YOGUI   2 comments

Viajemos una vez más (que en este caso es gratis, y ya son cada vez menos las ocasiones en que podemos decir lo mismo) a aquel inolvidable verano de 1999. Pongámonos en situación, nuestra selección júnior acaba de ganar el Mundial de la categoría en Lisboa y nosotros (más que nada por la falta de costumbre) estamos aún en una nube, leyéndonos con fruición todo lo que cae en nuestras manos al respecto. Leyéndonos por ejemplo aquel reportaje de Gigantes en el que se nos cuentan (entre otras muchas cosas) los motes que se habían puesto aquellos jugadores entre sí. Recuerdo como si fuera ayer que a Pau le llamaban Gasofa (obvio), que a Cabezas le llamaban Charlie Heads (aún más obvio), que Raül López era Topogiggio, que Navarro no les voy a decir lo que era porque a día se hoy se lo seguimos llamando, que Berni tenía un apodo que le iba como anillo al dedo pero que por más que lo intento no consigo recordar… y que a Germán Gabriel sus compañeros, con un mucho de cariño y un puntito también de mala leche, le llamaban Yogui. Yogui, lo recuerdo bien, como también recuerdo que el incomparable técnico de aquella selección, Charly Sainz de Aja, tenía elogios para todos y cada uno de sus jugadores pero en el caso concreto de Germán Gabriel lo definía con tan solo dos palabras: el mejor. Así de sencillo.

Sí, ya lo sé, hoy que ya hemos visto a Pau, Juanqui, Raül, Felipe, Berni y hasta Cabezas hacer diabluras a éste o al otro lado del charco, hoy que ya les hemos visto a casi todos ganar casi todo lo ganable nos puede resultar extraño que para Sainz de Aja el mejor de entre todos ellos fuera Gabriel, precisamente Gabriel. Pero créanme que así era, y créanme también que, visto desde fuera, tampoco resultaba tan extraña esa aseveración. Gabriel, dentro de ese redondeado cuerpo de osito (o más bien de osazo), tenía algo que en aquel entonces (y no digamos ya ahora) resultaba impagable: talento. Talento en estado puro, que se manifestaba ya en un maravilloso juego de pies. Aquellos que tenemos ya una edad y nos criamos en un tiempo en el que el baloncesto aún no era tanto cuestión de músculo como de fundamentos todavía nos conmovemos cuando vemos a alguien que interpreta el juego como siempre pensamos que debía ser jugado. Y en aquella selección de 1999 todos eran buenos, cada uno a su manera, pero había básicamente tres sujetos que nos conmovían porque desparramaban talento en cada movimiento, en cada acción: Juan Carlos Navarro, Raül López y… sí, también (y sobre todo) Germán Gabriel. El mejor.

Aún hoy, trece años y medio después, muchísima gente alucina al ver su juego de espaldas al aro como si le hubiera brotado de improviso, como si el triple lo hubiera tenido siempre y en cambio estos movimientos al poste bajo los hubiera ido adquiriendo con los años. Bueno, pues permítanme que les explique que su viaje fue exactamente al revés. A aquel pívot orondo y con incomparable cara de buena persona jamás se le hubiera ocurrido tirar de tres, o puede que sí se le hubiera ocurrido pero seguro que alguien (problablemente el propio Sainz de Aja) le habría dicho pero chico, qué haces, si eso no es lo tuyo, tú dedícate a postear que lo haces como los ángeles, las virguerías exteriores déjaselas a otros. Y bien que le hizo caso, bien que se dedicó a postear y bien que le fue… en aquella selección júnior, porque lo que es en su club de toda la vida así de entrada no se comió un colín la criatura. Meses enteros pelándose el culo en el banquillo, meses enteros de cesiones a lugares más o menos ignotos en los que tampoco rascaba apenas bola, esa irresistible sensación que nos quedaba de que mientras sus compañeros de generación seguían imparables hacia arriba él se nos estancaba, acaso ya para siempre…

