Archivo para diciembre 2012

cosas alucinantes   2 comments

El afamado narrador plusero David Carnicero acostumbra a despedir sus partidos de la NBA diciendo a los espectadores que por nada del mundo se pierdan el del día siguiente, que seguro que van a pasar cosas… ¡¡¡ALUCINANTES!!! (en realidad no es más que una mera adaptación al castellano del eslogan promocional de dicha Liga, where amazing happens). ¿Cosas alucinantes, dice usted? ¿Mates estratosféricos, tapones escalofriantes, asistencias imposibles, triples del copón? Buah, qué vulgaridad, por favor, si eso es lo de siempre, el pan de cada día, déjese usted de tonterías y no se moleste en mirar tan lejos que las cosas verdaderamente alucinantes están aquí mismo, a la vuelta de la esquina, quién podría necesitar la NBA si para alucinar en colores nos basta y nos sobra con nuestra incomparable Liga ACB.

Nuestra preclara Liga ACB, supongo o quiero suponer que de común acuerdo con TVE (o acaso fuera TVE, supongo o quiero suponer que de común acuerdo con la ACB) decidió hace unos días pasar el partido estrella de cada jornada de la tarde a la mañana, de las 19:00 a las 12:30, al parecer con la intención de mejorar así sus magras audiencias. Claro está, ya resultaba suficientemente alucinante en sí misma esta pretensión de solapar este baloncesto con todos los demás baloncestos (parece difícil mejorar audiencias cuando estás fragmentando aún más al público potencial de dichas audiencias), razón por la cual algunos con nuestra natural ingenuidad creímos que ya lo habíamos visto todo. ¿Todo? Qué pardillos somos, si en realidad no habíamos visto nada, si lo verdaderamente alucinante no había hecho sino comenzar.

Siguiente jornada: como a las 12:30 la ACB de TVE se nos solapa demasiado con la ACB autonómica (ello donde aún exista dicha ACB autonómica, que esa es otra) pues ya está, retrasemos el horario del partido de TVE1 y asunto resuelto. Y entonces nosotros los sufridos espectadores (que a estas alturas ya nos conformamos con poco) nos dijimos a nosotros mismos pues bueno, pues vale, pues algo es algo, pues mira tú qué bien, ahora lo pasarán a las 13:00, así ya sólo se nos solapará en un trozo, la segunda mitad de los unos con la primera del otro, algo así… ¿Algo así? Y una leche. En realidad todo lo que hicieron fue retrasar el inicio del partido la friolera de diez minutos, por todo lo alto, de las 12:30 a las 12:40 nada menos, para este viaje no hacían falta alforjas. ¿Y por qué si puede saberse, para qué tanta prisa si el Telediario no empieza hasta las 15:00? Pues porque una vez más pecamos de ingenuos, porque antes del Telediario hay otro telediario que no es un telediario pero les importa casi tanto (en términos de audiencia) como el Telediario mismo, un programa llamado Corazón de Otoño o Corazón de Entretiempo o Corazón Corazón (será que ese día dan ración doble) o no sé si ahora ya Corazón a secas, ni lo sé ni me importa, los temas coronarios sólo me interesan si afectan a mi salud o a la de mis allegados, las vidas de las Infantas, la Duquesa de Alba o la Señora Preysler me traen al pairo. Pero ese Corazón de lo que sea tiene que empezar a las 14:25 así llueva o truene, así haya baloncesto o se hunda el mundo, ergo la ACB no podrá empezar en ningún caso más allá de las 12:40 si queremos que quepa, y aún así ya veremos si cabe…

Pues claro que cabe. Caiga quien caiga, cueste lo que cueste, pero cabe. O la encajamos a presión o la metemos con calzador pero caber cabe, vaya que si cabe. Sólo hace falta tomar las medidas oportunas: para qué demonios necesitan estas criaturas un descanso de un cuarto de hora como en el fútbol, tan cansados no estarán cuando aquí el entrenador les está cambiando a cada rato, venga ya, con diez minutos tienen más que suficiente y que no se me anden quejando no vaya a ser que me caliente y se lo deje en cinco (todo se andará). Ya es un hecho, a partir de ahora los descansos de los partidos de TVE1 durarán sólo diez minutos, los demás seguirán durando un cuarto de hora que se ve que si no hay cámaras (o si éstas no son de TVE) las criaturas se cansan más ¿Quería usted cosas alucinantes? Pues aquí las tiene…

Claro está, me dirá usted que hubo un tiempo en el que los descansos baloncesteros duraban mucho menos que ahora y nadie se quejaba, cierto es como no es menos cierto que hubo un tiempo en el que se jugaba en pistas descubiertas con suelos de cemento y canastas de madera, ya que nos ponemos podemos recuperar esas tradiciones también. Hubo un tiempo y un espacio en el que los jugadores ni siquiera iban al vestuario (acaso porque ni siquiera hubiera vestuario) y se quedaban peloteando sobre la cancha (o lo que aquello fuera) mientras recibían, también sobre la marcha, las oportunas instrucciones o reprimendas de su entrenador. ¿Recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver? No estén tan seguros, la vida cotidiana ya nos ha demostrado con creces en estos días que en determinados aspectos podemos estar retrocediendo cincuenta años sin apenas darnos cuenta, no se me descuiden no vaya a ser que al baloncesto le pase también.

Y claro está, todo esto sin luz y sin taquígrafos, sin aviso previo de ninguna clase, los aficionados malagueños volviendo a toda prisa a su localidad sin tiempo apenas para pagar el refresco ni para sacudirse la última gota siquiera, Repesa y Pascual sentando a sus criaturas, empezando a hablar, mirad tíos, lo que no puede ser es que, y en esto que les suena ya el timbre para volver de nuevo a escena… Cómo vamos a pensar que lo supieran los equipos si por no saberlo ni siquiera lo sabían en la propia TVE (y ello siendo como era una decisión de TVE), si los primeros que no tenían ni la menor idea del asunto eran aquellos trabajadores del Ente Público a quienes correspondía la responsabilidad de sacar adelante el partido. ¿Querían cosas (aún más) alucinantes? El descanso entero repleto de contenidos para llenar un cuarto de hora, que si el trívial, que si el vídeo, que si el otro vídeo, que si tal y que si cual y en éstas que el partido se reanuda de repente, que a Arseni y compañía les pilla (es un decir) en bragas, que África por una vez se entera de lo que pasa y se lo dice a Arseni, que Arseni (parece que) se resigna, que Manel le tira de la lengua, que Arseni le responde ¡Manel, no me tires de la lengua, no me tires de la lenguaaa…! En resumidas cuentas, un despiporre, un descalzaperros (sentido homenaje a otro insigne narrador plusero, Guillermo Giménez), la casa de tócame Roque. Un sindiós.

¿Y total para qué, si al final el propio Arseni hubo de despedir perdiendo el culo sin siquiera un mínimo postpartido, sin tiempo para entrevistas ni para vídeos ni para abrir los sobrecitos ni para decir adiós, sin tiempo casi ni para escuchar la bocina final siquiera? Visto lo visto no descarten que llegue un día en que el partido esté resuelto y lo despidan a falta de dos minutos para el final, no vaya a ser que por culpa del baloncesto tengan que recortarle algún segundo al vídeo de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. O no descarten otras medidas de choque, visto que la reducción del descanso en un tercio no parece suficiente: qué sé yo, que se reduzcan los descansos entre cuartos, que los tiempos muertos duren cuarenta segundos (si la publicidad dura más no hay problema, ya nos comeremos el juego), que se supriman los tiros libres y todas las faltas se saquen de banda que es más rápido, que los partidos pasen a durar 36 minutos divididos en cuatro cuartos de 9 minutos cada uno, que si aún así el partido se alarga se le resten minutos del último cuarto para que acabe necesariamente a su hora (sí, a la manera de la Fórmula Uno). Y de prórroga ni hablemos, lanzamientos desde la línea de tiros libres a razón de cinco por equipo o bien (si ello no resultara suficiente) recuperar para los partidos televisados la ancestral figura del empate, elemento imprescindible en todos aquellos deportes que son como dios manda y se juegan con los pies. Lo que haga falta.

