poco agraciados físicamente y con pinta de no estar muy dotados para este juego, y que por lo general ocupan el fondo del banquillo y sólo juegan los minutos de la basura en el mejor de los casos. En Europa ese papel suele estar reservado a jóvenes promesas y cubrecupos varios (esa sería otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión) pero en USA no necesariamente, en USA puede serlo cualquiera aunque tenga ya treintaitantos años, basta con que cumpla las condiciones anteriormente descritas, recuerden por ejemplo a aquel Pat Burke que tuvo cierto éxito en Baskonia y Madrid, cómo ejerció después de mascota virtual en Phoenix: saltaba a la cancha con el partido resuelto y era como si de repente aquello dejara de ser baloncesto para convertirse en circo, el numerito de la risa, el bombero torero y sus enanitos rejoneadores, algo así: la gente (la poca que aún quedaba) entraba en trance, dásela, dásela, aún no había hecho nada con ella y ya se le descojonaban, tira, tira, si la metía montaban una fiesta, si la fallaba la montaban más todavía, si tenía la mala suerte de que le saliera un airball ya era casi un orgasmo general. Scalabrine tuvo al menos una ventaja sobre Burke y sobre tantos otros como Burke, él casi siempre la metía. Y además supo siempre adaptarse perfectamente a esa situación, asumir con dignidad el papel de White Mamba, no mostrarse jamás incómodo sino integrarse perfectamente como una parte más (la más fundamental, de hecho) del chou. Inteligencia, ya se lo dije.

Hace algunos meses anunció públicamente su retirada y no hará falta que les recuerde que dicha noticia provocó de inmediato toda clase de risas y chanzas en Internet, hay que ver, qué terrible pérdida para la Liga, la NBA ya nunca volverá a ser lo mismo, cosas así; y no digamos ya cuando pocas semanas después anunció (o acaso lo soñé) que declinaba la generosa oferta de los Bulls para entrar a formar parte de su staff técnico porque su verdadera intención era emprender una (esperemos) brillante carrera como analista baloncestero televisivo. Más chanzas y más risas, quizá ignorando que él, precisamente por su bien amueblada cabeza y (sobre todo) por su privilegiada posición en primera fila durante todos estos años, puede que sea de las personas más indicadas para desempeñar esa función. Nadie vio tanto baloncesto tan de cerca, nadie conoce mejor que él la perspectiva desde el banquillo porque nadie chupó más banquillo. Nadie en estos últimos años encarna mejor ese mítico concepto yanqui del agitatoallas que Brian Scalabrine.

Y si no, que se lo pregunten (por ejemplo) a Rasheed Wallace, que hace algunas semanas fue rescatado de su retiro por los Knicks para integrarlo en el geriátrico que han montado en el Madison (y que tan bien les está funcionando, por cierto); y que cuando fue interpelado por los periodistas neoyorquinos sobre cuál habría de ser su papel en la franquicia, dijo abiertamente que él no tendría ningún reparo en asumir el rol de Scalabrine. Es más, añadió con esa impagable lengua que tantos disgustos le ha dado, ¡voy a ser el Scalabrine de los Knicks! (o eso creía él, porque a día de hoy está jugando bastantes más minutos de los que esperaba). Es decir, de alguna manera Scalabrine ha dejado de ser un jugador para convertirse en un símbolo, a este paso llegará el día en que a los minutos de la basura ya no los llamen garbage time sino Scalabrine Time. Reconozcámoslo, Scalabrine pasará a la historia como Escalabrini pero a algunos (muy pocos, lo reconozco) siempre nos quedará Escálabrain. Un poco como el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, o no quiso (no necesitó) ser.

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