Y entonces, en algún momento de su azarosa carrera, alguien debió decidir que con ese torso redondeado y poco musculado y esa pinta de buenazo Germán Gabriel no podría nunca ser un cinco, los cincos tienen que intimidar ahí debajo y tú con ese aspecto no intimidarías ni a mi madre así que vamos a hacer de ti un cuatro, con dos… razones. Gabriel se aplicó, se puso a la tarea (más que nada porque no le quedaba otra si quería sobrevivir en esta profesión) y como clase tiene por arrobas para hacer lo que le dé la gana pues acabó desarrollando un tiro de tres que habría de acabar siendo la envidia de casi todo alero que se precie. Debería haber sido un recurso, una opción, esta vez en vez de continuar el bloqueo hacia dentro lo haré hacia fuera para romperte los esquemas, pero no. Hay entrenadores capaces de adaptar su filosofía al estilo de sus jugadores, y hay en cambio otros para los que el estilo de sus jugadores tiene que adaptarse necesariamente a su filosofía. Jugadores como piezas de ajedrez, yo quiero que hagas esto y me la suda que antes hicieras bien aquello otro porque ahora soy yo el que manda y te necesito ahí fuera así que vete olvidando de ir para dentro, que te quede claro. Y así, por poner algún ejemplo tonto, Herrmann en Unicaja sólo tiró de tres desde una esquina cuando antes y después se hartó de demostrar que sabía hacer muchísimas más cosas, y así Garbajosa acabó convirtiéndose en un jugador unidireccional que no pisaba la zona ni aunque le pillara camino del vestuario, y así Lorbek huyó de Málaga amargado de la vida dos meses después de llegar porque le obligaban a ser Garbajosa bis, y así Gabriel… Encasillar, le dicen a esto en el cine. Muchos dejaron de ser lo que eran para acabar siendo otra cosa completamente distinta, unos pocos huyeron y se salvaron, algunos se adaptaron y sobrevivieron pero mantuvieron en silencio su propia resistencia interior, mientras esté aquí seré lo que tú quieras que sea pero no por eso dejaré nunca de ser lo que soy.

Gabriel sobrevivió, volvió rebotado al Estu, llegó para un mes y ya va camino de su cuarto año. Mire, señor Casimiro, que además de tirar de tres también sé hacer esto, en realidad he sabido siempre, lo que pasa es que no me dejaban… Las ha visto de todos los colores (o de todas las tonalidades de azul) en este tiempo, temporadas enteras al borde del precipicio (tan al borde que al final acabaron cayéndose, aunque rebotaran después) pero siempre con un denominador común, siempre Gabriel como el mejor, a veces como el único realmente salvable en medio de tanto desastre. Lo que voy a escribir a continuación a alguno le sonará a atrevimiento, a blasfemia incluso, pero creo que Germán puede ser considerado por derecho propio el legítimo sucesor en ese puesto que podríamos denominar pívot inteligente (o pívot de inteligencia superior a la media, para que no se ofendan los demás), en la más rancia tradición estudiantil; una tradición que inauguró el Oso Pinone (será cuestión de osos, de Pinoso a Yogui) y que luego continuaron tipos como Rafa Vecina o Shawn Vandiver por ejemplo. Pívot Inteligente con mayúsculas, hasta el punto de que en el diseño de una jugada decisiva se atreviera a corregir a su entrenador de entonces, hasta el punto de que al final éste le dijera explícala tú, si casi te la sabes mejor que yo… Dijo Manel Comas en una retransmisión televisiva que hay algunos jugadores a los que se les nota a la legua que el día de mañana serán entrenadores, y que Gabriel era uno de esos casos, sin ninguna duda. Ojalá sea así, ojalá le tengamos de técnico o al menos de analista televisivo, pero que no le perdamos para este juego.

Hace unos días, mientras veía el Estu-Madrid y escuchaba cómo alguno (que parece que sólo viera baloncesto cuando le toca comentarlo) alucinaba una vez más con ese juego de pies, pensaba yo para mis adentros que hace tiempo que tengo una deuda contraída con Germán Gabriel. En todos estos años le habré elogiado docenas de veces y hasta habré reivindicado inútilmente cada verano su presencia en la selección (que bien pensado quizás haya sido mejor así, que vaya usted a saber si no le hubieran prohibido pisar la zona), pero nunca, que yo recuerde, le había dedicado una entrada completa para él solo. Ya que en apenas unos días escribiré sobre otro Yogi (éste sin u), que juega de base en Indiana y que vaya usted a saber por qué le llaman así porque en nada se parece al del dibujo, pues qué menos que soltarles antes toda esta parrafada sobre este otro Yogui nuestro, este auténtico y genuino malagueño de Caracas (o caraqueño de Málaga, no sé) que digo yo que bien ganado se lo tiene. Aunque ya apenas quedará nadie a estas alturas (aparte de mí, claro) que se acuerde de ese apodo, ni falta que le hace: aunque ya a nadie (afortunadamente) se le ocurriría llamarle así.

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