Hubo un tiempo en que repetíamos como papagayos aquello de que la ACB era la segunda mejor liga del mundo después de la NBA, hoy ya nos cuesta más decirlo no vaya a ser que se nos rían pero aún así habremos de reconocer que hay algo en lo que nuestra liga doméstica no tiene parangón, vamos que ni la NBA siquiera, de hecho ya me imagino a Stern en el mullido sillón de su despacho neoyorquino mirando verde de envidia a la ACB: no habrá competición alguna sobre la faz de la tierra capaz de generar tanto caos, no habrá competición alguna en la que aquello que sucede sobre la cancha parezca ser lo de menos porque ahora ya sólo hablamos de lo que sucede a su alrededor. Chinche y rabie el señor Stern que necesita a sus estrellas para vender muy bien su liga, nosotros no, nosotros a este paso acabaremos inventando la liga de baloncesto sin baloncesto, ya que no vendemos juego vendamos líos, establezcamos un nuevo eslogan, que hablen de nosotros aunque sea mal (o aún mejor, que hablen de nosotros aunque sea bien). Hágame caso, se lo repito una vez más, deje ya de una vez por todas de buscar cosas alucinantes al otro lado del charco porque las cosas verdaderamente alucinantes las tiene usted aquí mismo a la vuelta de cualquier esquina. Rechace imitaciones.

Publicado diciembre 28, 2012 por zaid en ACB, medios

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esto es Indiana   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 23 de diciembre de 2012)

Sábado 15 de diciembre. A las 14:00 horas, hora local, comienza un derby más, uno de tantos como pueblan la NCAA en estos dos primeros meses de Non-conference. ¿Un derby más, dije? Mentira. Mentira porque allí jamás utilizarían la palabra derby, eso es cosa nuestra, vicios futboleros de este viejo continente. Pero mentira también, sobre todo, porque un derby del Estado de Indiana nunca puede ser un derby más. Y eso que no es el único, de hecho en esos mismos días se disputará también un Notre Dame-Purdue, pero sí es sin duda el más especial: de un lado los Hoosiers de Indiana, universidad grande con un montón de historia a sus espaldas, venida a menos en estos últimos tiempos y que este año por fin parece estar en disposición de recuperar su antiguo esplendor; del otro los Bulldogs de Butler, universidad pequeña con mucha menos historia (en términos de baloncesto) a sus espaldas pero que lleva ahora unas cuantas temporadas realmente extraordinarias. Escenario de lujo, Fieldhouse de Indianápolis, territorio más o menos neutral: los Hossiers son más pero vienen de más lejos, concretamente de Bloomington; los Bulldogs son menos pero viven en la propia Indianapolis por lo que el chou les queda casi al lado de casa. Todo preparado, ambiente de gala, Hoosiers de blanco, Bulldogs de azul marino (casi negro), cheerleaders en sus puestos, vamos allá.

Indiana llega invicta, indiscutible número 1 de la nación, presta y dispuesta a hacer valer su fondo de armario: el freshman Kevin Yogi Ferrell (no confundir con aquel otro Yogui nuestro) parte y reparte desde el base, a su lado Jordan Hulls las enchufa de fuera en cuanto le dejan (y aunque no le dejen), Victor Oladipo salta y brinca (como si se hubiera tragado un muelle, oigan) y corre y vuela y contagia su energía al conjunto, Christian Watford sienta cátedra desde el cuatro (abierto) y Cody Zeller (de los Zeller de toda la vida) es la joya de la corona, el cénter que todo equipo universitario (y alguno de NBA) quisiera tener. Desde el banco emerge Sheehey en plan pegamento, emerge muy puntualmente Maurice Creek, emerge Abell (pronúnciese éibol) y emerge otro freshman que responde al bello nombre de Hanner Mosquera-Perea y al que hasta ahora no habíamos visto el pelo no porque no lo tuviera sino porque estaba sometido a una de esas investigaciones que de vez en cuando hace la NCAA, no fuera a ser que alguien algún día le pagara las chuches. La suma de todo ello nos da un equipo que mantiene a los aficionados de Bloomington en perpetua efervescencia, al fin y al cabo no se han visto en otra desde que fueron campeones hace ya un cuarto de siglo todavía a la vera de Bobby Knight, vale que hace diez años fueran finalistas pero aquello no tuvo nada que ver, aquello no se lo esperaban ni ellos mismos, este año en cambio están que se salen, este año sí

Pues tal vez (y ojalá que así fuera), pero la travesía será larga y dura y las sorpresas pueden aparecer cuando menos te lo esperas. Hoy mismo (es decir, aquel 15 de diciembre), por ejemplo: desde el primer momento manda Indiana pero desde ese mismo primer momento transmite la sensación de que no está tan cómoda como le gustaría. Nada que ver con el anterior partido que les vi, en su mágico feudo de Bloomington ante los Tar Heels de North Carolina: aquel día ganaron por aplastamiento con un juego vertiginoso e hipnótico que puso casi en trance a sus rivales, a sus buenas gentes del Assembly Hall e incluso a quienes lo vimos en el ordenador casi un día después. Hoy no, hoy juegan bien pero no acaban de jugar a su manera, no acaban de poner su ritmo. Hoy está enfrente Butler, la modesta Butler, la tela de araña de Butler. El baloncesto como siempre pensamos que debía ser jugado, que es una frase que siempre se me viene a la cabeza cuando escribo sobre Butler. Por algo será.

Butler podrá gustar más o menos, podrán salirle las cosas mejor o peor pero siempre hace lo correcto. Butler, tras aquella horripilante final de 2011 (recordemos, perdieron 53-41 ante UConn) fue denostadísima, linchada casi en la plaza pública por todos aquellos que sólo acostumbran a ver un partido de baloncesto universitario al año. Echaron pestes del baloncesto de Butler como si fuera el Limoges de los noventa, como si fuera un anatema que hubiera que combatir sin reparar en que Butler era mucho más (y mucho mejor) que aquella escopeta de feria. Butler siempre hace las cosas con proverbial inteligencia, Butler mueve y mueve hasta encontrar una buena posición de tiro (ya otra historia es que luego entren o no, como en aquella aciaga final) lo cual a menudo implica posesiones largas pero no necesariamente,  también a veces tiran a los diez segundos cuando se presenta la ocasión como tampoco renuncian a un buen contraataque desde una buena defensa. Pero claro, denostar es fácil, a nadie pareció importarle que aquel equipo de Butler fuera acaso peor que el que ya desde su inmensa modestia había alcanzado la final de 2010, nadie pareció tener tampoco la más mínima curiosidad por ver cómo habían llegado hasta allí, cómo (por ejemplo) habían eliminado en tercera ronda a Pittsburgh un par de semanas antes en uno de los finales más emocionantes que se recuerdan. Ya está, la etiqueta puesta, anatemizamos a Butler y ya de paso a toda la NCAA (qué daño hizo aquella final, con lo bueno que había sido todo lo anterior), no vaya a ser que se resienta nuestra NBA. En fin.

Les decía yo (antes de irme del tema) que Indiana no estaba a gusto y el mejor reflejo de ello fuera tal vez un Cody Zeller sacado permanentemente de punto y de posición por los jugadores interiores de Butler, tipos como Andrew Smith y Roosevelt Jones más Erik Fromm (que tiene nombre de legendario psicoanalista, por cierto) desde el banquillo, que ni de coña llegarán en un futuro a lo que llegue Zeller ni ganarán la centésima parte del dinero que éste gane pero que saben perfectamente cómo buscarle las cosquillas: con intensidad, con colocación, también con la impagable ayuda del magnífico alero Khyle Marshall. Claro está, tal exceso lo pagarán en faltas, llegarán cargadísimos a los últimos minutos y el gran Brad Stevens (principal “”””culpable””””, con infinitas comillas, de todo lo bueno que dije de Butler en el párrafo anterior) habrá de hacer orfebrería fina para mantener vivo hasta el final su juego interior. Pero entretanto llega ese final Indiana sigue ganando, viviendo de las asistencias de Ferrell (que no puede correr tanto como le gustaría), de la muñeca de Hulls y Sheehey y (sobre todo) de la explosividad de Oladipo robando balones y atacando el aro como si se lo fuera a comer, no descarten que algún día se lo coma incluso literalmente. De hecho en un momento dado le vemos volar por los aires para salvar un balón que se iba fuera, le vemos caer inevitablemente sobre la mesa de anotadores… de pie, cae de pie el tío y ya que estaba allí se pone a correr sobre la mesa como si tal cosa, dos o tres pasos tratando de reequilibrarse pero sin dejar por ello de seguir la jugada para luego ya finalmente apearse y reintegrarse al juego como si no hubiera pasado nada. Un caso el amigo Oladipo.

Y en éstas que nos acercamos a los últimos minutos y vemos que poco a poco, sutilmente, las cosas empiezan a cambiar. Brad Stevens no sabrá quién es Manel Comas ni habrá oído jamás hablar de la táctica del conejo pero créanme que no habrá otro equipo en el mundo que la interprete tan fielmente como estos Bulldogs maestros en el noble arte de ir de tapados, 35 minutos a remolque sin adelantarse ni despegarse para luego a falta de cinco minutos meter otra marcha más cuando el contrario ya no se la espera. Hoy lo volverán a hacer, como ante Syracuse en el Torneo Final de 2010, como tantas otras veces. A falta de ocho minutos y pico ganaba Indiana 57-50, a falta de casi cinco ya gana Butler 59-66. Para explicarlo, quizá nada mejor que presentarles de una vez (que ya tocaba) a la principal estrella de estos Bulldogs…

Rotnei Clarke es sénior pero éste es su primer año en Butler, por contradictorio que en un principio pueda parecer. Rotnei Clarke gastó sus tres primeras temporadas universitarias siendo un anotador de referencia en los Razorbacks de Arkansas pero algo allí debió romperse en el verano de 2011, no sé si la llegada de Mike Anderson pudo tener alguna relación. Solicitó el transfer y pareció que iría a los Sooners de su Oklahoma natal pero finalmente (y contra todo pronóstico) se decantó por Butler, otro éxito más que atribuirle a Brad Stevens. Cumplido su año de red shirt aquí le tenemos ya, y no les voy a mentir si les digo que la primera vez que le vi me provocó sensaciones contradictorias. Buen director, extraordinario tirador y con arrolladora personalidad para jugársela y meterla desde cualquier sitio y en cualquier momento, pongamos por ejemplo sobre la bocina como en aquel partido del Maui Invitational ante Marquette. Pero como que me pareció aquel día que se jugaba demasiados tiros, que no pegaba en Butler un tío tan chupón… Nada que Stevens no pudiera arreglar. Hoy Clarke ya no abusa, hoy Clarke no está especialmente afortunado pero no se tira nada que no deba tirar. Y ojo también a sus cómplices exteriores, con mención especial al freshman Kellen Dunham (otra muñeca prodigiosa), a Alex Barlow (del que volveremos a hablar) y al eterno chico para todo Chase Stigall.

Total, que habíamos dejado a Butler ganando de 7 a poco más de 4 minutos, tónica que se irá manteniendo hasta casi el final. Butler mandando, Indiana resistiendo a duras penas pero aún sin recuperarse de la sorpresa, aún sin entender qué hace por detrás ante la modesta Butler siendo como es el número 1 de la nación. A falta de 35 segundos Butler gana de 5 y la suerte parece echada. Sólo lo parece. Una bandeja de Ferrell, un robo y posterior canasta de Oladipo y a 23 segundos para el final Butler ya sólo gana de 1. Dos tiros libres después, Butler otra vez 3 arriba, la bola para Yogi Ferrell que andaba pesaroso tras una absurda pérdida pocos segundos antes, pero que con un descaro impropio de su condición de freshman no sólo se rehace sino que en vez de pasarla decide esta vez levantarse y (por supuesto) la clava. Quedan aún 6 segundos pero el triple postrero de Barlow ya no va a cambiar nada. Empate a 76. Prórroga. Quién nos lo iba a decir.

Quién se lo iba a decir a Butler, sobre todo, tras haber tenido la victoria en la punta de los dedos y haberla dejado escapar. Los Bulldogs entran en la prórroga como derrotados mientras los Hoosiers lo hacen literalmente eufóricos tras haber levantado un partido que apenas unos instantes antes jamás pensaron que pudieran levantar. Todos sabemos que en estas circunstancias el factor psicológico es clave, y por si aún nos quedaba alguna duda nos bastará con ver cómo empiezan a desarrollarse los acontecimientos: Indiana por delante, Indiana 4 arriba a falta de minuto y medio para el final, Butler parece estar muerto…

No estaba muerto (estaba de parranda), que Brad Stevens no entiende de factores psicológicos o acaso sí, pero precisamente para contrarrestarlos: triple de Clarke, robo y triple de Barlow y a falta de 50 segundos Butler gana otra vez de 2, Butler es de esos equipos a los que nunca terminas de ganar. Posesión para Indiana, Hulls falla, salvan el rebote, nueva posesión, finalmente Zeller empata a falta de 19 segundos. Podemos relamernos pensando en otra prórroga pero 19 segundos en manos de Butler son muchos segundos. Balón a Barlow que no encontrando pase decide irse hacia el aro, se lleva puesto a Hulls, finalmente se para, se inventa un reverso y se saca un tirito bombeado a apenas dos metros del aro. Absolutely unbelievable, exclaman los comentaristas de la CBS todavía alucinados tras ver deslizarse finalmente ese balón por el aro. Quedan aún dos segundos pero el intento desesperado de Hulls desde media pista ya no va a ninguna parte, 86-88, entre los Bulldogs se desata la locura, de entre los Hoosiers aún veremos escaparse alguna lágrima. Acaban de perder su imbatibilidad, acaban de perder su preciado número 1 de la nación y lo que probablemente más les duela, acaban de perder un partido que en ese Estado es mucho más que un partido, un partido que creyeron ganado ante un rival con el que jamás pensaron que pudieran perder.

Y es entonces, tras haber disfrutado de este PARTIDAZO con mayúsculas, uno de esos que harían afición incluso entre aquellos que jamás oyeron hablar de NCAA, es justo entonces cuando una vez más se nos viene a la cabeza aquella frase que un día inventaron (supongo) los Pacers como mero reclamo publicitario pero que es mucho más cierta que la mayoría de los reclamos publicitarios. ¿Recuerdan? En los otros 49 estados es sólo baloncesto, pero esto, señores… Esto es Indiana. Ojalá nunca deje de serlo.

dos mundos   2 comments

(publicado originalmente en jordanypippen.com el 21 de diciembre de 2012)

Tanta globalización, tanto Internet, tanta red social y tanta leche pero en el fondo seguimos siendo dos mundos, ellos en el suyo y nosotros en el nuestro. Donde nosotros tenemos escudos ellos tienen logos, donde nosotros tenemos ultras ellos ponen cheerleaders, donde nosotros metemos himnos ellos escuchan el rock & roll de Gary Glitter, donde ellos tienen mascotas nosotros tenemos a Manolo el del Bombo. Dos mundos paralelos, acaso cada vez más cerca el uno del otro aunque el Atlántico siga siendo igual de ancho, acaso más permeabilizados en estos últimos tiempos pero aún dos mundos al fin y al cabo. En Europa el deporte el general (y el fútbol en particular, pero también a veces por extensión otros deportes de equipo) viene siendo la continuación de la guerra por otros medios, como dijo aquél. En USA es una fiesta. En USA la gente acude a los estadios o a los pabellones a disfrutar del espectáculo, si luego resulta que además gana su equipo tanto mejor. En Europa la gente acude a ver ganar a su equipo, si luego resulta que además juega bien tanto mejor, si no tampoco pasa nada, no crean, con ganar así sea por lo civil o por lo criminal ya nos parece más que suficiente. Aquí la victoria está siempre por encima del espectáculo, allí no es ya que el espectáculo esté por encima de la victoria sino que hay incluso un tercer factor que está por encima de ambos, espectáculo y victoria: el negocio. Al fin y al cabo ellos inventaron el show business, choubisnes como si dijéramos, la simbiosis perfecta, espectáculo y negocio unidos en un solo concepto. Otro mundo, ya se lo dije.

Antes de que me echen los perros les reconoceré que sí, que estoy generalizando. Antes de que me digan que ustedes no son así o que conocen a uno de allí que tampoco es asao, les reconoceré que en todas partes hay de todo (afortunadamente); de hecho yo soy el primero que no me identifico en absoluto con esa filosofía europea casi prebélica. Yo no soy así y conozco a muchos de por aquí que tampoco son así pero por desgracia también conozco a demasiados que sí lo son, los veo y los escucho a cada rato en el trabajo, en el bar del desayuno, en los transportes públicos, ganar a toda costa, ganar por encima de todo, ganar de cualquier manera, ganar aunque sea de penalti injusto en el último minuto, a quién le importa lo demás. Basta echar una ojeada a la prensa deportiva o escuchar las emisoras de más audiencia para comprobar que eso es exactamente lo que venden, si lo venden es porque el cliente se lo pide. No podemos luchar contra ello como tampoco podemos luchar contra la telebasura (y no estoy comparando una cosa con otra, se trata de dos realidades paralelas, simplemente), no podemos acabar con la oferta si no modificamos antes la demanda, la filosofía que lo sustenta. Y eso es imposible, es la cruda realidad y no vamos a poder cambiarla, limitémonos a adaptarnos a ella para poder sobrevivir.

Dos mundos, tan cerca y tan lejos. En nuestro deporte hemos asistido a unos cuantos intentos de aproximación, algunos han funcionado pero muchos otros se han acabado estrellando contra esa cruda realidad de la que antes les hablaba. Importamos las cheerleaders y funcionó, cómo no iba a funcionar, eso nos gusta a todos, que también guste a todas ya sería otro cantar. Importamos los playoffs y también cuajó, cuajó entre los del baloncesto pero los que son de otros deportes y sólo pasan por aquí de vez en cuando nunca dejan pasar la oportunidad de echárnoslos en cara. Importamos con ansia viva los all star, los concursos de triples y mates, creímos que cuajarían pero se nos fueron muriendo sistemáticamente uno tras otro precisamente por eso, porque aquí podemos entender un deporte sin divertimento pero nos resulta sencillamente imposible entender un divertimento (presuntamente deportivo) sin deporte. Y cuántos de por aquí no nos habremos hecho pajas mentales (yo el primero, no crean, y cantidad de veces) con la posibilidad de convertir nuestras euroligas y acebés del alma en ligas cerradas al más puro estilo USA, sin ascensos, sin descensos, sin clasificaciones previas. De verdad les digo que me encantaría, pero de verdad les digo también que en mi fuero interno estoy convencido (mal que me pese) de que a la larga sería un fracaso, el aficionado mayoritario europeo no lo entendería, el aficionado mayoritario europeo (y el de aquí no digamos) se alimenta exclusivamente de fútbol desde que se levanta hasta que se acuesta, no tiene otra cultura deportiva que no sea la del fútbol, no entiende otro modelo de competición que no sea el del fútbol, si ya les damos playoffs y se nos descomponen no quiero ni pensar si además les diéramos ligas cerradas, probablemente se les descuajaringaría la neurona.

Sí, hemos asistido a muchos intentos (la mayoría de los cuales han sido casi como picar piedra) de acercar aquel mundo a éste; y sin embargo a lo que casi nunca habíamos asistido hasta ahora es que desde aquel mundo se intentara copiar algo de éste. Les supongo al cabo de la calle, hace algunas semanas los Spurs estaban de larga gira por el Este, llevaban ya cinco partidos y les tocaba el sexto y último en Miami antes de volver a San Antonio para recibir a los Grizzlies. Se ve que Popovich vio cansados a sus tres principales y veteranísimos jugadores, Tim Duncan, Tony Parker y Manu Ginóbili, y decidió ahorrarles la parada en Florida y mandarles para casa junto con Danny Green que es del país y conoce el camino, no fuera a ser que se perdieran las criaturas. Y qué, dirán ustedes, sabiendo como saben que los Spurs disponen de un espectacular fondo de armario que les permite presentar batalla en cualquier situación como lo prueba el hecho de que en ese mismo partido, aún sin estrellas, estuvieran a punto de cargarse a domicilio al mejor equipo de la Liga. Y qué, dije también yo, dijimos casi todos, debería también haberlo dicho David Stern pero en lugar de eso montó en cólera, cólera que trasladó al propietario de los Spurs en forma de multa por un cuarto de millón de dólares, lo que vienen siendo casi doscientosmil eurillos. Que serán poco más que calderilla para tan acaudalado señor, no digo yo que no, que para él serán como si a usted o a mí nos sancionan con veinte euros por cruzar la calle con el semáforo en rojo, un suponer, pero que aún así no le habrán hecho ni puñetera gracia, pueden estar seguros.

Lo que subyace bajo todo esto no es sólo la legítima decisión deportiva de un técnico ni el legítimo arrebato de un Comisionado, lo que subyace es todo un modelo de espectáculo, es decir, de negocio. Les pondré un ejemplo que debió suceder hace aproximadamente veinte años, no puedo precisar la fecha exacta. Los Bulls andaban de gira por el Oeste y en uno de sus partidos, pongamos en Denver, se montó una tangana a consecuencia de la cual a Michael Jordan le cayeron dos partidos de sanción. Los dos siguientes partidos de los Bulls pongamos que fueran en Utah y en Phoenix (del de Utah estoy seguro, lo de Phoenix no puedo asegurarlo). ¿Cómo reaccionaron los aficionados de dichos lugares ante esa noticia? ¿Cómo reaccionarían los aficionados de Valladolid si hoy les dijeran que el Barça va sin Messi, los de Málaga si les dijeran que el Madrid va sin Cristiano? Probablemente se pondrían como unas castañuelas, darían palmas con las orejas, preguntarían que dónde hay que firmar. ¿Igualito que en Utah y (pongamos que) en Phoenix? Pues no, porque seguramente ya imaginarán que en dichos lugares se montó la de dios. No les diré que salieran en manifestación porque allí no se estila, no les diré que expresaran su descontento en las redes sociales porque entonces no había, simplemente escribieron cartas, colapsaron las centralitas radiofónicas, probablemente lucieron alguna pancarta durante el partido, puede que hubiera alguno que hasta exigiera la devolución de lo que había pagado por su entrada aunque no me consta ese dato. Querían ver a Jordan, no tendrían otra oportunidad en temporada regular de ver a Jordan, habían pagado por ver a Jordan. Puede que también hubiera alguno que se alegrara porque la ausencia de Jordan les daba más posibilidades de ganar el partido pero si lo hubo nadie nos contó. Lo que sí se nos contó, largo y tendido, con pelos y señales, fue lo otro: la indignación.

Volvamos al presente. En realidad Popovich lo único que hizo en Miami (evidentemente sin saberlo, sin planteárselo de esa manera) fue aplicar un concepto que a este lado del Atlántico llevamos siglos aplicando: las rotaciones. No me refiero a rotaciones en un sentido baloncestístico, un rato en la cancha y otro en el banquillo, que ésas sí las importamos de USA y así nos pasa (dos mundos, recuerden), que cada dos por tres nos las echan en cara todos aquellos que se quedaron anclados en tiempos de Lolo Sainz, ya saben, los buenos permanentemente en cancha sin descansar jamás salvo que les echen por faltas. Me refiero más bien a rotaciones de día completo, rotaciones en un sentido más futbolístico (que en baloncesto salvo contadas excepciones no tenemos plantillas tan largas), hoy me dejo fuera a Messi, Xavi e Iniesta en liga porque quiero que estén frescos para la Champions del martes, cosas así. Que parece muy moderno pero créanme que cuando yo era niño ya se hacía (y créanme que hace ya muchos años de eso), cuántas veces no jugaba el Madrid con sus suplentes la Liga del sábado para tener a sus titulares frescos y lozanos en la Copa de Europa del miércoles. Evidentemente se hacía mucho menos que ahora, pero es que tampoco los calendarios deportivos de entonces tenían nada que ver en términos de exigencia con los de ahora. Hoy lo vemos a menudo y a todo dios le parece lo más normal del mundo, nadie se escandaliza porque un equipo juegue la Copa con sus suplentes o porque determinadas estrellas descansen un partido de cada tres. Y por supuesto, a nadie en su sano juicio se le ocurriría plantearse siquiera la posibilidad de que un equipo cualquiera pudiera ser sancionado por ello, al fin y al cabo no hay normas al respecto y además todo el mundo entiende que esa parcela es competencia exclusiva del entrenador; y en todo caso si quieren jugar sin estrellas allá ellos, es su problema, ellos se lo pierden. Sin más.

Evidentemente no estoy en absoluto de acuerdo con la sanción a los Spurs. Evidentemente me parece una barbaridad, porque soy de este mundo (del de este lado del Atlántico, me refiero) y me he criado en una filosofía según la cual el entrenador tiene pleno derecho a decidir sobre su equipo sin que nadie tenga por qué entrometerse en dicha decisión. Que esto es como aquella manida frase, el entrenador no va a tirar piedras contra su propio tejado… pero claro, ya otra cosa es que las tire contra el tejado de la empresa que le paga o, para ser más precisos, de la empresa a la que pertenece la franquicia que le paga. Para los estándares europeos no tendría nada de particular, para los americanos (de USA) digamos que traspasó una muy delgada línea roja. Dé usted descanso a Duncan, Parker o Ginóbili si así lo desea pero de uno en uno, sin aglomeraciones, no me los mande a casa a todos a la vez. O dé usted descanso a todos a la vez si es la última jornada de temporada regular y no hay nada en juego, eso se consiente y hasta se fomenta para que las criaturas lleguen más frescas a los playoffs. Pero dar descanso a todos a la vez el día que viajan a Miami, que a mí me puede parecer lo más normal del mundo, a David Stern le parece poco menos que un torpedo bajo la línea de flotación de ese inmenso transatlántico llamado NBA. Popovich piensa en victorias, Stern piensa en dólares. Stern piensa en los que se han repantingado en su sofá para verlo a través de una plataforma de pago, piensa en los que han aflojado un pastón inmenso por una silla de pista o un palco del American Airlines Arena y de inmediato me le dan los siete males, la tierra entera moviéndose bajo sus pies. Porque sabe que este tinglado se sostiene sobre los hombros de sus estrellas, sabe que el aficionado paga por verlas, que luego jueguen cinco minutos en vez de cuarenta tanto dará pero al menos sáquelas a pasear para que las gente las vea, no me las esconda usted por dios. Que no importa tanto el resultado como el espectáculo, que ni siquiera importa tanto el espectáculo como el negocio que sostiene dicho espectáculo. Choubisnes, recuerden. O como solía decirse en aquellas películas de temática circense que estuvieron tan de moda hace varias décadas, pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Pues eso.

Publicado diciembre 24, 2012 por zaid en NBA

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Lobeznos   4 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 16 de diciembre de 2012)

Decir Michigan en términos de baloncesto universitario es viajar en el tiempo. Decir Michigan es volver la vista atrás, nada menos que veinte años atrás, recordar cómo no a aquellos fabulosos Fab Five (ya saben, Chris Webber, Juwan Howard, Jalen Rose y demás familia) que epataron al mundo, vale que tiempo después la propia universidad renegara de ellos por esas cosas que a veces pasan en NCAA pero de donde no nos los podrán quitar es de nuestra memoria, al menos todavía. Decir Michigan puede ser viajar aún más allá, a aquel Glen Rice campeón de 1989, o aún más acá, a aquellos tiempos de Louis Bullock o del añorado Tractor Traylor. Decir Michigan es decir pasado pero es también, y sobre todo, presente. Y qué presente.

Decir Michigan a día de hoy es decir, antes que nada, Trey Burke. Trey Burke llegó al campus de Ann Arbor allá por el verano de 2011. Era el principal recruit de aquella camada pero no estaba predestinado a ser la estrella, en absoluto, supuestamente ese papel habría de corresponderle al hijísimo Tim Hardaway Jr. Y sin embargo apenas hicieron falta unas semanas para darnos cuenta de que allí iba a suceder exactamente todo lo contrario: Burke de jefe absoluto, de prolongación de Beilein sobre la cancha, de faro y guía de estos Wolverines, y Hardaway… (al respecto casi mejor les invito a que lean un par de párrafos más abajo).  Acabada la temporada todos dimos por hecho que una vez cumplido el one and done reglamentario Burke se apuntaría presuroso al draft perdiendo el culo como tantos otros pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando anunció que se quedaba en Ann Arbor, proporcionando así de paso una inmensa alegría a los aficionados a la NCAA en general y a los de Michigan en particular. Y en ello sigue.

Tengo bastante debilidad por el sujeto en cuestión así que habré de reconocerles que no voy a ser demasiado imparcial a la hora de describirlo: me gusta cómo juega, cómo dirige, cómo tira, cómo ataca el aro, cómo pasa. Puede que alguna vez (sólo alguna) se exceda en buscar soluciones individuales pero no es algo que chirríe en absoluto, no es el típico base abusón (sí es el típico base protagonista, al más puro estilo USA) y además es tan bueno que puede permitírselo. Muchos le sitúan en el Top5 de bases, yo hasta le situaría en el Top3, yo hasta si me apuran… (vale, ya lo dejo). Y sin embargo es bien sabido que los designios del draft son inescrutables, si usted consulta hoy esa cosa extraña llamada mock drafts verá que los pronósticos le sitúan más allá del puesto 20, definitivamente el draft tiene razones que la razón no entiende. La mía, al menos.

 Y ahora sí, finalizado el capítulo Burke pasemos al capítulo “hijos de”, que en esta universidad viene cumplidito. Para empezar el ya mencionado Tim Hardaway Jr, un jugador con el que yo mantengo una extraña relación amor/odio no tanto por culpa mía (o sí, quién sabe) sino más bien suya, por causa de la que yo considero su principal cualidad (no me linchen si no están de acuerdo): su suprema inconsistencia. Tim Hardaway emergió ante mis ojos con una gran actuación en el Torneo Final de 2011, lo que teóricamente le debería haber convertido (tras la marcha de Darius Morris a la NBA) en el principal referente de los Wolverines 2011/2012… Pues no. Decíamos hace un par de párrafos que allí emergió Burke y mientras tanto Hardaway como que se nos fue desapareciendo, regalándonos muy de vez en cuando alguna maravilla y pasando bastante desapercibido el resto del tiempo. Y este año pues más de lo mismo, pareció que empezaba mejor y que tendría más presencia pero aún sigue diluyéndose demasiadas veces. Eso sí, cuando menos te lo esperas es capaz de hipnotizarte (al espectador y a su defensor, incluso) con un crossover que le viene de familia y que te lleva inexorablemente a preguntarte pero por qué demonios no encarará más, por qué no intentará estas cosas más veces. El talento lo tiene (no exactamente a la manera de su padre, no se les ocurra pensar en él como un director de juego porque es más bien un dos, de hecho su físico es mucho más longilíneo que el de su progenitor) pero como que le cuesta mostrarlo, las más de las veces prefiere refugiarse en un socorrido tirito de tres tan perfecto en su ejecución como sospechoso en su eficacia. O a lo peor (insisto) es culpa mía que le miro con malos ojos, que si no fuera hijo de quien es probablemente no le exigiría tanto, vaya usted a saber.

Siguiente “hijo de” (sí, suena mal): Glenn Robinson III (luego habremos de interpretar que su padre, al que siempre conocimos como Glenn Robinson a secas, era en realidad Glenn Robinson II). Glenn Robinson III así de entrada me provoca una somera reflexión sobre lo efímero de la existencia humana. De la mía, concretamente. Llevo años y más años viendo eclosionar en NCAA a retoños de padres a quienes conocí en NBA, pero ésta es quizá la primera vez que me encuentro en NCAA al hijo de alguien a quien también conocí en NCAA (la primera pero no la única, que ya también anda por la cercana Universidad de Detroit el hijo de Juwan Howard). Allá por el año de gracia de 1994 Glenn Big Dog Robinson (lo de Pichichi se lo pondría Montes muchos años después), Purdue University, era la estrella absoluta de todo este baloncesto universitario: un anotador compulsivo que parecía predestinado al número 1 del draft y que se quedó a las puertas de la Final Four por culpa de la magnífica defensa que le hizo un alero de Duke cuyo nombre tampoco les resultará desconocido, Grant Hill. Dieciocho años y medio después aquí está ya su retoño, apenas dos mesecitos cumplidos tendría ya por aquel entonces, hay qué ver qué precoces son estas criaturas. Hecho a imagen y semejanza del padre, además: físico superlativo, finísima muñeca, alero de crianza como si dijéramos. Evidentemente aún está muy verde pero los mockeros del draft no parecen haberse dado cuenta (ya dije antes que sus designios son inescrutables) dado que ya le andan encumbrando en puestos de lotería. Casi mejor no nos precipitemos, ni ellos ni nosotros ni (sobre todo) el propio interesado: que aún le debería quedar mucho por andar.

Y aún nos quedaría otro hijo de, Jon Horford, de los Horford de toda la vida (rama dominicana), hijo de Tito y hermano de Alfredo, Al para los amigos. Horford, imponente planta de jugador interior (le viene de familia), viene de una larga lesión y quizá por ello empezó la temporada en las profundidades abisales del banquillo pero poco a poco ha ido ganándose merecidamente los minutos a costa de… (y aquí damos ya por cerrado el capítulo de hijos de pero retomamos el de freshmen, iniciado ya con Robinson) el que se suponía que habría de ser el novato estrella de toda esta camada, Mitch McGary. McGary es un fornido pívot blanco con buena pinta y mejores maneras, que me causó una magnífica impresión la primera vez que le vi (partidazo contra North Carolina St.) y que luego por alguna misteriosa razón ha ido perdiendo peso en la rotación y haciéndolo peor cada vez (o tal vez sea que ha ido haciéndolo peor cada vez y por eso ha perdido peso en la rotación). Yo en cualquier caso le tengo fe, aquel día de NC St me encantó cómo ponía y continuaba los bloqueos, cómo se movía y se aplicaba en la zona… Eso sí, dada su corpulencia (y su novatez) le cuesta muy poquito hacer faltas, vamos que casi con soplar le es más que suficiente, algo que tendrá que corregir más pronto que tarde. Pero ahí debería haber madera de buen jugador interior.

Dicho todo lo cual, a mí el freshman que más me gusta de estos Wolverines no es ni Robinson ni McGary sino un alero blanco que responde al bello nombre de Nik Stauskas, y que como usted ya habrá deducido hábilmente a partir de su apellido es… canadiense, del mismo Mississauga, Estado de Ontario (aunque no resulta difícil imaginarle antepasados lituanos, claro). Le ves y así de entrada te piensas que será el típico alero tirador, el genuino sucesor de los Novak, Douglass, Smotrycz y demás pálidos ex wolverines… Bueno, pues Stauskas es eso pero es, también, muchísimo más que eso. Stauskas es una permanente amenaza desde el lado débil, Stauskas tiene unos estupendos fundamentos técnicos, Stauskas dribla y penetra tan bien cómo tira, Stauskas bloquea y defiende y curra como el que más (o más si cabe), Stauskas es una joya, el verdadero pegamento de este equipo. Empezó saliendo desde el banquillo pero era cuestión de tiempo, al final la titularidad acabó cayendo por su propio peso… Bueno, y por el del discreto Vogrich que parece haber recorrido el mismo camino en sentido inverso, del quinteto titular a los últimos puestos de la rotación.

Añádase a todo esto al eficaz pívot (o así) titular Jordan Morgan, el verdadero eje interior de este equipo: un maestro en ganar la posición y ofrecerse, en atraerse a las defensas, en jugársela (y a menudo meterla) o en doblarla con fluidez sabiendo de antemano que siempre habrá un Burke, un Hardaway, un Robinson o un Stauskas libre de marca al otro lado de la línea de tres. Y añadan también en su lista a otro freshman (y ya van cuatro), el base Albrecht cuyo único papel por ahora (y en espera de mejores tiempos) consiste en dar algún escaso minuto de descanso a Burke; y así a lo tonto tenemos ya la rotación completa a entera disposición del veterano técnico John Beilein, para lo que gusten mandar. Créanme, tienen hambre estos Wolverines, cosa lógica si nos atenemos a ese nombre: que yo lo traduciría (por libre) como lobitos, lobatos o incluso lobeznos pero que el gúguel transleit me lo devuelve como glotones, no sé si es más libre su traducción o la mía. Tienen hambre en cualquier caso, los llamemos como los llamemos, que son ya veinte años sin acudir a la Final Four (y que para ellos serán aún más, dado que renegaron de aquel equipo de 1993). Ya toca, ya es demasiada travesía del desierto en Ann Arbor. De verdad se lo digo, me llena de orgullo y satisfacción (dónde he oído yo esto antes) ver a mis dos equipos preferidos de la Big10, Indiana (de la que también les soltaré otra buena parrafada un día de estos) y Michigan, encaramados no ya en los primeros puestos de su conferencia sino incluso en los primeros de la nación, con permiso de Duke por ahora. Ojalá podamos aún decir lo mismo a primeros de abril.

el santo de su madre   8 comments

Allá por el miércoles 5 de diciembre, un intrépido tuitero preguntó a Arseni Cañada por qué para el siguiente sábado no estaba programado ningún partido de ACB en Teledeporte. Para que no haya dudas ni malas interpretaciones les copio a continuación dicha conversación, tal cual:

Posteriormente, el viernes 7 de diciembre, otro tuitero no menos intrépido, probablemente desconocedor de la conversación anterior, planteó esa misma pregunta y, como verán, obtuvo prácticamente la misma respuesta:

Así que antes de nada me van a permitir que (aunque sea con nueve días de retraso) haga llegar desde aquí mi más sincera felicitación a la santa madre de don Arseni Cañada, en nombre de todos mis sufridos lectores y en el mío propio: Felicidades, doña Concha (o doña Inma, o doña Puri, no sé), por dos razones: por su onomástica, faltaría más, y también por tener un hijo tan, tan, tan… ocurrente.

Y es que como argumento resulta demoledor, desde luego, de hecho yo pienso aplicarme el cuento y emplearlo en cuanto se me presente la ocasión. Mi madre se llama Rosa, su santo se celebra (es un decir, porque en casa nunca hemos sido de celebrar santos) en agosto, si el próximo no me pilla de vacaciones entraré la víspera y le diré a mi jefe mire, que mañana no vengo, que tengo que celebrar el santo de mi madre, y luego si eso ya les contaré dónde me manda. De hecho es bien sabido que casi todos los convenios colectivos lo contemplan como una de las causas de ausencia justificada al trabajo: muerte o enfermedad grave de familiar en primer grado de consanguineidad o afinidad, deber inexcusable de carácter público, onomástica de madre… Ya saben, si quieren recórtennos las pagas, los moscosos y hasta los genitales pero el santo de nuestra madre no nos lo toquen que madre no hay más que una, hasta ahí podíamos llegar.

Claro está que cuando vi que este pasado sábado 15 de diciembre tampoco habría ACB en Teledeporte yo ya no pregunté, total para qué iba a hacerlo si ya sabía la respuesta, yo lo que hice fue irme directamente a mirar el santoral: San Maximino (nombre paradójico donde los haya, implica grandeza y pequeñez a la vez) y San Urbicio, nada menos. Que parecerá raro dado que no son denominaciones demasiado habituales, pero que seguro que alguno de ellos será el santo del primo de Cuenca de Arseni, de la cuñada soltera de Manel, del padre putativo del Director General del Ente o de la madre que les parió a todos. Me estoy poniendo desagradable y créanme que no era mi intención en tan señaladas fechas.

Yo comprendo que los aficionados en general y los tuiteros en particular nos ponemos muy pesados, nos dicen que van a dar un partido ACB los sábados en Teledeporte y si luego no lo dan nos preguntamos por qué, hay que ver qué egoístas somos. Yo lo entiendo, de verdad, entiendo que a Arseni Cañada le resulte muy molesto tener que estar contestándonos a cada rato. Y entiendo además que Arseni Cañada no es quien ha propiciado esta situación, que él (supongo que) no ha pedido dejar de dar ACB los sábados (vamos, que ni por el santo de su madre siquiera), que a él le llega un jefe y le dice oye, que este mes no vais a dar ACB en Teledeporte y a la criatura no le queda otra que comerse dicha orden con patatas. Yo lo entiendo todo pero él también debería entender que le guste o no es la cara visible de la ACB en TVE, y que de alguna manera debería guardar las formas: vale que no pueda decir lo que le pida el cuerpo, vale que no pueda criticar en público a la empresa que le paga pero hay otras opciones, siempre hay otras opciones, él bien lo sabe porque recurrió a ellas pocos días después, véase la muestra:

Esa podría una opción, soltar la típica respuesta hueca que no significa absolutamente nada pero que al menos sirve para salir del trance airosamente. Otra opción sería pasar de contestar, al fin y al cabo trátase de un personaje público, como a tantos otros le freímos a preguntas por lo que a nadie le extrañaría que puntualmente se olvidara de dar alguna respuesta. Y otra más, modelo respuesta para salir airoso, yo ahí no puedo hacer nada, son políticas de empresa, yo no decido lo que se televisa y lo que no, son otros los despachos donde se toman las decisiones, qué sé yo, algo así, obviedad en estado puro pero sin faltar a sus superiores. No nos habría reconfortado una respuesta así pero al menos nos habría valido, nos habríamos conformado, a ver qué íbamos a hacer. No nos habría contentado pero al menos no se nos habría quedado esa sensación de dos por uno, de que además de robarnos el partido de los sábados también nos estaban faltando al respeto.

Mire, amigo Arseni, habré de reconocérselo, los aficionados al baloncesto (sector ACB) estamos un poco susceptibles últimamente. Vimos comerse medio partido por un tenis que no acabó a su hora y apenas unas semanas después vimos levantar un partido porque había Copa Davis, buen pretexto sobre todo si tenemos en cuenta que los dobles comenzaban a las 2 y la ACB era a las 7, habría sido histórico que llegaran a solaparse. Pero al menos entonces tenían la Davis de pretexto, en cambio en estos dos últimos sábados no había más pretextos que el patinaje artístico sobre hielo y el campeonato de natación en piscina corta. Y como ya nos pillan calientes pues van y nos mueven de la tarde a la mañana la ACB de TVE1 con el socorrido argumento de mejorar las audiencias. Miren, no sé si mejorarán las audiencias pero por ahora los aficionados al baloncesto sólo tenemos tres ojos y el tercero no nos sirve para ver. Esta semana han logrado ustedes un hito histórico (e histérico): tienen ustedes a su disposición un sábado y un domingo llenos de horas y sin embargo han conseguido que todos, absolutamente todos los partidos televisados del baloncesto nacional, se jueguen el mismo día y en un lapso de apenas media hora entre el comienzo del primero y el comienzo del último. Hace apenas dos meses y medio me preocupaba yo del horario de la LEB, una vez más los del baloncesto haciéndonos la competencia a nosotros mismos como si no tuviéramos bastante con la que nos viene de fuera. Me equivoqué. La ACB no necesita a la LEB para que le haga la competencia, la ACB se basta y sobra ella sola para destrozarse a sí misma, pongamos todos los partidos a la misma hora y así los que estén en los pabellones viendo a su equipo ya no podrán ver a ningún otro, busquemos nuestra audiencia en la gente ajena al baloncesto porque a la nuestra ya la tenemos entretenida viendo (otro) baloncesto. Autofagia en estado puro.

Así que por favor, amigo Arseni, se lo ruego, la próxima vez no nos ponga usted por medio el santo de su madre ni que a su prima le ha salido un grano ni que a África se le ha roto una uña, no por favor, que como broma ya está bien con la cobertura televisiva que tenemos, créame que no necesitamos bromas adicionales ni aún por bienintencionadas que estas fueran. Que si usted no tiene la culpa su familia la tiene menos todavía, así que no la meta en esto; no vaya a ser que el día menos pensado tengamos que acordarnos de ella.

Publicado diciembre 16, 2012 por zaid en ACB, medios

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YOGUI   2 comments

Viajemos una vez más (que en este caso es gratis, y ya son cada vez menos las ocasiones en que podemos decir lo mismo) a aquel inolvidable verano de 1999. Pongámonos en situación, nuestra selección júnior acaba de ganar el Mundial de la categoría en Lisboa y nosotros (más que nada por la falta de costumbre) estamos aún en una nube, leyéndonos con fruición todo lo que cae en nuestras manos al respecto. Leyéndonos por ejemplo aquel reportaje de Gigantes en el que se nos cuentan (entre otras muchas cosas) los motes que se habían puesto aquellos jugadores entre sí. Recuerdo como si fuera ayer que a Pau le llamaban Gasofa (obvio), que a Cabezas le llamaban Charlie Heads (aún más obvio), que Raül López era Topogiggio, que Navarro no les voy a decir lo que era porque a día se hoy se lo seguimos llamando, que Berni tenía un apodo que le iba como anillo al dedo pero que por más que lo intento no consigo recordar… y que a Germán Gabriel sus compañeros, con un mucho de cariño y un puntito también de mala leche, le llamaban Yogui. Yogui, lo recuerdo bien, como también recuerdo que el incomparable técnico de aquella selección, Charly Sainz de Aja, tenía elogios para todos y cada uno de sus jugadores pero en el caso concreto de Germán Gabriel lo definía con tan solo dos palabras: el mejor. Así de sencillo.

Sí, ya lo sé, hoy que ya hemos visto a Pau, Juanqui, Raül, Felipe, Berni y hasta Cabezas hacer diabluras a éste o al otro lado del charco, hoy que ya les hemos visto a casi todos ganar casi todo lo ganable nos puede resultar extraño que para Sainz de Aja el mejor de entre todos ellos fuera Gabriel, precisamente Gabriel. Pero créanme que así era, y créanme también que, visto desde fuera, tampoco resultaba tan extraña esa aseveración. Gabriel, dentro de ese redondeado cuerpo de osito (o más bien de osazo), tenía algo que en aquel entonces (y no digamos ya ahora) resultaba impagable: talento. Talento en estado puro, que se manifestaba ya en un maravilloso juego de pies. Aquellos que tenemos ya una edad y nos criamos en un tiempo en el que el baloncesto aún no era tanto cuestión de músculo como de fundamentos todavía nos conmovemos cuando vemos a alguien que interpreta el juego como siempre pensamos que debía ser jugado. Y en aquella selección de 1999 todos eran buenos, cada uno a su manera, pero había básicamente tres sujetos que nos conmovían porque desparramaban talento en cada movimiento, en cada acción: Juan Carlos Navarro, Raül López y… sí, también (y sobre todo) Germán Gabriel. El mejor.

Aún hoy, trece años y medio después, muchísima gente alucina al ver su juego de espaldas al aro como si le hubiera brotado de improviso, como si el triple lo hubiera tenido siempre y en cambio estos movimientos al poste bajo los hubiera ido adquiriendo con los años. Bueno, pues permítanme que les explique que su viaje fue exactamente al revés. A aquel pívot orondo y con incomparable cara de buena persona jamás se le hubiera ocurrido tirar de tres, o puede que sí se le hubiera ocurrido pero seguro que alguien (problablemente el propio Sainz de Aja) le habría dicho pero chico, qué haces, si eso no es lo tuyo, tú dedícate a postear que lo haces como los ángeles, las virguerías exteriores déjaselas a otros. Y bien que le hizo caso, bien que se dedicó a postear y bien que le fue… en aquella selección júnior, porque lo que es en su club de toda la vida así de entrada no se comió un colín la criatura. Meses enteros pelándose el culo en el banquillo, meses enteros de cesiones a lugares más o menos ignotos en los que tampoco rascaba apenas bola, esa irresistible sensación que nos quedaba de que mientras sus compañeros de generación seguían imparables hacia arriba él se nos estancaba, acaso ya para siempre…

Y entonces, en algún momento de su azarosa carrera, alguien debió decidir que con ese torso redondeado y poco musculado y esa pinta de buenazo Germán Gabriel no podría nunca ser un cinco, los cincos tienen que intimidar ahí debajo y tú con ese aspecto no intimidarías ni a mi madre así que vamos a hacer de ti un cuatro, con dos… razones. Gabriel se aplicó, se puso a la tarea (más que nada porque no le quedaba otra si quería sobrevivir en esta profesión) y como clase tiene por arrobas para hacer lo que le dé la gana pues acabó desarrollando un tiro de tres que habría de acabar siendo la envidia de casi todo alero que se precie. Debería haber sido un recurso, una opción, esta vez en vez de continuar el bloqueo hacia dentro lo haré hacia fuera para romperte los esquemas, pero no. Hay entrenadores capaces de adaptar su filosofía al estilo de sus jugadores, y hay en cambio otros para los que el estilo de sus jugadores tiene que adaptarse necesariamente a su filosofía. Jugadores como piezas de ajedrez, yo quiero que hagas esto y me la suda que antes hicieras bien aquello otro porque ahora soy yo el que manda y te necesito ahí fuera así que vete olvidando de ir para dentro, que te quede claro. Y así, por poner algún ejemplo tonto, Herrmann en Unicaja sólo tiró de tres desde una esquina cuando antes y después se hartó de demostrar que sabía hacer muchísimas más cosas, y así Garbajosa acabó convirtiéndose en un jugador unidireccional que no pisaba la zona ni aunque le pillara camino del vestuario, y así Lorbek huyó de Málaga amargado de la vida dos meses después de llegar porque le obligaban a ser Garbajosa bis, y así Gabriel… Encasillar, le dicen a esto en el cine. Muchos dejaron de ser lo que eran para acabar siendo otra cosa completamente distinta, unos pocos huyeron y se salvaron, algunos se adaptaron y sobrevivieron pero mantuvieron en silencio su propia resistencia interior, mientras esté aquí seré lo que tú quieras que sea pero no por eso dejaré nunca de ser lo que soy.

Gabriel sobrevivió, volvió rebotado al Estu, llegó para un mes y ya va camino de su cuarto año. Mire, señor Casimiro, que además de tirar de tres también sé hacer esto, en realidad he sabido siempre, lo que pasa es que no me dejaban… Las ha visto de todos los colores (o de todas las tonalidades de azul) en este tiempo, temporadas enteras al borde del precipicio (tan al borde que al final acabaron cayéndose, aunque rebotaran después) pero siempre con un denominador común, siempre Gabriel como el mejor, a veces como el único realmente salvable en medio de tanto desastre. Lo que voy a escribir a continuación a alguno le sonará a atrevimiento, a blasfemia incluso, pero creo que Germán puede ser considerado por derecho propio el legítimo sucesor en ese puesto que podríamos denominar pívot inteligente (o pívot de inteligencia superior a la media, para que no se ofendan los demás), en la más rancia tradición estudiantil; una tradición que inauguró el Oso Pinone (será cuestión de osos, de Pinoso a Yogui) y que luego continuaron tipos como Rafa Vecina o Shawn Vandiver por ejemplo. Pívot Inteligente con mayúsculas, hasta el punto de que en el diseño de una jugada decisiva se atreviera a corregir a su entrenador de entonces, hasta el punto de que al final éste le dijera explícala tú, si casi te la sabes mejor que yo… Dijo Manel Comas en una retransmisión televisiva que hay algunos jugadores a los que se les nota a la legua que el día de mañana serán entrenadores, y que Gabriel era uno de esos casos, sin ninguna duda. Ojalá sea así, ojalá le tengamos de técnico o al menos de analista televisivo, pero que no le perdamos para este juego.

Hace unos días, mientras veía el Estu-Madrid y escuchaba cómo alguno (que parece que sólo viera baloncesto cuando le toca comentarlo) alucinaba una vez más con ese juego de pies, pensaba yo para mis adentros que hace tiempo que tengo una deuda contraída con Germán Gabriel. En todos estos años le habré elogiado docenas de veces y hasta habré reivindicado inútilmente cada verano su presencia en la selección (que bien pensado quizás haya sido mejor así, que vaya usted a saber si no le hubieran prohibido pisar la zona), pero nunca, que yo recuerde, le había dedicado una entrada completa para él solo. Ya que en apenas unos días escribiré sobre otro Yogi (éste sin u), que juega de base en Indiana y que vaya usted a saber por qué le llaman así porque en nada se parece al del dibujo, pues qué menos que soltarles antes toda esta parrafada sobre este otro Yogui nuestro, este auténtico y genuino malagueño de Caracas (o caraqueño de Málaga, no sé) que digo yo que bien ganado se lo tiene. Aunque ya apenas quedará nadie a estas alturas (aparte de mí, claro) que se acuerde de ese apodo, ni falta que le hace: aunque ya a nadie (afortunadamente) se le ocurriría llamarle así.

la casa de los McDermott   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 9 de diciembre de 2012)

Muy de vez en cuando en NCAA se nos aparece un espécimen que podríamos denominar entrenador con niño: dícese de aquel técnico universitario que tiene a uno de sus vástagos o retoños como integrante de ese mismo equipo universitario. A su vez podríamos subdividir dicho concepto en dos subcategorías: A) entrenador con niño, siendo el susodicho niño la principal estrella del equipo; y B) entrenador con niño, siendo el susodicho niño uno más (a veces uno menos) en dicho equipo, de tal manera que la maledicencia popular tiende a pensar que esa criatura difícilmente jugaría si no estuviera su progenitor repartiendo los minutos. ¿Ejemplos? Podríamos encuadrar en la categoría A a los inolvidables Homer (sí, Homer) Drew y su hijo Bryce (que no Bart) en Valparaiso (curiosamente hoy Bryce ocupa el puesto que entonces ocupaba su padre), a Jim Larrañaga y su hijo Jay (sí, ese que anduvo por aquí) en Bowling Green, a Lon Kruger y su hijo Kevin en Nevada-Las Vegas… Y en la categoría B así de entrada se me vienen a la cabeza Bruce Pearl y su hijo Steven (como dos gotas de agua, oigan) en Tennessee, por supuesto Tubby Smith y su hijo Saul en Kentucky… si bien en este caso no es que interfiriera la maledicencia popular, es que aquello cantaba lo miraras por donde lo miraras.

¿Y hoy? Hoy tenemos dos casos (o puede que haya alguno más, pero yo no los conozco), ambos dos perfectamente (y afortunadamente) encuadrables en esa subcategoría A: el entrenador de la Universidad de Detroit se llama Ray McCallum y su principal estrella (y extraordinario base, además) se llama también Ray McCallum, ya ven qué casualidad. Y finalmente en la Universidad de Creighton, sita en Omaha, Nebraska (que es adonde queríamos llegar a parar tras todo este prescindible preámbulo) el entrenador se llama Greg McDermott y su principal estrella (como ya habrán adivinado, siempre y cuando no lo supieran ya de sobra) es su querido vástago a la par que magnífico alero Doug McDermott.

Doug McDermott vendría a ser un cuatro con hechuras de tres y maneras (a veces, incluso) de cinco, un tipo indefendible (para los estándares NCAA) que para cada pick puede salir indistintamente hacia el pop o hacia el roll según le pete, según por dónde se la coma el defensor, según para dónde sople el viento. Que te la puede clavar desde el triple, pero que también te la puede clavar posteándote en (lo que antes llamábamos) las letras, que te puede ganar la posición como el mejor cénter y castigarte luego con movimientos de pies que jamás pensaste que pudiera tener. Doug McDermott es completo y además es intenso, es el típico tío al que puedes entregar con toda confianza las llaves del reino porque sabes que incluso aunque tenga un mal día nunca te va a defraudar. Doug McDermott te lleva incluso a plantearte qué fue antes, si el huevo o la gallina: si Creighton fichó al Coach McDermott (hace dos veranos, cuando Dana Altman puso fin a sus 16 años allí y aceptó la oferta de Oregon) exclusivamente por su calidad como entrenador, y luego tuvo la suerte de encontrarse con su hijo… o si le fichó única y exclusivamente porque sabía que de su mano llegaría también su hijo.

Dicho todo lo cual, acaso ustedes, si son más de NBA que de NCAA, se estén relamiendo pensando en la joya que habrá de llegar a aquella Liga… Bueno, pues no se relaman todavía, háganme el favor. Doug Mc Dermott jugará en NBA, no tengo ninguna duda; de lo que sí tengo serias dudas es del papel que pueda desempeñar allí, en una Liga en la que ya no podrá marcar diferencias (más bien todo lo contrario) en el aspecto físico, una Liga en la que ya difícilmente podrá postear a los fornidos mostrencos que allí se gastan en posiciones interiores. Doug McDermott tiene toda la pinta de que podrá ganarse muchos años la vida como especialista, como genuino alero tirador, un poco a la manera de otro ex de Creighton que también lo fue todo en aquel campus y que ahora lleva años cumpliendo sobradamente ese papel: Kyle Korver, aunque no sean físicos demasiado comparables (y obviamente no me refiero al aspecto estético, que si el uno lleva años siendo el guaperas oficial de la Liga el otro bien puede sucederle en semejante papel, si bien no es tema que me incumba y prefiero dejarlo a criterio de los/as entendidos/as en la materia). Me gustaría pensar que McDermott pudiera llegar a ser algo más que eso (un mero especialista, me refiero) en el campo profesional. Ya otra cosa será que lo piense.

McDermott tampoco sería lo que es sin un buen compañero interior que le cubriera las espaldas, un sujeto que resultará tal vez familiar a aquellos que no trabajan habitualmente la NCAA pero sí acostumbran a seguir cada verano el baloncesto internacional: Gregory Echenique, que ya a sus pocos años acostumbra a ejercer de cénter en la selección de Venezuela. Un pívot que no anda sobrado de centímetros y tampoco es que sea la octava maravilla del universo, ya quisiera por ejemplo tener la mitad del juego de pies que atesora su amigo McDermott, pero que sí garantiza intensidad, rebote, defensa, incansable trabajo, buenísimos bloqueos y mejores continuaciones (hacia dentro, of course). Eso sí, hay una cosa que no hace (o no debe hacer) y que es casi el único en ese equipo que no la hace: tirar de tres. Porque otra cosa no tendrán los Bluejays pero tiradores lo son casi todos por la cuenta que les tiene, lo es incluso el fornido pívot suplente Ethan Wragge, el que acostumbra a dar minutos de descanso a Echenique e incluso a McDermott y que contra todo pronóstico puede que sea incluso la mejor muñeca del equipo, cada vez que continúa un bloqueo hacia fuera el rival puede echarse a temblar.  Pero buena mano tienen también los escoltas Gibbs y Manigat, buena mano tiene el pequeño y rapidísimo base Chatman (nada del otro mundo, pero que les hace un apaño), buena mano tiene saliendo desde el banquillo Dingman…

Y como quiera que no sólo saben tirar sino que además y por lo general saben también pasar (incluso Echenique), pues el resultado de todo ello es un equipo que no acostumbra a cometer tonterías, que pelea por cada balón y en el que las canastas suelen llegar casi siempre como la lógica consecuencia de haber hecho lo correcto en cada situación. Que allí nadie abusa, que nadie se tira lo que no deba (ni siquiera McDermott), que todo parece presidido por una absoluta sensatez. Sensatez que el año pasado (con un roster muy similar a éste) les sirvió para pasar ronda y plantarle cara a North Carolina en el Torneo Final, sensatez que este año debería llevarles de nuevo al Gran Baile. De momento ahí les tienen, rankeados (terrible verbo) en el puesto 16, sólo una derrota (en casa ante Boise State, otro equipo sumamente interesante) por siete victorias, algunas tan espectaculares como las que obtuvieron ante Wisconsin y Arizona State para llevarse el Las Vegas Invitational o la que lograron este pasado jueves (sangre, sudor y lágrimas mediante, y eso que se impusieron con claridad) en cancha de Nebraska, sus eternos rivales del Estado. Créanme, debe ser sólo el principio. Puede que ahora se nos pierdan un poco como tantos otros mid-majors en cuanto empiece su Missouri Valley Conference pero por favor, por nada del mundo dejemos de acordarnos de ellos cuando llegue marzo. Al tiempo.

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